jueves, 23 de junio de 2016 0 comentarios

823. Domingo XIII, ciclo C – Jesús, el más importante, el único importante

Homilía en el Domingo XIII del tiempo ordinario,
ciclo C – Lc 9,51-62

Texto evangélico
Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Hermanos:
1. ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién dices tú que soy yo? Esta era la pregunta del domingo pasado. No era la pregunta para responder en una lección de catequesis ni de teología. Era una pregunta sobre la identidad de Jesús que incidía en la entraña de nosotros mismos. La identidad genuina de Jesús no es una conclusión de una buena teología; es ni más ni menos que una revelación de Dios. “¡El Mesías de Dios!”, le contestó rotundamente Pedro, según escuchábamos en el Evangelio.
Jesús le respondió a su vez, según el Evangelio de san Mateo: “¡Bienaventurado tú, ¡Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos!” (Mt 16,17). Efectivamente, hermanos, tengamos bien grabado esto: No hay universidad en la tierra que pueda transmitirme a mí quién es realmente Jesús, venido de Dios. Solo Dios mismo, “mi Padre que está en los cielos”, me puede decir a mí quién es Jesús. La fe es el don más grande que Dios nos ha concedido, sustento de todos los demás. Don preciosísimo que debemos cuidarlo para que no se deteriore, no se corrompa, poniendo en ello todo nuestro amor. El día en que se tambalea nuestra fe todo se viene abajo.

2. Avanzando un poco más en el Evangelio, llegamos hoy a un punto divisorio de la vida de Jesús. Este versículo primero de san Lucas, y en todas nuestras Biblias veremos que hay aquí una línea divisoria; comienza una etapa progresiva en la vida de Jesús. Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, dice el texto sagrado. Si analizamos con rigor la expresión original, vemos que es muy fuerte: Jesús “endureció su rostro” para ir a Jerusalén. Un pasaje de Isaías, hablando de los sufrimientos del Siervo de Dios dice:
“Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, | las mejillas a los que mesaban mi barba; | no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.  El Señor Dios me ayuda, | por eso no sentía los ultrajes; | por eso endurecí el rostro como pedernal, | sabiendo que no quedaría defraudado” (Is 50,6-7).
Jesús sabía lo que le esperaba y su decisión fue inquebrantable, como alguien que decide y, al decidir, se juega todo. San Lucas nos ha introducido esta decisión absoluta de Jesús con una perspectiva pascual: Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo.

3. La marcha de Jesús a Jerusalén tiene un primer episodio de carácter dramático. Cruzan Samaría. Los samaritanos son enemigos ancestrales de los judíos, y cuenta el Evangelio que no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Santiago y Juan, a quienes Jesús les había dado un sobrenombre o un “mote”, los hijos del trueno - ¿quién es el hijo del trueno, sino “el rayo” ?, porque estos hermanos eran unos rayos… - Santiago y Juan le dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?
La violencia, hermanos, no va de acuerdo con el que iba camino de la cruz; no hay que hacer violencia ni para hacer el bien. El Evangelio es muy expresivo: Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.

4. Y ahora vienen, hermanos, tres escenas de seguimiento, a las que queremos prestar muy especial atención, porque responden a una pregunta esencial que nosotros nos hacemos: ¿Qué es lo que significa para mí “seguir a Jesús”? ¿Qué es lo que se remueve en mí? ¿Qué valores entran en juego?
Seguir a Jesús es jugarse la vida. En la inspiración de estas tres escenas podemos constatar unos principios absolutos y determinantes:
-         Seguir a Jesús es lo más importante.
-         Es más: Seguir a Jesús es lo único importante.
-         En consecuencia, el que se sienta llamado a “seguir a Jesús” ha de estar dispuesto a jugárselo todo, jugarse la vida por Jesús, el dinero y la familia por él, todo, absolutamente todo.
Veámoslo.

