viernes, 31 de octubre de 2014 0 comentarios

616. Canción de Todos los Santos



Canción de Todos los Santos

Versos sencillos, oracionales,
sin otra inspiración que la prisa del amor.

1. Esa será mi familia,
que no puedo imaginar;
y si pensarlo es mi dicha,
el vivirlo ¿qué será?

2. ¿Qué será aquel cara a cara,
el tú a tú de amistad,
la criatura divina
y Dios mi paz y mi pan?

3. ¿Mi Dios, mi Dios compartido
desde su pura unidad
y yo subido hasta el alma
de la santa Trinidad?

4. Amor, amor y ternura
ese fue todo mi afán,
y cuanto más lo hambreaba,
lo hambreaba más y más.

5. Amor, nostalgia infinita
que nadie puede quitar,
al morir, de amor morimos,
que es mortal enfermedad.

6. Mas al cruzar la morada
amor es vida inmortal,
dulce amor que nos labraba
la miel de nuestro panal.

7. Yo espero un canto en el cielo,
un canto de humanidad,
y encontraré a  mis amigos
y entonces mi amor sabrán.

8. Aquí no pude contarles
cuanto quería contar,
amores míos con nombres…
entonces sin quiebra allá.

9. Será el banquete feliz,
¡oh qué vino al paladar!,
¡oh qué mirada en los ojos
para dejarse mirar!

10. Las flores de mis deseos…,
mis flores se esparcirán;
y embriagado de belleza
las flores me abrazarán.

11. Y seré yo mismo yo,
ya no yo en cautividad:
y mi Jesús, Hijo santo,
él será mi libertad.

12. Oh Patria de mis anhelos,
que vivir es caminar…,
que al pulso de mis latidos
voy caminando a mi hogar.

13. Patria del  mundo querido
desde Adán hasta el final,
mas con Jesús en el centro,
trofeo de este solar.

14. Todos los Santos tu fiesta,
Corona de santidad,
por ti y en ti consagrados,
mi Jesús, mi pedestal.

15. Porque moriste en la Cruz
a modo de un criminal,
y era el amor a mis pies
que Dios más no pudo amar.

16. ¡Oh gozo y la gloria unidos,
que hoy queremos celebrar,
sea Dios en nuestras palmas
éxtasis de no acabar!

17. Amantísimo Dios Padre,
Espíritu caridad
Hijo divino Jesús,
confío sin vacilar.

18. Al unísono cantamos
con el coro celestial:
¡Gloria a Dios en las alturas
y un abrazo universal!

19. La esperanza se dilata
porque el Reino llega ya;
ya ha llegado que Jesús,
ya lo quiso inaugurar.

20.  Soy dichoso, santa Iglesia,
casto vientre virginal..,
al cielo, al amor, al cielo,..
¡cúmplase su voluntad! Amén.

Guadalaja, Jalisco,
Víspera de Todos los Santos 2014.

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615- Conmemoración de los Fieles Difuntos: una homilía - Y funeral de mi madre 2008



CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS
(Una Homilía el 2 de noviembre de 2008)

Domingo XXXI Ciclo A - Celebración del 2 de noviembre
(Sab 3,1-9; 1Jn 3,14-16; Mt 25,31-46)


Hermanos:
1. Ayer mirábamos al cielo y contemplábamos con alegría la gloria de Todos los Santos; hoy tendemos la mirada a los panteones y al más allá - quizás a unas urnas funerarias - y meditamos sobre los seres queridos que se nos fueron: Conmemoración de los Fieles Difuntos, día de evocación cariñosa, de consuelo y esperanza.
En México, fiesta de muchas tradiciones. En esta iglesia se han puesto, como pueden observar, tres altares con sus ofrendas y sus mensajes: uno consagrado a Santa Teresa de Jesús, con poesías suyas y frases de sus escritos; otro, dedicado a los Niños Indígenas, con símbolos enternecedores y sugerentes; al fondo, un altar dedicado a San Pío de Pietrelcina, el santo de las llagas; y en el portal de la iglesia, otro dedicado a la Beata Teresa de Calcuta. Este altar es especialmente entrañable, porque, aparte de las estampas de la santa de Calcula, un niña real, vestida de madre Teresa de Calcuta, con su sari blanco y de franjas azules, y con un niño tirado junto a ella como un pordiosero tirado en la calle, reproducía simbólicamente las obras de caridad de esta gran santa.
Día de los fieles difuntos, que nos invita a pensar en las grandes verdades de la, a luz de la palabra de Dios que acabamos de escuchar.

