lunes, 3 de enero de 2011

6. Santísimo Nombre de Jesús


Noticia histórica. El Misal precedente al actual (1970), el llamado Misal Tridentino, que de modo extraordinario los Sacerdotes y Fieles pueden usar (Benedicto XVI, Summmorum Pontificum) tenía, de siglos atrás, la celebración del Santísimo Nombre de Jesús. (Dominica inter Circumcisionem et Epiphaniam vel, si ipsa non occurrat, die 2 Januarii SANCTISSIMI NOMINIS JESU, duplex II classis), con sus textos propios. En el nuevo “Calendarium Romanum” (editio typica 1969), no se incluye la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. Sin duda que el motivo de esta decisión se debe al hecho de que todos los años en la octava de Navidad se lee el Evangelio de la circuncisión del Niño, según la Ley de Moisés, y la imposición del nombre de JESÚS.
La Compañía de Jesús celebra la solemnidad del día 1 de enero como  solemnidad de “MARÍA SS. MADRE DE DIOS E IMPOSICIÓN DEL NOMBRE DE JESÚS Título de la Compañía de Jesús”.
La Familia Franciscana, en su más reciente Calendario (2002) ha fijado el día 3 de enero para esta “Memoria”. En la nota a la celebración litúrgica de esta memoria leemos: “El Santísimo Nombre de Jesús, invocado por los fieles desde los comienzos de la Iglesia, principió a ser venerado en las celebraciones litúrgicas en el siglo XIV. Por su parte San Bernardino de Siena y sus discípulos propagaron este culto a lo largo y ancho de Italia y de Europa. Como fiesta litúrgica se introdujo en el siglo XVI. Y en 1530 el papa Clemente VII concedió por vez primera a la Orden Franciscana la celebración del Oficio del Santísimo Nombre de Jesús”.

Si deseas, puedes escuchar este texto en audio .

Hermanos:

1. La fiesta del Nombre de Jesús, colocada en el ciclo natalicio, suena a un villancico amoroso que le dijéramos al Niño. Puede evocarnos aquella Navidad tan original que celebró Francisco con sus hermanos y las gentes sencillas en la montaña, en el pueblo de Greccio. Recordemos el pasaje, tantas veces citado de nuestro hermano franciscano, Fray Tomás de Celano, contemporáneo de los hechos, que cuando escribe, como hombre culto y poeta, es un artista. Evoca aquella predicación coloquial y mística de Francisco en la noche de Navidad: “El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. (…)  Cuando le llamaba "niño de Bethleem" o "Jesús", se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara su paladar la dulzura de estas palabras” (1 Celano, 86).
Esta dulzura de Francisco la había fomentado de forma entrañable la espiritualidad de la Edad Media, como aparece paladinamente en los escritos de la familia cisterciense. Es bien conocido el himno atribuido a San Bernardo, doctor melifluo, que comienza así.

Jesu dulcis memoria
dans vera cordis gaudia:
sed super mel et omnia
ejus dulcis praesentia.

Unos versos endecasílabos vierten el ritmo del poema con este tono:

Oh Jesús de dulcísima memoria,
que nos das la alegría verdadera:
más dulce que la miel y toda cosa
es para nuestras almas tu presencia.

El devoto himno tiene una melodía gregoriana íntima y suave, muy adecuada para cantar a Jesús, adorándole y gustando de su exquisita y divina dulzura.

2. Cuando hablamos del Nombre de Jesús, no nos referimos tan solo a la contemplación de Jesús niño. El hijo de María, que adulto salió a predicar por caminos y aldeas de Galilea, tiene un nombre propio, que es Jesús, y que en la intimidad, en esa relación que establecemos con él, se llama también, seguramente que con preferencia a otros nombres, JESÚS. La fiesta del Santísimo Nombre de Jesús podría ser una celebración votiva de Jesucristo en cualquier otro tiempo del año.
Volvemos otra vez al caso de Francisco, aunque no hablamos para franciscanos, sino para cualquier hermano o cualquier hermana en Cristo que quiera gustar de la santa humanidad paladeando su Nombre de Jesús, melodía de salvados. El biógrafo Tomás de Celano ante el cuerpo yacente, llagado, de Francisco, reflexiona sobre lo que ha sido aquella vida: “De la abundancia del corazón hablaba su boca, y la fuente de amor iluminado que llenaba todas sus entrañas, bullendo saltaba fuera. ¡Qué intimidades las suyas con Jesús! Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros. ¡Oh, cuántas veces, estando a la mesa, olvidaba la comida corporal al oír el nombre de Jesús, al mencionarlo o al pensar en él! Y como se lee de un santo: Viendo, no veía; oyendo, no oía” (1Celano, 115). El santo de quien esto se lee es san Bernardo.
Así, pues, aunque la memoria del Nombre de Jesús la celebremos en este ciclo de Navidad, arrobados por el encanto del Niño, bien podemos verla con referencia a toda la vida de Jesús, el Señor, a toda su figura y persona.
San Pablo, recogiendo un himno cristiano, proclama: “al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SENOR para gloria de Dios Padre” (Flp 2,10-11). Pasaje grandioso, porque el nombre histórico de Jesús se une con el nombre cultual de Yahweh. Aquel que en la vida fue llamado Jesús es adorado y honrado al par de Yahweh, como Señor, como él único Señor.

