domingo, 28 de septiembre de 2014 0 comentarios

600. El abuelo más sabio y más bueno



El abuelo más sabio y más bueno

“Agradezco especialmente al Papa emérito Benedicto XVI por su presencia. Yo dije tantas veces que me gusta tanto que él viva en el Vaticano, porque es como tener un abuelo sabio en casa. ¡Gracias!”

(Papa Francisco, hoy, domingo 28 septiembre 2014,
en el homenaje a los ancianos, en la Plaza de San Pedro)

1. El abuelo más sabio y más bueno
tiene un rayo de luz en su cara
es anciano que baja del monte,
donde ha visto a Jesús en la Pascua.

2. Despacito camina y prudente,
apoyándose en una cayada,
va rezando y gustando en su mente;
ya sabéis: Benedicto se llama.

3. Y Francisco le invita se quede
donde está como abuelo de casa,
donde está Benedicto se aspira
esa paz que la Iglesia traspasa.

4. En la sede del santo silencio
Benedicto muy suave  nos habla:
y Francisco feliz lo has hospedado
entre hermanos: un Papa a otro Papa.

5. Benedicto es pasado y futuro
cuando escribe con fe y con audacia
cuando sube al altar y bendice
cuando humilde vestía su capa.

6. Benedicto es la Iglesia que vive
y en Francisco refleja su alma,
Benedicto y Francisco un sentir,
y es Jesús quien navega en la barca.

7. Benedicto, pilar de la Iglesia,
adorando al Señor que nos ama,
un humilde cristiano de lejos
muy dichoso te rinde su ¡Gracias!

Guadalajara, domingo 28 septiembre 2014
Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap.
viernes, 26 de septiembre de 2014 0 comentarios

599. El hijo malo y el hijo bueno



Homilía para el domingo XXVI del tiempo ordinario, ciclo A

Mt 21,28-32

 

Texto evangélico:
¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña” Él le contestó: “No quiero” Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?” Contestaron: El primero”.
Jesús les dijo: “En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver es, no os arrepentisteis ni le creísteis”


Hermanos:
1. Las parábolas de Jesús no son, en modo alguno, lecciones morales para decirnos donde está el buen comportamiento y dónde está el malo. No son los dichos de un sabio que desde la experiencia de la vida puede dictarnos sentencias de sabiduría.
Las parábolas de Jesús, que arrancan de escenas y vivencias de la realidad de la vida, nos introducen en la vida de Dios con los hombres, y tienen un fondo dramático que, a lo mejor, en un primer momento no lo captamos, pero que, al verlo, entonces sí  nos caemos en la cuenta de que ahí estaba la fuerza del mensaje.
Es bueno preguntarse, al escuchar una parábola de Jesús, dos cosas:
- En qué momento la dice.
- Y a quienes se dirige.

2. En el caso presente estamos en la semana final de la vida de Jesús, dentro de esos acontecimientos que nosotros llamamos la Semana Santa. Jesús ha entrado en Jerusalén, provocando él mismo de modo consciente ese homenaje de amor en su despedida.
Después de la entrada en Jerusalén ocurre la expulsión de los mercaderes del templo y las polémicas con las autoridades judías. El Evangelio nos acaba de informar que “se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” (Mt 21,23). Se palpa este clima tenso y polémico.
Esta parábola no va dirigida al pueblo sencillo, sino a las autoridades.
Y Jesús de una manera fulgurante presenta dos hijos: el malo y el bueno, para mostrar, al final, cómo el bueno es el malo y el malo es el bueno.
- Hala, hijo, vete a trabajar a la viña. El hijo malo, descarado, malhablado, responde: No me da la gana.
Pero luego entra en razón y piensa: He sido un sinvergüenza con mi padre; no hay  derecho a contestar así a un padre; me arrepiento, torpe de mí, y voy a la viña.
Por otra parte está el hijo bueno, el aparentemente bueno.
- Hala, hijo, vete a trabajar a la viña, le dice el padre.
Y el hijo, muy educado, le responde:
- Sí, padre, no faltaba más…
Pero no fue. Es que mientras tanto me salió otra cosa… Es que un amigo me dijo… En resumen, que no fue. Y se trataba de eso: de ir a la viña. El hijo malo fue el arrepentido y el obediente. Nosotros nos quedamos con el hijo malo. El hijo bueno no fue obediente: nosotros no nos quedamos con el hijo bueno, porque fue desobediente.

