viernes, 25 de julio de 2014 0 comentarios

575. Domingo XVI1 - La parábola del tesoro escondido y encontrado



Homilía en el domingo XVI del tiempo ordinario

ciclo A, Mt 13,44-52:

Texto evangélico:
“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces; cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sienta, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?”. Ellos le responden: “Sí”. Él les dijo: “Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo”.


Hermanos:

1. Continuamos este domingo, y terminamos esta sección, con las parábolas de Jesús. Ya dijimos que las parábolas han sido invención de Jesús; antes de él no se conocían en la literatura judía.
Cada una de las parábolas tiene una fuerza creadora, que no se termina en sí misma. Todas ellas implican al sujeto que oye; todas son dramáticas, en cuanto que todas son llamadas a la acción del hombre como respuesta a Dios.
De nuevo tres parábolas, y nuestra predicación se va a centrar en la primera, tan breve, tan sugestiva. Esta parábola representa infinitas historias que se han dado en la vida de la Iglesia, y felizmente se siguen dando. ¡Ojalá que, al pronunciarla, el que la dice y el que la escucha puedan exclamar: Ese soy yo! El que ha dejado todo con alegría, con decisión porque ha encontrado algo más grande. Es la parábola del tesoro escondido y encontrado

2. El día 24 de abril del año 2005 el Papa Benedicto XVI iniciaba su pontificado con una misa en la Plaza de San Pedro, en la que espiritualmente estábamos reunidos toda la cristiandad. Entre tantas cosas bellísimas que dijo este Papa lleno de bondad y de sabiduría, una fue esta: “Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él”.
Él tenía en ese momento 77 años y apeló a su edad para decir a los jóvenes, hablándoles de la amistad con Cristo: “Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.
Este es el lenguaje de uno que ha encontrado a Cristo y lo ha seguido con entusiasmo toda la vida. Este es un creyente convencido, que con su vida y su palabra está contagiando. Estas palabras iluminan la luminosa parábola de Jesús.

3. En la parábola de Jesús se habla de cuatro elementos vitales que vamos a considerar:
1) Un encuentro: el encuentro del tesoro.
2) Una alegría: la alegría desbordante, imperecedera, transformadora del encuentro del tesoro.
3) Una renuncia: vender todo para conseguir el tesoro.
4) Una nueva vida: la vida del seguimiento, la vida con el tesoro.

4. Lo primero es el encuentro. Y para saber qué es un encuentro voy a volver de nuevo a unas frases del Papa Benedicto, que han tenido una gran fortuna, y que el Papa actual, Papa Francisco, las ha vuelto a recoger en su encíclica titulada La alegría del Evangelio: “No me cansaré de repetir – dice el Papa Francisco – aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Evangelii gaudium 7, citando a Deus caritas est 1).
El comienzo de la vida cristiana es un encuentro. Esto es serio y fascinante; porque la tentación es ser cristiano por costumbre, por cultura, por herencia, porque sí…nos asedia, y eso desvirtúa el cristianismo.
El verdadero cristiano ha tenido un verdadero encuentro con Jesús de Nazaret. El encuentro es un acontecimiento sorpresa, es un enamoramiento, es el descubrimiento de algo maravilloso que existe y que yo no sospechaba que existiera.
Podemos ser cristianos desde el regazo de nuestras madres, y es gracia que así sea, pero debe llegar un momento en la vida en que uno afirme su fe de una forma iluminada, vigorosa y entusiasmaste. El cristiano, por definición, es – debiera ser – un convencido enamorado.
Así pinta Jesús al hombre de la parábola, en cuya reflexión podríamos continuar tiempo y tiempo. Con personas así el mundo cambiaría, sin duda; el mundo, comenzando por nuestro entorno.
La característica de este encuentro es la alegría. Quien encuentra a Jesús ha hallado la felicidad y para siempre su rostro se unge de alegría. El cristiano, de propia naturaleza, es una persona que irradia y contagia esa alegría que le sale de dentro. No será la carcajada y el chiste, que, como viene, pasa. Será una alegría que para siempre se queda en los ojos, en los labios, en la frente.
Dicen los intérpretes que esta palabra, la alegría, es justamente “la punta” de la parábola, lo que más quiere recalcar Jesús para que asimilemos esto: que la novedad que él trae, viene como una bocanada constante de alegría.

