viernes, 22 de mayo de 2015 0 comentarios

694. El Espíritu que nos da Jesús: vida y testimonio (Beato Óscar Arnulfo Romero, + 1980)



Homilía para el día de Pentecostés,
culminación de la Pascua sobre Jn 20,19-23
Video: oportunamente

Texto evangélico:
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con la puertas cerradas por medio a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y es dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Hermanos:

1. Hoy es Pentecostés. Pentecostés no es la fiesta del Espíritu Santo, como no hay una fiesta para el Padre, y otra para el Hijo, y la tercera del Espíritu Santo. Pentecostés es la coronación de la Pascua, de los cincuenta días de Pascua. La Pascua, que es la culminación de toda la historia de salvación hasta la vuelta del Señor. La Pascua es la gran apoteosis del amor de Dios que se ha vertido en Jesús. Y en la Pascua de Jesús, solamente en ella, se nos ha dado la revelación plenaria del Espíritu.
Pentecostés es, por así decir, la culminación de la historia de Dios con el hombre. Y, si por una parte indica el cumplimiento de la promesa del Padre (nos lo dice la primera lectura), por otra es el inicio de esa vida de plenitud que nos adentra ya en la eternidad.

2. Las lecturas de hoy nos hablan de dos formas de la entrega del Espíritu:
- una grandiosa y apoteósica con el suceso que tiene lugar en Jerusalén, que en este caso es el nuevo Sinaí para el mundo. El Espíritu que desciende en forma de llamas de fuego, en medio de fragor y estruendo, que nos evoca lo que los libros sagrados del Éxodo y Deuteronomio nos dice de aquel encuentro de Dios con Moisés en el momento Sinaí. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia…” (Ex 19,17-18).
- Otra forma de entregar el Espíritu es la de aquella tarde de la Resurrección, cuando los apóstoles estaban reunidos en un lugar (que suponemos era el cenáculo) con las puertas cerradas, atrancadas, por miedo a los judíos.
Jesús sopló sobre ellos, es decir, exhaló su aliento como Dios había exhalado su aliento en las narices de Adán el día de la creación para que comenzara a alentar con aliento divino, como si dijéramos con el mismo pulmón de Dios.
En aquel momento, no eran solo los apóstoles; era toda la Iglesia la que recibía el aliento de Dios, que le iba a dar su dinamismo en el mundo.

3. Estos pasajes que estamos leyendo, hermanos, no son meras crónicas de antaño, a las que acaso les podamos poner tantas objeciones no para no acabar de creérnolas, sino ver más bien en ellas, creencias y mitos para alimentar la fe. Hace falta una visión distinta para que dichos pasajes nos introduzcan en el misterio íntimo de la relación de Cristo con su Iglesia, conmigo en particular, hasta poder percibir que llevamos dentro el Espíritu que Jesús no ha entregado.

4. La teología, sirviéndose de unos pasajes bíblicos, en concreto de Isaías (Is 11,2), nos habla de los dones del Espíritu. Los dones del Espíritu Santo son siete y estos siete dones (Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Ciencia – Fortaleza, Piedad y Temor de Dios) transforman el entendimiento y la voluntad del ser humano, haciéndolos dóciles al poder y al querer de Dios, para que Dios siga haciendo maravillas en la historia.
Pero es claro que no podemos confinar los dones del Espíritu Santo a unas palabras. Estos confines restringirían la libertad soberana de un Dios Creador. Cuando en una obra vemos especial perfección, decimos que allí está el Espíritu de Dios, porque el Espíritu es el remate de Dios en todas las cosas; el último toque de amor que hace la vida infinitamente bella y amable.

5. El Espíritu habita en lo más íntimo de nuestro corazón; nos transforma y mediante el testimonio sale afuera. Hemos oído la voz de Jesús en al primera lectura: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8).
Hoy contemplamos a un testigo excepcional, al obispo Óscar Arnulfo Romero, que desde el día 23 de mayo de 2015 es el Beato Óscar Romero, obispo y mártir.
El Quinto Domingo de Cuaresma, 23 de marzo de 1980 hizo una homilía muy extensa con los textos bíblicos del día: Isaías: 43, 16-21; Filipenses: 3, 8-14; Juan: 8, 1-11. Una homilía muy larga, profundamente bíblica, y al final terriblemente trágica porque fue citando cantidad de nombres y de hechos que esos días ocurrieron en el país.
Para comenzar este balance decía:


“HEMOS VIVIDO UNA SEMANA TREMENDAMENTE TRAGICA.
No pude darles datos del sábado anterior, el 15 de marzo, pero se registró uno de los más fuertes y dolorosos operativos militares en las zonas campesinas; los cantones afectados fueron: La Laguna, Plan de Ocotes, El Rosario, resultando un trágico saldo después del operativo. Muchísimos ranchos quemados, acciones de saqueo y lo que nunca falta, cadáveres. En La Laguna mataron al matrimonio de Ernesto Navas, Audelia Mejía de Navas y a sus hijitos Martín e Hilda de 13 y 7 años y 11 campesinos más…”
Y así fue haciendo el balance, terminando con estas palabras:

