viernes, 21 de enero de 2011

10. Padre, que todos sean uno


(Semana de oración por la unidad de los cristianos,
18 - 25 enero)

Si deseas, puesde escuchar este texto en audio

Hermanos:

1. ¡La unidad! La unidad de los suyos, de la Iglesia. Tocar esta palabra es tocar lo más íntimo y vivo del corazón de Jesús. Es retornar al Cenáculo, la noche sagrada de despedida, cuando se pronunció aquella oración, que en estos siglos recientes se ha llamado en la exégesis la Oración Sacerdotal de Jesús, es decir, la Oración de Jesucristo Sumo Sacerdote, que ora por sí mismo, por estos, que son “los suyos”, por cuantos han de creer en su Nombre mediante la predicación de los discípulos.
“No ruego sólo por éstos,
sino también por aquellos que, por medio de su palabra,
creerán en mí,
para que todos sean uno.
Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21).

Bien se puede decir que la unidad es el ápice de todas las plegarias de Jesús. Jesús pide el Reino, la acción de Dios en el mundo; y sabe que ha de venir, que su oración no cae en el vacío. Ni el Padrenuestro de Jesús, ni el Padrenuestro de sus discípulos, quedan diluidos en la estratosfera. Lo que pedimos se cumple y se cumplirá.
Pues bien, el remate de su oración es que la obra de Dios, sea coronada en la unidad. La unidad es el amor de vasos comunicantes. Compartimos el amor, comunicamos linfa y sangre y lo demás viene de por sí; es regalo de añadidura.

2. Pero la realidad cotidiana es otra, y muy dura, y esta herida sin cicatrizar la llevamos de siglos atrás. Gracias a Dios, la herida no está enconada (lo estuvo durante un milenio) y se encuentra en vías de curación. El 7 de diciembre de 1965, al concluir el Concilio Ecuménico Vaticano II, Pablo VI, Obispo de Roma y de la Iglesia Católica, y Atenágoras I, Patriarca de Constantinopla con su Santo Sínodo, hicieron una declaración conjunta de mutuo perdón y reconciliación. Querían borrar la mutua excomunión que se dieron las Iglesias el año 1054, siendo Patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario. “Declaran de común acuerdo: lamentar las palabras ofensivas, los reproches infundados y los gestos condenables que de una y otra parte caracterizaron y acompañaron los tristes acontecimientos de aquella época. Lamentar igualmente y borrar de la memoria y de la Iglesia las sentencias de excomunión que les siguieron y cuyo recuerdo actúa hasta nuestros días como un obstáculo al acercamiento en la caridad relegándolas al olvido. Deplorar, finalmente, los lamentables precedentes y los acontecimientos ulteriores que, bajo la influencia de diferentes factores, entre los cuales han contado la incomprensión y la desconfianza mutua, llevaron finalmente a la ruptura efectiva de la comunión eclesiástica”.
Esto por lo que se refiere a nuestros hermanos ortodoxos. Luego, en el siglo XVI, acaeció, en circunstancias turbulentas, lo de la Reforma protestante, y los fraccionamientos que sucesivamente han venido. La verdad es que hay varios niveles de encuentro entre creyentes en un mismo Evangelio. Hay un protestantismo de gran solera intelectual con el cual los intelectuales católicos puede conversar con elegancia, sin acritud, y con talante de hermanos. Hay otras capas en las cuales un diálogo lleno de cordialidad y de espetuosa amistad resulta imposible. Y entonces la mutua ignorancia es la salida de emergencia.
Pero la Iglesia es una, y el proyecto de Jesús es uno. Y su voz suplicante, el gemido que sube al Padre cruza los siglos.

3. El drama de la unidad de los cristianos, que le hace estremecer a uno cuando realmente abre los ojos a la realidad, es, en el fondo, un drama derivado de lo que acontece en nosotros. Si uno llega a percibirlo, seguramente que cambiará su reflexión cristiana sobre esta situación, la más dolorosa, que padece la Iglesia.
La desunión está dentro de mí mismo. Además, por un misterio que nos rebasa, la desunión se proyecta con respecto a personas íntimamente ligadas por el amor, sea un amor de amistad, sea un amor de familia.
Hermano, hermana, ¿nunca en tu vida ha habido una frustración en el amor en aquella parcela, la más querida, la mejor cultivada? ¿Nunca ha habido un desencuentro que haya dejado una herida que todavía supura? Un balance de culpabilidades no resuelve nada. Nos parece, más bien, que estamos pasando a la zona del misterio del ser humano.
Nuestros matrimonios, nuestras familias… ¿dónde está esa unidad que el proyecto como tal está clamando desde sí? Los distintos pareceres sobre un mismo asunto; la dureza de postura que esto provoca, frecuentemente con acritud, los silencios para esquivar dificultades, la frialdad que se genera, la indiferencia… todo ello siembra el campo de cizaña, y no sopla esa aura placentera de la unidad.
Entonces uno comprende que el universo de la Iglesia, en proporciones pequeñas, totalmente reales y quizás dramáticas, lo vivo dolorosamente en mi propio ámbito.
Hemos nacido para el amor, antesala del cielo, y a lo mejor peregrinamos con la herida del corazón. Cualquier herida, pero no herida del corazón, dice una sentencia de la Escritura (cf. Sir 12,13).

4. ¿Qué podemos hacer por la unidad?, se pregunta un corazón que en sinceridad anhela a Dios.
No nos sacudamos con frivolidad ese desgarro de nuestra falta de unidad, si en efecto, hemos percibido de qué se trata. Si lo hemos visto con intensidad, seguro que por ahí en medio anda escondida una vocación de agentes de unidad, de discretos misioneros del amor. Y quizás, en una zona de delicada espiritualidad, de víctima de la unidad de la Iglesia, que significa: dar la vida para que los cristianos seamos uno.
Tenemos santos que han recibido este carisma del Señor, el de vivir y morir silenciosamente por la unidad de la Iglesia, para que se cumpla la plegaria de Jesús: Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti.
La Eucaristía nos lleva a esta espiritualidad de comunión, de ofrenda incondicional por la unidad desde el corazón del Señor. La Misa de cada día nos invita a esto. En la oración que precede al saludo de la paz, se pide: “concédele a tu Iglesia la paz y la  unidad”. De esta unidad de la fe, de esta paz del amor es de lo que hablamos.
Qué hermosa oración. Vuelve a nuestras almas y es el colofón de nuestra reflexión en esta Semana de la Unidad

“Señor Jesucristo,
que dijiste a tus apóstoles:
'La paz os dejo, mi paz os doy',
no tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra,
concédele la paz y la unidad”.
Amén.

Puede consultar un poema espiritual para esta semana de la Unidad: 
Unidad es vocación / en mi ser por Dios impresa
Y también una pequeña obra, en el mismo sitio:mercaba.org | Rufino María Grández |,El Pan de unos versos | Oblación por la unidad.

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