5. Primera escena. Te seguiré adondequiera que vayas.  Es la actitud generosa de un joven que amanece a la vida y quiere ser el seguidor y el conquistador. Jesús le dice: De acuerdo, pero ten presente esto: Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre – con ser el hijo del hombre glorioso, anunciado en el libro de Daniel – no tiene donde reclinar la cabeza. El seguidor verdadero tiene que estar dispuesto a la pobreza absoluta, a la soledad absoluta. Solo Dios, y Dios no le va a faltar.

6. Segunda escena. Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre. Déjame acompañar a mi padre en su ancianidad…, acaso dure poco, y es una obligación sagrada en la Ley de Israel el “Honra a tu padre y a tu madre”. Respuesta drástica y desconcertante de Jesús: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios. Una respuesta que produce cierto espanto. Pero estas cosas no se entienden con aclaraciones; más bien, hay que escuchar en silencio la exigencia personal que Dios me está pidiendo. Los vínculos familiares, que tan fuertemente atan nuestros corazones, deben ceder ante el anuncio soberano del Reino de Dios al mundo.

7. Tercera escena. Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa. ¡Qué cosa más razonable! Así lo hizo Elías con su discípulo Eliseo… La respuesta que suene en lo profundo del corazón: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios.
Si el domingo pasado decíamos que conocer quién es Jesús es una revelación de Dios, de modo semejante añadimos: ser discípulo de Jesús es una revelación, una revelación que sigue a un verdadero encuentro con él.

6. Concluyamos. Señor Jesús, tú eres el camino que conduce al Padre; yo quiero ser discípulo tuyo, con humildad y con valentía. Te pido la iluminación que necesito y la fidelidad hasta la muerte. Amén.


Guadalajara, Jalisco, jueves 23 junio 2016.
jueves, 16 de junio de 2016 0 comentarios

822. Domingo XII, ciclo C – ¿Quién decís que soy yo?


 Homilía en el Domingo XII del tiempo ordinario,
ciclo C – Lc 9.18-24



Texto evangélico
18 Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 19 Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas». 20 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro respondió: «El Mesías de Dios».
21 Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, 22 porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
23 Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. 24 Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

Hermanos:
1. Tratemos siempre de comprender el Evangelio con toda esa fuerza vital, dramática, comprometedora que lleva dentro.
El breve texto de san Lucas que acabamos de escuchar, quizás lo puedan ver en sus Biblias – así en la Biblia oficial de la conferencia episcopal española – seccionado en tres fragmentos, que en la Biblia solemos llamar perícopas. Una cosa es la pregunta de Jesús y la confesión de Pedro; otra el primer anuncio de la pasión y resurrección, y una tercera, la llamada al seguimiento con la cruz de cada día.
Son tres temas y son uno solo: Cuál es la verdadera identidad de Jesús, cuál es la identidad del destino de Jesús, cuál es la identidad y destino del cristiano. La Cruz, la Cruz, la Cruz, y tras la cruz la Resurrección.

2. Y hay un detalle particular de san Lucas: que la escena ocurre como fruto de la oración de Jesús:¿Qué había orado Jesús? ¿Qué había hablado con Dios Padre suyo y Padre nuestro?  Una vez que Jesús estaba orando solo… Obviamente la pregunta que hace Jesús brota de la pregunta que hace al Padre: ¿Quién eres tú, Padre mío, y quién soy yo aquí en el mundo? Mi identidad es mi misión, como tu propio ser es tu revelación al mundo; tu amor y tu soberanía son tu esencia y tu acción en el mundo, y yo predico tu reino y tu reinado.
De alguna manera tenemos que asomarnos, hermanos, a la oración sin fondo de Jesús al Padre, oración que hace solo, si bien con la cercana compañía de los suyos.

