sábado, 29 de enero de 2011

13. La Virgen de la Presentación


(2 de febrero, Día de la Vida Consagrada)
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Hermanos:

1. Una nota de todas las fiestas de la Virgen es esta: que son bellas, profundamente bellas. La belleza misma es mensaje que de ellas emana. Y nada enriquece tanto como el abrir el corazón  a la belleza.
Y hoy es bello contemplar a esta joven madre, María de Nazaret, que, acompañada de su esposo, José, juntos presentan su gavilla ante el Señor. “Estas son las primicias, Señor”, parece que les escuchamos. “Esto es lo más precioso de la humanidad, regalo del cielo donado a la tierra, y esto lo que ofrecemos, primicia de la humanidad consagrada a ti. Acéptalo; es tuyo”.
Nuestra imaginación vuela, y vuela de la tierra al cielo. En este vuelo de amor no nos traiciona la fantasía; es la intuición contemplativa la que penetra el misterio, y, con el don de la palabra, queremos balbucear algo que allí dentro se oculta.
Hoy es la Presentación del Señor, y tal es el título litúrgico de nuestra celebración. Es fiesta del Señor. En la escena aparecen, en primer plano, la Madre y el Hijo, en penumbra José; y en segundo plano los ancianos de Israel, Simeón y Ana, que han llegado para dar la bienvenida al Mesías que acaba de entrar en la tierra.
Mirando las capas profundas del misterio, no diremos que Israel – Simeón y Ana – sale al encuentro de su Señor. Más bien, es el Señor el que entra en su santuario y salen al encuentro de su pueblo, y en este caso, llegada la plenitud de los tiempos, Israel que recibe a Cristo es ya la Iglesia quien viene a saludarle. Y mejor: es Cristo quien sale al encuentro de su iglesia, de su Esposa. “Adorna tu tálamo, Sión” – dice la liturgia – gustando este epitalamio celestial, “y recibe a Cristo Rey que viene a ti”.
Son muchas las cosas que concurren en el sentido de esta fiesta. Acabamos de entrar en un jardín, que es el jardín de Dios, cuajado de maravillas.

2. No es todo. Como esta es una fiesta de luz, según proclama el anciano Simeón con el Niño en brazos – lumen ad revelationem gentium, luz para revelación de las gentes - , los misioneros que llegaban a América, sintiéndose portadores de la luz de Cristo, pudieron vivir esta escena evangélica como una fiesta misionera. La fiesta de la Candelaria, y la Virgen de la Presentación era la Virgen de la Candelaria. En la geografía espiritual del Nuevo mundo, la Candelaria, que de alguna manera cerraba el ciclo navideño.
Y con la ternura de la piedad popular, podemos decir, como lo aprendí hace unos años, al llegar a México, si en la Nochebuena, con la arrullada del Niño – arrorró, ni Niño; arrorró, mi Sol – festejábamos la “acostadita del niño”, hoy, cuarenta días después, es la “levantadita” para llevarlo al Templo y consagrarlo al Señor. Por eso, las gentes sencillas traen hoy a la iglesia al Niño Dios para presentarlo al Señor.
Gloria de Israel, sí, y Luz de las naciones. Este niño que en Belén se manifestó ante el mundo entero – primero a los pastores, y luego a los magos venidos de Oriente – hoy también es proclamado como Luz de las naciones. María lo entrega al mundo, al entregarlo al Padre.

3. Ya ven, hermanos, múltiples motivos que concurren en una sola fiesta; múltiples destellos brillan en el misterio. Y todo ello recordando un episodio común que vivía cualquier familia con la madre primeriza de un hijo. San Lucas dice, en efecto, que lo que hicieron fue para cumplir la ley del Señor. Recordémoslo: “Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén  para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor” (Lc 2,22-24).
La Ley del Señor, y en este caso el Levítico, capítulo 12, señala cuál debía ser la ofrenda. Se hacían dos sacrificios: por un sacrificio, un cordero de un año, que se quemaba en holocausto; por el otro, un pichón o una tórtola (Lv 12,6), como purificación. Pero la misma ley preveía con caridad: “Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones” (v. 8).
María se atuvo a este privilegio de los pobres.
Nosotros, cristianos, estamos interpretando este rito común de las jóvenes madres con unas claves espirituales, que, obviamente, nuestros hermanos hebreos no pueden aceptar. Para nosotros Jesús es el verdadero Mesías y por esos estamos diciendo todo lo que acabamos de expresar.