2. Hermanos, ¿qué habrá después de la muerte? Después de la muerte no hay nada, todo se acaba en las cenizas. Esta respuesta, que algunos quieren darse, no nos satisface; porque, si efectivamente no hay nada después, ¿qué hacemos en este mundo? ¿Aguantar y sufrir? ¿Aprovecharse el que tenga más fuerte? Si no hay nada después, si todo termina en una urna con un puñado de cenizas, esta vida es absurda, sin esperanza.
No han pensado así los grandes pensadores de la humanidad. El año pasado, al final de noviembre, para empezar el Adviento el Papa escribió al mundo católico una carta encíclica sobre la Esperanza, titulada, por las primeras palabras, Spe salvi, Salvados en la esperanza. Era la segunda carta encíclica que escribía Benedicto XVI; la primera fue sobre el amor: Dios es amor, Deus caritas est.


Y, hablando de estas cosas, el Papa citaba al filósofo Platón (427/428 a. C. – 347), del siglo IV antes de Jesucristo.  Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C.) y Platón son las dos grandes lumbreras de Grecia, los filósofos que más han influido en nuestra cultura. Oigamos cómo concebía el filósofo Platón el destino de los muertos detrás de la tumba. En aquel momento, en el que el hombre se debe presentar ante el supremo juez, no importa que uno haya sido rey o mendigo, rico o pobre, la fama que haya tenido en este mundo; importa la verdad del alma.
Dice el filósofo: “« Ahora [el juez] tiene quizás ante sí el alma de un rey [...] o algún otro rey o dominador, y no ve nada sano en ella. La encuentra flagelada y llena de cicatrices causadas por el perjurio y la injusticia [...] y todo es tortuoso, lleno de mentira y soberbia, y nada es recto, porque ha crecido sin verdad. Y ve cómo el alma, a causa de la arbitrariedad, el desenfreno, la arrogancia y la desconsideración en el actuar, está cargada de excesos e infamia. Ante semejante espectáculo, la manda enseguida a la cárcel, donde padecerá los castigos merecidos [...]. Pero a veces ve ante sí un alma diferente, una que ha transcurrido una vida piadosa y sincera [...], se complace y la manda a la isla de los bienaventurados »” (Spe Salvi, 44).
Es una doctrina, que en algunos puntos es una intuición de lo que después nos va a decir Jesús.

3. Jesús nos presenta el destino final de los hombres en una parábola muy seria: el juicio que hará Cristo a todas las naciones. Aquel juicio será la hora de la verdad. ¿Por qué tantas veces triunfan en este mundo los malvados y fracasan los buenos...? Jesús nos dice que ha de llegar la hora de la verdad, será la verdad ante Dios, porque Dios tiene la última palabra sobre la historia. ¿Quiere decir con este Jesús que el infierno estará lleno de condenados, de hombres malvados, que no han tenido compasión de los demás...? Como en aquella otra parábola en que habla del rico epulón, que se pasaba la vida de banquete en banquete, y del pobre Lázaro que estaba a las puertas de la mansión y el rico, sin corazón, era incapaz de darle ni siquiera las sobras de comida que se tiraban de la mesa e iban a la basura...
En otra ocasión, mientras Jesús iba rumbo a su destino, camino de Jerusalén, uno le preguntó: “Maestro ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Jesús no le respondió diciendo si son pocos o muchos, si es uno, si es un millón, si son todos. Nunca Jesús dio una estadística de lo que ha de pasar después. Nos dijo otra cosa: la vida es absolutamente seria y nosotros somos quienes nos jugamos nuestra salvación. Dios ofrece a todos como gracia la salvación, a todos sin excluir a nadie, pero no obliga a nadie, somos libres... El que quiera hacer el mal, puede hacer el mal, pero tendrá que dar cuenta de ello a Dios, el único Señor verdadero de toda la Historia humana.
Así, pues, hermanos; del infierno sobre el número de condenados no sabemos nada: si hay multitudes, si hay unos pocos, si hay uno solo, si está por estrenar. La verdad terrible es que si yo no quiero aceptar la salvación, que Dios mil veces me la ofrece, por más que peque, y me la ha de ofrecer hasta el final, si yo no la quiero aceptar la responsabilidad es mía.