3. Seríamos malos intérpretes del Evangelio si comenzáramos explicando, si quisiéramos reconvertir este pasaje en una clase de teología expositiva.
Aparentemente Jesús está pidiendo informaciones para dar luego una lección, una catequesis. Creo que si vamos por este camino le quitamos a la escena su dramatismo, su fuerza interpoladora, que llega a nosotros. Se trata de una pregunta que nos está haciendo Jesús a nosotros, mejor dicho, a mí, hoy y aquí. ¿Qué dices tú de mí?
El punto de arranque es este: ¿Quién dice la gente que soy yo?
La gente no conoce a Jesús, misterio de Dios y todas las respuestas son incorrectas – en el fondo falsas – porque no enlazan con el misterio absoluto. Juan el Bautista, Elías, un profeta que ha resucitado… Todas son falsas, pero todas coinciden en algo importante y válido: todas apuntan a una apertura hacia el misterio. En el fondo, Jesús es el misterio de Dios, que el hombre vislumbra.
La respuesta certera de Pedro proclama: «El Mesías de Dios».
Pedro, pues, relaciona directa y personalmente a Jesús con Dios. Jesús, sin esta vinculación única con Dios, no es nadie.

4. Quizás el teólogo especulativo precise: Pedro confiesa la mesianidad, pero todavía no se le ha revelado la divinidad. La divinidad se revelará en la resurrección.
Hermanos, esta racionalización del Evangelio no da razón del texto sagrado, que no se puede leer con tales categorías. Pedro, la Iglesia entera presente en sus palabras proclama la totalidad de Jesús, que viene del Padre. Sin esa totalidad no tienen sentido las palabras que a continuación va a pronunciar Jesús, el Señor.
Lo que Pedro y la Iglesia acaban de confesar es total y sublime. Por eso el texto sagrado puntualiza: Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
He aquí un versículo que nos inquieta: que no se lo digan a nadie. ¿Por qué? Porque no lo comprenderían. No es una prohibición táctica para salvar tiempos y aguardar a más tarde; es mucho más.

5. Pero sigamos con lo que a continuación dice Jesús: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». He aquí la “auto-identidad” de Jesús. Yo soy el rechazado por mi pueblo, yo soy el resucitado al tercer día.
La primera lectura de hoy está tomada de la profecía de Zacarías (último libro en el orden del Antiguo Testamento): “Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito” (Zac 12,10).
Texto misterioso. San Juan lo ha aplicado a Jesús alzado en la cruz para darnos su verdadera efigie: “Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,36-37). Y san Lucas nos presenta una escena en el Calvario que nos evoca el duelo por el hijo único: “Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho” (Lc 23,48).
La identidad histórica de Jesús lleva estos dos extremos: desechado hasta ser condenado a muerte, amado por Dios hasta ser resucitado.

6. La última revelación es que esta identidad personal de Jesús él la transporta para que sea la verdadera identidad de todos los que quieran ser sus discípulos. Jesús decía a todos, no a los apóstoles, o un grupo selecto, sino a todos, por lo mismo a mí también: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.
¿Cuál es nuestra verdadera efigie, nuestra identidad cristiana? La que acabamos de decir; la cruz de cada día, la pérdida de la vida, para alcanzar la gloria y la vida.

7. Estamos hablando de misterios, de misterios absolutamente concretos. He aquí cómo describe san Pablo nuestra identidad bautismal cristiana con estas palabras revolucionarias que suenan en el Nuevo Testamento: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa” (Gal 3,27-29).
En la comunidad cristiana, hermanos, ante el supremo valor de nuestra filiación divina, se borran todas las diferencias: sociales y culturales, y ese carácter último de ser varón o mujer. No es más digna una condición que otra, porque todos somos hijos de Dios santificados en Cristo.

8. Concluyamos, hermanos, con una plegaria a Jesús, arrancada, si fuera posible, de su propio corazón:
Enséñame, Jesús, quién eres tú, para que yo sea igual que tú, y en esta identidad divina halle mi misión en tanto que voy caminando en esta tierra. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 16 junio 2016. 


Oración de pensamiento
de corazón y de abandono
(Al eco de la homilía)

1. Quisiera yo saber el ser de Dios
y poseer su vida al conocerlo,
y abandonarme entero en su regazo
entrándome en su voz y en su silencio.