5. Comprendemos que ante un hallazgo así es lógico todo lo que viene. La renuncia es ciertamente real; renuncia total para entrar en el nuevo camino del reino de Dios. Una renuncia dura, por ser completa, pero una renuncia muy llevadera.
Esta renuncia nos lleva a la consagración en el reino. El reino de Dios, que es el último don de Dios a los hombres, nos trae la vida divina para hacerla nuestra como vida cotidiana.
El reino de Dios es el tesoro.
El reino de Dios es la perla preciosa.
¡Y pensar que todo esto lo tenemos, si queremos, al alcance de la mano…! Porque Jesús  nos lo ha dado…
La parábola de la red con toda clase de peces va por otro lado y apunta al juicio final de la historia, adonde ha de ir la existencia real y personal de la Iglesia (que entonces será la Iglesia glorificada), y, como antagónico, la existencia de peces malos que hay que tirar a la basura: y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, dice la tremenda frase de Jesús.

6. Concluimos, hermanos, diciéndole a Jesús:
Te pedimos, Jesús, hermano nuestro y Señor de la historia, la alegría del Evangelio. Que te encontremos con un  gozo exuberante  e inmarcesible. Y que ese gozo sea el tono, el vigor, y la fuerza fecunda de nuestra vida- Amén.

Tlalpan (México D.F.), viernes, 25 julio 2014.
jueves, 24 de julio de 2014 0 comentarios

574. Para gustar la Escritura



Para gustar la Escritura

Dedicado a Benedicto XVI,
que dio a la Iglesia la  exhortación apostólica
"Verbum Domini" (2010),
y a cuantos se afanan
por la Página Santa.


1. Para gustar la Escritura
el amor quiere su tiempo,
ella y yo, sin que nos vean
de la mano y en silencio.

2. Si la prisa es homicida
vaya lejos de mi cuerpo,
mi corazón amoroso
busca, enfermo, su sosiego.

3. Con mano para tocar
acaricia el libro bello,
cuídalo como tesoro
protégelo con tus besos.

4. Para gustar la Escritura,
mira adentro muy adentro,
porque adentro está Jesús
como al principio era el Verbo.

5. Y otra palabra no busques
ni el estudio sea enredo;
en los brazos del Espíritu
cada página es encuentro.

6. Lo real más evidente,
lo que de todo es sustento
es la Palabra primera
que en todo deja su sello.

7. Para gustar la Escritura,
humildad de sabio viejo,
ternura  de enamorado
y un horno de ardiente fuego.

8. Para gustar la Escritura
tenerla junto a mi pecho:
que sea pozo profundo
a todo sediento abierto.

9. Para gustar la Escritura
yo doy un abrazo inmenso
a la Iglesia que es mi Madre
y en ella encuentra su espejo.

10. Para gustar la Escritura,
ayudadme, hermanos buenos,
estudiosos o ignorantes,
que habéis visto al Nazareno.

11. Para gustar la Escritura,  
a ti mismo yo me acerco,
Jesús, mi Dios palpitante
aquí en este sacramento.

12. Con sencillez yo te pido
que me abras tu secreto:
leerte por más amarte
en la tierra y en el cielo.


Tlalpan (México D.F.), 24 julio 2014,
mientras  tratamos de servir compartir en los cursos de verano
de la Universidad Pontificia de México,
“las fragantes palabras de mi Señor” (S. Francisco a todos los fieles).