4. Hay otro punto que lo traemos a nuestra consideración en este día de los Difuntos. Nosotros ofrecemos sufragios por los difuntos. Pensamos que somos una familia ellos y nosotros, la familia de los hijos de Dios, y que en esta familia hay una comunicación mutua. No es una fantasía. En esta encíclica sobre la esperanza el Papa nos brinda esta hermosa reflexión: "Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora" (Spe salvi, 47).

Los cristianos hablamos del Purgatorio. ¿Qué es el Purgatorio? ¿Es un lugar, en el cual las almas se purifican durante tiempo y mucho tiempo...?
Hermanos, también aquí tenemos que distinguir lo que es la imaginación de lo que es verdaderamente la fe. Una vez que concluye esta vida todo el resto queda en el misterio de Dios, que nosotros no podemos penetrar con las representaciones de esta vida de acá, porque nosotros hablamos del más allá como si fuese la continuación de esta vida, pero la vida que viene es creación de Dios: “He aquí que yo hago un mundo nuevo”, dice Dios en el Apocalipsis.
Es cierto que para unirnos con Dios por toda la eternidad nuestro corazón debe ser puro con la pureza de Dios, pero esta purificación Dios la puede hacer en un instante que no puede tener medida con ningún cronómetro de este mundo. Escuchen en qué términos nos habla el Papa del Purgatorio:

“Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios. Así se entiende también con toda claridad la compenetración entre justicia y gracia: nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo” (Spe salvi, 47).

5. Todo esto, hermanos, es muy hermoso, porque nos abre el corazón a la esperanza, al consuelo, a la comunión con los hermanos que estuvieron con nosotros, cruzaron la barrera de esta vida y nos esperan... Todo esto hace que estas grandes verdades de nuestra fe sean de familia.
Hace dos meses y medio yo despedí a mi madre, que se nos fue casi centenaria y que, al marchar con los santos sacramentos de la Iglesia, bendijo a sus hijos. Hablar de los difuntos para un hijo es hablar de algo tan íntimo como la madre. Por eso, el Día de Difuntos, será siempre un día muy amable, como el Día de Todos los Santos: es el día de mi padre, de mi madre, acaso ustedes puedan decir, de mi hijo, de mi hija, de mi esposo, de mi esposa.
Ellos nos han precedido en la fe. Ellos se han encontrado definitivamente con la misericordia de Dios, y esto nos hace pensar muchas cosas, con tono de confianza y de amor.
Vivamos de esta manera nuestra celebración. Jesús es la Corona de Todos los santos; Jesús es también la gracia de nuestros difuntos.
Confiemos en Dios y creamos que nuestro Purgatorio ha de ser un abrazo amorosísimo de Jesucristo, nuestro Dios y nuestro hermano. Amén.

Puebla, 2 de noviembre de 2008


EN LA VIDA Y EN LA MUERTE
SOMOS DEL SEÑOR
(Homilía en la Misa funeral de mi madre
Alfaro, La Rioja, 16 de agosto de 2008)

Romanos 14, 7-9. 10c-12
Mateo 5,1-12a
        
Hermanos:
1. Como cristianos celebramos esta misa funeral de una hija de Dios y miembro de la Iglesia, mi madre y nuestra madre, Saturnina, así llamada por haber nacido el día de San Saturnino del año 1908. Hoy, tras una peregrinación de casi cien años, vuelve a las manos de su Creador y Padre.
Mi madre murió ayer, a las 4 y cuarto de la madrugada. Dos horas antes rezábamos junto a ella el Oficio divino de la Iglesia en la Asunción de María, los Maitines. Las antífonas que la Iglesia dirige a la Virgen se podían aplicar a una cristiana de respiración agonizante. Eran éstas: "Levántate, Virgen y Reina, y, digna de eterna hermosura, sube al radiante palacio del Rey eterno". "El Señor la eligió y la predestinó, la hizo morar en su templo santo". "¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!".
Muchas personas, al darnos el pésame, decían: Qué día más hermoso para morir.
Aunque quizás ninguna condolencia más grata que la frase que me dijo un feligrés, no sacerdote, ni religioso ni religiosa: "La vida de tu madre estaba empapada de Evangelio".