2. Quisiera yo saberme en mis esencias
naciendo en Dios y en él feliz viviendo,
estar en su pensar cuando Él pensaba
crearme todo entero en alma y cuerpo.

3. Y ser su confidente, intimidad,
y ser adentro, muy adentro, adentro,
en donde todo es uno y armonía
y mal no es ni mero pensamiento.

4. El mal piensan los malos, solo ellos,
mas Dios Amor es Bueno, solo Bueno;
si mal pensara, fuera él mismo Malo,
con virus de maldad en pensamiento.

5. Mas ¿quién soy yo, creada criatura,
para pensar así con mi cerebro,
que casi me parece dar lecciones
como las doy aquí, por ser maestro?

6. Perdóname, mi Dios y mi Infinito,
si por pensar así acaso ofendo,
mas era por amor que lo decía,
y tú comprendes bien lo que yo pienso.

7. Dos cosas yo te pido antes que muera,
de corazón a corazón abierto,
que el Hijo me ha enseñado que eres Padre
y un Padre bueno cumple los deseos.

8. La primera es sentir en mi conciencia
que estoy en paz, sin dudas, sin recelo,
que  no hay mentira en mí cuando te hablo,
que todo es puro, llano y verdadero.

9. La otra es más audaz que la primera:
quisiera yo sentir tu eterno beso;
que aquí en la tierra me amas de verdad
igual que un día allá será en el cielo. Amén.

18 junio 2016
domingo, 12 de junio de 2016 0 comentarios

821. Lectio única - Para leer el Evangelio

Lectio única
(Para leer el Evangelio)


1. Todas juntas las verdades
en un puñado infinito
son una sola muy simple
y se llama Jesucristo.

2. Mi Jesús del Evangelio
es justo lo que yo ansío,
es él que avanza y que muere
y es otro consigo mismo.

3. Historia y Teología
hacen juntas un prodigio,
si las dos no fueran una,
él no sería camino.

4. Y la gracia de leer
tiene su nombre preciso,
es la fe pura y desnuda
en el suelo palestino.

5. Yo estoy dentro cuando leo,
que por mí existe Cristo,
y si yo nunca existiera
él nunca habría existido.

6. He comenzado a pensar
y ya me encuentro perdido,
si perdido estoy en Dios
he llegado a puerto fijo.

7. Pero volvamos al tiempo
de todo lo acontecido,
para poderlo entender
seré Evangelio yo mismo.

8. En fusión de corazones
ser lector y ser testigo;
ser transportado hacia adentro
para encontrarle conmigo.

9. Es él divino pleroma
en frágil cuerpo de Hijo,
de verdad como la muerte,
de gloria y de Dios suspiro.

10. Yo leo y leo y más leo
y de pronto profundizo,
me encontré con el Espíritu
y el libro fue entonces mío.

11. Ya me callo en el amor,
el silencio del principio,
y sale el enamorado:
¡Hágase mi vida libro!

12. ¡Dame paz de atardecer,
mi Jesús, dulce cobijo,
dame pureza en el tránsito,
y un caricia dormido! Amén.

Guadalajara,  Jal., 12 junio 2016.

