jueves, 30 de diciembre de 2010

3. Asombro ante el misterio y adoración


(Domingo II de Navidad)

Nota. En México, desde donde escribo, la Epifanía del Señor (6 de enero) se celebra el domingo II de Navidad, con sus lecturas propias, que este año de 2011 coincide el 2 de enero. Véase la homilía siguiente sobre la Epifanía del Señor.

Hermanos:

1. Si hubiéramos de poner un título para significar en un eslogan el mensaje de este domingo navideño, dos palabras nos vienen al encuentro y nos hablan con alegría: Asombro y adoración.
Es el éxtasis de san Juan, discípulo amado, cristiano contemplativo que se cierne sobe la altura del cielo y mira a la tierra, y contemplando lo sucedido, exclama:
“Y el Verbo se hizo carne (et Verbum caro factum est, decimos en latín, en el Ángelus y en el Credo),
Y puso su morada entre nosotros (et habitavit in nobis),
Y hemos visto su Gloria,
Gloria como de Unigénito del Padre,
Lleno de Gracia y de Verdad” (Jn 1,14).
Asombro ante el Dios del cielo que nos invade. Amor estremecido ante el misterio de la Encarnación. Asombro no es aturdimiento del que se queda helado ante algo acontecido, sin nada que decir, sin palabra con que responder. San Juan, el que en el Apocalipsis es el Vidente de Patmos, el Águila sublime de ojo penetrante, tiene las palabras de su asombro, y las gusta y las dice: la Gloria, la Gracia, la Verdad. Es el comienzo de su Evangelio, el principio de la narración del Hijo de Dios, Hijo de la Virgen María, hermano nuestro.
Dicen los filósofos que el hombre, de su naturaleza, es “hombre curioso”. La frase viene de Aristóteles. El niño, apenas puede, pregunta: Y esto ¿qué es? La curiosidad, que luego crece como afán por todo lo creado, es la madre de la ciencia. Así lo ha sido y seguirá siéndolo.
El asombro, la admiración extática, por el contario, es la madre del amor, la primera percepción de la belleza, la fuente pura de la teología, el inicio del culto divino (pues el asombro es coronado por la adoración). Bien decimos vulgarmente que el enamoramiento se prende por un chispazo – la chispa del amor, que es el big-bang de la vida – o por un flechazo, que va clavado al corazón.
El Verbo se hizo carne: hermanos, asombro y admiración.

2. Hablamos del Verbo y hablamos de la carne. Tantas veces se traduce el versículo de san Juan: “Y el Verbo se hizo hombre”. ¿Es lo mismo decir hombre que decir carne? Radicalmente sí; mas para un judío no es lo mismo decir “el Verbo se hizo hombre”, que “el Verbo se hizo carne”. “Carne” es la condición humana vista como fragilidad, incluso como miseria. Hoy se habla de “vulnerabilidad”. Carne es el hombre vulnerable, indigente, que requiere protección y fuerza.
El Hijo de Dios es carne; precisamente carne. En este aspecto es en todo semejante a nosotros, como atestigua la carta a los Hebreos (2,17; 4,15). Es sin fin la indigencia humana. En su raíz el ser humano es una criatura doliente; el mundo está saciado de dolor. Y, al decir “mundo”, podemos concretar: nuestras familias, mi familia. ¡Cuánto dolor, unas veces visible, otras soterrado! Esto es carne. En esas capas se ha introducido el Hijo de Dios. Un santo Padre de la antigüedad dijo: “Nada que no haya sido asumido por Dios fue redimido”. La zona profunda del dolor humano ha sido asumida como suya por el Verbo Encarnado para redimirla y con ello transformarla.
En esto consiste la fraternidad de Dios. No se avergüenza de llamarnos hermanos (Hb 2,11).

3. Sin embargo, hermanos, como la Verdad es múltiple, y tiene perspectivas tan diferentes, a san Juan lo que le interesa destacar es la Gloria de Cristo, justamente en la carne.
Se puede hacer teología diciendo que la Encarnación es la humillación de Dios. No es la mejor teología. La Encarnación es la Gloria del amor de Dios en el hombre. Cuando san Juan dice: “Hemos visto su Gloria” va por este sendero. Dios se glorifica en su Hijo amado en la Encarnación. De este modo la Encarnación no es indigna de Dios, sino que es Gloria de Dios. El hombre no puede empañar la Gloria de Dios con su pecado; pero Dios sí puede embellecer al hombre con su Gloria. Y es lo que ha sucedido. Dios, viniendo a nosotros, no queda rebajado en nuestro pecado (estamos explicando el pensamiento de san Juan), pero sí que quedamos nosotros enaltecidos por la Gloria que desciende. En la liturgia se dice: “Nos haces dignos de estar en tu presencia celebrando esta liturgia”.
Es conveniente y necesario pensar en estas cosas para elevarnos por encima del pecado que, por otra parte, cubre a la humanidad.

4. Por esas alturas de la Gloria de Dios en su Hijo van también las otras dos lecturas sagradas. En la Carta a los Efesios se nos proclama que el que es Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es también nuestro Padre, nos bendijo con toda clase de bendición ya antes de la creación del mundo, elegidos y predestinados para ser hijos en el Hijo. Todo ello por su puro agrado, “para alabanza de la gloria de su gracia, de la que nos colmó en su Amado”. Todo esto pertenece a la biografía con la que yo entro en el mundo.
Por tanto, nada sorprendente que los antiguos textos bíblicos sapienciales de la Sabiduría de Dios los leamos traspasándolos a Cristo. Cristo, Sabiduría de Dios, habla: “Entonces el Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: Habita en Jacob, sea Israel tu heredad”.
La Sabiduría de Dios, que es el Hijo, está dentro de la Iglesia, y ha ocupado mi corazón.

5. Hermanos: la belleza humaniza, al atraernos irresistible hacia sí nos eleva. Aquí hablamos de la Gloria, que es la belleza a lo infinito; de la Gracia, que es la ternura de Dios humanado; de la Verdad, que es la fidelidad de Dios, que hace historia con nosotros.
Dejémonos conducir, seducidos, por el misterio de la Encarnación. Dios, enamorado de nosotros, nos ha dado la capacidad de enamorarnos de él. Así sea. Amén.

Si deseas, puedes escuchar este texto en audio

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