sábado, 1 de agosto de 2015 0 comentarios

719 Domingo XVIII B - Jesús, pan de vida inmortal



Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,24-35

Texto evangélico
Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí? Jesús les contestó:
“En verdad, en verdad os digo:
Me buscáis no porque habéis visto signos,
sino porque comisteis pan hasta saciaros.
Trabajad no por el alimento que perece,
sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna,
el que so dará el Hijo del hombre;
pues a este lo ha sellado el Padre Dios”.
Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios”.
Él les respondió:
“La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”.
Le replicaron:
“¿Y qué signo haces tú,
Para que veamos y creamos en ti?
¿Cuál es tu obra?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”
Jesús les replicó:
“En verdad, en verdad os digo:
No fue Moisés quien os dio pan del cielo,
sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es el que baja del cielo
y da vida al mundo”.
Entonces le dijeron:
“Señor, danos siempre de este pan”.
Jesús les contestó:
“Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

Hermanos
1. El domingo pasado iniciábamos el Evangelio de la multiplicación de los panes según san Juan, en el capítulo 6, un evangelio que nos iba a ocupar cinco domingos continuos, este año del domingo último de julio hasta el domingo penúltimo de agosto.
San Juan es un evangelio muy especial comparado con los otros tres, un Evangelio de meditación y contemplación, que nos transmite las palabras de Jesús en forma de discursos. Y estos discursos fluyen no con una lógica filosófica de premisas y conclusiones. Son discursos de revelación, en los que la fe se nos entrega con soberanas afirmaciones, realzadas con contrastes, y avanzando no en forma lineal, sino circular.
Es una observación de método, necesaria, sin duda en una clase expositiva del sentido del cuarto Evangelio, y que, como conocimiento general, viene bien en los preámbulos de lectura de este Evangelio, que tanta fascinación ha suscitado en la Iglesia.

2. La fe es el encuentro con Jesús. Esta es una verdad clave, latente en todo el texto sagrado de hoy. Una afirmación sumamente sencilla y al mismo tiempo, crítica hasta la raíz, porque a cada uno le remite para preguntarse sobre su caso personal.
Mi fe ¿ha sido el verdadero encuentro con Jesús, un encuentro persona, un tú a tu con Dios, no tanto por vía de conocimiento intelectual, sino por vía de amor, por un conocimiento afectivo y vital, que toma la personas desde las raíces del ser?
En cierta ocasión Benedicto XVI escribió una frase rotunda y penetrante que la ha vuelto a reafirmar, con agrado, el Papa Francisco: No se es cristiano por la adhesión a un sublime ideal ético de la humanidad, sino simplemente por la adhesión a una persona. Jesús tiene un programa, sin duda, un programa que se presenta a la humanidad con una belleza deslumbrante; pero creer no es adherirse a una programa, sino a una persona.
Esta distinción es esencial. Jesús no es el líder de un partido religioso, Jesús es una persona, por la que el creyente se lo juega todo.
El que encuentra a Jesús encuentra la fe; el que no encuentra a Jesús, por muy bautizado que esté y registrado en la Iglesia Católica, no es una creyente, no es un discípulo. Este es el dilema en el que se juega la presencia de la Iglesia Católica en el mundo; este es el ser o no ser de la Iglesia en el mundo.

3. En este pasaje, en particular, hay una confrontación entre Cristianismo y Judaísmo. El Judaísmo, que apela a toda la Tradición bíblica, cuyo exponente supremo es Moisés, no ha encontrado a Jesús.
Jesús acepta de pleno a Moisés, porque no hay ruptura en el plan de Dios, y la revelación desde el principio hasta el final es un plan orgánico y ascendente. Y el drama de la vida de Jesús es el que Israel, su pueblo, el que había nutrido su imagen de Dios, no encontró a Jesús, última oferta de salvación, que Dios, Padre de amor, ofrecía al mundo.
San Pablo, receptor del mensaje de Jesús, formulará estos conceptos con fuertes antítesis. Los judíos buscan signos; los griegos sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es lo contrario, que no es el signo portentoso de Dios, sino la debilidad de Dios; que no es la sabiduría de los criterios del mundo, sino lo que aparece como necedad ante el mundo. Y, sin embargo, continúa san Pablo es la verdadera fuerza de Dios, que nos salva; es la última sabiduría de Dios que nos abre el camino de la fe.