viernes, 18 de julio de 2014 1 comentarios

573. Domingo XVI En la divina sencillez de las parábolas




Homilía en el domingo XVI del tiempo ordinario
ciclo A, Mt 13,24-43

 

Texto evangélico:
“Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».
Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
 Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». Jesús dijo todo esto a la agente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”. Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será el final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al homo de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

Hermanos:
1. El Evangelio que acabamos de proclamar es exactamente la secuencia del Evangelio del domingo anterior. Estamos en el capítulo 13 del Evangelio de san Mateo, que agrupa, como lo había hecho san Marcos, unas cuantas parábolas del Maestro Jesús de Nazaret (no todas, ni mucho menos), y que nos adentran al vivo en el estilo de su predicación y en el contenido de su mensaje.
El investigador más insigne de las parábolas de Jesús, el benemérito Joachim Jeremias, de la Iglesia luterana, que vivió largos años en Jerusalén, nos dice. “Las parábolas de Jesús son, además, algo enteramente nuevo. En toda la literatura rabínica no encontramos ni una sola parábola anterior a Jesús” (Las parábolas de Jesús, Verbo Divino 6ª ed. 1981, 14-15).
Titulamos la homilía de hoy. “En la divina sencillez de las parábolas”. Las parábolas son todas sencillas, sumamente sencillas; no hace falta saber ni leer ni escribir para entenderlas. Pero ninguna parábola se puede entender sin reflexionar sobre ella. La frase final de este Evangelio dice. El que tenga oídos, que oiga. Ya la habíamos escuchado el domingo pasado.
Jesús nos invita a reflexionar, a interiorizar, a sacar las consecuencias, porque cada parábola es una propuesta de vida. ¿Qué significa esta parábola? Y Jesús responde: Piénsatelo tú; yo te he dado la pista. Sigue por ahí y saca las consecuencias; si no das un paso adelante, nunca la comprenderás.
Las cosas de Dios, hermanos, son así: solo se comprenden cuando se las vive. Este es un criterio fundamental de muchísimas consecuencias. Por ejemplo, de la pureza solo pueden hablarnos las personas puras.

2. En el texto de hoy se recogen tres parábolas de Jesús: la del trigo y la cizaña, que se explica luego en sus detalles, acaso alegorizándola. Y luego dos parábolas paralelas, una que corresponde a los trabajos agrícolas, propios del hombre, y la otra que corresponde a los trabajos caseros, propios de la mujer.

3. Parábola del trigo y la cizaña. En la parábola del sembrador se hablaba de la “tierra buena”; hoy se nos habla de la buena semilla. Se dice al principio: un hombre que sembró buena semilla en su campo. Luego los labradores le preguntan al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?
Ellos saben perfectamente lo que se ha sembrado. Ellos fueron los sembradores y serán los cosechadores. Lo saben, pero lo dicen para poner en contraste lo que viene: ¿De dónde sale la cizaña?
Y la respuesta es clara: Un enemigo lo ha hecho.
Aquí comienza el misterio de la parábola.

4. Sucede que en el campo de Dios, en la comunidad donde vivimos, en la Iglesia extendida por todo el mundo, hay trigo, la buena semilla, y no dejar de haber cizaña.
Pero aquí viene el detalle. No siempre se puede distinguir cuál es la plantita de trigo y cuál es la de cizaña. Comienza el problema: Si supiéramos con exactitud: Esto es trigo y esto es cizaña, la solución es clara: Mañana mismo hay que limpiar el campo de cizaña y que crezca, limpio y vigoroso, el trigo. Pero la vida dice que esto no siempre es así…
¿Quién tiene la llave del bien y del mal para decir: Esto es bueno y esto es malo? Solo Dios.
¿Quieres que vayamos a arrancarla?. Pero él les respondió: No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

