martes, 25 de enero de 2011

12. Saulo de Tarso y Pablo de Jesús Resucitado


(Día 25 de enero, fin del Octavario por la Unidad de los Cristianos)

Si deseas, puedes escuchar este texto en audio

Hermanos:

1. Hoy es una fiesta singular en la Iglesia. No es propiamente la fiesta de un santo recordando su santa muerte o su martirio. Es la fiesta de un episodio bíblico, cuyo protagonista es Cristo Resucitado, el Nazareno perseguido en su Iglesia, y con Cristo Resucitado, deslumbrante de gloria, el derribado en tierra ante la luz divina: Saulo de Tarso. Hoy es la fiesta que en la liturgia se llama “La Conversión de San Pablo”.
La palabra conversión nos puede despistar, porque en un sentido vulgar, usual, un convertido es uno que llevaba una mala vida y da un cambio dejando sus vicios y pecados. Saulo de Tarso no fue nada de eso; él dirá a los fieles de Filipos, recordando su vida primera que en cuanto a la justicia de la Ley él fue intachable (Flp 3,6).
Pablo es un convertido en el sentido en que volvió sus rostro a Cristo, lo “convirtió” a Cristo y entonces vio lo que antes no había visto. Podemos aplicar a su caso lo que él dice hablando a los judíos: “Pero se embotaron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento. El velo no se ha levantado, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo. Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Co 3,14-17). Se alzó, pues, el velo que cubría sus ojos.
Así tuve la oportunidad de oírlo de labios de un anciano judío, en años de estudio en Jerusalén. “Yo me llamo – decía – de circuncisión y de bautismo Abraham. Y no me considero un “convertido”, sino como Pablo alguien a quien le ha sido levantado el velo”. Era un sacerdote, el P. Abraham, que con una hermosa voz grabó toda la Biblia hebrea en 47 casetes, a uso de nosotros, aprendices.

2. ¿Qué ocurrió, pues, a este ardiente judío, que nació primero para la Ley y luego para el Evangelio?
Tres veces nos cuenta San Lucas en los Hechos de los Apóstoles el episodio, clave para la vida cristiana. La primera, en el capítulo 9, en forma narrativa, en tercera persona. La segunda y la tercera es el mismo Pablo el que habla en unos discursos redactados por Lucas. Pablo, prisionero por el pueblo amotinado, les habla a los judíos en la escalinata del Templo de Jerusalén, en lengua hebrea. Es la lectura que hoy toma la liturgia de la misa. Luego, llevado a Cesarea hablará ante el rey Agripa (Hch 26,9-18) y contará los mismos episodios de su vida.
Es una delicia escuchar cómo san Lucas reproduce el discurso de Pablo a sus compatriotas los judíos. Oigámoslo.
“« Hermanos y padres, escuchad la defensa que ahora hago ante vosotros. » Al oír que les hablaba en lengua hebrea guardaron más profundo silencio. Y dijo:
“Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié aquí, en Jerusalén; fui alumno de Gamaliel y aprendí a observar en todo su rigor la ley de nuestros padres y estaba tan lleno de fervor religioso, como lo están ustedes ahora.
Perseguí a muerte a la religión cristiana, encadenando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres, como pueden atestiguarlo el sumo sacerdote y todo el consejo de los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco y me dirigí hacia allá en busca de creyentes para traerlos presos a Jerusalén y castigarlos.
Pero en el camino, cerca ya de Damasco, a eso del mediodía, de repente me envolvió una gran luz venida del cielo; caí por tierra y oí una voz que me decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Yo le respondí: ‘Señor, ¿quién eres tú?’ El me contestó: ‘Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues’. Los que me acompañaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Entonces yo le dije:
‘¿Qué debo hacer, Señor?’ El Señor me respondió: ‘Levántate y vete a Damasco; allá te dirán todo lo que tienes que hacer’. Como yo no podía ver, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano hasta Damasco.
Allí, un hombre llamado Ananías, varón piadoso y observante de la ley, muy respetado por todos los judíos que vivían en Damasco, fue a verme, se me acercó y me dijo:
‘Saulo, hermano, recobra la vista’. Inmediatamente recobré la vista y pude verlo. El me dijo: ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y escucharas sus palabras, porque deberás atestiguar ante todos los hombres lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo, reconoce que Jesús es el Señor y queda limpio de tus pecados’ ” (Hch 22,1-16).

3. ¿Qué es lo que pasó camino de Damasco, cuando la luz envolvió a Saulo y lo llevó hasta el corazón de Cristo Resucitado?
San Pablo mismo lo explicó escribiendo a los Gálatas: “ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco” (Ga 13-17).
San Pablo se ve a sí mismo en el espíritu de los profetas: de Isaías (Is 49,1), de Jeremías (Jr 1,5).

4. San Pablo  vio a Jesús Resucitado. Y allí lo vio todo. Comprendió que esa era la realidad definitiva que Dios introducía en el mundo. Desde la resurrección, tendiendo la mirada al futuro, comprendió que la parusía, el advenimiento glorioso de Dios, sería el triunfo final del Resucitado. Desde la resurrección del Señor comprendió qué había sido la muerte en Cruz. Entendió que la comunidad de los cristianos era la presencia real de Jesús, el Señor. En suma, la misma entrada de Jesús en  el mundo, se entiende desde la Resurrección.
En una palabra, toda la teología que luego había de desarrollar, iluminado, en sus cartas, nacía en aquella luz del encuentro.
Y todo esto, hermanos, es lo que ha llegado hasta a mí. Yo soy beneficiario de aquel momento, único en la historia.

5. Un autor protestante llamó a Pablo “el primero después del Único”.  Recordando con gozo y agradecimiento estas cosas, nos peguntamos cuál es la aportación que el Apóstol san Pablo ha entregado a la Iglesia.
Lo primero, esa síntesis de la fe, fascinadora que nos ha legado en sus cartas. No podemos lee a san Pablo sin quedar prendidos de un misterioso arrebato.
Pero hay otra, que va unida a la primera: que Pablo es un teólogo enamorado, y  nos contagia su entusiasmo personal. Él no solamente ha pensado en Cristo: se ha identificado con Cristo. Pensamiento y vida se funden en una sola realidad. Aprendamos de memoria esta frase: “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,19-20).

5. Pablo es este Pablo. Lo sentimos tan cerca… Él nos hace enamorarnos de Cristo, pero nos brinda también su propio corazón, acercándonos a sí, para acercarnos a Cristo.
La Iglesia trae hoy una plegaria a los pies de Pablo. Pablo tuvo una mortal pasión por la unidad con sus hermanos judíos. “desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las  promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén” (Rm 9,3-5).
Esa pasión de amor y de unidad, al final del Octavario de la unidad de los cristianos, es la que nosotros anhelamos, para formar una familia de fe, una familia visible bajo el cayado del Buen Pastor.
Señor Jesús, que puedes hacer, que puedes hacer lo que ninguno de nosotros puede, por el honor de tu Padre, concédenos la unidad. Amén.

Puebla, 25 enero 2011.

Un himno para la fiesta de la Conversión de San Pablo  
La fuerza luminosa del Vencido.

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