4. El Evangelio de Dios concentra estos conceptos en un gran símbolo, que luego se va a convertir en signo sacramental: Jesús es el pan de vida. La sección de hoy culmina con esta soberana declaración de Jesús, el Señor:
“Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
Nos centramos en esta frase para saborearla, y para hallar en ella la verdadera efigie de Jesús, de ese Jesús al que se ha incorporado toda mi persona.

5. La declaración de Jesús es uno de los misteriosos “yo soy” esparcidos en el texto sagrado, y que nos remiten a la esencia misma de Dios revelado a Israel_ Yo soy el camino ya la verdad y la vida, Yo soy la puerta (el que entra por mí podrá entrar y salir con libertad), Yo soy la luz del mundo. El “Yo soy” nos lleva a la identidad última de Jesús. Y nos adentra en el Yo absoluto, que se abre al misterio infinito de su divinidad. Nadie ha podido hablar con ese “Yo” de plenitud y de esperanza.
Yo soy tu salvación, me está diciendo Jesús a través de muchas variantes.

6. Es el pan de vida (o de la vida) por el hecho de su existencia y encarnación; lo será muy específicamente por el sacramento pascual de la Eucaristía.
Yo soy, la palabra suprema que Dios había dicho a Moisés al revelarse en el monte Horeb, Yo soy, la palabra que movilizó a un pueblo esclavo para emprender el camino de la salida y de la libertad.
En el fondo del corazón humano hay dos deseos últimos que se unifican en uno, y de los cuales jamás nadie puede prescindir. La felicidad y a inmortalidad. El ser humano quiere ser feliz – no ´puede menso de querer ser feliz – y eternamente feliz. Jesús es eso.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

7. Concluyamos, hermanos, con unas palabras hechas súplica ardiente:
Señor Jesús, aceptamos tus palabras, que son la respuesta a las preguntas últimas de nuestra vida. Te buscamos no por lo que tú nos das, que nos das todo, te buscamos por ser quien eres, el Hijo amado del Padre, el pan de vida, al felicidad, la inmortalidad. Tú eres el gozo y la gloria de Dios; tú eres el gozo y gloria de mi vida. Amén.

Alfaro (La Rioja, España), sábado 1 de agosto de 2015.

viernes, 31 de julio de 2015 0 comentarios

718. Dos pecadores llamados Francisco: La Indulgencia de la Porciúncula



Yo, pecador, perdonado

 Hace unos días, el viernes 10 de julio pasado, el Papa Francisco, de visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), tuvo un discurso sorprendente, visitando el “Centro de Rehabilitación Santa Cruz Palmasola”


Papa Francisco: un hombre perdonado

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
No podía dejar Bolivia sin venir a verlos, sin dejar de compartir la fe y la esperanza que nace del amor entregado en la cruz. Gracias por recibirme. Sé que se han preparado y rezado por mí. Muchas gracias. […]

¿Quién está ante ustedes?, podrían preguntarse. Me gustaría responderles la pregunta con una certeza de mi vida, con una certeza que me ha marcado para siempre. El que está ante ustedes es un hombre perdonado. Un hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados. Y es así es como me presento. No tengo mucho más para darles u ofrecerles, pero lo que tengo y lo que amo, sí quiero dárselo, sí quiero compartirlo: es Jesús,  Jesucristo, la misericordia del Padre”.

Desde esta plataforma de lanzamiento se entiende perfectamente lo demás: “Él vino a mostrarnos, a hacer visible el amor que Dios tiene por nosotros. Por vos, por vos, por vos, por mí. Un amor activo, real. Un amor que tomó en serio la realidad de los suyos. Un amor que sana, perdona, levanta, cura. Un amor que se acerca y devuelve dignidad. Una dignidad que la podemos perder de muchas maneras y formas. Pero Jesús es un empecinado de esto: dio su vida por esto, para devolvernos la identidad perdida, para revestirnos con toda su fuerza de dignidad”.

