viernes, 21 de noviembre de 2014 2 comentarios

622. Domingo XXXIV A – Jesucristo, rey de amor en todos los necesitados



Homilía en la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo,
Domingo XXXIV, domingo final, ciclo A
Mt 25,23-46

 


Texto evangélico:
«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.  Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.
Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. Entonces también estos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Él les replicará: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna»”.

Hermanos:
1. Este es el domingo final del año litúrgico, domingo último ocupado por la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Esta es la corona anual del ciclo litúrgico. Los textos sagrados están tomados del Evangelio, del Antiguo y Nuevo Testamento para presentarnos la figura verdadera de nuestro rey.
Para saber quién es Jesucristo Rey, cuál es su reinado, quiénes somos sus vasallos, cuáles son sus poderes, cómo se ejerce este reinado, ¿dónde tendremos que acudir?
Los estados y naciones de la tierra se configuran con la conjunción de tres poderes: el poder legislativo para establecer una constitución, que radica en el pueblo soberano y lo delega al rey; el poder ejecutivo para gobernar ejecutando las leyes previamente establecidas; el poder judicial para determinar cómo se ha de proceder cuando la ley se ha quebrantado. En una monarquía absoluta los tres poderes tienen una sola cabeza.

2. Todo esto, hermanos, en la historia, se ha querido aplicar a Jesucristo y su Iglesia, partiendo, por otra parte, del principio absoluto de que Jesucristo es el creador de cielo y tierra, con el mismo poder de Dios, y de que él por tanto es la única fuente del derecho, y que Jesucristo radica y subsiste en la Iglesia católica y que su reinado se deposita en ella. Todo esto, que puede tener su filosofía interna y su lógica, es aberrante si contemplamos el modo como Jesucristo aparece como rey en su vida.
No quiso ninguna propiedad, porque vivió en la pobreza absoluta; no intentó poseer ningún dominio sobre nadie; no pasó por su mente el que sus discípulos pudieran formar un poder militar para conquistar con armas y guerra, absolutamente nada de eso.
Murió como rey, según la sentencia escrita: Jesús Nazareno, rey de los Judíos, insultado, pero invocado como rey por aquel malhechor que estaba junto a él, reconociendo su culpa y Jesús le prometió estar hoy mismo conmigo en el paraíso. Este es el triunfo de Jesús, el primer trofeo que el rey crucificado se lleva al cielo: de la cárcel, del patíbulo, al cielo, porque tuvo la visita de Jesús.

3. En el texto proclamado aparece un rey Mesías, el Hijo del hombre, que no es otro que el mismo Jesús de Nazaret, y Jesús presenta una escena provocadora y escandalosa, y al mismo tiempo iluminadora, porque ahí está el Evangelio.
El escándalo es este:
1) Yo soy ese rey, yo, el Hijo del hombre, que va a ejercer esa soberanía judicial sobre todas las naciones, esto es, sobre sus discípulos, sobre Israel, sobre el mundo entero.
2) La gloria de mi reino no va ser el trofeo de mis victorias, el aplastamiento de mis enemigos, el avance de mis banderas.
3) Mi gloria y mi victoria va a ser el triunfo del amor sobre los indigentes y desheredados de la tierra, los que son la periferia del mundo y en muchos casos el deshecho de la humanidad: seis palabras, que podría alargarse hasta sesenta, hasta seiscientas: los hambrientos, los sedientos, los emigrantes, los desnudos (léase, los que no tienen trabajo), los enfermos, los encarcelados.
4) El examen no se va a hacer a los necesitados y miserables que aquí aparecen: Tú, ¿por qué eres pobre?, ¿por holgazán, por vicioso…? El examen se va a hacer a los que íbamos por el camino de la vida y encontramos a un pobre, a un enfermo, a un emigrante, a un encarcelado. ¿Le diste de comer? ¿Le vestiste? ¿Le acogiste en tu casa? ¿Le curaste? ¿Le visitaste en la cárcel?
5) Lo más sorprendente, lo que nadie podría jamás pensar, lo que no tiene filosofía alguna en la tierra para confirmarlo, es lo que dice Jesús: Yo estaba en el pobre: en el hambriento y el sediento, en el emigrante y en el desnudo; en el enfermo y el encarcelado. Yo estaba allí, yo era él. Ni los buenos se habían enterado, ¡y era verdad!

4. Hermanos, ¡hay tanto que pensar y reflexionar sobre estas palabras de Jesús, que son pura vida! El día 20, aniversario de la Revolución en México, riadas de manifestantes, millares y millares, por todo el país, invadieron calles y plazas, con amplia repercusión en el extranjero. ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! Era el clamor repetido por la desaparición de 43 normalistas. No era guerra a un partido político, sí oposición al gobierno; pero más allá que el gobierno era un clamor humano de solidaridad y reivindicación.
Hermanos, desde el Evangelio de hoy también en esos muchachos, en esas jóvenes estaba Jesucristo, rey de amor.

5. Señor Jesús, con tus palabras de profeta y de Hijo de Dios nos ha mostrado tu camino. Concédeme en esta vida la alegría de verte, de sentirte, reinando por la fe, por el amor, por el servicio, en los más pobres y desvalidos. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes 21 noviembre 2014
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621. Gracias, mi santa madre Iglesia