5. Estemos muy atentos, hermanos, para no sacar consecuencias que no prevé la parábolas. Sería totalmente equivocado y fatalmente pernicioso el decir que, en virtud de esta parábola, en la iglesia, comunidad de Jesús, hay que dejar pasar todo. Este Papa, e igualmente Benedicto XVI, han tenido actuaciones muy precisas cuando has descubierto un escándalo en la Iglesia. Si se probara, por ejemplo, que un obispo oculta una conducta escandalosa, inmediatamente la Iglesia actúa y le hace renunciar o lo destituye.
La parábola está comparando dos situaciones: la situación presente en que vivimos y la situación final de la historia. En la Iglesia estamos los que estamos, y junto a los buenos hay muchas miserias; no queramos soñar en una Iglesia de puros, porque eso es una utopía herética, sencillamente herética. A lo mejor yo mismo, sin darme cuenta, estoy siendo un mal cristiano, y que estoy impidiendo el crecimiento de los que están a mi alrededor. Dios me abra los ojos.

6. Se trata, en el fondo, del misterio de la mezcla del bien y del mal, que nos acompaña toda la vida. Y el Dios del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos ya hace llover sobre justo y pecadores, no destruye a los malvados, porque es un Dios paciente. Llegará un día, sí, en que todo saldrá a la luz, y el juicio de Dios será la palabra final.
Ese juicio último de Dios ilumina la vida de Jesús y le infunde una inmensa esperanza. Al final Dios ha de triunfar. Y por eso trabaja Jesús y no se desanima, y por eso entrega su vida en la cruz. Jesús cree en el triunfo de Dios su Padre. Nosotros, hermanos, tenemos que ser esa cosecha de trigo limpio y fragante que Jesús ha de presentar a su Padre. Nosotros hemos de ser el triunfo de Jesús por toda la eternidad.

7. Las otras dos parábolas, la del grano de mostaza, la de la masa que luego fermenta y crece, también nos hablan de dos situaciones del reino de Dios, que Jesús inaugura. ¡Qué pequeño es al principio! Como un granito de mostaza que se pierde en las arrugas de la mano. ¿Cómo es posible que ese granito llegue a ser un arbusto, miles de veces más grande que lo chiquitín del granito solo! La obra que está haciendo Jesús aparentemente es de mínimo alcance: un puñado de discípulos frente al mundo entero ¿qué es? Un grano de mostaza…
Y Jesús, que va a morir muy joven, cuando tenía tanto que hacer por delante…, si viviera sesenta, ochenta años…, confía plenamente en Dios. Tiene la absoluta seguridad de que su obra, de momento insignificante, es la obra del reino de Dios en el mundo. Este reino ha de ser grande y universal porque es el reino de Dios. De un granito se ha de hacer como un inmenso árbol que pueda refugiar a todos los pájaros del cielo, porque se trata del reino de Dios en la tierra.

8. Señor Jesús, al oír estas palabras mi corazón exulta de alegría. De todo corazón yo me asocio a tu obra. Lo que yo hago, que es tan pequeñito, unido a lo que tú has hecho, será un día parte gloria del gran reino de Dios sobre la tierra. Amén.

Guadalajara, viernes, 18 julio 2014.
lunes, 14 de julio de 2014 0 comentarios

572. Domingo XV: “No temas… Ábrele la puerta” – Testimonio de María Teresa



María Teresa Ruiz de Aguilar, de la “tierra buena”.

