sábado, 5 de marzo de 2011

20. Miércoles de ceniza, y qué es mistagogía


 (Instrucción o catequesis)

Puede escuchar esta instrución en audio


Hermanos:
Estas palabras que nos disponemos a compartir no son una homilía. Son una instrucción, una explicación, una catequesis – si se prefiere – en torno a la Cuaresma. Tocaremos dos puntos:
El primero: Sentido y significado del Miércoles de ceniza, como  convocatoria de conversión.
El segundo: Aprendizaje del misterio cuaresmal descubriendo a Cristo, como protagonista de la Cuaresma.

I
Apertura de cuaresma: 
Miércoles de ceniza, convocatoria de conversión
        Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la reunión... Este pregón de los tiempos de Joel -siglo IV antes de Cristo-, es para nosotros el bocinazo de Cuaresma, y de hecho así empieza la liturgia de la Palabra el Miércoles de Ceniza. Ese día la comunidad cristiana se reúne para presentar­se ante el Señor como pueblo pecador y penitente y para iniciar un trayecto de sinceridad y verdad, una camino de purificación e iluminación que le va a llevar hasta la santa montaña de la Pascua.
        Si en nuestras parroquias lográramos que este día se suspendiera el rutinario orden de misas y se lograra una gran asamblea, tendríamos un signo muy expresivo de que somos un pueblo de Dios unido en un mismo propósito y un pueblo que solemnemente comienza su éxodo liberador hacia la Pascua. Hoy es un día característico de asamblea. Día de ceniza que tendríamos que recibir -repito-, si posible fuera, en una sola celebración, como pueblo penitente.
        La finalidad de este día es iniciar el camino pascual guiados por Cristo a través del desierto de la Cuaresma. Los cristianos ayunamos en este día. Convocados en la iglesia se nos leen las Sagradas Escrituras. Dios nos dice por medio de Joel: Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto (Jl 2,12-18). Resuena la voz apremiante que se insinúa en el corazón: Os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios (1Co 5,20-6,2). Y Cristo en el Evangelio nos traza el programa del cambio que él espera, una justicia nueva distinta de la de los fariseos, que se ha de manifestar en las tres expresiones características de la piedad tradicional de los judíos: la caridad desinteresada, la oración sincera ante Dios, el ayuno verdadero (Mt 6,1-6.16-18). Son consignas sobre las que reiteradamente se ha de volver en Cuaresma.
        Día de conversión. El símbolo de la ceniza, tomado de las páginas de la Biblia, está aludiendo a esto. Al imponerla, el sacerdote puede recodar unas palabras que nos evocan al primer hombre en el paraíso: Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás (véase Gn 3,19). Pero es preferible que en el momento de humillar nuestras cabezas escuchemos la proclamación que hizo Jesús al inicio de su ministerio: Convertíos y creed el Evangelio (Mc 1,15).
* * *
        En la praxis cristiana este Miércoles de Ceniza debe ser para todos una día de reflexión para perfilar nuestro programa cuaresmal. Debemos preguntarnos con qué ánimos, con qué temple espiritual entramos en la Cuaresma, con qué manos vamos a recibir la gracia que se nos brinda, y hasta qué punto estamos dispuestos a iniciar un combate espiritual. Jesús lo tuvo en el desierto.
        La celebración sacramental de la penitencia, al inicio de este camino, está en plena consonancia con el Miércoles de Ceniza. Y en el programa cuaresmal, de acuerdo con el mensaje evangélico, hay tres puntos que hemos de afrontar con sinceridad para estar a tono con la gracia saludable que se nos brinda:
        -     la ascesis, el ayuno;
        -     la oración, en la escucha de la Palabra de Dios;
        -     y la caridad, la limosna, la caridad como donación solidaria de nuestras personas.
* * *
        En este día primero de Cuaresma torna a mi mente el comienzo de un canto severo que en la Edad Media se cantaba con estremecimiento, y a veces con pánico: Media vita in morte sumus..., en medio de la vida nos coge la Muerte... Es cierto, por más que no sea de nuestro gusto. En la mitad de la vida puede salirme la Muerte en la carretera. Dante comenzó así la Divina Comedia de la vida: Nel mezzo del camin di nostra vita...
        Sin tremendismos, pero con un serio sentido de la realidad y un ansia de verdad y purificación, vaya este himno, compuesto para iniciar la Cuaresma:

En medio del camino de la vida
la mano del Señor tocó mi frente:
¡Mortal hijo de Adán, detente y entra,
conmigo al corazón sin miedo vente!

