sábado, 25 de abril de 2015 0 comentarios

684. Domingo IV de Pascua B – Jesús Resucitado el Buen Pastor de la Iglesia



Homilía en el domingo IV de Pascua 2015
Sobre Jn 10,11-18


Texto evangélico:
Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. 
Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer; y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
Por eso me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: ese mandato he recibido de mi Padre.


Hermanos:
1. Una persona de cultura, que no hubiese leído nunca el Evangelio, que no conociera la fe cristiana, si leyera este párrafo del capítulo 10 de san Juan, se quedaría profundamente admirada y comenzaría a preguntarse: Pero ¿quién es este Dios que habla? Porque los hombres no pueden hablar de esta manera. Y tendría razón.
Nos encontramos ante un párrafo de revelación de una belleza extasiante. El cristiano que lo lee, y que sabe que Dios habló en el Antiguo Testamento, al momento le viene al recuerdo uno de los salmos más conocidos, el bello salmo del Pastor:
El Señor es mi pastor, nada me falta;
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía pro el sendero justo
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan (Salmo 23).

2. ¿Quién es el Pastor? Está bien claro: Dios mismo. ¿Y quién es el rebaño? El pueblo de Dios. “Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño, tú que te sientas sobre querubines resplandece ante Efraím, Benjamín y Manasés; despierta tu poder y ven a salvarnos…” (Salmo 80).
Dios es el pastor. Pastor y rey son dos imágenes que, aplicadas a la divinidad, evocan poder, ciertamente, un poder absoluto, también; pero este poder omnipotente es un poder benéfico, salvador, protector, providente.
En el Evangelio de hoy la imagen del pastor, que técnicamente sería la alegoría del pastor, nos lleva, de modo sorpresivo, al terreno de la intimidad. Es un lenguaje espiritual y místico, que alcanza su pura condensación en esta frase: Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre. Estamos en la espiral íntima y circulatoria del conocimiento del amor, coronada por la entrega de la vida: yo doy mi vida por las ovejas.

3. Al escuchar este domingo esta sugestiva alegoría de Jesús, Buen Pastor, podemos poner dos puntos de referencia: la Iglesia y cada una de nuestras personas, de esta manera:
- Jesús Resucitado es el Buen pastor que conduce a su Iglesia, exactamente igual a como Dios ha sido el Pastor de Israel.
- Y en segundo lugar, Jesús Resucitado es mi pastor, que me conduce por los senderos y cañadas de esta vida, en días claros y en días de rayos y tormentas, hasta las praderas celestiales. El Apocalipsis, que nos habla de Cristo Cordero, nos lo representa también en funciones de pastor: “Porque el Cordero que está delante del trono los apacentará y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas” (Ap 7,17).
Hablemos, pues, de los dos aspectos: Jesús Resucitado, Pastor de la Iglesia; Jesús Resucitado, pastor de mi anhelante corazón.

4. ¿Quién es el que conduce a la Iglesia? El jefe de la Iglesia católica es el Papa Francisco: esto es un lenguaje de periódicos. Esta frase en labios de un estudiante de teología merecería un reprobado. Es una frase confusa, que tiene más errores que verdades.
Quien conduce a la Iglesia no es ni el Papa presente, Papa Francisco, ni el papa precedente, Papa Benedicto. Quien conduce a la Iglesia es Cristo, el que ha muerto por ella, el que le ha dado vida en el sacrificio de la Cruz, el que el ha infundido el Espíritu Santo presente en los corazones.

¿Cuáles son los caminos de la Iglesia? Los que le vaya marcando el Espíritu.
Alguna vez he citado unas frases del Papa Benedicto XVI en la misa inaugural de su pontificado, en la plaza de San Pedro el 24 de abril de 2005, justamente hace 10 años. Decía: “¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. (…) Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.
Más bellamente, más claramente no se puede decir. No es el Papa, por brillante y mediático que sea, el que hace el programa, el que nos arrastra a todos. No es esa la verdadera imagen del Papa. Grabémoslo bien: ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.
Y es así; es realmente así para nuestro consuelo. Jesús conduce a su Iglesia por caminos sorprendentes. Yo y todos debemos estar atentos, por si el Señor quiere servirse de nosotros, pero que sea siempre él el que aparezca; nunca nuestra vanidad.