2. La Eucaristía, que es la acción de gracias de Jesús al Padre, sacrificio de expiación y de intercesión, recoge esta vida para poner sobre ella la perla de la corona y presentar a Dios. Hemos sido salvados por Cristo Jesús, "que me amó y se entregó por mí", dice san Pablo, y conscientes de que esta gracia, estamos ante el Dueño de la vida, que es Dios, el que nos ha amado desde toda la eternidad, y antes de la creación del mundo nos bendijo con toda bendición, haciéndonos hijos en el Hijo, y destinados a reproducir en nosotros la imagen del Hijo de su amor.
Estos son los divinos misterios que celebramos, cuya grandeza y hermosura no puede ser empequeñecida ni empañada por pequeñas consideraciones que nosotros  podamos hacer. Son momentos de los más nobles sentimientos que bullen en el corazón humano. ¡Qué cosa más hermosa que el amor a la madre! Con todo, es infinitamente más bello el amor que Dios nos tiene, que nos lo muestra de continuo en la vida, y que tiene acentos singulares en los momentos culminantes de la existencia, como nosotros somos testigos ahora en el tránsito de nuestra madre.
    
3. En la predicación cristiana mil veces he repetido: Lo más importante de la vida no es ni siquiera el amar a Dios; lo más importante es el saberse amado por Dios, sentirse amados por Él, porque su amor es fiel, es incondicional, y traspasa todas las barreras.
Uno de los pasajes de la Escritura para la misa funeral es el texto de san Pablo que acabamos de escuchar. En la vida y en la muerte somos del Señor. Y lo hemos escogido, porque era un ritornelo que venía muchas veces a los labios de mi madre: En la vida y en la muerte somos del Señor. Lo había aprendido en la Iglesia.
Y ¿qué significa esto, hermanos, de que en la vida y en la muerte somos del Señor? Significa que el Señor es el centro y sentido de nuestra vida; es el centro, sentido y esperanza de nuestra muerte.
La vida humana se puede planificar con muchos intereses, con múltiples perspectivas. En todo caso el cristiano ha de poner como centro y eje al Señor. Esto es lo que quita todo egoísmo y lo que da hermosura, pleno sentido y fecundidad a nuestra existencia, una vida consagrada a Dios, una vida consagrada al bien de los hombres.
Por la gracia y misericordia del Señor hoy se presenta mi madre ante la presencia de Dios, diciendo: Aquí está la esclava del Señor, aquí está hija. Y confiamos firmemente que Jesucristo, al darle el abrazo de acogida y bienvenida, le diga: ¡Bien, sierva buena y fiel, pasa al banquete de tu Señor!

4. La Iglesia no quiere elogios fúnebres en los funerales; no, ni es eso lo que hacemos. Pero la Iglesia sí que quiere escuchar las alabanzas del Señor, y oír el canto de los cristianos, que es el canto de la Virgen María: Mi alma proclama la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha hecho maravillas en la humildad de su esclava.
La vida humana, vivida en plenitud, tiene que cerrarse con este cántico de amor y agradecimiento, que es el canto de la Virgen María, y que lo escuchábamos ayer como lectura del Evangelio.
Resuene en los labios de mi madre; y puesto que ella no puede hablar en la tierra, resuene en los labios de los creyentes, que estamos celebrando el fruto de la redención, al mismo tiempo que la Eucaristía es siempre intercesión y perdón de los pecados.
    
