jueves, 21 de julio de 2016 0 comentarios

830. Domingo XVII, ciclo C – Jesús nos revela a Dios como Padre



Homilía para el Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 11,1-13

Texto evangélico
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?».

Hermanos:
1. La palabra “Padre”, que Jesús nos ha entregado al enseñarnos la oración que debemos hacer ante Dios, es el centro de la revelación del Nuevo Testamento. De esto vamos a hablar.
La oración cristiana, es decir, la oración que Jesús ha dirigido al Padre y nos ha enseñado, tiene una palabra única con un sentido inédito que lo ha impreso Jesús. Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Como es tu Dios es tu fe; como es tu fe es tu comportamiento; y como es tu comportamiento es la alegría de tu existencia.
Cuando oréis, decid: “Padre”.

2. ¿Y es que no se puede llamar a Dios con otro nombre? Solo a condición de que ese otro nombre vaya ungido con el aceite purísimo que tiene esta palabra: “Padre”.
Con esta palabra nosotros queremos entrar en la ultimidad del corazón de Jesús y trasvasar a nosotros sus propios sentimientos.
El contenido de esta palabra apunta a dos vivencias plenas y simultáneas: la santidad de Dios y la cercanía de Dios; la majestad de Dios y la familiaridad de Dios. Llamar a Dios “Padre” es comenzar a entrar en el cielo.
En la lengua que Jesús usaba, el arameo, esta palabra suena así: Abba. Y ha llegado a nosotros con una carga sagrada, como si fuese algo intraducible y sacramental.

3. San Marcos, cuando habla de la agonía de Jesús en el huerto de los Olivos, dice: Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y decía: «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,35-36).  Dice “Padre”, que lo entiende todo el mundo, pero quiere que se sepa que Jesús decía exactamente en arameo Abba.
En este pasaje aparece de modo muy evidente la absoluta reverencia y la absoluta confianza, que son las dos actitudes que deben traspasar nuestra oración, dos sentimientos ante Dios que se abren a lo infinito: adoración a Dios, que nos engrandece a nosotros, confianza familiar absoluta, sabiendo que estamos metido en el mar de la ternura de Dios.

4. Esta palabra divina, que por necesidad ha sido tomada de nuestro lenguaje humano, nos invita a dos peticiones, que resumen nuestra vida:
- la primera, que Dios se manifieste entre nosotros como es en su santidad y en su soberanía. Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino;
- la segunda, que Dios nos socorra en estas tres necesidades: para hoy el pan cotidiano, para todo momento el perdón, para la hora decisiva la salvación: danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.

5. No es ninguna fantasía ni capricho decir que esta sola palabra, penetrada hasta el fondo, nos da la totalidad de nuestra fe. Necesitaríamos una clase de teología para ser más concretos. Digamos tan solo que los ejemplos que vienen después del Padrenuestro – la parábola del amigo inoportuno y el ejemplo del hijo que pide pan o que pide un huevo -  son la primera explicación del Padrenuestro.
En este año de la misericordia, vamos a detenernos en la petición del perdón. perdónanos nuestros pecados.
- ¿Quién puede perdonar los pecados?
- Y ¿por qué puede perdonar y perdona siempre?
Porque es padre.
Y nos pide que le imitemos siendo coherentes: si él nos perdona, nosotros tenemos que perdonar.

