martes, 1 de marzo de 2011

19. El que hace la voluntad de mi Padre


(Domingo 9 del tiempo ordinario, ciclo A)
Mt 7,21-28
Puede escucharse en audio
Hermanos:

1. Durante seis domingos – hoy es el sexto – hemos escuchado el Sermón de la montaña, nuestra carta de identidad cristiana. El remate de estas divinas palabras es una llamada a la acción. Ni el oír, ni el emocionarse, ni el hacer aparentes y vistosas maravillas vale; lo único decisivo es hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Es la palabra del Señor que con su gracia queremos meditar y hacerla vida de nuestra vida.
La sabiduría popular tiene viejos refranes en torno a esta experiencia humana, de que lo que importa no es el hablar y el decir, sino el hacer. El antiguo refranero español tiene esta sentencia: “No es lo mismo predicar que dar trigo”. Lo que importa es llevar a la vida lo que uno cree, medita y predica. A san Francisco de Asís se atribuye este dicho: “Tanto sabe el hombre cuanto hace”.

2. Para entender exactamente lo que Jesús dice, hemos de trasladarnos a ese escenario que Jesús imagina.  Jesús habla de “aquel día”. ¡Cuántas veces aparece en los profetas esta expresión: “aquel día…, aquel día”!
¿Cuál será exactamente aquel día? Será el día de la verdad, aquel día de la última actuación de Dios; será el día final de la Historia de la salvación. Quedamos emplazados todos a aquel día. Nuestra vida no es una vida baladí, un entretenimiento que uno lo va llevando a cabo con arte, acaso con malicia y humor. Nuestra vida, nuestra imagen, nuestra verdad tienen una seriedad absoluta que se ha de probar “aquel día”.
Primera sorpresa es que el protagonista de aquel día, el que va a tener la palabra y el veredicto es Jesús mismo, el mismo que está hablando por los caminos de Palestina, el que se ha sentado en el Monte de las Bienaventuranzas y nos acaba de proclamar el Evangelio. Este Peregrino de la vida va a ser, a la hora de la verdad, nuestro juez inapelable.
Y es escalofriante el que el Juez del universo pueda decir, o más bien, decirnos: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.

3. El dramatismo de las palabras de Jesús llega al paroxismo cuando nosotros percibimos que Jesús ha sincronizado el juicio final con las personas con las que él va viviendo en sus días.
Recuerden aquello que está escrito en el Evangelio de san Lucas, cuando Jesús habla de la puerta estrecha:
“« Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: "¡Señor, ábrenos!" Y os responderá: "No sé de dónde sois." Entonces empezaréis a decir: "Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas"; y os volverá a decir: "No sé de dónde sois. ¡Retiraos de mí, todos los agentes de iniquidad!" (Lc 13,25-27).
Nos parece increíble que Jesús haya podido hablar con este tono exaltado, y con estas amenazas en las que se juega la vida eterna.
A fin de poner la verdad en su punto, hemos de saber que Jesús no está dando el pronóstico de lo que va a suceder, como si de antemano estuviera llenando el infierno de gentes de esta generación. Lo que Jesús está diciendo es: La oferta de gracia que Dios nos hace es total: la podéis recibir, la podéis rechazar. Si la rechazáis, la responsabilidad es vuestra, y el destino no puede ser otro que el apartamiento de Dios para siempre. “Apartaos de mí los agentes de iniquidad”. Es la misma fase que  se acaba de oír al final del Sermón de la montaña.

4. Ciñéndonos a las palabras estrictas del Evangelio de este domingo, vemos cómo Jesús imagina tres escenas de entusiasmo y de acciones en el nombre de Jesús.
- “¿No hemos profetizado en tu nombre,
- y en tu nombre echado demonios,
- y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?"
Cuando se escriben los Evangelio en las comunidades cristianas hay fervores y entusiasmos de todo género. Están llenas de carismas espirituales. San Pablo ha tratado este tema abundantemente al escribir a la comunidad de Corinto.
No nos confundamos, nos advierte Jesús. Esos sucesos admirables, esos éxtasis, esos milagros incluso… no nos dan la clave de lo que es un cristiano. Solo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, solo ese es el destinado a la vida.

5. Jesús ha puesto tres ejemplos, y los tres ejemplos son de cosas admirables, que, en el fondo, es lo que Jesús ha hecho en su vida.
El primero. ¿No hemos profetizado en tu nombre? No hay mayor profecía, hermanos, que anunciar el Evangelio, suprema revelación de Dios. Es lo que Jesús ha hecho. A ello ha consagrado su vida. ¿No hemos profetizado en tu nombre?
El segundo. ¿Y en tu nombre no hemos echado demonios? Jesús derrocó al demonio y eso era el signo de que el Reino de Dios había irrumpido ya en la tierra. Él dijo que Satanás no puede derribar a Satanás. El echar demonios es señal de que yo estoy con Dios. ¿Y en tu nombre no hemos echado demonios?  Este ejemplo nos resulta extremo. Pero hipotéticamente es posible. Yo, sacerdote, podría, con la debida autorización, hacer un exorcismo y expulsar el demonio. Pero si mi corazón no estuviera con Dios, yo no sería agradable a Dios, aunque expulsara demonios.
Y el ejemplo tercero. ¿Y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Es lo mismo. Hasta podríamos hacer milagros… Pero tampoco esto es lo que da el toque final a nuestra vida. La palabra de Jesús es terminante: “sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.
En resumen, hermanos, leyendo desde el principio: “No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.
La vida verdadera no son apariencias. Los triunfos ante los hombres pueden ser apariencias ante Dios; los éxitos ruidosos son de temer. Probablemente esconden mucha vanidad y autosuficiencia, y nada de esto sirve para construir la Iglesia de Dios, que nació del fracaso de Jesús Crucificado.

5. ¿Qué nos queda, pues? Edificar sobre roca. Nos lo dice el Señor: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca”.
Hermanos, que en la vida han de venir fuertes vendavales y tempestades es normal. Y Dios cuenta para nosotros con esto. Lo sabemos, hemos de estar prevenidos. Ha de venir la prueba, y lo que un día nos había aparecido tan bello y entusiasmante, a lo mejor pierda su fulgor y se  nos antoje que fue una ilusión de nuestro fervor religioso. La negra tempestad comienza a fraguarse; se mueve el huracán.
Es la hora de la fe y de la humildad. Es la hora de pensar que Jesús no nos abandona, que no fue un espejismo, que al obedecerle a él yo construí sobre roca.
Señor Jesucristo, tú eres la roca de mi vida. Y estás esperando de mí no apariencias, sino verdad, fidelidad, humildad.
Por tu Madre santísima, la Virgen fiel hasta el Calvario, te pido no el triunfo, sino la perseverancia. Amén. 
Sobre el Evangelio puede verse como canto de comunión: ¡Señor!, ¡Señor! te diré

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