Gracias, mi santa madre Iglesia

A los 50 años de constitución dogmática

Lumen gentium, sobre la Iglesia

21 noviembre 1964 – 2  noviembre 2014


Dentro de unos días

Dentro de unos días, el 21 de noviembre, memoria de la Presentación de la Virgen María, se cumplen 50 años de la fecha en que fue promulgada la constitución dogmática sobre la Iglesia, titulada, por sus primeras palabras “Lumen Gentium” (Luz de las gentes).
Para quienes amamos a la Iglesia como madre y miramos la vida con cierto panorama este recuerdo es más que recuerdo; es parte de nuestra vida que remueve muchos sentimientos.
Ha sido justamente el cura joven de mi pueblo, Javi (don Javier Martín Martija), querido por todos, quien semanalmente nos zarandea a las “misioneras” y “misioneros” del pueblo regados por el mundo, enviándonos la Hoja parroquial, el que me ha suscitado estas vivencias. Nos cuenta lo que pasa, y desde la India a México, pasando por Uruguay, Venezuela, Ecuador y Cuba escribe a José María Heredero misionero (y muy veterano), Rufino María Grández misionero, Roque Grández misionero, Luisa Fernández misionera, Santiago Fernández misionero, Tere Fernández misionera, Carlos Bernal misionero, Lidia Fernández misionera.
Hoy nos dice:
 En la primera página de la HOJA de esta semana hablo de los 50 años que cumple esta semana la LUMEN GENTIUM... ese documento que dio la vuelta a la manera de entender la Iglesia... aún nos queda tiempo para acabar de asimilarlo y de hacerlo vida.
Y comentamos los 50 años de la advocación mariana "María, Madre de la Iglesia"... ¡¡Que nuestra Madre, la Virgen del Burgo os bendigaaaaaa y nos bendiga a todos!!!
Gracias, Javi; aunque, callados, sabes que estamos en la brecha, por Jesús, por su Reino, por su divina utopía que sustenta nuestra vida. Y con una ilusión siempre mayor, sí por cierto.
Aquel día, hace cincuenta años, yo tuve un inmenso gozo y me place revivirlo. Tenía 27 años, cuatro y medio de sacerdote, y recién estrenaba mi grato oficio de profesor de Sagrada Escritura en Pamplona, en un Teologado de capuchinos de unos cuarenta alumnos…
Todo aquello lo vivíamos con pasión, con el ardor de la juventud. Se trataba de nuestra Madre, la Iglesia.
Hoy vuelvo sobre entonces y tengo entre mis libros el Diario del Concilio, de Jacinto Argaya, obispo, editado muchos años después…, en 2008 (Jacinto Argaya, Diario del Concilio. Edición y notas de Xavier Basurko y José María Zunzunegui. Publicaciones Idatz, San Sebastián 2008, 625 páginas). Hay que saber que este obispo asistió a las 168 congregaciones generales de las cuatro sesiones del Concilio (1962-1965), sin faltar a una sola. Al final de la Introducción escribe. “Lo que en el Concilio vi, oí y viví es lo que con fidelidad transcribo en estas memorias, sin otro objetivo que el de servir a la Iglesia con entero amor” (p. 26).
Es que, además, don Jacinto no solo escribió su propio diario, sino que recopiló todo lo que pudo – cualquier papel que se repartía – y en la actualidad 134 volúmenes encuadernados en rojo, cada uno con su propio índice del contenido, dan fe en la Biblioteca del Seminario de San Sebastián del Archivo conciliar de don Jacinto Argaya.
 ¡Qué libro más interesante el de su Diario, que da testimonio sincero, por hablar en lenguaje casero – de todo lo que allí se iba cociendo, y constatando siempre que, al final, la Providencia ponía su firma!


Aquel 21 de noviembre de 1964

Sigamos con don Jacinto Argaya, que era hermano de un capuchino, sencillo y querido P. Carlos Argaya (1905-2000). Casa natal de ambos hermanos en Vera de Bidasoa (Navarra). Don Jacinto había nacido en 1903, y durante los años del Concilio era obispo de Mondoñedo (Galicia) y de allí pasó a ser obispo de San Sebastián en 1968 hasta su jubilación en 1979.
El día 21 de noviembre de 1964 se aprobó con un sí rotundo la constitución sobre la Iglesia: 2.151 votos a favor, 5 en contra. Realmente comenzaba una era nueva en la Iglesia. El episcopado español, en sí de valía, andaba rezagado y disperso… Hombres como Argaya vivían los debates y preocupaciones del momento; así el tema de la “libertad religiosa” que se postergaba para la sesión siguiente, tema candente en España y más ante el declive del general Franco, que se veía venir.
Este documento sobre la Iglesia sería la base de otras constitución, llamada “constitución pastoral” sobre la Iglesia en el mundo. El teólogo Congar la anhelaba como “la tierra de promisión”; es expresión suya.
Los teólogos peleaban entre sí, y, por ejemplo, el título de “Mater Ecclesiae” no logró pasar al texto de votación (por razones que no es del caso examinar aquí). No obstante, el Papa Pablo VI lo asumió y por su autoridad personal lo proclamó en el discurso conclusivo de la sesión, con el aplauso aquiescente del colegio episcopal.
Es interesante, y animado, recuperar lo que entonces se decía y se vivía. Traslado aquí la página de la vuelta de la sesión el Concilio, al día siguiente de estos acontecimientos.

Regreso a España.- El día 22, por ferrocarril, emprendo mi viaje de regreso de Roma a España. Viajan en el mismo tren mons. Garrone (Toulouse) y mons. Puech (Carcasona), excelentes amigos míos. En el mismo vagón viajan también: mons. García Goldáraz (Valladolid), mons. Gúrpide (Bilbao), mons. Bascuñana (Solsona) y mons. Rendeiro (Faro-Portugal).
A lo largo del viaje, comentamos las declaraciones hechas a la prensa por mons. Helder Cámara (Recife-Brasil). Este discutido prelado, preconiza lo siguiente: Constitución de un senado de la Iglesia universal compuesto por cardenales, patriarcas y representantes de cada Conferencia nacional de obispos. Sería convocada a lo menos una vez al año. Uno de sus cometidos será la elección de nuevo Papa. La Curia romana será órgano ejecutivo del Papa, del senado episcopal y de las comisiones postconciliares. Los obispos somos los sucesores de los Apóstoles; pero ¿quiénes serán los sucesores de los profetas y doctores? ¿No serán, acaso, los teólogos, investigadores, sacerdotes y laicos señalados? En su acción misional -sigue diciendo el mismo obispo- debe la Iglesia huir de toda especie de paternalismo y de colonialismo espiritual. Debe revisarse el Índice de libros prohibidos, y conceder un gran perdón o jubileo para todas las censuras, con ocasión del Concilio. En la próxima sesión, debe hacerse por aclamación la canonización de Juan XXIII.
Interesantes estos puntos de vista del discutido prelado brasileño. De él tengo un grato recuerdo. A mi simple petición, me entregó para mi archivo conciliar todo el material, muy cuantioso, que el poseía en Roma.
Realizado felizmente el viaje, en Hendaya me espera mi hermana Pilar. En casa encuentro a mi santa madre que con sus 88 años va tirando bien.
Al día siguiente emprendo viaje a Mondoñedo, llegando por la tarde. Visito a la patrona de la diócesis, la Virgen de los Remedios. Seguidamente, en el Seminario, doy a seminaristas y superiores una larga impresión del Concilio. El día 27 les dirijo otra charla relacionada con el esquema de Seminarios”.