6. Pongamos un ejemplo: si yo ofendo a alguien, ofendo a Dios mismo, y me tiene que perdonar Dios, y también el hermano. Si alguien me ofende a mí en asunto grave e importante, queda en mí la herida del rencor. “No puedo perdonar”, dice el ofendido. Y es verdad: no tiene fuerzas humanas para perdonar. Se necesita un milagro, pero Dios hace ese milagro, que es el milagro del perdón; cambiar el corazón del odio al perdón nos diviniza.
Cuenta la Sagrada Escritura que, al inicio de la historia humana, Caín mató a su hermano Abel. El pecado de Caín es imperdonable y hay que matarlo, como hay que matar a todo asesino. Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Puesto que me expulsas hoy de este suelo, tendré que ocultarme de ti, andar errante y perdido por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará». El Señor le dijo: «El que mate a Caín lo pagará siete veces». Y el Señor puso una señal a Caín para que, si alguien lo encontraba, no lo matase. (Gen 4,13-15).
Dios perdona a Caín, asesino; y por eso lo protege para que no lo maten, porque los hombres no van a perdonar al asesino.
Hacia ese mundo de la ternura de Dios apunta el Padrenuestro: Dios es perdón, Dios es ternura, Dios es Padre.
Dios nos ha perdonado la muerte de su propio Hijo. San Pablo nos ha dicho en el texto de hoy que el acta de nuestra condenación Dios lo ha cogido y lo ha clavado en la Cruz de su hijo, ya no existe. Canceló la nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros; la quitó de en medio, clavándola en la cruz (Col 2,14).

7. Hermanos, Dios nos ha perdonado, porque Dios es Padre, para siempre Padre, y no dejará de amarnos.
Señor Jesús, verdadero Hijo de Dios, gracias por esta revelación suprema, porque contigo podemos llamar a Dios: Padre, Padre mío, Abba. Amén.

Santiago de Chile, jueves 21 de julio de 2016.
jueves, 14 de julio de 2016 0 comentarios

829. Domingo XVI, C – Hospedar a Dios en nuestra casa



Homilía para el Domingo XVI del tiempo ordinario,
Ciclo C – Lc 10,38-42


Texto evangélico
Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Hermanos:
1. En cualquier Biblia que tomemos en nuestras manos, seguramente que la escena que acabamos de escuchar y de representarnos con la imaginación, llevará un título escueto: Marta y María. Es correcto, alusión a dos personas que representan dos actitudes diferentes. Claro que el personaje principal ya sabemos quién es: Jesús.
Estamos en Betania, una pequeña aldea a las afueras de Jerusalén. Conocemos este pueblo, esta casa, esta familia por otro Evangelio, por san Juan, cuando dice: “Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana” (Jn 11,1). Está bien saber este dato, pero, en general, es mejor no mezclar Evangelios, porque cada uno de los cuatro tienen sentido por sí mismo. Estamos, pues, en casa de Marta y María, como dice san Lucas, más bien que en casa de María y Marta, como apunta san Juan.
La escena es una escena de hospedaje. Todo sugiere que se trata no de un hospedaje de honor y cortesía, de una invitación, sino de un hospedaje de amigos muy amigos. En esta casa Jesús se siente en su casa. Lo que hace una casa no son tanto los muros que la sostienen, sino el cariño que allí se vive.
Aquí no aparecen los discípulos de Jesús. ¿Están o no están? No lo sabemos. No son necesarios para el sentido de la revelación que vamos a recibir; hasta diríamos que estorban: Jesús, Marta y María.

2. Marta, la dueña hacendosa que desvive para que Jesús se sienta a gusto, agasajado con todo amor: María, la mujer amorosa, que está a los pies de Jesús, en el suelo, embebida en sus palabras. La escena tiene unos tintes de idilio y comienza a parecerse al Cantar de los cantares…
El intérprete inteligente se pone pensativo y comienza a preguntarse: Pero aquí ¿de qué se trata?
Efectivamente, hermanos, aquí ¿de qué se trata? Hemos titulado nuestra homilía: Hospedar a Dios en nuestra casa.

3. Para entrar en el sentido último y total de la escena la Misa de hoy nos lleva a los tiempos de Abraham, capítulo 18 del Génesis, cuando Dios quiso comer en la Tienda del beduino Abraham, que entonces estaba en Mambré al sur de Jerusalén. Recordemos:

1 El Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, en lo más caluroso del día. 2 Alzó la vista y vio tres hombres frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda, se postró en tierra 3 y dijo: «Señor mío, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. 4 Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. 5 Mientras, traeré un bocado de pan para que recobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a la casa de vuestro siervo». Contestaron: «Bien, haz lo que dices»”.