Post Completorium
jueves, 9 de junio de 2016 0 comentarios

820. Domingo XI, ciclo C – Jesús y la pecadora agradecida


 Homilía en el Domingo XI del tiempo ordinario,
ciclo C - Lc 7,36-8,3



Texto evangélico
36 Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. 37 En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, 38 colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. 39 Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora». 40 Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». 41 «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. 42 Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?». 43 Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente». 44 Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. 45 Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. 46 Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. 47 Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». 48 Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados». 49 Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». 50 Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
8 1 Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, 2 y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; 3 Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Hermanos:
1. Este Evangelio es el Evangelio de Jesús. Es un retrato total no de la mujer pecadora que había en el pueblo; no del fariseo santo que no entendió la ternura del perdón. Es un retrato de Jesús, y detrás de él es un retrato del Padre. Es la verdadera imagen de la fe que nosotros hemos profesado.
Quisiéramos, a través de las palabras de Jesús, de su comportamiento que va unido a sus palabras, llegar a ese corazón de Dios que Jesús entrega al mundo. El fariseo honorable, a través de su comportamiento recto y aparentemente ejemplar, no llegó a Dios. La mujer, deshecha por sus pecados, pero arrepentida y agradecida, porque Dios tocó lo íntimo de su ser, ella sí llegó a comprender quién es Dios.
¿Con cuál de los dos personajes antagónicos de la escena nos quedamos? ¿Con la mujer agradecida o con el publicado que era tan bueno que hasta invitó a comer a Jesús a su casa? Nos quedamos, sin duda, con la mujer; sabiendo que la mujer, desde el instante en que reconoce su pecado, deja de ser la pecadora, y es la amadora, la enamorada. Ya nunca podremos llamarle la pecadora, porque aquel a quien Dios ha santificado, será santo y amado para siempre.
Una escena, hermanos, de un dramatismo y de una ternura que parece que es un doble de la parábola del hijo pródigo. Aquí no se trata de una parábola, sino de un hecho real de la vida de Jesús.
Vayamos, pues, a ponderar los detalles de este episodio que nos cuenta san Lucas.

2. Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Aquí todo es correcto y ejemplar, y nada tenemos que censurar, al contrario, admirar. Nada hace pensar que este fariseo quiera invitar a Jesús con una intención malévola y tramposa. Jesús acepta la invitación.
Estamos en una sala de honor y los invitados, como en las fiestas, están recostados. Ya va adelante el banquete, y he aquí que, sin previo aviso, entra una mujer, que no es precisamente una mujer inocente como un ángel, sino una cortesana de la vida.
Dice el texto: vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, 38 colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Esto es un auténtico atraco por la vía del amor y de la pasión…, y, en definitiva, del escándalo. ¿Cómo es posible que un honorable Rabí se deje enredar en esta trampa?

3. Parece que aquí se rompen los moldes del buen comportamiento, las buenas maneras de un banquete de acogida y cortesía.
Y aquí es donde empieza la escena. La mujer hace lo que hace porque es a Jesús a quien se lo hace; a ningún otro se lo haría. Nosotros quisiéramos saber qué pasó en el corazón de la mujer antes de llegar hasta aquí. Porque la cosa no fue una ocurrencia repentina, no.  La mujer, al enterarse, acudió, porque ya lo tenía pensado… En el fondo, y pese a todas las apariencias contrarias, eso era el deseo de su vida.
Jesús, sin moverse de su diván, pero irguiéndose con majestad divina sobre la situación, va a pronunciar un veredicto con una parábola festiva: los dos deudores, que, en su simplicidad, tiene una carga explosiva.

4. Era como decirle: Simón, tú no me debes nada…, por eso te comprendo que no seas agradecido. No me debes nada, porque eres santo… ¡Qué ironía! Esta mujer me debe todo, porque era toda pecadora; por eso es exageradamente agradecida. Nadie le ha pedido que vinieran aquí con un frasco de alabastro de perfume, pero su corazón se lo estaba clamando a gritos. Y esta mujer ha obedecido a su corazón, y, rompiendo todas las barreras, ha llegado. El que ama, el que de verdad ama, rompe y rasga todas las barreras, y va derecho a lo suyo.
El amor en fibra de mujer tiene una genialidad infinita. Este es el amor puro, el amor ternura, el amor que revela cómo es el corazón de Dios. La mujer nos está revelando cómo es el amor de Dios. Es un amor que se rinde, que cae abatido, cuando ve que en el corazón del hombre, santo o pecador, hay una vibración de amor.

