lunes, 7 de febrero de 2011

15. La Ley y el Evangelio - Moisés y Jesús

(Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo A)
Mateo 5,17-37

Puedes escuchar este texto en audio 

Hermanos:

1. Desde hace dos domingos estamos en el Sermón de la Montaña. Rodeamos a Jesús en aquella colina que se llama el Monte de las Bienaventuranzas. El Sermón de la Montaña se abre con las Ocho Bienaventuranzas, y sigue con aquellas consignas de la Sal y la Luz.
Si el Sinaí, lugar de la Gloria de Dios, fue la Montaña de Dios, ahora aquí en Galilea, en una humilde colina, que es como un mirador sobre el lago, Jesús Maestro nos está dando su Evangelio. Este es el Monte de la Historia, para nosotros, cristianos, solo comparable al Monte de la Transfiguración, al Monte de los Olivos y al Monte Calvario. Jesús habla; en él habla Dios, porque él es Dios. Dulces palabras de Jesús, que vibran en el mundo universo, y que hoy llegan hasta mí.
Aquí nace la Primavera, hermanos, aquí nace el amor. Suave Galilea, definitivamente unida al paso de Jesús Nazareno.
¿Qué está diciendo Jesús? Acaba de iniciarse el Evangelio con Jesús  misionero itinerante por aldeas y sinagogas y por el mismo Maestro que, rodeado de sus discípulos, ha abierto sus labios en el Monte de las Bienaventuranzas.
“No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17).
Jesús no es el opositor o contrincante de Moisés, ni tampoco el nuevo profeta contra los profetas. Esto nos puede sorprender, porque aparentemente sí que lo es, pues a continuación hay una serie de antítesis entre “lo que se dijo”, y el “pero yo os digo”. Son seis antítesis. Hoy hemos escuchado cuatro; el domingo siguiente se completará con otras dos.
Empecemos por lo primero, con lo que precede a los seis pronunciamientos de Jesús, pidiendo al Señor luz, claridad y humildad.
2. Moisés era, y sigue siéndolo para nuestros hermanos hebreos, la figura central de la que nosotros llamamos Primera Alianza. Los títulos de profeta y maestro son insuficientes para medir la magnitud y la misión de este personaje, el más importante de la Biblia que precede al Nuevo Testamento. Sencillamente es el mediador de Dios. A la Biblia le gusta llamarlo Siervo de Dios (por ejemplo, en el libro de Josué, al recordar la obra que hizo); mayor título no puede caberle a una criatura humana.
Jesús acepta esta autoridad y proclama que no va a ir en contra de lo que Dios había dispuesto. Él no va a abolir; él va a llevar a la culminación lo que Dios había comenzado a decir por su Siervo. Dios fue hablando poco a poco y, de pronto, no lo pudo decir todo.
La pregunta de fondo que puede agitar el pensamiento es ésta: Jesús ¿es un  destructor del judaísmo? ¿Es iniciador de una secta, incompatible con la fe judía? Nuestra respuesta cristiana, inequívoca y transparente, es esta:
Primero. Jesús no es un  destructor del judaísmo.
Segundo. Jesús no es ningún sectario; no es un reformista, que viene a fundar una secta, porque el judaísmo no vale.
Tercero. Jesús es el más judío de los judíos, y ha venido a llevar a la primea Alianza a todas sus consecuencias, que solo él puede sacar.
3. Que Jesús fue judío hasta el fondo de su ser es una evidencia. Y los cristianos nos sentimos muy contentos al aceptar a Jesús como judío. Judío entero y verdadero como mujer judía fue su madre: judío de lengua y raza, judío por su país, por su vestimenta, por sus alimentos; judío por su oración, y por su talante en el pensar. Aunque, al asimilar la persona de Jesús, insensiblemente en nuestra imaginación lo reconvirtamos a nuestra cultura, bien sabemos que Jesús fue judío hasta el tuétano. Pero no nos satisface quedarnos ahí, porque quedaríamos aprisionados…, porque Jesús es infinitamente más que judío. “¡He aquí al hombre!” (Jn 19,5), dijo Pilatos al presentarlo, y sus palabras – aunque él no lo alcanzara – era un definición profética de Jesús.
No solamente era judío. Acabamos de afirmar, como quien establece una tesis, que fue el más judío de todos los judíos. Porque en la línea de los profetas él abrió el judaísmo, como nadie lo había abierto; porque él llevó a Abraham, padre de todos los creyentes, hasta la fe del Evangelio; porque él leyó la Ley de Moisés (los judíos luego contaron hasta 613 preceptos) y llevó la Ley hasta el Evangelio. Nadie sino él pudo hacerlo. Aparentemente fue un destructor, porque los cristianos no practicamos esos centenares de preceptos, comenzando por la circuncisión, pero fue un liberador.
