martes, 1 de febrero de 2011

14. La sal y la luz



(Domingo V del tiempo ordinario, ciclo A)
Puedes escuchar este texto en audio
(para aumentar el sonido, barra  de este recuadro)
Hermanos:

1. La sal y la luz: de esto vamos a hablar en esta homilía, porque de esto habló Jesús a la gente, haciendo que la vida familiar de la aldea sirviese maravillosamente para explicar la teología del Reino de Dios; si quieren, la teología del Verbo Encarnado. La sal y la luz: dos cosas que no pueden faltar en ninguna casa, ni de pobres ni tampoco de ricos. Jesús lo había visto en su casa de Nazaret, en manos de su madre que faenaba haciendo la comida, y que al atardecer – allí oscurece pronto – prendía la candela. Podemos imaginar que la cena, las más de las veces, era al amor de la candela.
Vosotros, dice Jesús, sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo. Esto dice Jesús a la gente que le rodea, a los mismos a quienes acaba de proclamar las Bienaventuranzas, la Carta Magna del Reino de Dios que Jesús inicia en la tierra con esta comunidad de escogidos.
Comenzamos por esta aclaración que acabamos de hacer, que es del todo necesario tenerla presente para no desorientarnos en nuestra interpretación. ¿A quiénes está hablando Jesús y a quiénes van dirigidas estas consignas?
Esa misión tan importante que Jesús está proclamando y dando en este momento tiene que ser para los Apóstoles, columnas de la Iglesia. No, hermanos, aquí puede comenzar un error de dañinas consecuencias. Ni las Bienaventuranzas son para los Apóstoles, ni lo de la sal y la luz son para ellos. Las Bienaventuranzas y lo de la sal y la tierra son para el círculo de entusiasmados discípulos, pobres y humildes, que se apiña en torno a él. Son para nosotros. Es responsabilidad lo que él está cargando sobre nosotros, pero es, primero de todo, altísima dignidad de una vocación que él nos confía. Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo. ¿Nos damos cuenta de lo que significa ser discípulo de Jesús. Eso es categoría y responsabilidad, y a eso estamos llamados, mejor dicho, a eso yo estoy llamado.

2. Vamos, pues, al primer dicho de Jesús: la sal de la tierra. Jesús está hablando junto al lago, y los pescadores tienen que saber mucho de sal, si el pescado no se consume rápido en el mercado.
La sal sirve para conservar los alimentos y también para sazonar los alimentos. Tendríamos que hacer un esfuerzo imaginativo para salir de nuestros frigoríficos y congeladoras y situarnos en otra cultura, que ha sido la cultura de nuestros campesinos en generaciones no tan distantes de nosotros. Acaso, recordando usos y costumbres que de niños conocimos en casa de nuestros abuelos, podemos tener una imagen de cuán preciosa es la sal para estos menesteres.
 Jesús saca una consecuencia que salta a los ojos. La sal está hecha para salar; si no sirve para eso, es que no sirve para otra cosa. No es como en el caso de un árbol que, si no sirve como material de construcción, servirá para el fuego y preparar la comida. La sal, si  no sirve para lo que es, no sirve para nada. Hay que tirarla fuera…, y hasta la pisa la gente.
En este modo de hablar que tiene Jesús aparece una acerada crítica. Si nosotros, cristianos, no valemos para lo que somos… ¿qué misión tenemos? Esa frase de que, si la sal no sirve, “se la tira afuera para que la pise la gente”, es un alerta y un veredicto muy crítico para el cristiano que es cristiano como si no lo fuera: cristiano de papel, de puro compromiso…
La frase de Jesús es inexorable: para que la pise la gente. Sal que perdió un día su sabor, su fuerza para salar, sal que puede terminar en el desprecio de los hombres.