5. A continuación san Lucas nos habla de ese grupo de mujeres que acompañan a Jesús: María la Magdalena, Juana, mujer del administrador de Herodes (no era una cualquiera) y Susana (de la que nos sabemos más que el nombre), y otras muchas que les servían con sus bienes. He aquí un grupo variado y selecto de mujeres que acompañan a Jesús, signo y profecía de lo que ha de ocurrir siempre en la Iglesia. San Lucas precisa de estas mujeres que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades. Y anota el caso muy particular de María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios. Nada nos fuerza a pensar que era esta justamente la pecadora del relato; al contrario, en el contexto en que estamos, se nos indica, más bien, que María la Magdalena era una mujer especialmente favorecida por Jesús en las dolencias que había padecido.

6. Para terminar, hermanos, terminemos con una oración. Quisiéramos arrancarla del pecho de la mujer perdonada y agradecida:
¡Señor Jesús, gracias por mostrarme y enseñarme el amor del Padre! Tú serás siempre el amor de mi vida! Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves, 9 de junio de 2016.

Hace treinta años, viviendo en Jerusalén (Studium Biblicum Franciscanum - La Flagelación) compuse para este Domingo el siguiente himno. Pudiera servir, acaso, como Himno o Cántico de Comunión


Himnario dominical
(Dom. 11 C, Lc 7,36‑50)

(Oh, quién pudiera ir, pasar la puerta
y entrar donde Él reposa,
y echar junto a sus plantas mis pecados,
con lágrimas, con besos, con aromas!

Que digan lo que digan, no me pueden,
que piensen que estoy loca;
mas yo he de ir, mujer, porque le quiero
y solo Él podrá saciar mi boca.

Y en medio del festín ‑ Jesús sabía ‑
entró la pecadora;
sus ojos eran solo para uno
y estaba en su humildad, cual nunca, hermosa.

Se echó a los pies, que más no pretendía,
y ardía como esposa;
quemaban al besar los suaves labios,
los ojos eran fuentes generosas.

Mas no le comprendió Simón perfecto,
porque era escandalosa;
(oh dulce amor, prendido en mis cabellos,
a ti, Jesús, te adoro!, )qué me importa?

(Señor Jesús, Señor de enamorados,
Señor que nos perdonas,
oh dulce suavidad tenerte cerca;
que sea nuestro amor tu premio y gloria! Amén.

Jerusalén, 15 junio 1986 (dom. 11, C).

viernes, 3 de junio de 2016 1 comentarios

819. Domingo X, ciclo C – El hijo de la viuda de Naín. Jesús es el Corazón del Padre

.Homilía en el Domingo X del tiempo ordinario,
ciclo C - Lc 7,11-17



Texto evangélico
11 Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. 12 Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. 13 Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14 Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». 15 El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. 16 Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17 Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.

Hermanos:
1. El viernes pasado era la solemnidad del sagrado Corazón de Jesús. Es fácil suponer que en muchas partes hoy celebrarán externamente esta fiesta que tanto ha sugerido al corazón de los cristianos. El Crucifijo, el Corazón de Jesús, y lo que hoy llamamos el Misterio Pascual han sido los tres símbolos mayores para expresar el contenido de nuestra fe cristiana: Cristo en el centro de todo como sublime expresión de amor que a todos nos convoca,
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.  Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29). Así se expresa Jesús, como ha quedado escrito en el Evangelio de san Mateo.
Sin violentar para nada el significado de esta escena del Evangelio según san Lucas, en este domingo X del tiempo ordinario, bien podemos hablar de ese divino Corazón, fuente de todo amor.

2. ¿Qué es el Corazón de Jesús, hermanos? Nos lo explicaba hermosamente el papa Pío XII en la encíclica Haurietis acquas sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús (15 de mayo de 1956). «Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador».  Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.
El Corazón de Jesús es la confluencia de dos amores:
- el amor descendente que baja del cielo a la tierra, ese amor de Dios que está todo en Jesús,
- el amor ascendente que sube de la tierra al cielo, que está todo recogido en un corazón que ha amado perfectamente a Dios, que es el Corazón de Jesús.
Divinidad y humanidad se encuentran en ese punto que une el cielo y la tierra, y que para nosotros tiene una palabra: Jesús. Jesús es todo Dios, Jesús es todo hombre.
Nosotros encontramos a  Dios en Jesús, y encontramos al hombre en Jesús. “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?” (Jn 14,9-10).