Una persona de mi generación ante esta nueva imagen de Iglesia

Los de mi generación, los que queríamos estar en el hoy de la Iglesia, vivíamos lo que iba trayendo el Concilio, con sorpresa sí, pero sin trauma. Y ciertamente que en el campo intelectual la teología nueva, que nos iba inoculando el Concilio, dilataba más y más el corazón. Para uno de mi formación ¿qué traía el Concilio? Una esperanza sin límites, a saber
- una Biblia releída
- una fe repensada
- una fe celebrada.
Todo era igual, si pensamos que el Concilio no reprobaba una herejía nueva, no alumbraba nuevas verdades y bebía de la tradición pura de la Iglesia. Y al mismo tiempo todo era distinto, todo cobraba una frescura original.
Luego hemos sufrido – y mucho – al ver cómo ciertos valores, apoyados en elocuentes palabras que fascinan pero que en el fondo no te convencen, se iban desmoronando, valores que eran monumentos que nos sustentaban. ¿Cómo no sufrir al ver el deterioro progresivo que va teniendo la vida religiosa, que es mi casa..., al comprobar que los mayores, beneméritos, van llenando nuestras pacíficas enfermerías, al tiempo que no se ve el relevo de los jóvenes?
Esto ha venido por el Concilio, pero no ciertamente de las palabras genuinas del Concilio, si sabemos leer con la sabiduría de Dios.
El que lee el Concilio, y se deja conducir por él mismo, no por ningún teólogo queda enamorado de la Iglesia


Qué es lo que me gusta de la Iglesia para estar enamorado de ella

1. Lo primero y esencial es que la iglesia sea la comunidad de Jesús: son dos realidades inseparables, del todo inseparables. No existiría Jesús, si no existiese la Iglesia que nos lo ha entregado. La Iglesia entrega a Jesús no como el mensajero portador entrega su mensajería; nos lo entrega viviéndolo, siendo ella misma Jesús transparentado.
Cuanto más nos adentramos en la Biblia esto es más que obvio.
Jesús ha nacido de la Iglesia, pues la Iglesia es su casa y en ella se nos ha dado a conocer. Cualquier frase del Evangelio me lo está diciendo. Todas, todas son un latido de la Iglesia.
Pero si ese Jesús anunciado no fuera el fondo viviente de la Iglesia, ayer, hoy y siempre, la Iglesia sería una creación vaporosa de nuestra fantasía.
Esta visión mística de la Iglesia es radical y radial para amarla. Es la visión de las Cartas de la cautividad: la Iglesia, amada de Dios, esposa de Cristo.
Hay otra visión que balancea esta, que el Concilio la ha asumido: la iglesia pueblo peregrinante de Dios. Aquí estoy yo, que, siendo Iglesia, soy iglesia en camino, con la tara de mis pecados que yo mismo, el primero, observo y lamento. No importa. La iglesia planeada por Dios vence a esta Iglesia partícipe de mis miserias.

2. Me enamoro de la Iglesia porque la Iglesia es la santa humanidad de Jesucristo. Al decir “humanidad de Jesucristo” doy testimonio de mi propia humanidad, que él ha asumido. Toda raza, toda cultura, toda miseria, toda grandeza pertenece a esta humanidad, amasijo de mi ser. Por esto es bella la Iglesia, porque no me alejo de mí mismo si le amo a ella. En ella me encuentro y reencuentro, yo, pecador.

3. Amo a la Iglesia porque yo soy un enriquecido de una tradición sedimentada en mí, y yo mismo quiero ser un tesoro para la Iglesia. Mi forma de pensar no se ha generado de la nada; ha venido de un humus que se me ha dado. Es toda la tradición que me sustenta, tanto que puedo afrontar el riego infinito de la eternidad, de mi destino eterno, desde base que me configura, mi ser Iglesia. A la hora de la muerte, por la fe, me entregaré en paz del Dios en quien creo y que mis ojos no lo han visto, pero mi corazón gravita en él.
De la Iglesia arranca la última posibilidad de mi ser. Pero, al  mismo tiempo, si bien no sé precisar el detalle, yo mismo soy un tesoro para la Iglesia, una posibilidad con la que mi Dios Creador, mi Jesús Redentor, cuenta.

4. La Iglesia es mi apertura al mundo. El Concilio nos ha hecho vibrar ante todo lo humano. Todo lo humano está divinizado pro el misterio de la Encarnación. La verdadera Iglesia de Jesús, la que uno intuye al leer las santas Escrituras, y como más allá de la Escritura, es la que abraza al mundo.
Y no pienso solo en todos los católicos, en todos los cristianos, sino que pienso en todos los que buscan a Dios, e incluso en todos los que  no lo buscan e incluso lo rechazan. La Iglesia, como Alianza de amor, es justamente apertura a toda religión. Nadie puede saber el rumbo de las religiones en el futuro. Acaso el fenómeno religioso de la multiplicidad de religiones persista hasta el fin del mundo; al parecer, sí, No será un fracaso de la Encarnación, sino una forma misma de condescendencia divina, que la Iglesia me enseña. La Iglesia, sin proselitismo, desde su silencio y amor, está destinada a ser en la peregrinación humana, el elemento emanante y conglutinante que lleva el hombre a Dios.