Tendríamos que trasladar todo el discurso para apreciar matices. Cuando el amor es verdadero, es humilde; y el amor humilde a nadie humilla. Valga de nuevo este párrafo:
“Porque cuando Jesús entra en la vida, uno no queda detenido en su pasado sino que comienza a mirar el presente de otra manera, con otra esperanza. Uno comienza a mirar con otros ojos su propia persona, su propia realidad. No queda anclado en lo que sucedió, sino que es capaz de llorar y encontrar ahí la fuerza para volver a empezar. Y si en algún momento estamos tristes, estamos mal, bajoneados, los invito a mirar el rostro de Jesús crucificado. En su mirada, todos podemos encontrar espacio.  Todos podemos poner junto a Él nuestras heridas, nuestros dolores, así como también nuestros errores, nuestros pecados, tantas cosas en las que nos podemos haber equivocado.
En las llagas de Jesús encuentran lugar nuestras llagas. Porque todos estamos llagados, de una u otra manera. Y llevar nuestras llagas a las llagas de Jesús. ¿Para qué? Para ser curadas, lavadas, transformadas, resucitadas. El murió por vos, por mí, para darnos su mano y levantarnos. Charlen, charlen con los curas que vienen, charlen. Charlen con los hermanos y las hermanas que vienen, charlen. Charlen con todos los que vienen a hablarles de Jesús. Jesús quiere levantarlos siempre…”.

Y seguía con otros párrafos por el estilo, para terminar:
“Antes de darles la bendición me gustaría que rezáramos un rato en silencio, en silencio cada uno desde su corazón. Cada uno sepa cómo hacerlo...
[silencio]
Por favor, les pido que sigan rezando por mí, porque yo también tengo mis errores y debo hacer penitencia. Muchas gracias.
Y que Dios nuestro Padre mire nuestro corazón, y que Dios nuestro Padre, que nos quiere, nos dé su fuerza, su paciencia, su ternura de Padre, nos bendiga. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y no se olviden de rezar por mí. Gracias”.

Estas palabras, tan límpidas, sencillas y transparentes - ¡tan verdaderas, nada diplomáticas! – nos pueden servir maravillosamente para introducirnos en la Indulgencia de la Porciúncula, asignada al día 2 de agosto.


El Perdón de Asís

La Indulgencia de la Porciúncula o El perdón de Asís alude a un episodio de la vida de san Francisco, presumiblemente ocurrido en verano del año 2016.
El Papa Pablo VI escribía la exhortación apostólica  «Sacrosancta Portiunculae ecclesia» con ocasión del 750º aniversario de la concesión de la INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA (14-VII-1966).
El Papa se expresaba así:
“En estos días en que se celebra el 750º aniversario de la aprobación de aquella indulgencia por parte de Honorio III, la cual, como se cree, fue concedida al mismo San Francisco y que diversos predecesores nuestros confirmaron a lo largo de los siglos, nos es grato dirigirnos a los fieles que, según el uso y costumbre de cuantos nos han precedido, se dirigen a la Porciúncula, resplandeciente por ilustre antigüedad, para reconciliarse de una manera más plena y solícita con el mismo Dios allí donde «aquel que ore con corazón devoto obtendrá lo que pida» (Fray Tomás de Celano, Vida I de San Francisco 106)”.
Una cosa es la veracidad crítica del hecho que lo motivó; otra es la autenticidad canónica de la concesión. La concesión existe, y “según se cree” (Pablo VI) fue concedida al mismísimo Francisco de Asís por el Papa Honorio III. Una indulgencia de perdón universal, equiparada en aquellos tiempos a la indulgencia por la Peregrinación a Roma (sepulcro de los Apóstoles) o a la Peregrinación a los Santos Lugares, máximas indulgencias
Para justificarla en vano acudiremos a las Fuentes Franciscanas en uso. Habrá que ir sencilla y directamente al Manual de Indulgencias, publicado por la Penitenciaría Apostólica (1986) tras la reforma hecha por el Beato Pablo VI, traducida al castellano en edición manual (Coeditores litúrgicos 2004; véase p. 70).