Sobre la homilía para el domingo XV del tiempo ordinario,

ciclo A, Mt 13,1-23


Conexión

Si el lector o lectora que accede a esta página ha leído o escuchado lo que está escrito (y hablado) en la entrega anterior, la homilía del domingo XV A, estará mejor situado para entender lo que viene a continuación.
En la homilía se habla de los cuatro terrenos que presenta la parábola, para suscitar el examen de conciencia y la responsabilidad de los cristianos; y decíamos que el interés de Jesús, al parecer, recae en el cuarto de los terrenos, que es lo que Jesús llama tierra buena: la semilla cayó en tierra buena (in terram bonam). Recalcábamos que esta parábola es un canto de esperanza, la esperanza de Jesús: pese a todas las dificultades siempre ha de haber tierra buena que responda a la siembra de Dios con buena cosecha.
Cuando llega esta parábola, me suelo acordar de mis estudios de joven, del gran maestro de las parábolas, el exegeta alemán luterano Joachim Jeremias (1900-1970). Él escribió una obra genial: La predicación de Jesús (dentro del proyecto Teología del Nuevo Testamento vol. I. Salamanca, Ediciones Sígueme 1974). Y sobre las parábolas específicamente escribió una obra Las parábolas de Jesús (Die Gleichnisse Jesu, 1947; versión española Verbo Divino 1971, sexta edición 1981.
Jeremias hace un estudio de “alta especialidad” sobre la parábola. Jeremias piensa que la explicación alegorizada de la parábola proviene de la comunidad, y sospecha con argumentos serios que el sentido original de la parábola miraría a la cosecha escatológica que Jesús espera para el Reino, lo que llena su corazón de incontenible alegría:
“El trío de las cifras de la cosecha, que sobrepasa en mucho la realidad y corresponde al modo oriental de hablar (treinta, sesenta, cien veces), hace alusión a la plenitud escatológica de Dios, que sobrepasa toda medida. Aunque mucho del trabajo parece ser en vano y sin éxito a los ojos humanos, aunque en apariencia suceden fracasos tras fracasos, Jesús está lleno de alegría y de confianza: la hora de Dios viene y con ella de una cosecha que sobrepasa todas las esperanzas. A pesar de todos los fracasos y resistencias, Dios hace aparecer de unos comienzos sin esperanza el final magnífico que había prometido” (Las parábolas de Jesús, ed. 1981, pp. 184-185).
Esta interpretación me parece grandiosa y bellísima…
Pero volvamos a nuestro sencillo mensaje, en el que decíamos: “Siempre hay tierra buena, absolutamente siempre; allá donde vayas te has de encontrar con personas que buscan a Dios. Allí mismo donde vivo hay gentes maravillosas que están buscando a Dios”.


María Teresa Ruiz de Aguilar

Con estos sentimientos estaba, cuando acababa de llegar a mis manos un librito de 111 páginas que apareció el año pasado y tiene como título NO TEMAS…ÁBRELE LA PUERTA.
No tiene editorial. Parece ser como un libro que se entrega discretamente entre amigos. La autora da una referencia al final (p. 111), que dice:
Y un Face-Book: No temas ábrele la puerta

Ella es María Teresa Ruiz de Aguilar. El libro cuenta con la aprobación del arzobispado de Guadalajara: “Habiendo revisado y comprobado que “nihil obstat” para su publicación, por la presente la autorizo para que pueda imprimir el texto “NO TEMAS… ÁBRELE LA PUERTA”, presentado por Usted misma” (11 dic. 2012, El vicario general)


Imagen de portada
NO TEMAS... ÁBRELE LA PUERTA.

 “Soy Tere y nací un 22 de mayo, día de Santa Rita de Casia... Soy una mujer casada, tengo un esposo y un hijo a quienes amo con todo mi corazón, y ¡estamos por cumplir 25 años de casados! Tuve la “suerte” de nacer en una familia hermosa, siendo yo la primogénita de 4 hijos, mi hermano Rigoberto y mis hermanas Mónica y Myriam y mis amados papás, Rigo y Tere. Tuve una infancia feliz y fui creciendo dentro de una familia católica, amorosa y funcional...” (p. 12).
Cursó sus estudios para ejercer de secretaria ejecutiva bilingüe (español-inglés).
Esta señora es de nuestro barrio; y con esto empalmo con la homilía: que la tierra buena – un ejemplo – con semilla que produce cosecha agradecida siempre estaba allí por donde yo he pasado. Antes de que uno llegara había personas excelentes. Yo no le conocía sino de tres o cuatro conversaciones de sacristía… Tuvo la gentileza de obsequiarme con su libro, donde estampó una dedicatoria: “…Escribí este libro con el corazón y con toda honestidad deseando hacer el bien. No soy escritora…, soy una mujer común que tuvo un encuentro personal con Jesús y que quise compartir tan grandiosa experiencia”.