5. Amo a la Iglesia por su interioridad. María es el sacramento de la interioridad de la Iglesia. Me agrada que sea el capítulo que corona la constitución de la Iglesia. La constitución tiene frases sorprendentes cuando habla de María; avanza por la vía del amor y en el amor descubre a la madre de Jesús y madre nuestra. Dice la Lumen Gentium, a propósito de la acción y presencia intercesora de María. “La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador” (n. 62).
Nadie podrá demostrar nunca esta acción intercesora de María, la Madre. Está ahí, descubierta por el camino del amor. Es que estamos metidos de lleno en la Iglesia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¿Qué más decir…? Si esto es no más que un balbuceo a borbotones para que no se le quite la palabra al corazón, sin ordenar, sin estructurar ideas, como en ejercicio de cátedra…

Así veo la Iglesia, desde el latido del Concilio, y en esta Iglesia deseo vivir y morir hasta que el pecho rinda su último respiro.

Guadalajara, Jal,, 18 noviembre 2014
lunes, 17 de noviembre de 2014 0 comentarios

620. Retiro espiritual sobre la Plegaria Eucarística IV



Retiro espiritual sobre la
PLEGARIA EUCARÍSTICA IV
Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap.

Nota de presentación
Este folleto (si bien algo más breve) corresponde a un retiro dado a mis hermanos de fraternidad, como retiro mensual, el domingo 16 de noviembre de 2014. Fruto de ese retiro fue la composición del Himno que a continuación se transcribe.
Acaso pueda servir como retiro para cualquier otro momento del año, por ejemplo Adviento.
Como se hizo ver en nuestros diálogos, el hermano franciscano sentirá una profunda sintonía de este lenguaje con el Señor Altísimo y el Cristo Hermano que ha vivido san Francisco.
Por otra parte, también apreciamos en nuestro diálogo de comunicación que la meditación pausada del texto puede ofrecer perfectamente una dinámica de temas y actitudes para unos Ejercicios Espirituales.
(Guadalajara, lunes, 17 de noviembre de 2014).


Se puede tomar el texto litúrgico y dejarse llevar por él a impulso del Espíritu. Y sin otro detalle ese puede ser el fruto del retiro.
Pero  no habrá que ignorar que este  es un texto elaborado por la Iglesia, que contiene una precisa teología extraída de la Sagrada Escritura, la cual se alcanza mediante el estudio. Este es nuestro punto de partida: la fe objetiva de la Iglesia plasmada en una Plegaria. Por tanto, nuestro acercamiento al texto tiene tres momentos:
1. Prelectura: Lo que conviene saber antes de leer el texto.
2. Lectura: El texto tal como lo lee y celebra la Iglesia.
3. Postlectura: El texto tal como va fluyendo desde ahí para mí (o acaso para mi comunidad)  en este momento de mi historia (de nuestra historia).


1
PRELECTURA
Puntos de orientación

1. Una teología de la Eucaristía se puede hacer desde dos planos:
- Desde la cátedra (teología dominante en la Iglesia a partir de la Escolástica): teología especulativa, que termina siendo teología dogmática (por ejemplo, que es realmente la “presencia” de Cristo, analizada con los conceptos “filosóficos” de sustancia y accidente)
- Desde la celebración sagrada: con esto vamos camino de una teología mistagógica (por ejemplo, la “presencia”: el Señor es Espíritu y está presente como Espíritu).
La Plegaria Eucarística trata de introducirnos en la realidad íntima mediante la “mistagogía” [conducción del iniciado, mystes, hacia el mysterion]: solo el que celebra en santidad y verdad puede entenderlo.

2. La teología, en su aspecto litúrgico, tras la renovación operada en los estudios bíblicos y litúrgicos, ha llegado a formular la Plegaria Eucarística en estos ocho aspectos, así explicitados en la Ordenación General del Misal Romano, nn. 78-79 :

Plegaria eucarística
“78. Ahora empieza el centro y la cumbre de toda la celebración, a saber, la Plegaria eucarística, que es una plegaria de acción de gracias y de consagración. El sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y acción de gracias, y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre. El sentido de esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio. La Plegaria eucarística exige que todos la escuchen con silencio y reverencia.
79. Los principales elementos de que consta la Plegaria eucarística pueden distinguirse de esta manera:

1.     Acción de gracias (que se expresa sobre todo en el prefacio): en la que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las gracias por toda la obra de salvación o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes del día, festividad o tiempo litúrgico.
2.     Aclamación: toda la asamblea, uniéndose a las jerarquías celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que constituye una parte de la Plegaria eucarística, la proclama todo el pueblo con el sacerdote.
3.     Epíclesis: la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada; que se va a recibir en la Comunión sea para salvación de quienes la reciban.
4.     Relato de la institución y consagración: con las palabras y gestos de Cristo, se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena, cuando bajo las especies de pan y vino ofreció su Cuerpo y su Sangre y se lo dio a los Apóstoles en forma de comida y bebida, y les encargó perpetuar ese mismo misterio.
5.     Anámnesis: la Iglesia, al cumplir este encargo que, a través de los Apóstoles, recibió de Cristo Señor, realiza el memorial del mismo Cristo, recordando principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección y ascensión al cielo.
6.     Oblación: la Iglesia, especialmente la reunida aquí y ahora, ofrece en este memorial al Padre en el Espíritu Santo la víctima inmaculada. La Iglesia pretende que los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos! y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios lo sea todo en todos.
7.     Intercesiones: dan a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus fieles, vivos y difuntos, miembros que han sido llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y Sangre de Cristo.
8.     Doxología final: expresa la glorificación de Dios, y se concluye y confirma con la aclamación del pueblo: Amén”.
No es necesario que estos ocho elementos se den en esta sucesión, pero en todas las Plegarias Eucarísticas actuales podremos detectarlo.

