miércoles, 12 de enero de 2011

8. Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo


(Domingo 2 del tiempo ordinario, ciclo A) 

Si deseas, puedes escuchar este texto en audio


Hermanos:

1. Estamos ya caminando en el tiempo ordinario del año, desde que el domingo pasado se cerró el ciclo navideño con el Bautismo del Señor. Tiempo ordinario que frente a Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua, no significa tiempo de segunda importancia, sino tiempo en el que se contempla el misterio del Señor no en una determinada peculiaridad, sino en su síntesis y totalidad. Ya nos advirtió el Concilio que el Domingo, cada Domingo, es la fiesta primordial del cristiano, porque en él se celebra, por la Eucaristía, la muerte y resurrección del Señor. El Domingo, inicio de la semana (y no fin de semana), es la matriz de todas las fiestas.
En este domingo, introduciéndonos en la vida pública de Jesús, empalmamos bautismo de Jesús con el ministerio siguiente. Hay una frase en el Evangelio, que la sabemos muy bien, porque suena en todas las misas, cuando el Sacerdote invita a los fieles a que vengan a la mesa del Banquete Pascual del Señor. Mostrando el Pan y el Vino consagrados, dice: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, frase que justamente procede del Evangelio de Juan, apenas proclamado. Frase que se alarga con aquel versículo del Apocalipsis: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,9).

2. Estamos hablando, hermanos, con un lenguaje simbólico, poético, místico…, absolutamente sagrado, que infunde sumo respeto. No lo han inventado los expertos que han elaborado la liturgia; procede directamente de la Biblia, y como discípulos del Señor nos atrevemos a entrar por este terreno divino, para el que Dios, nuestro Padre, nos da franquicia libre.
Le acabamos de oír a Isaías: “El Señor me dijo: Tú eres mi siervo, Israel; en ti manifestaré mi gloria” (Is 49,3). Ha sido la primera lectura de hoy, recogiendo el Tercer Cántico del Siervo de Yahvéh. El oráculo de aquel singular profeta que estaba anunciando a Israel su misión, prosigue: “Es poco que seas mi siervo solo para establecer a las tribus de  Jacob y reunir a los supervivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue a los últimos confines de la tierra”.
San Juan Bautista ha leído y meditado estos oráculos admirables, en aquel clima de expectación mesiánica que se vivió en sus días, pero no ha tenido la osadía de aplicárselo a sí mismo. Al contrario, él ha afirmado con rotundidad: Yo no soy ese.
Pero este Pregonero de la venida de Dios, está señalando a Alguien. Y nos lo sigue señalando a nosotros, que nos sentimos, como cristianos, la Comunidad Mesiánica de Dios. “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

3. A todo el pueblo judío, el nombre escogido del Cordero le lleva, ante todo, a la Pascua que se inició con Moisés en la salida de Egipto, paso de la esclavitud a la libertad, anuncio de la victoria del pecado y la donación de la gracia. Un cordero por familia, sin defecto, macho, de un año (Ex 12,3-5). Nosotros llamamos a este cordero – podía ser también un cabrito (Ex 12,5) – el “cordero pascual”.
San Juan lo llamó “el Cordero de Dios”. No habían dicho esta expresión los libros bíblicos. El Cordero de Dios, por eso es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Cordero de Dios, que quiere decir: Cordero elegido por Dios.
Cordero que ya lleva su destino: Cordero destinado al matadero. A la Cruz, decimos nosotros, los cristianos.

4. Y este Cordero destinado al matadero nos está evocando lo que se halla escrito en los mismos Cánticos del Siervo de Yahweh. “Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is 53,7). Es un pasaje que escuchamos en Viernes Santo, hablando del Siervo de Yahvéh, Jesús Crucificado.
Para interpretar correctamente el pasaje del Evangelio hemos leído el oráculo del Siervo: Tú eres mi siervo, Israel…; te hago luz de las naciones…

5. Esta forma de presentar a Jesús, antes de comenzar a narrar los episodios concretos de su vida, nos dice qué piensa el evangelista, como escritor, acerca de él; y cómo Juan da un mensaje orientado al que viene después de él.
¿Por qué Juan el Bautista, que invita a sus discípulos a que pasen a ser discípulos de Jesús, no se ha hecho él mismo discípulo de Cristo?, pregunta que lanzaba un joven interesado, al escuchar la explicación de este pasaje. Pregunta sabia, que tiene muchas implicaciones históricas, si intentamos rescatar la realidad de los hechos. Juan Bautista, que confiesa al Hijo de Dios, podía haber sido ya discípulo de Jesús y acaso pertenecer al grupo de los Doce… Pero no es así. Juan Bautista es el Precursor, y, por una Providencia que excede nuestro pensamiento, Juan Bautista está a la puerta indicando, y el menor de los que han pasado el umbral es mayor que el más grande, Juan el Bautista, de todos los anteriores.

6. La intención del mensaje evangélico es valorar la figura de Jesús que va a entrar en acción. Él es el que tiene, en posesión, el Espíritu derramado de Dios; Él es el Hijo de Dios. Y en otras palabras: él es el que uita el pecado del mundo, el único que quita el pecado del mundo,
Se me está diciendo que él es el perdón de mis pecados, el que me purifica ante el Padre, porque, si quita el pecado del mundo, yo estaba dentro de este pecado.
Este es el Jesús de la historia cumplida por los caminos de Palestina. Este es el Jesús de mi historia, de mi fe y de mi intimidad.
Con esta efigie de Jesús por delante, puedo comenzar a leer el Evangelio, que es la Tienda del Encuentro de Dios con el hombre. Este es Jesús, que ha de forjar mi corazón para la vida eterna.
Él es mi victoria; mi paz, mi Salvador en tiempo y eternidad. Amén.
Poema para la liturgia sobre el Evangelio de este domingo: mercaba.org | Rufino María Grández | Tiempo odinario, ciclo A - Domingo 02: Cordero de Dios, Jesús

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