Jesús supo adónde apuntaba la Ley y salvó la revelación contenida en la Ley, que él la vio retenida por la interpretación oficial que hacía los doctores. Fue el drama de su vida. Jesús murió como quebrantador de la Ley – así argumentaron los escribas en el juicio de la Pasión – cuando Jesús era el que nos daba a conocer la verdadera voluntad de Dios.
No he venido a abolir la Ley ni los Profetas, que era el modo de conjuntar lo que nosotros luego hemos llamado el “Antiguo Testamento”, la Primera Alianza. No ha venido a abolir a los Profetas; los acepta plenamente, pero Jesús es la profecía definitiva de Dios. Después de él ya Dios no tiene otra palabra que decir. En suma, y una vez más, no ha venido a abolir, sino a plenificar.
4. Jesús se nos presenta como la novedad de Dios. Y como novedad y plenitud debemos entender ahora cada una de las seis antítesis que nos presenta el texto sagrado.
Habéis oído que se dijo: No matarás. Pero yo os digo… ¿Qué nos dice Jesús? ¿Un poquito más de lo que dijo Moisés? No, hermanos, porque entonces no saldríamos de la Ley. Jesús no ha venido a estirar, a afinar la Ley, a complementar la Ley…, como a darle los nuevos grados de perfección que le faltaba. No es eso. Jesús nos está diciendo que el “No matarás” no se puede comprender sino cuando uno comprenda de dónde nace, del amor manante del corazón de Dios. Y hasta ahí debemos subir. Cuando comprendamos el amor de Dios entonces sí comprenderemos lo que significa herir al hermano…
En esta órbita de amor entendemos igualmente la reconciliación necesaria para hacer la ofenda al Señor. Dice el Señor: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas  tu ofrenda” (Mt 5,23-24). El culto divino, que es lo más sagrado que tenemos en la tierra, no es válido al margen del hermano. No se puede dar culto a Dios estando enemistado con el hermano. Romperíamos el amor.
5. La segunda y tercera antítesis hablan de la santidad y de la inviolabilidad del matrimonio.
Habéis oído que se dijo: No adulterarás, pero yo os digo. ¿Qué dice, pues, Jesús de nuevo, para confrontar lo de antes con lo que él trae? Se adultera ciertamente cuando hombre y mujer fuera del matrimonio se apetecen y se juntan dejándose llevar por instintos bajos de egoísmo y placer; adultera quien va a un burdel buscando el sexo. Mas Jesús dice que hasta una mirada puede ser un adulterio, si esa mirada codiciosa está llena de lujuria. Un artista mira y contempla a su modelo y se goza en tanta belleza, y no adultera, porque su misma mirada – si tiene el corazón puro – es como un acto religioso. Pero un ser torcido, inficionado de impureza, si mira como un depredador que busca la presa, su mirada es un adulterio.
Por eso, Jesús de Nazaret, que según los momentos tiene un lenguaje exaltado, dice: Si tu ojo derecho te lleva al pecado, arráncatelo… Y si tu mano derecha es una mano de pecado, córtatela… Nunca ha querido Dios ni que nos arranquemos un ojo, ni que nos cortemos una mano. Lo que sí quiere Dios es que en la vida, en el momento oportuno, nos definamos con opciones absolutas. Estamos llamados a participar de la santidad de Dios.
Y en esa misma lógica y revelación están las palabras del matrimonio para siempre.
Una nueva y última antítesis del Evangelio de hoy, es la antítesis de la verdad. Habéis oído que se dijo: No jurarás mencionando a Dios en falso, pero yo os digo: Vuestra verdad, vuestra sinceridad ha de ser tal, tan limpia, tan resplandeciente, tan transparente, tan en conformidad con Dios que es luz…, que ni haga falta jurar. Vuestro sí sea sí; vuestro no sea no.
Realmente, hermanos, esto es divino: Mis palabras valen por sí solas, porque Dios, solo Dios, las llena con su luz. Así debe ser la vida del cristiano, ante Dios y ante sus hermanos.
De esta manera Jesús nos explica qué es el Evangelio. Es la vida de Dios puesta en la tierra, en la intimidad conmigo mismo y en la relación con nuestros hermanos.
Para esto ha venido Jesús; y este es mi camino.
Señor, te agradezco infinitamente que me lo descubras; así quiero vivir yo, y, con tu gracia, así viviré. Amén.
Como poema para orar con el Evangelio de hoy: En el monte Sinaí

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