* * *

Qué son las Indulgencia – y en concreto la Indulgencia de un Jubileo – lo explicaba delicadamente el Papa San Juan Pablo II en la bula convocatoria del Jubileo del Año 2000:
“…En segundo lugar, "todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la pena temporal del pecado, con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos.
Por otra parte, la Revelación enseña que el cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Hay personas que dejan tras de sí como una carga de amor, de sufrimiento aceptado, de pureza y verdad, que llega y sostiene a los demás. Es la realidad de la "vicariedad", sobre la cual se fundamenta todo el misterio de Cristo. Su amor sobreabundante nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (1, 24).
Esta profunda realidad está admirablemente expresada también en un pasaje del Apocalipsis, en el que se describe la Iglesia como la esposa vestida con un sencillo traje de lino blanco, de tela resplandeciente. Y san Juan dice: "El lino son las buenas acciones de los santos" (19, 8). En efecto, en la vida de los santos se teje la tela resplandeciente, que es el vestido de la eternidad.
Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla del "tesoro de la Iglesia", que son las obras buenas de los santos. Rezar para obtener la indulgencia significa entrar en esta comunión espiritual y, por tanto, abrirse totalmente a los demás. En efecto, incluso en el ámbito espiritual nadie vive para sí mismo. La saludable preocupación por la salvación de la propia alma se libera del temor y del egoísmo sólo cuando se preocupa también por la salvación del otro. Es la realidad de la comunión de los santos, el misterio de la "realidad vicaria", de la oración como camino de unión con Cristo y con sus santos. Él nos toma consigo para tejer juntos la blanca túnica de la nueva humanidad, la túnica de tela resplandeciente de la Esposa de Cristo” (n. 10 del documento).
Comentamos:
Es hermoso considerar que si mi pecado, por pequeño que sea, es un virus que inficiona  a los demás, mucho más, sin comparación, mi generosidad y virtud perfuma, perfumea, el ambiente de la Iglesia. El Bien siempre vence al Mal. Y en la comunión de los santos, yo puedo favorecerme del bien sin tasa que hay en la Iglesia, por parte de los santificados, unidos al Santo de los Santos. Eso es la Indulgencia: la comunión en el bien de los santos.

* * *
El año 2015 el Papa Honorio en un célebre sermón habló del signo de la Thau, con el cual están signados, según Ezequiel, los elegidos, un signo (que en hebreo se dice Thau, Ez 9,4-6). Como cuando en al salida de Egipto las casas de los Hebreos fueron marcadas con un signo (Ex 12,13) para que el Ángel exterminador pasara de largo.
Recuerda Omer Englebert en su Vida de San Francisco:
“En su discurso de Letrán el año 1215, Inocencio III había señalado con el signo TAU a tres clases de predestinados:
- los que se alistaran en la cruzada;
- aquellos que, impedidos de cruzarse, lucharan contra la herejía;
- finalmente, los pecadores que de veras se empeñaran en reformar su vida. ¿Sugirieron a Francisco aquellas palabras el deseo de reconciliar con Dios el mundo entero, facilitando a los que no podían ir a Oriente, y a los privados de recursos con que ganar indulgencias, otros medios de participar también en la universal redención?” (Recogido en franciscanos.org, La Indulgencia de la Porciúncula).
Bien podemos pensar que el hermano Francisco de Asís, pequeñuelo, fue el primer pecador que quiso favorecerse de aquel perdón universal que solicitaba al Papa por toda la Cristiandad.
El Papa Francisco es un personado; así se siente y no es una frase…
Francisco de Asís, il Poverello, es un perdonado…
¿Y yo…? ¡Feliz aquel que se siente bañado en la Misericordia de Dios, que no hay ni caricia mejor en la vida,  ni título más excelso que pueda cantar el amor de Jesús hacia nosotros…!
La gracia de la Indulgencia de la Porciúncula es eso: la gracia de sentirse abrazado, perdonado gratis por la Misericordia del Padre, manifestada por el Espíritu, en Jesús Crucificado.