3. En el caso de Jesús, ¿quién es el hijo malo y quién es el hijo bueno? La misma parábola nos lo va a decir. Los publicanos (es decir, los pecadores) y las prostitutas son el hijo malo.
Son efectivamente el hijo malo, porque no es correcto lo que están haciendo. Pero he aquí que los publicanos y las prostitutas reconocen su pecado, se arrepienten y cambian de vida. Lo dicen el mismo texto del Evangelio: Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las prostitutas le creyeron.
Las prostitutas dejan de ser prostitutas y pasan al Reino de Dios, mas no siguen siendo prostitutas. Pasan como arrepentidas y como santificadas.
Insisto en ello, porque se abusa de esta frase: las prostitutas tienen la preferencia en el reino de Dios. No dice Jesús esto. Lo que dice es que las prostitutas, al arrepentirse, van delante de vosotros en el reino de Dios. Ellas, reconociendo su debilidad, entran en el reino de Dios. Vosotros, los cumplidores, los santos, no aceptáis el mensaje, no os arrepentís…
Es que no tenemos que arrepentirnos.
Hermanos, si nuestra santidad nos impide ver la maldad última de nuestro corazón, la necesidad absoluta de la gracia de Dios, maldita santidad.

4. Esta idea nos la predicó Jesús repetidamente. Es lo mismo que lo de la parábola del fariseo y del publicano.
- Señor, yo te doy gracias, porque soy un santo y no tengo de qué pedirte perdón. Cumplo lo que me mandas y hasta hago otras cosas de propina, de supererogación, por los pobres pecadores.
Y el publicano allí, sin atreverse a levantar los ojos, decía:
- Señor, perdóname, soy una miseria…, qué te voy a decir; perdóname…, espero que me comprendas…, confío en ti, no tengo otro remedio que tu misericordia.
Aquí igual, el pecador – que de verdad era pecador – agradó a Dios. El santo, el cumplidor, no agradó a Dios.

5. Hermanos, no quiero terminar esta homilía sin traer a este lugar sagrado el acontecimiento de estos días: toda la removida que ha ocasionado el replanteamiento del aborto.
Como es sabido, en España desde el 5 de julio de 2010 se puede matar al feto hasta catorce semanas de gestación. Por succión, que es la forma más corriente de practicar el aborto se puede sacar el cuerpecito del niño, triturarlo y echarlo a la basura. Es legal; no es delito. La estadística de abortos en España es pavorosa.
El Gobierno que aguerridamente quería luchar contra esto lo va a pensar de otro modo.
Los obispos levantan la voz del Papa, pero no hace falta que lo diga el Papa, lo dice mi propio corazón. De todas maneras el clamor del Papa en su encíclica sobre La alegría del Evangelio es esta:
"Entre los débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana (...) quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo (...). No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana".

6. Termino mirando a Jesús que nos ha predicado el amor del Padre.
Señor Jesús, enséñanos tus caminos para saber escoger lo bueno y no lo malo. Líbranos de la locura de matar a criaturas inocentes e indefensas, a quienes tú proteges. Amén.

Guadalajara, viernes, 26 septiembre 2014.




NO MATARÁS
(Explicación de las circunstancias
en la entrega anterior, n. 597)

No matarás,
dijo el Señor de la vida.
No me mates escondida,
mamá,
que sé te arrepentirás.

No me mates por vergüenza,
no ofendas mi dignidad,
que nada malo te hice
para quererme abortar.
Yo te quiero, mamacita,
y un día te enterarás.
Déjame que estos ojitos
vean los tuyos gozar.

No matarás,
dijo el Señor de la vida.
No me mates escondida,
mamá,
que sé te arrepentirás.

En tu nido me acurruco,
y aún no sé lo qué es llorar,
tengo mi vida en tus manos,
si tú me quieres amar.
No te prives, madre amada,
de esta tu felicidad;
no me mates, mamacita,
que nunca te olvidarás.

No matarás,
dijo el Señor de la vida.
No me mates escondida,
mamá,
que sé te arrepentirás.
  
No me mates, que podemos,
las dos juntas caminar;
con la sangre que me has dado
yo te tengo que ayudar.
Soy persona, soy tu hija,
y orgullosa tú has estar;
déjame mamar tu leche,
que es un manjar celestial.

No matarás,
dijo el Señor de la vida.
No me mates escondida,
mamá,
que sé te arrepentirás.

Mas también tengo un secreto
que te puede consolar;
que si un día no quisiste
que yo llegara a tu hogar,
Dios y yo te perdonamos,
perdonada queda en paz,
y con mi ruego celeste,
mi mamá, puedes contar.

Puebla de los Ángeles (México), 5 julio 2010.
Lo reafirmo, Guadalajara, 25 septiembre 2014.
 


 
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