3. Ese amor descendente de Dios al hombre es lo que celebramos al representarnos la figura del Corazón de Jesús. Tantas veces he dicho en la predicación, hermanos: Lo más importante de la vida no es amar a Dios, no es eso. Pues entonces ¿qué es? Lo más importante de la vida es ser amados por Dios. Y, en consecuencia, ser consciente de que es así: de que pase lo que pase, Dios me ama. Yo me puedo alejar de Dios; él nunca se ha de alejar de mí.
Y esto no es predicar una moral fácil, irresponsable. Bien al contrario, esto es asentar bien seguros los pilares de la vida, para saber dónde estamos y dónde nos movemos. El que de verdad se siente amado por Dios, hará lo posible e imposible para amar a Dios, porque amor con amor se paga, y el que se siente amado, se siente agradecido.

4. La escena de hoy es un ejemplo vivísimo que desciende del cielo. El primer dato que sorprende: este no es un milagro que hayan pedido a Jesús. La iniciativa ha brotado de Jesús, solo de Jesús. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores».
La primera vez que se nombra a Jesús en este Evangelio como “el Señor”. En efecto, ayer y hoy, para los cristianos que meditaron en estos acontecimientos y para nosotros, Jesús es, ante todo, el Señor. Como al Señor le damos culto en la celebración de la Eucaristía, donde el Evangelio adquiere su pleno significado, para realizarse en cada uno de nosotros.
Jesús sintió compasión de la mujer. Y, como en otras ocasiones he explicado, Jesús resucitó a la mujer. Había muerto el hijo, el hijo único, y había muerto la madre, que era viuda. De modo que hablamos correctamente cuando decimos “La resurrección del hijo de la viuda de Naín”. Pero espiritualmente podemos decir también: la resurrección de la madre de un hijo difunto.
Porque hay dos clases de resurrección. “este hijo mío estaba muerto y ha revivido” (Lc 15,24), dice Jesús en la parábola del hijo pródigo; “este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (v. 31).
Pues esta mujer estaba muerta con la muerte de su hijo y ha revivido con la vida de su hijo. Jesús es vida y transmite vida, siempre vida y nunca muerte, y es la resurrección y la vida que quiere transmitirnos a nosotros.

5. Pero ¿de dónde ha venido la vida? Por poco que hayamos estudiado en profundidad la sagrada Escritura, sabremos qué palabra utiliza san Lucas para hablar de esta compasión de Jesús. Es una palabra que  viene del Antiguo Testamento y que es muy expresiva: “se le conmovieron las entrañas sobre ella”. Con esa palabra se habla del amor de Dios al hombre; es el amor entrañable, el amor que nace en las entrañas maternas. De este amor estamos hablando constantemente en este Año de la Misericordia. Cuando se leía la Biblia en latín, para expresar este sentimiento de Jesús hacia la mujer, se leía así: “misericordia motus”, movido a misericordia.
Cuando hablamos de misericordia no debemos pensar necesariamente en el pecado. Ningún pecado tenía la mujer de que hubiera muerto su hijo, pero es digna de misericordia, porque su corazón está en la miseria y necesita la ternura de alguien que le comprenda y le salve. Y este es Jesús; en realidad solo Jesús.
Jesús es la misericordia del Padre. Jesús es la ternura del Padre. Jesús es el corazón del Padre.
6. Al eco de estos pensamientos y reflexiones, vamos a concluir, hermanos, con una sencilla súplica dirigida a Jesús.
Jesús, ahora y en la hora de mi muerte, muéstrame que tú eres el amor entrañable del Padre. Amén.


Guadalajara, Jalisco, Sagrado Corazón de Jesús, 3 de junio de 2016.
 
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