“YO QUISIERA HACER UN LLAMAMIENTO DE MANERA ESPECIAL
A LOS HOMBRES DEL EJÉRCITO, Y EN CONCRETO
A LAS BASES DE LA GUARDIA NACIONAL, DE LA POLICIA, DE LOS CUARTELES:
Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR... Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios... Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla... Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado... La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre... En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión...! (interrupción de aplausos).
La Iglesia predica su liberación tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia, una liberación que tiene, por encima de todo, el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo y la trascendencia que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza.
Vamos a proclamar ahora nuestro Credo en esa verdad...”
Mons. Romero había recibido el Nobel de la Paz el año anterior, 1979. Fruto de esta homilía, que al día siguiente le dieron un balazo celebrando la misa.

6. Terminemos, hermanos, como acostumbramos  mirando a Cristo.
Señor Jesús, tú nos has enviado al Espíritu desde el Padre, corona de tu Pasión y Resurrección, danos ese Espíritu que llene nuestro corazón y que sea testimonio en nuestra vida. Amén.

Guadalajara, viernes, 22 mayo 2015.
martes, 19 de mayo de 2015 0 comentarios

693. El Espíritu aleteaba



El Espíritu aleteaba

1. El primer versículo de la Biblia habla de Dios creador de todo. El segundo habla del Espíritu que aleteaba sobre la creación incipiente. Sin el Espíritu no hay creación.
Y cuando va a terminar la Biblia, el Espíritu, que ahora es el Espíritu de Jesús vuelve a hablar con un inmenso grito. “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!” (Ap 22,17). ¿A quién claman? A Jesús, evidentemente: “Amén. ¡Ven. Señor Jesús! La gracia del Señor Jesús esté con vosotros” (Ap 22,20-21, FIN de la Biblia).

2. ¿Quién es, pues, el Espíritu? Mirando, pues, a toda la Biblia, dejándome llevar – según espero – por el mismo Espíritu – lo diré sencillamente:
El Espíritu es la ultimidad de Dios.
El Espíritu es la intimidad de Dios, la inmanencia de Dios.
El Espíritu es la exhaustividad de Dios.
El Espíritu es aquel por el que Dios es Dios: el Padre es el Padre, el Hijo es el hijo, y él mismo, el Espíritu, es el Espíritu.

3. No es el remate de Dios, porque Dios no necesita ningún  complemento.
El Espíritu es la incognoscibilidad de Dios.
El Espíritu es, en consecuencia,  la pura revelación de Dios.
El Espíritu es el ocultamiento de Dios para que Dios aparezca.
Si Dios es Dios, dándose en Dios, el Espíritu es el don de Dios.
Traducido de otra forma: El Espíritu es el amor de Dios.
El Espíritu es la ternura de Dios.
El Espíritu es los siete dones de Dios (Is 11,2 ampliado), siete multiplicado infinitamente, siete por siete por siete...
El Espíritu es…, por ejemplo, el Camino de Dios, la Potencia de Dios, la Acción de Dios en el universo mundo y en la historia.
Es la Presencia de Dios; por ello, es el sacramento de esa divina Presencia.
Es el Dios inmanente volcado; por tanto – lo decíamos – es la ternura de Dios.

4. Pero ¿dónde están estas cosas en la Biblia? En la mera lectura, que sin este anhélito y expansión, no podríamos comenzar a leer sus páginas.
De una forma muy concreta diremos:
El Espíritu es el Espíritu de Jesús.
El Espíritu es el Espíritu de la Trinidad que a mí se me ha donado.
El Espíritu es el Espíritu y el alma de la Iglesia, para que permanezca sabia, misericordiosa e intacta.
* * *
5. Lo más arduo para la fa es personalizar el Espíritu. Ahora bien, si el Espíritu no es persona no es nada; si el Espíritu no es historia; si el Espíritu no llega a mí, se desvanece.
El Hijo tiene rostro porque es hombre, y su rostro de hombre se lo ponemos a la divinidad. Y así dialogamos con Jesús, Hijo de Dios.
El Padre tiene rostro, porque el Padre será siempre el Padre de Jesús; el rostro de Jesús revierte en el Padre. Y, por ello, también dialogamos con el Padre, nos abandonamos en brazos del Padre.
Pero… ¿el Espíritu? ¿Qué rostro le pondremos al Espíritu? Pues sin rostro no entra en comunicación con nosotros.
Si hablamos con el Espíritu ¿será una persona fingida que mi imaginación proyecta para tener un imaginario interlocutor?