3. Vayamos a los Evangelios a informarnos  sobre Jesús, Jesús de Nazaret, Jesús hijo de José. ¿Cómo le llamaban a este singular Rabino o Profeta, cómo se dirigían a él sus discípulos antes y después de la muerte, en los dos tiempos que comprende la única vida de Jesús? Aquel de quien hablamos tuvo un nombre biográfico, registrado en el censo (un nombre y apellido), y un nombre cultual, o varios nombres para el culto.
En la primera vez que aparece Jesús en los Evangelios, su nombre ya está sacralizado. En efecto, el primer Evangelio, el san Mateo, comienza con la genealogía de esta criatura que va a entrar en el mundo: “…y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1,16). Antes de comenzar a narrar algún episodio concreto de él, ya sabemos el sobrenombre que pasa a ser nombre propio: Cristo. Bien pronto la comunidad cristiana juntando dos en uno hizo un nombre propio nuevo, que no había existido y que es exclusivo de él: Jesucristo.
Históricamente este que será Predicador, Profeta, Taumaturgo… fue anotado en el censo con un nombre judío, que según transmiten lo mismo Mateo que Lucas, venía del cielo; por su ángel que lo dictó de parte: se llamará Jesús. Dios, pues, le ha puesto el nombre a su Hijo amado.
Y tuvo su apellido, como lo tenían los demás ciudadanos, tomado de la procedencia paterna: Jeshua ben Joseph, o “bar Joseph” en arameo. Otra forma de apellidar a las personas era adscribirles el nombre geográfico de origen, por ejemplo, el profeta Elías: Elías el Tesbita.
El apellido corriente de Jesús es el de Nazareno. Los relatos de la crucifixión y de la resurrección son particularmente expresivos. Fue crucificado como Jesús Nazareno: ese es el nombre; y como Rey de los Judíos: esa es la causa. El Padre lo recibió como Jesús, Jesús Salvador; y, nacido de sus brazos, nos lo va a entregar como Jesús. Y, al decir Jesús, unimos crucifixión, muerte y resurrección; en este nombre queda fusionada vida terrestre y vida pascual: todo cuanto Jesús ha vivido y es y eternamente será. Este santo Nombre que sana a los enfermos de cuerpo y alma, es el manantial de toda la teología, y el ápice de la espiritualidad. Es el Nombre asumido en la Trinidad. Este Nombre, que es toda su humanidad y divinidad, es sacramento de salvación. Jesús es mi Dios, mi Salvador.

4. Volvamos a los relatos evangélicos. Los evangelistas, como narradores, llaman a su protagonista Jesús; san Lucas, desde determinado momento, desde el episodio de viuda de Naím, también llama a Jesús “el Señor”. “Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: « No llores. »” (Lc 7,13).  ¡Qué nombre éste más noble, más enjundioso, lleno de un sabor celestial!
Si los evangelistas como narradores le llaman Jesús, ninguno de los doce le llamará coloquialmente así, como se habla de igual a igual. Le llamarán “Señor”, le llamarán “Maestro”, le llamarán Rabbí…
Pero hay un caso en que un hombre le llamó al Nazareno simplemente ¡Jesús! Fue en la cruz, alguien que estaba en el mismo suplicio, y con una suavidad divina, con ojos suplicantes, le dijo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (Lc 23,42). Aquella palabra corriente, Jesús, empezaba a ser palabra divina.

5. Poniendo a Jesús ante nuestros ojos, ¿qué nos dice a nosotros – a mí concretamente – el Nombre de Jesús?
Nos dice toda su humanidad. Cuando Carlos de Foucauld, hoy Beato Carlos de Foucauld, el Hermano Carlos, piensa que puede haber unos “Hermanitos de Jesús”, el nombre de Jesús le trae todo el misterio de Nazaret: silencio, presencia oculta, trabajado; y todo ello transido de cercanía y ternura. El Nombre de Jesús es, en consecuencia, todo el Evangelio de Jesús entre los hombres.
Y nos dice simultáneamente toda su divinidad. Al nombre de Jesús le asignamos nos atributos: santísimo y dulcísimo. Santísimo, esto es, la omnipotencia de Dios reside en él. Dulcísimo, que equivale a: la salvación de Dios, toda ella, está en este Nombre.
Esta espiritualidad es evangélica por los cuatro costados.
Hermanos, ¡alabado sea el Nombre de Jesús! Amén.
 
Nos remitimos a los himnos escritos para el Santísimo Nombre de Jesús: mercaba.org | El Pan de unos versos | Año litúrgico | Navidad | Celebraciones en el tiempo de Navidad
     Palabra divina (Santísimo Nombre de Jesús)
     Dulzura sobre dulzura (Santísimo Nombre de Jesús)
     Dios es carne y tiene  nombre (Santísimo Nombre de Jesús)

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