3. Otra manera de entender la Plegaria Eucarística.
La Plegaria de la Iglesia, cuya expresión máxima la encontramos en la celebración eucarística, que se hace al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo (cf. Ef 2,18). Se mueve en un doble movimiento de la creatura con su Creador.
Anámnesis (memorial). Como nuestra fe arranca de la historia de la salvación y queda vinculada en ella, desde el principio hasta el fin, celebramos a Dios revelado, como anamnesis, memorial de sus maravillas
- que una vez realizadas
- son sacramento vital presente para nosotros.
En suma, lo que se realizó, persiste y se está realizando en nosotros como sacramento, abierto  al futuro.
Epíclesis (invocación): la suprema invocación de la Iglesia, unida a Jesús, es que la oblación “se convierta” en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y con ella toda nuestra vida desde ahora, unida a Jesucristo, abiertos a la escatología, se conviertan en “unum corpus”.

4. Desde esta visión unitaria y simple fácilmente advertimos las deformaciones que se introducen en la Eucaristía, aun de modo inconsciente. Por ejemplo:
- Si pretendemos que la liturgia de la Palabra se imponga sobre la liturgia eucarística.
- Si por la variedad y vistosidad de los elementos externos acomodamos la celebración santa a un espectáculo sagrado, intentando hacer una “misa entretenida”.
- Si la música quiere tener un esplendor “a se”, no dimanante del misterio y de la asamblea.
- Si a la comunidad celebrante no la tratamos, en palabras (saludos) y gestos (puestos de preferencia), como “pueblo de Dios”, sino según el rango de una asamblea civil.
- Si el sacerdote pretende desviarse de su actuación no solo “in nomine Christi”, sino también “in persona Christi”, bien sea de modo externo o interno.
- Si con las “intenciones”, que nosotros ponemos y repetimos pretendemos “lucrar” un capital espiritual con el título humano de la oferta monetaria.
- Si lo que, en sí mismo, debiera ser una “anomalía” se convierte en una praxis habitual y hasta se teologiza: las múltiples celebraciones cada día y las múltiples celebraciones de un mismo sacerdote en el día. Fácilmente no se cae en cuenta de la anomalía y el acto central de nuestra fe pasa a ser “el acto devocional” más importante, más meritorio…
- Si las exigencias del reloj invitan a suprimir elementos, o a pasar de corrida otros, perdiendo el acto el carácter celebrativo, por sencillo que sea, con piedad, con unción, con armonía de sus partes… y el acto celebrativo degenera en rutina, perdiendo su densidad espiritual.
- Si se une “misa” y “estipendio” y el estipendio es lo que determina la calidad celebrativa.
- Si se pasa el canastillo (interrumpiendo la estructura interna de la celebración o sobreponiéndose a la misma), no en razón de la dinámica misma de la celebración (sustento y comunión con el sacerdote y los pobres) sino como “vía de entrada” económica.
- Si uno va a misa, o dice “participar” en la misa, y no comulga.
- En suma, si la estética o el utilitarismo o las ventajas sociales o personales dominan sobre el misterio.
Desde estos “vicios”, que ocurren con frecuencia, no se puede entender la Plegaria Eucarística.



II
LECTURA Y COMPRENSIÓN DEL TEXTO

PLEGARIA EUCARÍSTICA IV

V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.
V/. Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario
En verdad es justo darte gracias,
y deber nuestro glorificarte, Padre santo,
porque tú eres el único Dios vivo y verdadero
que existes desde siempre
y vives para siempre; luz sobre toda luz.
Porque tú solo eres bueno y fuente de vida,
hiciste todas las cosas
para colmarlas de tus bendiciones
y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria.
Por eso,
innumerables ángeles en tu presencia,
contemplando la gloria de tu rostro,
te sirven siempre y te glorifican sin cesar.
Y con ellos también nosotros, llenos de alegría,
y por nuestra voz las demás criaturas,
aclamamos tu nombre cantando:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.
Te alabamos, Padre santo,
porque eres grande,
porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor.
A imagen tuya creaste al hombre
y le encomendaste el universo entero,
para que, sirviéndote sólo a ti, su creador,
dominara todo lo creado.
Y cuando por desobediencia perdió tu amistad,
no lo abandonaste al poder de la muerte,
sino que, compadecido, tendiste la mano a todos,
para que te encuentre el que te busca.
Reiteraste, además, tu alianza a los hombres;
por los profetas
los fuiste llevando con la esperanza de salvación.
Y tanto amaste al mundo, Padre santo,
que, al cumplirse la plenitud de los tiempos,
nos enviaste como salvador a tu único Hijo.
El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo,
nació de María la Virgen,
y así compartió en todo nuestra condición humana
menos en el pecado;
anunció la salvación a los pobres,
la liberación a los oprimidos
y a los afligidos el consuelo.
Para cumplir tus designios,
él mismo se entregó a la muerte,
y, resucitando, destruyó la muerte
y nos dio nueva vida.
Y porque no vivamos ya para nosotros mismos,
sino para él, que por nosotros murió y resucitó,
envió, Padre, [desde tu seno] al Espíritu Santo
como primicia para los creyentes,
a fin de santificar todas las cosas,
llevando a plenitud su obra en el mundo.
Por eso, Padre, te rogamos
que este mismo Espíritu
santifique estas ofrendas,
para que se conviertan
en el Cuerpo y + la Sangre de Jesucristo,
nuestro Señor,
y así celebremos el gran misterio
que nos dejó como alianza eterna.