5. El segundo punto de nuestras consideraciones es el mismo, aplicado al ámbito personal. El Señor es mi pastor, él me conduce a mí, él y en definitiva solo él.
Él me tiene preparadas sorpresas que yo ignoro. Jesús me conduce a través del trato personal. Si una persona avanza por los caminos espirituales, espontáneamente surge un consejo: ¿Por qué no dedica usted media hora todos los días a su trata personal con Dios? Ni yo ni ningún sacerdote puede comunicarle a usted el secreto que necesita. El secreto de su vida lo tiene Dios y solo Dios. Déjese conducir por Dios; haga lo que Dios le vaya sugiriendo al corazón. Dios ni se engaña, ni puede engañarnos. Todo lo que usted advierte dentro sí con paz (no con turbación), con claridad (no con confusiones) y con continuidad (no de repente un día presa de emociones), todo lo que usted vea así puede tomarlo como signo de la voluntad de Dios. Vaya por ese camino. Dios no le va a defraudar.
El Señor es mi pastor: nada me falta.

6. Señor Jesús, que, al morir, te has constituido en el verdadero pastor de tu Iglesia, danos a todos la confianza de que, abandonándonos en ti, ni nos vas a defraudar ni nos vamos a inhibir. Haznos disponibles en todo momento a cumplir con audacia tu santa voluntad. Amén.

Guadalajara, 25 abril 2015, víspera del Buen Pastor. (En la Orden Capuchina, Fiesta de la Madre del Buen Pastor, y popularmente “Divina Pastora de las almas”.
domingo, 19 de abril de 2015 0 comentarios

683. En este espacio lindo que es la tierra - Pascua 2015 - 10

En este espacio lindo que es la tierra,

Pascua 2015 –10

Sobre el Evangelio del III domingo

Lc 24,35-48

En este espacio lindo que es la tierra,
en este tiempo breve que es mi vida,
quién es Jesús viviente para mí,
y quien soy para él, sed infinita.

En este afán de amores y pensares,
que el nido de mi alma suave agita,
quién es quién, quién es él y quien soy yo
y quiénes cuantos en mi torno opinan.

Palpadme y ved, mis manos y mis pies,
que no soy un fantasma en la retina;
traedme de comer ante los ojos,
un pez y un pan y un agua cristalina.

Yo soy de lo real realidad,
del ser perecedero fuego y fibra,
del tiempo y del espacio lo que queda,
principio y fin, presencia circunscrita.

Yo soy en ti cumplido sentimiento,
tú eres en mi mi vida compartida;
yo soy en ti tu amor que me devora,
tú eres en mí amor que me calcina.

Palpadme y ved, la vida es hoy y ahora,
Yo soy aquí, sorpresa y cercanía;
No temas ya; yo soy resucitado,
y tú serás mi eterna compañía.

Señor de los apóstoles, Jesús,
mi historia es tuya, en ti nace y termina.
A ti, mi Dios, mi amor,  a ti la gloria,
mi Dios eternidad y Eucaristía. Amén.

Guadalajara, domingo III de Pascua, 19 abril 2015

viernes, 17 de abril de 2015 0 comentarios

682. Domingo III de Pascua B – Jesús nos invita a entrar en el misterio



Homilía en el domingo III de Pascua 2015
Sobre Lc 24,35-48

Texto evangélico:
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.  Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies.  Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado.  Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.

Hermanos:
1. Los tres primeros domingos de Pascua el Evangelio es una escena de las apariciones de Jesús Resucitado; el cuarto es siempre el Domingo del Buen Pastor, y los tres domingos restantes del tiempo pascual son Evangelios tomados de las palabras de Jesús en la cena.

2. El episodio de hoy es la continuación de la escena de los dos discípulos de Emaús, Cleofás y el otro cuyo nombre ignoramos. Cuando reconocieron a Jesús en la fracción del pan, al punto corrieron a Jerusalén. Encontraron a la comunidad reunida en el Cenáculo. Daban gritos de alegría: ¡Era verdad! Jesús había resucitado y se había aparecido a Pedro. Y aquí comienza el Evangelio de hoy, que lo podemos dividir en distintos momentos:
Primero. Jesús entra en el Cenáculo. No acaban de creer por la alegría y Jesús come delante de ellos. Es la experiencia de su santa humanidad.
Segundo. Jesús explica que todo lo sucedido está de acuerdo con las Escrituras de los profetas y con los salmos.
Tercero. Jesús les abre el entendimiento para que comprendan las Escrituras, es decir, les da el don de las Escrituras.
Y cuarto. Jesús les da un mandato, una misión: Seréis mis testigos.