3. Las palabras de Jesús invitan a un examen sincero de la fe. ¿Cuál es el cristianismo que nosotros buscamos? Al Señor no le interesa un cristianismo ni vistoso, ni  numeroso, situaciones que dan apariencia a la fe, cierta figura social, pero que no transmiten la novedad, la fuerza, la fascinación de lo que Jesús ha predicado. Lo que Jesús pide y espera de nuestra fe es que sea fe sincera, verdadera y transparente. La verdad, cuando existe, tiene un poder de irradiación que le viene de dentro. Cuando nosotros vemos que usos y costumbres van cayendo sin llanto ni pena… es signo de que lo que existía era más de apariencia que de verdad…
Como sal que sala y que guarda de la corrupción ¿qué aportamos nosotros al mundo…? Un ejemplo: Desde esta área cristiana desde donde escribo, México, contemplamos pavorosamente la fuerza de la maldad, expresada en los millares de muertos que van cayendo en torno al narcotráfico. Policía y gobierno trabajan por dominar la situación… Nosotros, cristianos ¿tenemos una palabra social, verdaderamente persuasiva y transformadora? Al parecer no la tenemos… ¿Es que se nos está desvirtuando el sabor de nuestra sal? Posiblemente. El Señor nos libre de la amenaza de Jesús: para que la gente la pise…

4. Volviendo sobre la metáfora de la sal, cuando pensamos que la sal sazona los alimentos, tenemos muy sabrosas aplicaciones para nuestra vida cristiana, y para nuestra presencia en el mundo. La sal en la olla desaparece, y, al desaparecer, da el sabor a la comida. Esto nos dice cuál es nuestra misión entre la gente. Jesús no ha hecho esta aplicación, pero es legítimo el hacerla, porque sale espontáneamente de dentro.
Nuestra presencia en el mundo es una presencia de vida. Donde hay vida la vida genera vida. La vida, sin gestos, como única vitalidad.
También, sutilizando la comparación, podríamos añadir un matiz: La sal hay que echarla en los alimentos en su justa medida: ni de menos, ni tampoco de más. Un exceso de sal mortifica. Y esto aplicado a la vida cristiana está significando que nuestra presencia en el mundo, nuestra palabra, nuestro celo… deben desarrollarse bajo el signo de la sabiduría, de la discreción, de la cordialidad, de la filantropía… que debe tener el cristiano, presentando su fe lealmente.

5. Pasemos a la otra imagen que nos brinda Jesús. ¡Qué hermoso lo que Jesús nos dice, y cómo  nos llena de consolación! Oigámoslo de nuevo:
“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,14-16).
Es muy bello esto, y yo lo puedo llevar a mi vida. Todos hemos conocido a personas que han dejado detrás de sí un reguero de luz y de bondad. Al pensar en ellas, nace en el alma un deseo legítimo y puro. Yo quiero ser uno de ellos. Yo quiero ser esa luz serena del Evangelio que brille allí donde estoy. Y lo quiero por Jesús, no por mí. Lo quiero con espíritu de fraternidad por mis hermanos los hombres. Lo quiero para que den gloria al Padre que está en los cielos.
Una vez oí esta felicitación, dirigida a una persona: Que quien te necesita te encuentre. Que era decirle: Para mí has sido una luz; tu vida me ha convencido, tu bondad me ha conquistado.
Jesús nos llama a esta misión en este mundo, a mí en concreto. Y ciertamente que a ti que te has sentido impulsado a leer – y acaso escuchar – estas palabras.
Pensemos que no hay misión más sublime. A lo mejor la vanidad o el espíritu mundano nos tienta porque quisiéramos ser gente importante y conocida. No, hermanos, echemos fuera ese pensamiento, que es maligno. Nuestra vocación es irradiar la luz de Jesús allí donde estamos.
Y si el Señor quiere otra cosa – otro vuelo, otras esferas – él, que es la verdadera luz de nuestra vida…, nos lo indicará y, a lo mejor, hasta nos lo da por añadidura.
He aquí, pues, el Evangelio que hoy llega a nuestros oídos, a nuestro corazón.
Gracias, Señor Jesús, por tus bellas palabras. Yo quiero seguirlas. Amén.
Poema para orar sobre el Evangelio de este domingo Sal de la tierra, Señor

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;