Porque él mismo,
llegada la hora en que había de ser glorificado
por ti, Padre santo,
habiendo amado a los suyos
que estaban en el mundo,
los amó hasta el extremo.
Y, mientras cenaba con sus discípulos,
tomó pan,
te bendijo,
lo partió
y se lo dio diciendo:
Tomad y comed todos de él,
porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por vosotros.
Del mismo modo,
tomó el cáliz lleno del fruto de la vid,
te dio gracias,
y lo pasó a sus discípulos diciendo:
Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada
por ustedes y por muchos
para el perdón de los pecados.
Haced esto en conmemoración mía.
Éste es el Sacramento de nuestra fe.
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!
Por eso, Padre,
al celebrar ahora el memorial de nuestra redención,
recordamos la muerte de Cristo
y su descenso al lugar de los muertos,
proclamamos su resurrección y ascensión a tu derecha;
y mientras esperamos su venida gloriosa,
te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre,
sacrificio agradable a ti
y salvación para todo el mundo.
Dirige tu mirada sobre esta Víctima
que tú mismo has preparado a tu Iglesia,
y concede a cuantos compartimos
este pan y este cáliz,
que, congregados en un solo cuerpo
por el Espíritu Santo,
seamos en Cristo
víctima viva para alabanza de tu gloria.
Y ahora, Señor, acuérdate
de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio:
de tu servidor el Papa N.,
de nuestro obispo N.,
del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos,
de los oferentes y de los aquí reunidos,
de todo tu pueblo santo
y de aquellos que te buscan con sincero corazón.
Acuérdate también
de los que murieron en la paz de Cristo
y de todos los difuntos,
cuya fe sólo tú conociste.
Padre de bondad,
que todos tus hijos nos reunamos
en la heredad de tu reino,
con María, la Virgen Madre de Dios,
con su esposo san José,
con los apóstoles y los santos;
y allí, junto con toda la creación
libre ya de pecado y de muerte,
te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todos los bienes.
Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
(El pueblo aclama):
Amén.

III
POSTLECTURA
La Plegaria Eucarística en mi corazón
por influjo del Espíritu Santo

1. Mi encuentro con el Padre
1. El ápice de mi oración es poder llamar a Dios “Padre”. Solo Jesús puede hacerlo, porque solo él es “el Hijo”. Al llamar a Dios con el nombre de “Padre”, quedo asociado a la filiación divina de Jesús. Pero Jesús me lo ha mandado (praeceptis salutaribus moniti: amonestados por preceptos saludables), y lo ha establecido como un “divina institución” (et divina institutione formati, formados por una divina institución), constitutiva de la Iglesia. Solo en virtud de esto, que es mucho más que una “recomendación” (Fieles a la recomendación del Salvador…), solo en virtud de todo esto que el Señor lo ha establecido, “nos atrevemos” a decir (tenernos la audacia…): Padre nuestro.
En la Plegaria Eucarística el sacerdote, que ora y actúa “in persona Christi”, no simplemente “in nomine Christi” tiene la audacia de orar como Jesús ha orado en la Cena: Padre santo, Padre santo, Padre santo, Padre santo, Padre, Padre, Padre, Padre de bondad.
Su oración se pierde donde ha alcanzado la oración de Jesús: ¡Abbá, ho pater! Hemos llegado al ápice de la vida. De la Plegaria Eucarística, proferida pro el Sacerdote, toda la Comunidad santa pasa al “Padre nuestro, que estás en el cielo…”

2. La Plegaria eucarística nos invita, lo primero, a deleitarnos en Dios como Dios, por ser lo que es: porque tú eres el único Dios vivo y verdadero, que existes desde siempre y vives para siempre; luz sobre toda luz. Supremo gozo del cristiano, que anticipa, ya en la tierra, el gozo escatológico. El ser humano queda divinizado en este gozo de Dios, que es el saborear la misma vida divina. La “vida”, la “luz”, dos símbolos inmemoriales de todas las religiones nos abren la puerta para entrar en la ultimidad de Dios y perdernos allí. Gozarse porque Dios sea Dios es lo más grande que puede alcanzar el ser humano.
Hemos de intentar esta oración, llevados  por el Espíritu Santo, oración de alabanza, de adoración, de acción de gracias. Oración dominante en san Francisco, como está efusivamente expresadas en las “Alabanzas al Dios Altísimo”: éxtasis y contemplación de Dios, que nos deifica a nosotros mismos, y nos abre al mundo universo.

3. La vida de Dios, desde su entraña, irradia en la creación. Mi encuentro con el Padre – que así lo llamo desde el primer momento – ha sido el encuentro con mi Creador. Todo esto lo tenemos bellamente expuesto a continuación con una theologia gloriae. Dice el texto de la anáfora: Porque tú solo eres bueno y fuente de vida, hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria. Si uno tiene tal espectáculo de la creación, siente el alma esponjada y ya en la tierra “entra en el gozo del Señor” (Mt 25,21).
Son caminos que nos marca nuestro Padre Dios.

4. En esta Theologia gloriae indiquemos, para saborearlas, estas expresiones de la Plegaria:
- y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria (tui luminis claritate)
- contemplando la gloria de tu rostro: es la misión de los ángeles que dimana de su ser, contemplar “die ac nocte” la gloria de tu rostro (vultus tui gloriam) y “glorificar” sin cesar (te incessanter glorificant),
- Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria: la “gloria” es la irradiación, la emanación de la “santidad” e impregna el universo entero, por fuera y por dentro (en el Sanctus),
- seamos en Cristo víctima viva (hostia viva) para alabanza de tu gloria, ad laudem gloriae tuae
- todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
Según esto, nuestra misión será “glorificar”, “dar gracias”, “alabar”: En verdad es justo darte gracias, y deber nuestro glorificarte, Padre santo.
Quien contempla la gloria de Dios quiere alabar esa gloria y ser él mismo alabanza de gloria. Antes de pasar a las intercesiones decimos: seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria.

In laudem gloriae (“in laudem gloriae” es la expresión del Cántico de Efesios 1,6.11.14.). Laudem gloriae es el nombre que asume para sí la Bta. Isabel de la Trinidad, carmelita (1880-1906). "Para cumplir dignamente mi oficio de Laudem gloriae debo permanecer a través de todo, en presencia de Dios. Más aún, el Apóstol nos dice in caritate, es decir, en Dios".