Para completar: Qué hacer para obtener La Indulgencia de la Porciúncula, el Perdón de Asís

Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965) el Papa Pablo VI reformó la disciplina de las Indulgencias mediante la constitución Indulgentiarum doctrina (1967), y según ella se confió la Penitenciaria Apostólica el Enchiridion Indulgentiarum, que ha tenido de entonces acá diversas revisiones. En la actualidad hay múltiples formas y ocasiones de favorecerse, por la misericordia de Dios, del don de la indulgencia plenaria, con el corazón contrito.
En concreto, en el citado Manual de Indulgencias: Normas, Concesiones y principales oraciones del cristiano (año 2004), leemos:
“65. Visita a al iglesia parroquial.
Se concede Indulgencia Plenaria al fiel cristiano que visite la iglesia parroquial:
- en el día de la fiesta titular;
- el día 2 de agosto en que coincide la indulgencia de la “Porciúncula”.
Una y otra indulgencia podrán ganarse tanto en el día anteriormente designado como otro día que establezca el ordinario en provecho de los fieles.
Gozan de la mismas indulgencias la iglesia catedral, y si la hay, al iglesia concatedral, aunque no sean parroquiales y también las Iglesias parroquiales.
Las mencionadas indulgencias ya están incluidas en la constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, Norma 15; aquí se han tenido en cuenta los deseos hasta ahora manifestado a la Sagrada Penitenciaría.
En esta piadosa visita, de acuerdo con la Norma 16 de la misma  Constitución apostólica se reza la oración del Señor y el símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo)”.
En nuestras iglesia franciscanas se obtiene, en estas mismas condiciones la Indulgencia de la Porciúncula o El Perdón de Asís.

(Nota. Dentro de este pequeño Manual encontrará el lector la constitución apostólica de Pablo VI Indulgentiarum doctrina, 1 enero 1967, cuya explicación bíblico y patrística en nota ocupa no menos extensión que el texto expositivo).

Para conmemorar el VIII centenario de este acontecimiento, las familias franciscanas han elaborado un plan espiritual, un camino de cuatro año, que puede verse publicado en:
Familias Franciscanas de Asís: “Itinerario para caminar juntos y crecer en la común vocación y misión franciscana (2015/2018). Carta Ministros: 12 marzo 2015”.
En alabanza de Cristo y de su humilde siervo Francisco. Amén.

Alfaro (La Rioja), 30 de julio de 2015.
sábado, 25 de julio de 2015 4 comentarios

717. Domingo XVII B – Jesús prepara el banquete mesiánico



Homilía para el domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B.
Jn 6,1-15

Texto evangélico:
Después de esto, Jesús se marchó a al otra parte del mar de Galilea (o Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió entonces Jesús a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman esto?” Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo”. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice; “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos?”
Jesús dijo: “Decid a la gente que se siente en el suelo”. Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieran del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda”. Los recogieron y llenaron doce canastas de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los que habían comido,
La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía. “Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo”.


Hermanos:
1. Hoy iniciamos el Evangelio de la multiplicación de los panes, un largo capítulo que se va a prolongar durante cinco semanas, del domingo XVII, en el que estamos, hasta el domingo XXI, esto es todo el mes de agosto. De pronto hemos pasado del Evangelio de san Marcos al Evangelio  de san Juan. Esto requiere una explicación, como lo vamos a hacer.
Recordemos el pasaje del domingo pasado. Jesús invita a los discípulos a descansar. Van a ir a un lugar tranquilo. La gente lo ha observado y se les adelante. Jesús ve a la multitud que ha acudido, se compadeció de ella, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñar. Y así se pasó la tarde. Los discípulos sugieren entonces a Jesús que los despida: que se marchen por las aldeas y caseríos del contorno y se procure algo de comer. Y entonces Jesús responde con una frase que ha dado tanto que pensar Dadles vosotros de comer. Y así comienza la multiplicación de los panes narrada por san Marcos, un relato que se resuelve en unos pocos versículos.