Conversión

Ella dice y repite que es una “convertida”. Pues ¿qué pecados tenía esta mujer, que no se veían…? Bueno…, que no iba a misa salvo funerales y otras circunstancias de compromiso… Si tenía un matrimonio estupendo, con casi 25 años de casada…

“Bueno, ¿cómo inicia mi historia como HIJA DE DIOS, MI CONVERSION? Claro, como nací en el seno de una familia católica, recibí los Sacramentos del Bautismo, Confirmación, Confesión y Comunión y decidí recibir el del Matrimonio, pero no significaba que realmente viviera como una auténtica hija de Dios, a pesar de que en cada etapa de mi vida, en cada momento de mi vida, Dios estaba presente sin que yo lo reconociera. (p. 16).

“A pesar de tener un buen matrimonio, un marido amoroso, bueno, fiel y ejemplar, tanto como padre que como esposo, en las reuniones sociales o familiares cuando se tocaba el tema de los matrimonios y de los divorcios, era la primera en opinar, ¡claro! ¡Sentía que yo me las sabía de todas, todas! Y daba cátedra de lo que pensaba... Llegué a decir que no creía en el matrimonio, que era un mero requisito, pero que yo sí creía en una segunda... tercera... y ¡hasta cuarta oportunidad! Que era injusto si te equivocabas una vez, te “amolaras” para toda la vida... Que más valía un divorcio a tiempo, para poder “rehacer tu vida” una y otra vez...
… Después llegué a decir que lo mejor, era la “unión libre”, que era suficiente serle fiel a tu “pareja”, que lo malo sería “andar” con varios al mismo tiempo... ¿Así? ¡O más nefasta! ¿Eh? Y lo peor es que no tenía ningún fundamento para vociferar de ésta manera, al contrario, si mi esposo y yo siempre nos hemos sido fieles, nos hemos amado, respetado, apoyado, comprendido, consolado, acompañado y si hemos reído, llorado y luchado juntos, si nos hemos caído y levantado juntos, ¿Por qué hablaba yo así? ¿Sería acaso por lo alejada de Dios y de la Iglesia y lo poco instruida que estaba? ¡Claro que era por todo esto! Además de dejarme llevar por lo que veía en otras personas y opiniones que escuchaba por aquí y por allá, me iba enganchando hasta tener la misma opinión que se convirtió en una creencia ¡terriblemente equivocada!” (pág. 17).
 Recordando a Saulo de Tarso, luego san Pablo:
“Hoy por hoy, sé que yo era una perseguidora de cristianos, de la Iglesia. No los encadenaba ni amenazaba, ni los mataba... Pero ya sabrás... Había de quien me expresaba como “es una cucaracha de iglesia”, o “es de la vela perpetua y rodilla sangrada”, o “es una mocha y cerrada” o “es una enfadosa”; criticaba a los sacerdotes si hacían o decían lo que a mí no me parecía... ¡¡Quién iba a decir que ahora yo soy una cucaracha de iglesia de la vela perpetua y rodilla sangrada, mocha, cerrada y enfadosa!! Qué ironía ¿No te parece? Comprendo lo ciega y lo perdida que estaba y que gracias a Jesús, recobré la vista y me llenó del Espíritu Santo. Ahora como Saulo, quiero ser un instrumento del Señor y... ¡¡Me fascinaría anunciar Su nombre, Su palabra y Sus promesas a todo el mundo! Ser portadora de la Buena Noticia... Por eso escribí este libro” (p. 25).