Es la única vez en el Antiguo Nuevo Testamento en que se dice no solo que Dios se apareciese al hombre, sino que Dios entrara a comer en casa del hombre y se sentara a comer la comida que el hombre le ha preparado. Escena misteriosa o mística, tanto para judíos como para cristianos. Son tres los peregrinos que han aceptado el hospedaje, tres que hablan como uno. El Uno que habla tiene poder divino, pues le promete a Sara, anciana y estéril, que será madre dentro de un año. Es Dios el que habla.
Nosotros, cristianos, hemos tomado el episodio de la encina de Mambré, para representarnos el misterio insondable de la Santísima Trinidad. Nuestros hermanos ortodoxos han hecho de este icono, pintado en el siglo XV por Andrés Roublev (San Andrés Roublev desde 1988) la representación pura y simbólica del misterio de la Trinidad. Dios, el todo Santo, ha ido a hospedarse en la Tienda de Abraham y de Sara, y ha venido con la buena noticia de la maternidad de Sara.

4. Cuando san Lucas describe el hospedaje que brindan a Jesús Marta y María ¿está pensando en esta escena arcaica del libro del Génesis? Ni lo sabemos ni lo podemos saber. Pero la Iglesia está en lo correcto cuando lee hoy este pasaje para introducirnos en aquella humilde casa de Betania. Dios en persona ha entrado en ella.
Y ahí está Jesús, y Marta y María, acogedoras las dos, están acogiendo a Jesús, acogiéndolo con amor, si bien en forma diferente. Marta trabaja, María, embebida, escucha y contempla.
María escucha. Nosotros, desmenuzando el texto, nos preguntamos: ¿Qué está escuchando María? La palabra del Señor. No son las palabras, sino “la palabra”. Y aquí el nombre de Jesús se ha cambiado por el del Señor. Dice literalmente el texto sagrado: sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Se trata, por lo tanto, de escuchar la palabra del Señor.
En un texto tan corto aparece tres veces la palabra “Señor”, una sola vez el nombre de Jesús.
Marta se atreve a decir con confianza: Señor, ¿no te importa…? Continúa el texto sagrado: Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta…».
De María en esta ocasión no se nos transmite una sola palabra.

5. El texto evangélico es una invitación a un deber que tenemos todos los cristianos: escuchar al Señor, que bien puede definirse como la mejor parte.
En la vida todos tenemos muchas cosas que cumplir, y son necesarias, pero no todas tienen la misma importancia. La principal de todas para un cristiano es escuchar al Señor.
Escuchar al Señor, al Señor Jesús; que podemos traducir por otras expresiones equivalentes: contemplar a Dios, dejarse mirar por Dios, dejarse amar por Dios. ¡Cuántas veces hemos dicho en la predicación que lo más importante de la vida no es amar a Dios, sino ser amados por Dios! Y para ello tenemos que pararnos, entrar en nosotros mismos: Dios me ama, y nada malo me puede pasar. Y entonces comienza a nacer en tu corazón la contemplación.
                                            
6. Cuando vino el Papa a México en febrero, la primera visita fue para el Presidente de la nación, y comenzó su discurso institucional de este modo sorprendente:
“Le agradezco, señor Presidente, las palabras de bienvenida que me ha dirigido.
Es motivo de alegría poder pisar esta tierra mexicana, que ocupa un lugar especial en el corazón de las Américas.
Y hoy vengo como misionero de misericordia y paz. Pero, también, como hijo, que quiere rendir homenaje a su madre, la Virgen de Guadalupe, y dejarse mirar por ella”.
Dejarse mirar por la Virgen lo repitió varias veces en su viaje.
Hermanos, dejarse mirar por el Señor, escuchar las palabras del Señor… Ahí está la solución. Dios nos ama, dejarse amar por Dios, porque, pase lo que pase, Dios nos ha de amar siempre.

7. Señor Jesús, queremos aprender la lección que nos has dado en Betania, en la casa de Marta y María: estar a tus pies y escuchar tu palabra. Amén.

Guadalajara, jueves, 14 de julio de 2016

Para el final de la audición



 
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