4. En este cuadro espiritual, y concentrando nuestra atención en la ofrenda preciosa que lleva María en sus brazos, nos fijamos en un aspecto particular: hoy, fiesta de la Presentación, es el Día de la Vida Consagrada. Así lo quiso y determinó el Siervo de Dios Juan Pablo II, próximo Beato, quien escogió este día como fiesta emblemática de consagración, como el día de la vida consagrada. Lo recordaba Benedicto XVI el año pasado, celebrando las Vísperas de la Presentación del Señor.
“En concomitancia con esta fiesta litúrgica, el venerable Juan Pablo II, a partir de 1997, quiso que en toda la Iglesia se celebrara una Jornada especial de la vida consagrada. En efecto, la oblación del Hijo de Dios, simbolizada por su presentación en el Templo, es un modelo para los hombres y mujeres que consagran toda su vida al Señor. Esta Jornada tiene tres objetivos: ante todo, alabar y dar gracias al Señor por el don de la vida consagrada; en segundo lugar, promover su conocimiento y estima de parte de todo el pueblo de Dios; y, por último, invitar a cuantos han dedicado plenamente su vida a la causa del Evangelio a celebrar las maravillas que el Señor ha realizado en ellos”. (Celebración de Vísperas en la Basílica Vaticana en la fiesta de la Presentación del Señor y XIV Jornada de la vida consagrada).
Reflexionemos, pues, ahora, con sencillez y con amor, en este significado de consagración por manos de María, pensando en quienes como religiosos que un día pronunciamos los votos y en la otras formas de consagración que existen en la Iglesia, pusimos nuestra vida incondicionalmente como ofrenda sagrada a honor y disposición de Dios. Bien sabemos que el Bautismo es la consagración del cristiano; nada puede superarla. Nada tiene una categoría superior a esa consagración plenaria con que Cristo Jesús, Redentor, nos asume en el sacramento de las aguas bautismales. Los religiosos no somos una “élite”, por así decir, de perfectos en la Iglesia, un escalón superior al grado común y corriente de los cristianos. Lo que sucede es que en un momento determinado de la vida el Señor se cruzó en mi camino, y me hizo una invitación: “Si tú quieres, yo te ofrezco esto…” Si yo hubiera vuelto la espalda, no habría sido fiel a esa voz que surgía del fondo de mi ser, precisamente de mi consagración bautismal.
¿Qué vemos en la Virgen? Externamente cumple un rito de purificación y de oblación. La mujer parturienta se reincorporaba a la comunidad de Dios, mediante el rito previsto. No es que la maternidad, desde ningún punto de vista, tuviese una connotación de pecado, cuando en ella todo es santo, sino que era una nueva vuelta a la Comunidad de Dios así santificada.
Pero, al mismo tiempo, en un segundo rito ella hacía la ofrenda del primogénito. Todo primogénito había de ser ofrecido al Señor, lo mismo de animales que de hombres. La vida irrumpía y esa vida, reconocida como regalo de Dios, había que brindársela entera a Dios. Lo mismo había que hacer con los primeros frutos del campo. La ofrenda de las primicias significaba lo mismo: era regalo de Dios, y era obsequio para Dios.
El rescate de un ser humano era el sacrificio de un animal, un cordero de un año, que se quemaba en holocausto; y en caso de familia pobre, en vez del corderito, una tórtola. Fue el caso de María. Por este detalle la escena de la Presentación del Señor tiene una viva actualidad en el ancho mundo de los pobres. María, que vio a su Hijo nacer pobre, ahora, con el privilegio de los pobres, va a presentar su ofrenda.

5. Ahora ya podemos pensar en lo que significa para María ese ofrecimiento. ¿Qué es lo que María ofrece? Ni más ni menos que lo que ofreció el día de la Anunciación; es decir, lo ofrece todo, lo ofrece sin reservas, lo ofrece a Dios, lo ofrece al mundo.
“Aquí está la esclava del Señor”, dijo María. Y en la fe, entregó su presente, su futuro, su destino. La respuesta fue plenaria. María, al decir “Hágase en mí según tu palabra” ofrece lo que tiene, lo que viene, lo que viniera… Esto incluye la ofrenda de la Encarnación.
Y ahora, tras los meses de gestación, y a los cuarenta días del nacimiento, estamos en la misma lógica y en el mismo nivel de entrega. María ofrece el todo, ofrece al Hijo y en el Hijo a sí misma. Es la actitud permanente de su corazón, la misma que la podremos ver al mirar lo que pasa en el Calvario.
A todos los cristianos la Virgen, nuestra Madre, nos está diciendo y enseñando cuál debe ser nuestra ofrenda.
A los religiosos y religiosas, a los consagrados de esta manera peculiar, que son los votos o promesas que hemos hecho y que nos dan un estilo de vivir para siempre, nos lo está diciendo con una entrañable intimidad y con una especial ternura.
Nos acercamos, pues, a ella, para decir con ella al Señor, el día de la Anunciación, lo que dijo Jesús al entrar en este mundo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Y María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Y al decir estas palabras, que oigamos un susurro en lo secreto del corazón.
“Hijo mío, hija mía, yo lo acepto”.
Mis hermanos, mis hermanas, que así sea.

Himnos para orar. 1. La Virgen oferente; 2. Dos tórtolas declaran tu pobreza; 3. En brazos de María presentado.

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