martes, 18 de enero de 2011

9. Pescadores de hombres


(Domingo 3 del tiempo ordinario, ciclo A)
Si deseas, puedes escuchar este texto en audio
Hermanos:
1. Se abre hoy ante nuestros ojos el panorama de la vida pública de Jesús, tras esos misterios plenos del Bautismo, que ya lo celebramos, y de las Tentaciones en el desierto, que lo recordaremos al inicio de Cuaresma. Este comienzo lo evocará años más tarde Pedro en un discurso en casa de Cornelio, según cuentan los Hechos de los Apóstoles: “Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo” (Hch 10,37).
La cosa comenzó en Galilea y se consumó en Jerusalén, y la entrada definitiva de Jesús en acción fue cuando termina Juan el precursor, hoy encarcelado y mañana degollado.
Tengamos, pues, ante los ojos el mapa de la Tierra Santa: Galilea al norte; Judea y Jerusalén al sur. Nazaret está en la campiña de Galilea, y Cafarnaúm, también en Galilea, la ciudad principal de aquellos pueblos que rodean el lago. Jesús se estableció en Cafarnaúm, ¿acaso al amparo de la familia de Simón Pedro? Allí es estableció, de momento, según el dato de san Mateo, quien unos capítulos después, dice: “Subiendo a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad” (Mt 9,1). Cafarnaúm es, pues, la ciudad de residencia de Jesús.
Este dato de la vida de Jesús invita a una reflexión. ¿Por dónde ha de comenzar uno para hacer la obra de Dios? La respuesta se impone: Uno ha de comenzar allí donde está. San Francisco de Asís, cuando fue llamado por el Señor a una vida nueva de pobreza, de humildad, de servicio, de identificación con Cristo, en suma, de alegría primaveral, comenzó por Asís y allí surgieron sus primeros compañeros, un plantel de santos. Jesús comenzó por Galilea, y resulta que en aquellos pueblos estaba las columnas de Iglesia, Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Aquella criada que tentó a Pedro en la Pasión, cuando el discípulo tristemente dijo que no lo conocía, le espetó, diciendo: Pero ¿no eres tú galileo, como él? ¡Si se te nota al hablar…!
Hermanos, donde hay un gran hombre hay junto a él otro gran hombre, otro y varios: el primero es el líder; el segundo está en lo oculto. Si no se descubre el primero, nunca aparecerá el segundo… Acaso nos lo podamos aplicar a nosotros: necesitamos que Dios suscite líderes, para que en torno a ellos haya una floración espléndida de Evangelio.

2. Jesús comenzó en Galilea y, vistas las cosas desde la altura, el evangelista interpretó este simple hecho en la órbita de una profecía mesiánica. Y con un sentido espiritual de la Escritura cita al profeta Isaías: “para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (Mt 4.14-16).
Galilea era tierra abierta, por donde las caravanas del continente tenían salida hacia el mar. Gente contaminada de paganos, por eso despectivamente queda marcada como “Galilea de gentiles”. Pues aquí comienza Jesús, y esto es una profecía. Aquí están sus Apóstoles; aquí se inicia la misión universal de la Iglesia. Este pueblo que, según la Escritura, vivía en tinieblas, vio una gran luz. Era la luz de Jesús.
Ciertamente que Jesús no salió a la Diáspora, como Pablo. Podía haber pensado en el Mediterráneo, en Antioquía, en Alejandría, donde había tantos judíos. Podía haber sido misionero por estos mares. Pero, no. Jesús no salió por esos mundos. Su vida quedó confinada en unos pocos kilómetros. Y  desde allí fue la luz en las tinieblas.