Bajé hasta el alma, cueva y paraíso,
tomado de su mano suavemente,
y vi la historia entera en mí bullendo:
al Padre, al Hijo, al Fuego incandescente.

Oh alma buscadora, ve al desierto,
montaña del Señor, dintel celeste,
y ensancha las ventanas a la vida,
amante del amor y de la muerte.

Bañado en la verdad y en dulce llanto,
conócete a ti mismo al conocerle,
oh Hombre, y escucha en tu gemido
un son de paz que desde el cielo viene.

La paz y la justicia -Cristo muerto-
se abrazan en el alma estrechamente;
rebrota el mundo, firme y vigoroso,
y en mí la Vida vence, oh Tú, perenne.

¡Oh Cristo soberano, Dios perdón,
en cruz ensangrentado, Dios clemente,
te damos gracias, luz que nos revelas
el ser en su verdad con lo que eres! Amén.


II
Aprendizaje del misterio

        Vamos a contemplar la Cuaresma desde la proclamación del Evangelio los domingos. Ya se sabe que para abrir con mayor abundancia la palabra de Dios a los fieles se ha compuesto un ciclo de tres años de lecturas dominicales. No se repiten cada año, sino que hay un ciclo trienal: A, B, C. Tomemos los Evangelios del año A. Las escenas que vamos a contemplar tienen tal raigambre en la tradición cristiana como catequesis mistérica de Cuaresma, que hay facultad para repetir los Evangelios del ciclo A en los dos sucesivos.
El panorama que tenemos a la vista es el siguiente
Domingo 1º Jesús tentado
Domingo 2º Jesús transfigurado
Domingo 3º Jesús da el agua viva: la Samaritana
Domingo 4º Jesús da la luz a un ciego de nacimiento
Domingo 5º Jesús resucita a Lázaro
Domingo 6º Jesús entra como Mesías en Jerusalén
        Los Padres de la Iglesia en sus explicaciones al pueblo cristiano hablaban de mistagogía. Esta palabra griega significa literalmente: conducción de los iniciados hacia el misterio. Entendemos que lo realizado en Jesús es un misterio, es decir, una realidad divina, concreta, con una fuerza permanente que se expande hasta hoy, una realidad de la que nosotros podemos participar hoy, ahora, aquí. Y por eso se nos anuncia en la liturgia. Debemos entrar en ella. La Sagrada Escritura, proclamada en la asamblea del pueblo de Dios, nos lleva hacia esas realidades. Los verdaderos pastores de la Iglesia se han preocupado de explicar la Sagrada Escritura de forma que toda la asamblea santa pudiera entrar en el interior de esas realidades salvadoras y presentes. Todo esto se llama mistagogía.

