martes, 8 de febrero de 2011

16. Tres ráfagas de amor

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El Cantar de los cantares, San Pablo, San Juan
(Una meditación para el 14 de febrero,
Día del Amor y la Amistad)



1. Día de San Valentín, día de enamorados, así en España, mi patria. Día del Amor y la amistad, así en México, tierra querida adonde el Evangelio me ha traído.
Una enciclopedia electrónica nos conduce a indagar cosas sobre San Valentín, o los varios santos Valentín que registra el Martirologio. A la verdad, que en este caso no prestamos atención al santo, y sí al tema, el eterno tema del amor. Y lo que esto suscita en los diversos ámbitos, según sea el recinto geográfico donde nos movamos.
Del amor queremos hablar, del amor…, una palabra celestial que queremos entregarla… - pensamos en el Sant Jordi de toda Cataluña (23 de abril) - con un libro y una rosa, o con un poema nacido en el corazón y una rosa. Es muy hermoso poder brindarse ese regalo de un libro y una flor. Donde hay una flor, mis hermanos, hay esperanza, porque una flor es un  canto a la vida; y donde hay poesía, lo mismo: hay esperanza, porque la poesía es el lenguaje del amor.

2. Esta reflexión meditativa gira en torno al amor y la amistad, y digamos ya desde ahora que la amistad es la floración última del amor, dado que la amistad es el amor recíproco, el amor donado y correspondido, el amor puesto en vasos comunicantes, el amor circulatorio, que es el amor de la Trinidad.
Y para comenzar a hablar, podemos comenzar por donde termina Dante en su Divina Comedia: l'amor che move il sole e l'altre stelle, el amor que mueve el sol y las otras estrellas (Paradiso XXXIII, 145). El amor es la última palabra; y es la primera, dado que el mundo vino de la nada a la existencia por una palabra de amor que Dios pronunciaba.
Cuando nosotros ahora nos adentramos en el mundo, en el cosmos, nos vamos sumergiendo, oleada tras oleada, en un misterio de amor. No es una navegación difusa y panteísta; es, por el contrario, una zambullida en el misterio de la Encarnación, que ha impregnado el universo. Yo puedo entrar, con sencillez, con un corazón puro, en contacto como una florecita. Así lo hacía Francisco de Asís. He aquí, como experiencia, el encuentro con esta criatura de Dios un día de excursión en la montaña.

Una flor en el universo
Soneto a la florcita amarilla de cinco pétalos

La vi pequeña, enteramente bella,
cuajada de silencio y de ternura,
fragante como un beso, toda pura,
y yo me enamoré, perdido, de ella.

Pensé, mi flor: de Dios eres la huella,
como Jesús, destello de hermosura,
sin vanidad, envidia ni tristura,
brindándome tu luz como una estrella.

Absorto entonces yo iba meditando
en eso que la flor a mí decía:
así quiero ser yo, sin más estando,
ser gloria del Señor, ser su armonía,
y todo lo demás él irá obrando,
según su voluntad, que sea mía.


3. Tres ráfagas de amor – decíamos – aludiendo a El Cantar de los cantares, a San Pablo y a San Juan.
Para saborear el Cantar de los cantares, yo aconsejaría hoy a quien me pidiera un consejo: Lee la encíclica de Benedicto XVI “Deus Caritas est” (Dios es Amor); te quedarás sorprendido y admirado, cuando veas la filosofía del amor, que cultivaron los griegos y que es simultáneamente teología del amor, ya en el Antiguo Testamento. Sí que habla del Cantar de los cantares, dentro del cuadro del amor humano que el Papa nos explica. He aquí un párrafo, sin que pretendamos dilatarnos:
“…Esto depende ante todo de la constitución del ser humano – dice - , que está compuesto de cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. El epicúreo Gassendi, bromeando, se dirigió a Descartes con el saludo: « ¡Oh Alma! ». Y Descartes replicó: «¡Oh Carne!». Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza” (n. 5).
Los cánticos nupciales del Cantar de los Cantares – que literariamente podríamos llamar “El Cantar Divino” – son muy bellos en sí mismos, y más bellos cuando se ha comprendido que el Amor de Dios llegó al hombre en la carne de Jesús, nacido de la Virgen María.

4. En el epistolario de san Pablo hay una página que produce un atractivo especial. En las misas matrimoniales es la página preferida de los esposos. Es el Himno a la Caridad o el Himno al Amor: primera a los Corintios, capítulo 13, que rompe de esta manera:
“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo  que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.
Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha” (vv. 1-3).
¿Quién habla de esta manera? Si no supiéramos quién es ese Pablo que ha escrito estas cosas, diríamos: Ese es un romántico del amor. ¡Viva el Amor! Entreguémonos en brazos del amor.
Pues aquí no hay nada de esto; la fantasía de Pablo no va por ahí. El apóstol está explicando a su comunidad que Dios prodiga sus carismas en medio de la Iglesia, y algunos de ellos vistosos y portentosos, como el don de hacer sanaciones…
Pues hay una gracia que supera todas las gracias. No le llamemos “carisma”, porque no es carisma; es algo superior; san Pablo la llama “un camino más excelente” (1Co 12,31). Es el amor. Entonces ¿cuáles serán las obras esplendentes del amor?
Oigamos a Pablo cómo sigue su poesía…: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (vv. 4-7).
Pero estas son las obras de cada día, lo cotidiano, lo rutinario. Pues esto es el amor. Es tan grande el amor, que, cuando todo pase, al cielo sólo entrará el amor, dice Pablo en el mismo pasaje.
Y a este amor de diario, de trabajo y de cocina, podríamos llamarle el don escatológico de Cristo. Podemos amar así, porque Dios ha infundido este amor en nuestros corazones (Rm 5,5).

5. Y san Juan tiene un privilegio en el lenguaje del amor. Él es el que nos dijo: “Dios es amor” (1Jn 4,8.16). Y nos ha entregado unas afirmaciones simples y soberanas sobre el amor: Dios nos amó primero (1Jn 4,19), y que no existe el amor a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano, a quien vemos (1Jn 4,20).
Y san Juan nos ha dicho que el amor es permanecer… “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4). Y, en suma, que el amor de que disfrutamos es el amor familiar de la Trinidad: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9).

Al final de estas reflexiones, en este Día de Amor y de Amistad, uno queda con este convencimiento: Lo más importante de esta vida no es amar a Dios - ¡ni siquiera amar a Dios! – sino dejarse amar por Dios… y permanecer en ese amor.
Día del Amor y de la Amistad. Pero Día del Divino Amor, que es el más humano Amor. He dicho.
Un poema para este día: Día del Amor y la Amistad (Un plato de poesía)

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