martes, 28 de diciembre de 2010

1. La homilía, cuyo centro es Cristo


(Pórtico a estas homilías)

Hermanos:

Con la gracia de Dios, abrimos hoy – Año Nuevo de 2011 – este portal dedicado a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es el tesoro de la Iglesia. Sea, pues, el tesoro de mi corazón, de cada uno de nuestros corazones. En cada casa una Biblia, nos decía el Papa en su última exhortación apostólica, titulada Verbum Domini, la Palabra del Señor (29 de septiembre de 2010). Una Biblia, el libro más leído en la Humanidad, pero no como un adorno de nuestro armario librero, sino como libro de lectura, de reflexión, de oración.
Queremos saborear la Palabra de Dios en una forma concreta y precisa: la homilía. Afortunadamente hoy tenemos una página autorizada para saber qué es la homilía, y de rebote, qué no es la homilía. Los obispos de la Iglesia Católica se reunieron en Sínodo en el mes de octubre de 2008 para estudiar y compartir en torno a las sagradas Escrituras. Al final hicieron sus propuestas al Papa para que él reflexionara sobre ellas y diera a la Iglesia un documento guía, a esta altura de su historia, sobre la Palabra de Dios, que, como Palabra escrita, es la Biblia, si bien Dios tiene también otros modos de hablar. Después de dos años publicó el documento referido, Verbum Domini. Allí se nos dijo qué es exactamente una homilía, qué busca esta forma de comunicación del mensaje divino. Es bueno que lo escuche y lo sepa el predicador y el oyente. Allí se dice:

“59… La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística. Por consiguiente, quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea. Se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico.
Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es MOSTRAR A CRISTO, QUE TIENE QUE SER EL CENTRO DE TODA HOMILÍA. Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado;[210] que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión. La Asamblea sinodal ha exhortado a que se tengan presentes las siguientes preguntas:
-  «¿Qué dicen las lecturas proclamadas?
-  ¿Qué me dicen a mí personalmente?
-  ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?».[211]”

Luego sigue el documento con estos consejos: “El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia»,[212] porque, como dice san Agustín: «Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior».[213] Cuídese con especial atención la homilía dominical y en la de las solemnidades; pero no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las misas cum populo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la Palabra escuchada”.

[210] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 25. / [211] Propositio 15. / [212] Ibíd. / [213] Sermo 179,1: PL 38, 966.

Lo que más nos llama la atención es este criterio, que se propone de manera firme e iluminadora: el centro de toda homilía es Cristo. Esto es la clave; esto es la esencia: anunciar a Cristo, en quien convergen todas las Escrituras. Y esto no de forma artificiosa, con la magia que puede tener un diestro de la Palabra que sabe pasar de un asunto a otro y caer tieso donde le convenga.
No es eso. Se trata, más bien, de percibir el hilo de la presencia de Dios que cose todas las páginas de la Escritura, con un mensaje coherente y ascendente para terminar en Cristo, la Palabra del Padre, síntesis y plenitud de la vida y del cosmos.
Lo pretendemos y humildemente lo pedimos al Señor.

Un aviso para concluir. La homilía tiene delante a los que me dirijo, a los que hablo; es concreta en esta dirección. Lo cual no ocurre en este mirador mundial, que es el Internet. Soy consciente; aunque advierto que, al hablar, estoy mirando, con mi corazón, a un rostro a quien me dirijo, a ti, hermano, hermana.
 Por el contrario, el Internet tiene sus ventajas: la palabra como texto ahí queda, y mi voz podrás volverla a escuchar cuando te agrade, acaso en un momento de soledad.
Y nada más para comenzar. El Señor con su paz nos acompañe.

Si deseas, puedes escuchar este texto en audio.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;