Católica, pero confesarse ¿por qué?
“Te platico que yo antes era de las personas que pensaban y decían que por qué iba a ir con un Padre, un ser humano como yo, tan pecador como yo, a platicarle mis pecados, si yo podía hacerlo con Dios directamente... ¡¡¡Qué soberbia y qué ignorancia la mía!!! Hoy comprendo que el Sacramento de la Confesión es otro regalo del Señor, que es el mismo Cristo a través del Sacerdote quien me perdona, el que me absuelve. ¡¡¡No importa de qué tamaño sean mis pecados!!! ¡¡¡La Misericordia de Jesús es infinita!!! A propósito del perdón.... Debemos saber perdonar como Dios nos perdona. Si nosotros no perdonamos a nuestros hermanos, Dios no nos perdonará a nosotros. No debemos albergar coraje ni resentimiento en nuestro corazón. Pidamos al Señor nos ayude a imitarlo y tener un corazón humilde, compasivo y misericordioso” (pág. 34).
María Teresa en su conversión – según cuenta – fue al sacerdote P. Fidel Martínez, que años atrás regentaba esta iglesia de Santa María de los Ángeles, sacerdote dignísimo y de gran cultura, y allí, en confesión, le confió sus pecados para comenzar una vida nueva de hija de Dios (ver pág. 36).

A los pies de Jesús

La escena de la pecadora a los pies de Jesús (Lc 7,36-38) le emociona hasta las lágrimas:
“¡¡¡Espiritualmente, místicamente y físicamente lloro lágrimas de dolor, de arrepentimiento y de vergüenza sobre los benditos pies de Mi Señor!!! ¡¡¡ unjo con el perfume de mi gozo, de mi agradecimiento, de mi amor, con mi vida que le pertenece, de mi alma que regresa a Él y que la acepta de regreso ¡¡¡Los cubro de besos porque me rescató y me salvó de las garras del maligno porque me consoló y me sanó, porque me dio luz y guió mis pasos, por compasión y Su Piedad, porque me perdonó con Su infinito Amor y Su infinita Misericordia!!! ¡¡¡Lo reconozco como mi Señor, como mi Salvador, como mi Creador, como mi Dueño, como mi Maestro, como mi Dios!!! No quiero volver a separarme de Él, quiero conocerlo, quiero seguirlo, quiero imitar quiero salvarme...” (pág. 37)

La Biblia, delicia de su vida

Y aquí viene un punto que a mí, como profesor de Sagrada Escritura, me interesa especialísimamente.
Esta mujer se ha cogido la Biblia de América, 8ª edición (segunda reimpresión corregida y revisada, la casa de la Biblia 1999) y no la suelta de la mano. ¡Cómo la tendrá de subrayada…, con fechas que a ella le dicen mucho! Al principio no sabía distinguir una Biblia Católica de una Biblia Protestante (los Protestantes no aceptan los libros llamados “deuterocanónicos”, y por lo tanto en la biblia que usan nuestros hermanos, la Biblia de Reina – Valera (Casiodoro de Reina 1520-1594 y Cipriano Valera 1532-1602, actualizados), no figuran:
Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduría, 1 Macabeos y 2 Macabeos, ciertas secciones de Ester y Daniel).
Se apuntó a estudiar Biblia. En Guadalajara hay un Instituto Bíblico Católico, fundación del arzobispado, que ya lleva 37 años de existencia, con mucha variedad de cursos para toda clase de persona. Y se apuntó a un curso de lunes por la tarde.
“Invité a Paty, una gran amiga quien ha sido una bendición en mi vida y fuimos juntas. Efectivamente, el maestro Pepe González, es otro ángel que el Señor puso en mi camino... Estoy tan convencida de que Dios se vale de otras personas para hablarte, para guiarte, para llevarte, que yo en lo personal, los llamo angelitos. En mi primera clase me di cuenta de lo inculta, de lo pobre que soy, ¡de que no sabía nada! Ni siquiera buscar un versículo en la Santa Biblia, ¡qué vergüenza!” (pág. 48)