5. El canto de cielo y tierra a la santidad de Dios y al que viene en el nombre del Señor. Hemos de prestar especial atención al Sanctus, que es el canto a la santidad de Dios, unida esta asamblea aquí celebrante con la asamblea del cielo, formando todos juntos una sola comunidad. Nos unimos todos, sacerdote y fieles, al canto de los serafines, que ha percibido Isaías: “Sanctus, Sanctus, Sanctus Dominus exercituum; plena est omnis terra gloria eius” (Is 6,3).  Santidad de Dios que nosotros celebramos en Jesucristo, en el Hosanna y Benedictus de su entrada en Jerusalén para cumplir el misterio pascual, encontrándose con su pueblo amado.
No lo olvidemos: Hay decenas de Prefacios aprobados, y todos terminan en el Sanctus; pero hay un solo Sanctus aprobado, aclamación de toda la comunidad con el sacerdote.


2. Mi encuentro con Adán

1. Ha comenzado la historia de Dios, que nos cubre totalmente, el día en que Dios, Padre Creador, por el Espíritu y en vista a su Hijo amado, dijo: Hágase, y se inició la creación del universo.

2. De la Creación Cósmica pasamos a la Historia: Creación e Historia son las dos páginas del Libro de la Revelación.
La Historia es Adán, y en Adán estoy yo. Soy yo el que era creado en Adán, soy yo, cuando veo a Eva ante mí: ¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne! (Gn 2,23).

3. La historia de Adán se me presenta en una doble vertiente. Por de pronto, Adán es creado como interlocutor de Dios y rey de las obras de Dios: A imagen tuya creaste al hombre  y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su creador, dominara todo lo creado.
Es el Adán soñado, que ha quedado en el fondo de mi corazón. ¿Por qué el hombre es inmortal? Porque es imagen de Dios – y ninguna otra criatura lo es – porque es el interlocutor con Dios; en fin, porque es el germen del Hijo de Dios, pues Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo, vino de las raíces de la humanidad.

4. Pero la historia tiene otra vertiente. Por desobediencia perdió tu amistad. Este es el misterio de nuestra libertad, que nos dice cómo el amor siempre es libre. La libertad justamente es lo que posibilita el amor puro y total. Pero en la libertad, por la que tristemente perdimos la amistad, se cobijó la desobediencia; y la desobediencia engendró el pecado. El pecado no es otra cosa que desobedecer a Dios y hacernos esclavos de la muerte.


3. Mi encuentro con el pecado

Al encontrar el pecado sería este el momento de hacer la historia de la humanidad bajo el signo fatídico del pecado, como la hizo Pablo (Rm 1-2), describiendo la marea inmensa que ennegreció la humanidad, para resaltar así la gracia de Cristo.
Pero…no, en la Plegaria Eucarística mencionamos el pecado, pero no ese ese nuestro polo de atención. El pecado no debe ser “obsesión” de nuestra espiritualidad, aunque llevemos el virus dentro.
El centro de nuestra espiritualidad es la Alianza. Nuestra espiritualidad es teocéntrica: Dios es el que toma la iniciativa en el amor, Dios es el que se constituye eje de nuestra vida: sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca. Reiteraste, además, tu alianza a los hombres; por los profetas los fuiste llevando con la esperanza de salvación.
Espiritualidad teocéntrica, que, al desvelarse el misterio de Cristo es cristocéntrica.
Los Profetas, como príncipes de las santas Escrituras, nos están diciendo clamorosamente que el Dios de nuestra fe es el Dios-Alianza, ayer y hoy, y para siempre.


4. Mi encuentro con Jesucristo

1. La Encarnación ocupa el lugar central en la redacción trinitaria de esta Plegaria, la Encarnación vista desde la Trinidad como “envío” de parte del Padre, como realización de parte del Hijo, y como coronación de parte del Espíritu Santo.

2. Esta cristología se explicita con múltiples referencias bíblicas:
- la kénosis de nuestra condición humana (Filipenes 2),
- en todo semejante a nosotros, menos en el pecado (Hb 4,15),
- anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos  y a los afligidos el consuelo: autopresentación mesiánica de Jesús en Nazaret (Lc 4,18-19, citando a Isaías 61,1-2);
- Jesús voluntariamente se entrega a la muec rte (Jn 10,18)
- especialmente en la Pascua iniciada en la Última Cena:
- llegada la hora en que había de ser glorificado  por ti, Padre santo,  habiendo amado a los suyos  que estaban en el mundo,  los amó hasta el extremo (Jn 13,1).

3. El fruto del misterio pascual de Cristo va a ser la cristificación de los hijos de Dios: seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria. “Ser en Cristo”, fórmula radical de san Pablo, es ser uno con él.

5. Mi encuentro con el Espíritu Santo

El Espíritu Santo atraviesa toda la Plegaria Eucarística; sin Él no hay historia de salvación. He aquí las cinco menciones en que lo recordamos:
1)    Encarnación: El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María la Virgen…
2)    Pentecostés: envió, Padre, [desde tu seno] al Espíritu Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo
3)    Epíclesis sobre los dones: que este mismo Espíritu que este mismo Espíritu santifique estas ofrendas, para que se conviertan en el Cuerpo y + la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor…
4)    Epíclesis sobre la Iglesia: congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria.
5)    Doxología: en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.