5. ¿Cuáles son las maravillas que Dios ha realizado a lo largo de cien años en esta hija suya?
El haberla mantenido en la fe, en la esperanza y en el amor. El 1 de diciembre de 1947 moría mi padre, cuando iba a cumplir 40 años. Han sido más de sesenta años de viuda, acompañada ciertamente por el amor de todos sus hijos, pero 60 años de soledad de lo que más amaba en esta tierra, 60 años sostenidos por su inmensa fe cristiana, haciendo del dolor resignación, esperanza y lucha.
A nuestra madre las gracias ante la presencia del Señor, por su valor y entereza, por su entrega incondicional a la familia, por su corazón abierto a todos los familiares, con cariño, sin excepción para nadie.
Esto significa que en la vida y en la muerte somos del Señor.
En este mismo ámbito y por manifestar la obra de Dios en nuestros corazones, me place recordar cuáles eran los pilares de la vida de esta cristiana, mi madre y nuestra madre, que nos deja una senda luminosa: La Eucaristía, el Rosario y el Vía Crucis.
Hay una misa para enfermos, transmitida por la TV a las 12.00 del mediodía. Siempre que le era posible la seguía, para tener día a día el alimento de la palabra de Dios. Anhelaba igualmente  el banquete eucarístico, siempre que podían llevarle la sagrada Comunión. Como acción de gracias le gustaba recitar: "Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame", que sabía de memoria.
El santo Rosario que lo rezaba a diario, si sus fuerzas se lo permitían; el Vía Crucis, recorriendo a diario los pasos de Jesús camino del Calvario.
Bien sabemos que una vida cristiana, si se centrara en uno mismo y no se abriera a los demás, sería subjetiva e ilusa. Nuestra vida de discípulos de Jesús, allí donde nos encontremos y en la profesión que ejerzamos, debe ser una vida de servicio y amor a los demás. Esto ha sido muy visible en la vida de mi madre.

6. Pasemos al santo Evangelio que hemos proclamado. ¿Qué son las Bienaventuranzas que Jesús ha proclamado y que acabamos de escuchar como lectura de funeral?
Puede pensarse que las Bienaventuranzas son las virtudes fundamentales que Jesús nos quiere inculcar.  Ciertamente, pero, por encima de eso, las bienaventuranzas son las felicitaciones que Jesús pronuncia sobre los discípulos que tiene delante. ¡Qué dicha la vuestra, porque Dios os ha hecho pobres de corazón, puros, misericordiosos...!
Hermanos: ¿Quién puede ser pobre de corazón? Nadie, si Dios mismo no interviene y le hace de verdad pobre y humilde.
¿Quién puede ser de verdad pura, íntegra de corazón, misericordioso...? Nadie, absolutamente nadie, si Dios mismo no lo hace..., y, naturalmente, el ser humano se deja hacer.
Por eso, ante el cadáver de mi madre, podemos repetir las Bienaventuranzas del Señor: Bienaventurados los pobres de espíritu...
Dichosa tú, madre, porque el Señor te hizo pobre de corazón, te hizo humilde, te hizo pura, te hizo misericordiosa...
Él te purifique de toda mancha, al encontrarte ahora con su divino rostro, y te guarde consigo por toda la eternidad.
Quiero concluir estas palabras con un texto que está en el ritual. Cuando se actualizó el Ritual de exequias, a un servidor le pidieron un canto de despedida para el difunto, que pudiera ser incluido como palabra de la Iglesia en el Ritual. Lo compuse y fui incluido. Y muchas veces he pensado: ¡Qué a gusto se lo diría yo a mi madre en el día de su despedida! Pues ha llegado la hora, y esto que yo lo pienso para todo cristiano salvado por la muerte y resurrección de Cristo, yo lo proclamo, como hijo, con amor y con fe, para mi madre:
              Cristiano, (cristiana), vive con Cristo,
              entra en su gozo;
              por su perdón y su gracia
              canta victoria.
              ¡Dichosa tú, ya salvada;
              entra en la vida!
              Nosotros, los que quedamos,
              testigos de la esperanza,
              formando una sola Iglesia,
              te acompañamos!
Amén.

Alfaro, 11 y 15 de agosto de 2008
Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap.
 
 
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