“Desde mi primer día en clases de Biblia, que ya hace poco más de 3 años, he faltado quizás unas cuatro veces por causas de fuerza mayor. Los lunes, que son los días de clase, ¡son sagrados! No cambio mis clases por nada ni ¡por nadie! La gente ya no me invita a ningún lado los lunes porque ya saben la respuesta, “no puedo, tengo mi Biblia...” ¿Por qué? Como lo dije antes, tengo hambre de Dios, quiero conocerlo, es mi alimento, es mi paz, es mi esperanza, es mi consuelo, es mi vida, es mi motor, es mi impulso, es TODO para mí” (pág. 53).

Las citas de la Biblia.
María Teresa como esposa y madre se ha dedicado toda al Señor en esa “vida nueva” que en ella ha aparecido, y un punto de encuentro constante con el Señor es la Sagrada Escritura.
Las 111 páginas del libro, que hablan de todo lo que hoy se habla en conversación constante con el lector, está “armado”, todo seguido, sin capítulos, sobre 154 pasajes de la Biblia, que se transcriben con cierta amplitud: 2 líneas, 6 líneas, 8 y 10 líneas. Dominan los Evangelios, pero la autora recurre al resto Nuevo Testamento (Hechos de los Apóstoles, Romanos, Gálatas, Corintios, Filipenses, Tesalonicenses, Efesios…, cartas de Santiago y San Pedro, San Juan, Hebreos, Apocalipsis). Y también el Antiguo Testamento ha sido meditación e inspiración: Amós, Isaías, Josué, Job, Eclesiástico.
Me viene a la memoria la figura de San Jerónimo, que vivió más de treinta años en Belén, traduciendo la Biblia. Benedicto XVI nos lo recordaba al exponer la figura de este santo doctor: “Así pues, san Jerónimo, durante toda su vida, se caracterizó por un amor apasionado a las Escrituras, un amor que siempre trató de suscitar en los fieles. A una de sus hijas espirituales le recomendaba: "Ama la sagrada Escritura, y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias. Que sea para ti como tus collares y tus pendientes" (Ep. 130, 20). Y añadía: "Ama la ciencia de la Escritura, y no amarás los vicios de la carne" (Ep. 125, 11)” (audiencia general del 14 de noviembre de 2007).


Las caricias de la Biblia

Los sencillos reciben las caricias de la Biblia como Dios se las da. Sería insensato ponerle reglas a Dios, dictarle nuestro Manual.
Ahora bien, nosotros humildes indagadores de los misterios de Dios (“a vosotros se os ha dado a conocer los misterios del Reino de los cielos”, decía el Evangelio de ayer, Mt 13,11), hemos ido formando, con la experiencia milenaria de la Iglesia, una ciencia, o sabiduría, en torno a los libros sagrados, que, como método, queda sintetizada, a mi modo de ver, en tres criterios siempre repetidos en las clases de Biblia que tengo la gracia de impartir:
1.     El estudio histórico-crítico de la Biblia, para la Iglesia es del todo necesario (la Biblia a la altura de las ciencias de hoy), y al mismo tiempo del todo insuficiente.
2.     Hay que pasar a un estudio directamente teológico, porque en la teología de la Biblia – en las múltiples teologías de la Biblia – se nos entrega el mensaje de la Biblia como “Palabra de Dios”.
3.     Pero tampoco basta. Hay que avanzar hacia una comprensión sapiencial y oracional de la Biblia. Que no sea Biblia “tema” de oración, sino que no podamos entender la Biblia, Palabra de Dios, leída desde la síntesis de Cristo sino como revelación – sabiduría celestial – orando.

Foto de Tere Ruiz en contraportada

¡Felicidades, María Teresa, por su sincero testimonio! La Palabra de Dios le acompañe y le proteja.

Guadalajara, Jal. lunes, 14 de julio de 2014.
 
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