6. Mi encuentro con el cuerpo de la Iglesia

Por estar insertos en Cristo, ese “yo” personal queda asumido en Cristo y con él somos la Iglesia. En la Plegaria Eucarística no existe el lenguaje personal, sino el lenguaje comunitario del “nosotros”, nosotros que somos uno en Cristo:
aclamamos tu nombre - y porque no vivamos ya para nosotros mismos -  Por eso, Padre, te rogamos -  y así celebremos el gran misterio -  Anunciamos tu muerte - proclamamos tu resurrección. – recordamos la muerte de Cristo - proclamamos su resurrección y ascensión a tu derecha -  y mientras esperamos su venida gloriosa - te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre - y concede a cuantos compartimos  este pan y este cáliz - seamos en Cristo - acuérdate … te ofrecemos este sacrificio

7. Mi encuentro conmigo mismo en la escatología que ha comenzado

El Espíritu Santo, que es el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo, hace indivisamente dos efectos:
- transforma los dones presentados en corpus Christi, corpus spituale, corpus mysticum mediante la transformación divina que él opera;
- y transforma la comunidad de los fieles, el corpus Ecclesiae, en ese mismo corpus Christi, corpus mysticum.
- Con ello se alcanza la escatología que ya ha comenzado: la obra de la Encarnación, de la Redención, de la salvación llega a su cúspide.
Todo esto es lo que proclamamos cuando decimos Mysterium Fidei o Sacramentum Fidei.
Ahora bien, en esta unión mística que se opera con Cristo y con los hermanos, mi “yo personal” queda plenificado, pero no anulado; incluso en la visión beatífica “yo seré yo”, por gracia de Dios, ante Dios mismo, porque Él me ha otorgado mi libertad, esencia dimanante de mi yo.
Nuestro futuro escatológico está ahí dentro: hemos alcanzado lo que Jesús ha alcanzado: conmuertos con él, consepultados con él, conresucitados con él, consentados con él, conglorificados con él, según el lenguaje de las cartas paulinas.
Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3) y desde ese último secreto de la realidad, desde ahí, hemos de vivir: la fe que como gracia se nos ha dado es el origen de la paz que tenemos con Dios, libre acceso a su presencia.

Es la teología de la epíclesis: Por eso, Padre, te rogamos que este mismo Espíritu santifique estas ofrendas, para que se conviertan en el Cuerpo y + la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor, y así celebremos el gran misterio que nos dejó como alianza eterna.
La epíclesis se completa después de la consagración con la epíclesis sobre la comunidad-Iglesia, si bien los dos aspectos pueden ir en la misma oración: Dirige tu mirada sobre esta Víctima que tú mismo has preparado a tu Iglesia, y concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria.
(Para todo esto, puede verse: Cesare Giraudo, In unum corpus: Trattado mistagogico sull’eucaristia. San Paolo, Roma 2001. 637 pp.).

“Y al llegar a este punto nos preguntamos: “¿Qué significa ser trasformados en un solo cuerpo”, o sea, ene l cuerpo eclesial, escatológico, místico, a través de la participación en el cuerpo sacramental de Cristo, bajo la acción del único Espíritu? ¿Significa acaso estrujarse en el deseo de ver acelerado nuestro ingreso en el mundo de los espíritus incorpóreos?” Seguramente que no.
Significa eliminar todos los componentes de ‘a-relacionalidad’ y de egoísmo, que están constantemente en nosotros. Significa entrar ya desde ahora a formar parte de la sociedad de los Santos, si  abandonar la sociedad de los pecadores, que permanece constitutivamente la nuestra. Significa entrar allí donde todo es relación, o sea en el paraíso escatológico, el cual inicia inmediatamente después que Adán ha salido del paraíso terrestre, pasando por la puerta oriental. Significa caminar con Adán, nuestro padre, hacia el ingreso final del reino. Significa todo lo que estas expresiones y otras semejantes implican. La amplitud y la riqueza de esta petición fundamental se desprende de la lectura transversal de las varias plegarias eucarísticas, sobre todo orientales, que en este momentos insisten en la súplica para al reconciliación y el perdón de los pecados” (o.c. In unum corpus, p. 320).

8. Y ahora, Señor, acuérdate

(En este punto la Plegaria de san Basilio es amplísima, en número de líneas otro tanto de lo que ha sido la plegaria hasta aquí…integrando la comunión de todos los santos y difuntos).
De alguna manera las intercesiones son la consumación de la epíclesis. Al interceder lo que buscamos es el mundo nuevo y definitivo bajo la soberanía de Dios y la acción del Espíritu en Cristo Jesús.
Padre de bondad,
que todos tus hijos nos reunamos
en la heredad de tu reino,
con María, la Virgen Madre de Dios,
con su esposo san José,
con los apóstoles y los santos;
y allí, junto con toda la creación
libre ya de pecado y de muerte,
te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todos los bienes.
Y de esta manera se desemboca en la doxología final: Por Cristo, con él y en él… Amén.

Zapopan, sábado, 15 noviembre 2015

* * *

Bajo el amor del Padre
(Al cobijo de la Plegaria Eucarística IV)

Que broten de mi pecho las palabras
para decir con todas solo una:
¡Abbá!, ¡oh Padre Dios!, ¡oh Padre mío!
¡oh Padre que en Jesús me configura!

Oh Padre, que es mi historia desde siempre,
que en tu pensar eterno eras mi cuna,
oh Padre que sembraste mi semilla
cuando insuflaste a Adán un alma pura.

Palabra que en mi Biblia la aprendí,
que allí escondida estaba en toda ruta;
si en mi lectura un día la borrara,
borraría la voz que la susurra.

Palabra de profetas encendidos
cuando furiosos claman y denuncian,
y al rematar, con aire del Espíritu,
un abrazo de amor es lo que anuncian.

De Encarnación palabra revelada,
y de Jesús palabra suya y única;
lo que el Señor oraba y anunciaba
en un Abbá entrañable se consuma.

Oh Padre santo, Padre justo, Padre,
oh Padre de bondad que nos aúna,
tu vida entera se hace Eucaristía,
memoria y comunión como liturgia.

Mi alma se ha soltado y ensanchado,
y en Dios, mi Dios, halló su propia anchura;
con Cristo, el Hijo amado, aquí me quedo,
y el Espíritu sea mi atadura. Amén.

Guadalajara, domingo 16 noviembre 2014.
 
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