3. ¡Cuántas cosas para reflexionar! Realmente las santas Escrituras, el Evangelio de Jesús, es un pozo sin fondo.
Nos vamos a detener especialmente en la primera parte. Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.
En el Evangelio de san Juan leíamos: les mostró las manos y el costado. No hay que forzar la imaginación para componer la túnica de Jesús Resucitado y ver cómo podía mostrar él la llaga del costado. Se trata de una realidad muy pura, a la que somos invitados a acceder: el creyente es invitado a entrar en los secretos de ese divino corazón.
Aquí, en san Lucas, Jesús les muestra los manos y los pies, y les invita a palpar. Un fantasma no se puede palpar, un cuerpo real sí. Palpar a Jesús es acceder al misterio de su santa humanidad, que sigue siendo tal aun como humanidad glorificada.
Cualquier físico, cualquier persona inteligente dirá que los seres glorificados, pertenecen a otra realidad, que al física no puede alcanzar. Ya nos dijo Jesús, hablando del matrimonio, que en la resurrección no se casarán ellos ni ellas; serán como ángeles de Dios. Es decir, hermanos, entramos en el misterio, y el misterio es la comunión con Dios; más concretamente la comunión con Jesús, nuestro Dios, nuestro Señor, nuestro hermano, nuestro amigo.

4. Aquí las posibilidades se ensanchan sin límite. El misterio es este: Jesús y yo podemos convivir, y vivir en una intimidad real, totalmente real, individualmente real, Jesús y yo.
Hace dos semanas era la Vigilia Pascual y el Evangelio de Marcos nos hablaba de aquellas tres mujeres, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que, al ver la gran piedra corrida, entraron en el sepulcro. El Papa parece como si se hubiera quedado extasiado en esta expresión: “entraron en el sepulcro”; y en su homilía nos compartió sus pensamientos. Entrar en el sepulcro era “entrar en el misterio”. Y decía:
“Efectivamente, para eso estamos aquí: para entrar, para entrar en el misterio que Dios ha realizado con su vigilia de amor.
No se puede vivir la Pascua sin entrar en el misterio. No es un hecho intelectual, no es sólo conocer, leer... Es más, es mucho más.
«Entrar en el misterio» significa capacidad de asombro, de contemplación; capacidad de escuchar el silencio y sentir el susurro de ese hilo de silencio sonoro en el que Dios nos habla (cf. 1 Re 19,12).
Entrar en el misterio nos exige no tener miedo de la realidad: no cerrarse en sí mismos, no huir ante lo que no entendemos, no cerrar los ojos frente a los problemas, no negarlos, no eliminar los interrogantes...
Entrar en el misterio significa ir más allá de las cómodas certezas, más allá de la pereza y la indiferencia que nos frenan, y ponerse en busca de la verdad, la belleza y el amor, buscar un sentido no ya descontado, una respuesta no trivial a las cuestiones que ponen en crisis nuestra fe, nuestra fidelidad y nuestra razón”.
Y continuaba explicando qué hace falta para entrar en el misterio: humildad…
“Para entrar en el misterio hace falta este abajamiento, que es impotencia, vaciamiento  de las propias idolatrías... adoración. Sin adorar no se puede entrar en el misterio”.

5. Nuestro objetivo pascual es este, hermanos: entrar en el misterio; decididamente, entrar en el misterio.
Jesús Resucitado atravesó puertas y muros y entró en medio de nosotros.
De igual modo, nosotros debemos atravesar razonamientos, temores…, montañas que se interponen: entrar en él, por la contemplación, el abandono, el amor. Jesús nos llama.
Y si entramos en él, si hacemos la prueba – Gustad y ved qué bueno es el Señor (Salmo 33) – entonces, de pronto, veremos que hemos entrado en el corazón de nuestros hermanos. Entrar en Jesús Resucitado no es huir del servicio; bien al contrario, el que entra en la humanidad de Jesús, aquí mismo en la Eucaristía, entra en el humilde servicio de sus hermanos, los hombres.

6. Señor Jesús, que me estás diciendo cómo de ninguna manera tú estás ausente de nosotros, dame – te suplico – los ojos limpios del amor para entrar en tu resurrección, y encontrarme allí con mis hermanos los hombres, a quienes entregaste, y sigues entregando, alma, vida y corazón. Amén.

Guadalajara, Jalisco, 17 abril 2015.
 
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