6. El Espíritu me está pidiendo la teología del silencio para aspirar a Dios como perfume y dejarme embriagar por él. Y navegar, sí, con estremecimiento, con adoración, lo mismo por el fondo del mar (maravillas que nadie ha visto) que  por los espacios que solo Dios posee.
El Espíritu estalla en el piído de un pájaro, en el color extasiante de una flor, en el pétalo que mi mano soñadora quiere tocar, recordando… y aspirando a un divino futuro.
Pero percibo que el Espíritu, si es Espíritu del cosmos, es, por encima de todo, Espíritu de Jesús, y, por ello, Espíritu de las personas, en su dolor y en su gozo.
Siento que el Espíritu es el fondo mismo de la Escritura y el Espíritu es el fondo más bello de las personas. El Espíritu es lo incógnito, lo más bello, el secreto siempre por descubrir. El Espíritu es el encuentro con todas las personas, siempre por develar. El Espíritu late en mi total ignorancia, y se asoma en el anhelo del amor. Hay un “anhelo adámico” que me lleva al Cantar de los Cantares, adorando. Ese es el Espíritu. Porque el Espíritu es la Hermosura de Dios, la Poesía de Dios, el Abrazo de Dios, el Ósculo de Dios.
Y al mismo tiempo es la Humildad de Dios, el Tiempo de Dios, el Hoy de Dios, el camino de Dios en mí, no sé si ya breve, no sé si todavía un tanto larguecito.

***
7. Pero ¿qué estoy diciendo en alas de la ilusión ingénita que bulle en el ser?
Vuelvo a la teología racional más sensata. La esencia más pura de la Teología en el Antiguo Testamento es Dios revelándose como Alianza (Walter Eichrodt). En esa presencia y alianza – que da todo, que purifica todo y que pide todo – se establece mi Dios, el Dios de Jesús. (Maravillosa la Teología del Antiguo Testamento expuesta por W. Eichrodt, + 1978,  primero en 1933-39; luego en 1957).
En esa alianza, soporte de toda la revelación bíblica, está Jesús. Sin él no hay alianza en el Antiguo Testamento; sin él, en el fondo, es ininteligible el Antiguo Testamento .
La revelación de Dios – se llame Padre, se llame Hijo, se llame Espíritu – es Jesús, es en Jesús, viene de él, pasa por él, concluye en él.
Al final…, ahora y de cara a la eternidad… ¿quién es el Espíritu? El que me da Jesús,
En suma, en la quietud del ser, cuando las aguas se han remansado, cuando el aire de la tarde trae la brisa del cielo, cuando las aves vespertinas me traen palabras sin letras de la otra ribera…, o cuando mis dedos van picando y deletreando sobre la computadora al tic-tac del corazón…, cuando mi yo y el de Jesús caminan al unísono - ¡oh Misericordia! – ese es el confín del Espíritu  que me personaliza.
En la paz y en la calma, en la dulce espera, en la humildad sencilla, así sea.

Guadalajara, Jal., martes de la VII semana de pascua, 19 mayo 2015.
lunes, 18 de mayo de 2015 0 comentarios

692. San Félix de Cantalicio, primer santo capuchino



San Félix de Cantalicio, primer santo capuchino

El día 18 de mayo del año 2012 (hoy hace tres años) nuestro hermano ministro general mauro Jöhri, escribía a la Orden una “Carta circular con ocasión del 300° aniversario de la canonización de San Félix de Cantalicio (1515-1587)”. San Félix, primer santo de la “santa y bella reforma de los capuchinos” fue canonizado el 22 de mayo de 1712 por el papa Clemente XI. Era una carta sencilla 8es su estilo), que tenía dos partes: I. Breve reseña biográfica de fray Félix y II. El mensaje de fray Félix para nosotros hoy.
¿Qué nos puede enseñar san Félix de Cantalicio hoy? Tres cosas: 1. Ser un don para los hermanos; 2. Contemplativos en acción; 3. Los capuchinos: frailes del pueblo.
En esta carta encontramos párrafos tan bellos como este: “Cada uno de nosotros ha recibido del Señor la maravillosa capacidad de hacerse un don. Y hoy, este santo hermano nos estimula a vivir cada día la fascinante aventura de ser un don para todos, porque es en el ejercicio de una vida generosamente donada que se consigue el desarrollo integral de nuestra personalidad, como lo confirma el Vaticano II: «el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.» (GS 24)”.
Al eco de la lectura oracional de esta carta (que el lector puede encontrar en ofmcap.org) ha nacido este poema para la oración

San Félix de Cantalicio,
amable entre los hermanos,
nuestra flor primaveral
en duros años romanos.

Eres llama de oración
en silencio remansado,
corazón contemplativo,
frente humilde y ojos bajos.

Eres mendigo de Dios
y servir es tu trabajo,
para la mesa de casa
eres el pan de cotidiano.

Amistad para sencillos
que te veneran cual santo,
sonrisa que se regala,
paciencia al airado trato.

Eres don, eres efigie
de lo que ser deseamos,
con la veste capuchina
sencillamente cristianos.

Eres un hijo del pueblo
con tu alforja caminando,
en esta santa milicia
eres el triunfo abnegado.

¡Gloria a Jesús, don del Padre
por el Espíritu amado,
y a María, dulce madre,
que nos lleva de su mano! Amén.

Guadalaja, 18 de mayo de 2015
 
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