¿Quién es el protagonista de Cuaresma: Cristo o el hombre?
        Hay dos visuales para otear el camino cuaresmal. Distinto el paisaje si yo pongo como protagonista al pobrecito ser humano -hombre o mujer que se afanan y se debaten en la pelea humana- o si yo digo sorpresivamente que el protagonista de Cuaresma es Cristo. Dos puntos de mira que tienen derivaciones distintas, que estimulan una actitud psicológica diferente.
        Parece obvio que el protagonista y el combatiente de Cuaresma tenga que ser el hombre, que es el luchador en este camino de viadores. Dejemos a Cristo como protagonista de la Pascua en todo el tramo de los cincuenta días. Al fin lo que representa la Pascua es el triunfo perenne del Resucitado.
        Esta obviedad en un segundo momento no es tal. Si yo dijera que el protagonista de Cuaresma es el hombre y el protagonista de Pascua es Cristo, escindiría un misterio unitario. Estaría fotografiando el misterio con cámaras diferentes, con procedimientos de orden diverso y el cuadro resultante sería semifalso.
        Es mejor enfocar el paisaje completo con la misma cámara. Es más oportuno decir que Cuaresma-Pascua son un proceso irrompible que tienen el mismo eje, Cristo, el Señor. Al menos desde un punto de vista rigurosamente litúrgico las cosas son así, dado que en la liturgia no celebramos la titánica empresa de los hombres que quieren alcanzar a Dios, sino, al revés, la acción de Dios en la historia, pasada, presente y futura, que con gratitud y alabanza, con disponibilidad de colaboración, el hombre recibe como don de Dios.
        Pablo en el texto más importante sobre el bautismo de los cristianos (capítulo 6 de Romanos) explica nuestro bautismo desde esa óptica. Bautismos los ha habido en las religiones. El ser humano ansía el lavatorio de su alma, quisiera buscar el detergente que expulsara todas las manchas de su corazón. El hombre pecador, ávido de Dios, va al agua; se desnuda y se sumerge. Quiere mostrar al Creador que lo pasado queda allí atrás para siempre y que desde hoy empieza lo nuevo. No es ése el bautismo cristiano, siendo tan laudable y sublime ese gesto absoluto del hombre pecador que anhela a Dios. Para Pablo el bautismo es un acontecimiento por el cual el cristiano es incorporado a la muerte del Hijo, a la sepultura, a ese brotar nuevo en la Resurrección. Y entonces el cristiano realmente muere, realmente es sepultado, realmente es resucitado.
        ¡Alucinante...! ¿O revelador...? Esto es mística. Sí, esto es misterio, esto es sacramento. En efecto, así lo es. Y de la sacramentalidad del bautismo se derivada la moralidad de la vida cristiana.
        Podemos releer atenta y escrupulosamente ese citado capítulo 6 de Romanos y calibraremos personalmente la verdad de lo que vamos diciendo. ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (vv. 3-4).
        No cabe duda de que el protagonista, el verdadero agente del bautismo, es Cristo. El hombre es el receptor, para lo cual ha tenido que abrir el oído, doblegar el corazón, escuchar en espíritu de docilidad y obediencia y acudir a las aguas..., pero ha sido Cristo, el Señor, el que está realizando su obra esplendorosa. Ha sido Cristo en esa triple modalidad de su misterio pascual: muerte, sepultura, resurrección. La muerte y sepultura son acontecimientos que pertenecieron un día a nuestra historia, a nuestra intrahistoria, que ya pasaron, pero que están en el bautismo, porque somos incorporados a ellos.
        Un discurso análogo vale para explicar la óptica de Cuaresma. Si le ponemos a Cristo en el centro y en torno a él tratamos de explicar el acontecer anual de Cuaresma, entenderemos mejor lo que pasa dentro. y sobre todo apuntaremos con mayor exactitud a lo que es la verdad genuina de las cosas.
        Por aquí va la explicación mistagógica de la Cuaresma, explicación por la que queremos avanzar al paso de los domingos. Al abrir el Misal, vemos que no andamos descaminados. En el domingo primero oramos así en la oración colecta: Al celebrar un año más la santa Cuaresma concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo según su plenitud.
        Entender y vivir, ése es el objetivo. Penetrar el misterio con sabiduría interior, fundir la vida en él y proyectarlo.

Nota. El texto lo hemos tomado de nuestra obrita El camino cuaresmal (Colección Emaús, 9), publicada en el Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona 1994 y 1996, a la que remitimos al lector para la edición íntegra.
Para el inicio de Cuaresma puedes ver, con sus introducciones, estos himnos

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno! Gracias, me sacó de dudas y a la vez me informe.

Anónimo dijo...

Realmente excelente!!!
Muchísimas gracias por compartir de modo tan sencillo una verdad tan profunda. Gracias a ello tengo más "armas" para explicar en la catequesis estos misterios de nuestra fe.

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