3. Y comenzó con el anuncio del Reino. El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios irrumpe: convertíos, creyendo en el Evangelio (cf. Mc 1,15). Este pregón es el mensaje total de Jesús, que luego se ha de desmenuzar en muchas parábolas.
Las palabras de Jesús eran palabras poderosas llenas de Dios. Aparentemente dice lo que dice el austero Juan. Los dos anuncian la venida del Reinado de Dios, que inaugura la era definitiva de la humanidad. Los dos hablan de conversión, que es el viraje de vida que da el ser humano, entrando en un terreno nuevo. Juan pide la confesión de los pecados y con ella el bautismo.
Si uno baja al abismo del ser, comprenderá que hay algo superior a la confesión humilde de los propios desvarío, e, incluso, a ese reconocimiento último de que yo soy pecador. Jesús nos pide que acojamos el Reino como un tránsito de fe. La fe, como abandono en Dios, es el amor más puro.
Jesús se ha abandonado a su Padre y puede pedirnos lo que primero que nadie él ha hecho. Eso es creer: dar entada a Dios en todos los poros del ser, en todos los ámbitos de nuestra existencia, en todo respiro de nuestro corazón. Nada se escapa de la fe. La fe es el mayor don que Dios nos ha dado, la fe, que es inseparable de la esperanza y del amor. Creer es dejarse deificar la vida entera. Creer es ser hijo de Dios con todas las consecuencias.

4. Pero en el mensaje de Jesús hay algo latente, que el discípulo lo va a descubrir con inmenso gozo y exultación. Creer es aceptar a Jesús; el Reino de Dios mismo es Jesús mismo; el Evangelio, la Buena Noticia no es otra cosa sino Jesús, a quien los cristianos nos gusta también llamar “el Señor”.
La cosa comenzó en Galilea y allí la luz venció a las tinieblas.

5. Ya el Reino de Dios ha bajado, Reino que es “reinado”, ejerciendo Dios su ciudadanía divina en la tierra. Y ahora Jesús, con este fuego que le abrasa, requiere hombres para la tarea. Ninguno es digno, ciertamente; pero él, Cristo que llama, hará el milagro en cada uno. Dios es capaz de convertir a un recio, y acaso duro, pescador en un Apóstol de su Hijo divino; de cambiar a un publicano, perdido en monedas y cuentas, en un Apóstol del Verbo Encarnado. Esto lo hizo con Leví o Mateo.
Allí junto al lago faenaban dos parejas de hermanos: Simón y Andrés; Santiago y Juan con su padre, el Zebedeo. Jesús les dijo una palabra, traspasada con una mirada que arrebataba. “Venid conmigo”. ¿Fue la palabra o la voz? ¿Fue la mirada? ¿Fue acaso lo que se sentía estallar detrás de aquella humanidad vertida en unos ojos y en una voz?
Y añadió: Os haré pescadores de hombres. ¿Pescadores de hombres? Nunca se había dicho con este sentido misionero. Jesús se inventaba algo que se les clavó en el alma. ¡Hay que pescar? Hay que lanzar el anzuelo y tirar con energía. Dejad esas redes; dejad esa barca. Hay otra pesca que nos aguarda. Yo busco hombres, yo quiero hacer de toda la tierra una comunidad amada de salvados. Os necesito; venid conmigo.
Jesús hizo el milagro. Al instante, dejaron las redes, dejaron la barca, dejaron a su padre, dieron la espalda al pasado y al futuro, y como estaban, con lo puesto, fueron consagrados discípulos de Jesús, los primeros discípulos del Reino. Sencillamente, dejándolo todo, “le siguieron”.

6. Así comenzó la Iglesia, Comunidad ferviente de Jesús, y tiene que suceder – y sucede – hoy. La Iglesia nacía como creación de Jesús, como si en aquel momento se hiciera el día primero de la creación, cuando hijo: “Hágase la luz”, y la luz se hizo. Y vio Dios que era bueno.
Comienza el Reino, se anuncia a la Iglesia.
La palabra de Jesús no es menos potente que la palabra imperativa de Dios en la creación.
Hoy es bella la Iglesia cuando se la ve en un solo corazón obediente a la Palabra de Dios. La Iglesia no es estadística. La vida no es más que la densidad del amor.
Y acaso lo grave de esta palabra sea que puede ser que Dios me la esté dirigiendo a mí mismo. Sería el acontecimiento de mi vida y eternidad.
Hermano, si Jesús está pasando, no bajes tu mirada. Enciende tus pupilas al mirarle a él. Que sea él tu Pescador, y déjate capturar. Amén.

Poema para orar sobre el Evangelio de este domingo:: El Pescador de hombres.

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