2, San Juan le dado una importancia excepcional a este episodio hasta el punto que podríamos decir que es es como el Evangelio entero dentro del Evangelio. E episodio está lleno de detalles que tienen su simbolismo.
En el centro de la escena está Jesús, lleno de divinidad, de soberana majestad. Él sabe lo que va a hacer.
Estas los apóstoles, pero no son ellos los que llevan la iniciativa. Los apóstoles son los servidores de Jesús, para que nunca lo olvidemos que quien preside la Iglesia es Jesús, solo Jesús.
Está Jesús en la  montaña. En la escena anterior Jesús estaba en Jerusalén, Está en la montaña, rodeado de la multitud que le sigue al ver el signo que hace sanando enfermos.
Lo que Jesús va a organizar es el banquete mesiánico, anunciado por los profetas. San Juan nos ha hecho saber que estamos en torno a la Pascua, la segunda Pascua de la viuda pública de Jesús, porque la primera, en este Evangelio ha sido la de la purificación del templo, expulsando a los vendedores.
Este banquete mesiánico que Jesús va a ofrecer, podemos verlo como un banquete pascual. San Juan en la Cena no nos va a hablar del banquete pascual; nos está hablando ahora.
Si los cristianos tenemos sensibilidad, podemos entender que la multiplicación de los panes, en la que todos quedaron saciados, se está realizando hoy, en la celebración de la Eucaristía dominical.
Sí, hermanos, esto es la verdadera multiplicación de los panes, en la que todos estamos invitados a participar. No concebimos que en aquella multilicación alguien se hubiera quedado, retraido, sin comer; ese se habría quedado fuera de la fiesta.

3. El pueblo que peregrinaba por el desierto fue alimentado por Dios por el maná y las codornices.
La escena nos remite, es verdad, a aquella peregrinación guiada por Moisés.. como Jesús lo explicara luego en el discurso que pronuncia en la sinagosa de Cafarnaúm, donde se realiza la según parte de esta escena, de este Evangelio plenario de Jesús.
Al comparar la multiplicación de los panes con los milagros de Jesús, pronto vemos algunas diferencias.  Jesús cuando cura a un enfermo, pide un acto de fe, da una orden, la enfermedad desaparece. Aquí no hay nada de eso. Jesús no manda al pan que se multiplique. Todo es absolutamente sencillo.
Dice el texto sagrado que Jesús tomó los panes y pronunció la Acción de gracias. Ni hemos de pensar que bendijera el pan. Daba gracias a Dios, su Padre, y lo presentaba a él. Estamos en un paralelismo completo con lo que hace el sacerdote en el momento de la consagración.
Y aquel pan, en manos de Jesús, se hizo pan de Dios, pan de la comunidad, el pan que nos estaba dando Dios, nuestro Padre, por medio d e su hijo amado. Un detalle sorprendente es lo que dice a continuación el texto sagrado: y los repartió a los que estaban sentados, como  el  mismo Jesús lo fuera dando este pan celestial a cada uno de los miles de comensales. En este Evangelio ha desaparecido la mediación de los apóstoles en la distribución del pan del cielo.
Jesús mismo nos lo está dando con sus propias manos.

4. Hermanos, todo lo que dice el Evangelio se está realizando algo en la Eucaristía, en la comunidad de Jesús congregada cada domingo.
Jesús  mismo nos está dando el pan de vida, como don de Dios, alimento de inmortalidad del mundo nuevo que ha comenzado;
Para que lo comamos en comunidad todos y todos nos saciemos.

Hay otros detalles en este Evangelio, que nos invitan a penetrar en su significado y en sus consecuencias. Nos baste hoy con lo que hemos indicado.

5. Señor Jesús, yo confieso que la Eucaristía la  celebración cristiana de cada domingo, es para mí y para la comunidad la verdadera multiplicación de los panes, el banquete pascual que a todos nos congrega. Qu       e sepamos apreciar este don divino, y que no dejemos ningún domingo de disfrutar de este banquete celestial. Amén.

Guadalajara, Jal., sábado, 25 julio 2015,
 
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