lunes, 24 de enero de 2011

11. Las Bienaventuranzas


(Domingo 4 del tiempo ordinario, ciclo A)

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Si deseas, puedes escuchar el texto en audio

Hermanos:

1. Nuestra carta de Presentación ante los hombres de hoy y ante la Historia, si quieren saber qué es el Cristianismo y quién ha sido el Fundador del Cristianismo, es esa página del Evangelio que acabamos de proclamar: Las Bienaventuranzas.
Jesús está en aquella colina de Galilea y a sus pies ondea plácidamente el lago de Generaset. Y dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados
Y nos place dar curso a una fantasía legítima, llena de amor. El rostro de Jesús, sus ojos, hienden el aire y el eco de su voz la escuchan los siglos.

2. ¿Qué es exactamente lo que dice Jesús? Aunque no supiéramos acertar del todo, su palabra nos cautiva, y su programa se lanza como una alternativa nueva de humanidad para sus discípulos y el mundo entero; para hoy y el mañana que haya de venir. No nos presenta un plan de acción para hoy, que, pasada la emergencia, habría cumplido su sentido. El programa, su Evangelio, expuesto de una forma poética e insinuante, es un programa para el discípulo como tal, que pervive mientras haya discípulos.
Comencemos nuestra reflexión con una pregunta. Las Bienaventuranzas ¿son un catálogo de virtudes, que tendríamos que practicar para alcanzar la patria celestial? No son eso las Bienaventuranzas.
¿Serán acaso dichos de sabiduría de un Maestro que enseña a sus discípulos los secretos de la vida? Tampoco son eso las Bienaventuranzas.
Las Bienaventuranzas son felicitaciones que brotan del corazón de Jesús; y felicitaciones no ante una hipotética realidad que acaso pueda acontecer. Son felicitaciones por lo que veo, por lo que está pasando, y concretamente por lo que Dios, nuestro Padre, está haciendo en el mundo.
Jesús habló diversas veces con el mismo estilo de las Bienaventuranzas. “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron” (Lc 10,23-24), dijo en cierta ocasión Jesús, volviéndose a sus discípulos. Y también: “…no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10,20).
3. Jesús está viendo a Dios; contempla que algo nuevo está amaneciendo en la tierra. Ve que el Reino de Dios es verdad, pues, de hecho, él mismo está predicando el Evangelio y los humildes se abren a la gracia de Dios, al paso que los prepotentes se cierran.
Las Bienaventuranzas son ocho, y así han pasado al Catecismo, tomadas del comienzo del sermón de la Montaña, capítulo 5 del Evangelio de san Mateo; en el Evangelio de san Lucas quedan concentradas en cuatro (Lc 6,20-23). Es que las Bienaventuranzas de Jesús son ocho, y puede ser doce y veinte, y en el fondo son una, dicha con variados matices. Hela aquí: Dichoso aquel que como María de Nazaret ha acogido a Dios, y se ha visto como una humilde criatura que todo lo espera de Dios, que todo lo recibe de lo alto.

4. En la escuela de Jesús, hagamos un repaso de lo que él nos dijo y nos está diciendo.
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. ¿Quién es el pobre? Sólo aquel que puede decir: No tengo nada, y Dios, solo Dios, es mi riqueza y mi vida. En verdad, solo Jesús puede hablar de este modo. Y si una persona está abundando en riquezas es muy difícil que pueda decir con verdad: No tengo nada. El rico epulón, así llamado, que banqueteaba espléndidamente cada día, no podía decir: No tengo nada. El mendigo Lázaro, tirado a la puerta del palacio, sí podía decir: no tengo nada, solo Dios es mi esperanza.
Podía decirlo no porque el no tener nada sea una bendición; sino porque, realmente, no teniendo nada de esta tierra, su corazón ablandado, transformado, podía decir ante Dios: Padre mío, mi riqueza eres tú. Este es pobre de espíritu.
En la historia de los santos hay alguien que se ha distinguido como nadie: san Francisco. No tenía nada, ni quería tener. Y en la Regla mandó a sus hermanos que, a pesar de ello, de ninguna manera criticaran o juzgaran a personas que vieren con vestidos elegantes y refinados. Si uno las juzgara, las rechazara…, saldría de la pobreza.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Los que lloran, cuyos gemidos tantas veces se escuchan en los salmos, son quienes levantan su voz a Dios, porque los hombres que deberían atenderles no los escuchan. El día de la consolación, el día del Mesías, Dios les dará el consuelo.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Quisiéramos conquistar el mundo, como Israel conquistó la Tierra prometida, que fue la herencia que Dios le dio. Quisiéramos conquistar el mundo por la fuerza, pues, a la verdad, el que tiene más poder visible, es el más poderoso. Pero Dios no necesita fuerza para vencer; al contrario, la fuerza le estorba. Los pacientes heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Estos que tienen hambre y sed de justicia no son los que quieren el orden y la justicia humana, el castigo de los corruptos y malhechores. La justicia de Dios es la santidad de Dios, el amor de Dios. Y hay personas que tienen hambre de ese amor de Dios, ardiente sed de que la bondad de Dios triunfe en la tierra. Y sufren porque lo desean y ven, por el contrario, que la maldad campea en el mundo. Jesús nos asegura que si tenemos ese hambre y esa sed quedaremos saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Esta Bienaventuranza nos puede traspasar el alma. Los hombres no somos misericordiosos; somos justicieros, vengativos, la misericordia y el perdón es el mayor milagro que pueden ver nuestros ojos. Los discípulos de Jesús son misericordiosos. ¿Por qué? Porque lo hemos visto en él y de él lo hemos aprendido, no de ningún otro. Lo recuerda la primera carta de san Pedro. Mirando a Jesús, dice: “…el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo” (1P 2,23-24). Por eso nos dice que debemos seguir sus huellas. En una palabra, Jesús fue misericordioso; sus discípulos debemos ser misericordiosos.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Para ver a Dios, para poseerle en el día definitivo, Jesús apela al corazón. Y él pide ese corazón limpio y transparente, corazón que no es doble, sino que va derecho a lo que va. En suma, un corazón nuevo que Dios ha creado. Esos son los discípulos de Jesús.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. El mundo tiene muchas instituciones en pro de la paz. Sin duda que eso dignifica y humaniza. Sean alabadas. Jesús habla más hondo. Jesús habla de la paz que trae el Mesías, que va unida al perdón de los pecados. Dichosos los que han descubierto esa paz y ponen alma y vida, para que la nueva fraternidad que Jesús trae se abra paso en el mundo. Nosotros, discípulos, estamos empeñados en esa tarea.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Esta Bienaventuranza del Señor está contemplando la situación de perseguidos en que se ven sus discípulos. Si al Maestro le persiguieron, lo mismo les van a perseguir a los discípulos  Jesús lo está viendo: insultos, calumnias, cárcel… Jesús dice: Estad alegres, saltad de júbilo… La historia comenzó en los apóstoles. De la primera vez que les encarcelaron en Jerusalén, cuenta el libro de los Hechos que luego “…ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre” (Hch 5,41).

5. Hermanos, que compartís conmigo el mismo Evangelio, estas son las Bienaventuranzas de Jesús.
Las Bienaventuranzas miran, es cierto al final, pero aquel remate feliz de la vida está revertiendo ahora. Ahora mismo nosotros, en el sufrimiento, podemos ser felices.
Las Bienaventuranzas, felicitaciones de Jesús por lo que Dios está haciendo en el mundo, caen sobre nosotros, como una lluvia de felicidad.
Jesús nos llama. ¡Seamos felices, sirviéndole a él, como lo fue María glorificando a Dios y cantando el canto del Magníficat! Amén.
Poema para orar sobre el Evangelio de este domingo: 
Gracias, Maestro divino.
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