sábado, 12 de marzo de 2011

22. Jesús tentado y vencedor del demonio



Domingo I de Cuaresma, ciclo A
Mt 4,1-11

Puede escucharse en audio
Hermanos:
1. Este año, para hablar de la Cuaresma, podemos referirnos a dos documentos, sencillos y límpidos, de singular autoridad, que nos dan la clave espiritual de este tiempo sagrado que precede a la Pascua: el camino cuaresmal. Me refiero al Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma de este año y a la catequesis al pueblo de Dios, dada igualmente por Benedicto XVI el Miércoles de Ceniza.
En los dos momentos el Papa habla del itinerario bautismal que seguimos los cristianos para llegar al monte santo de la Pascua, celebración cumbre del año, la fiesta de las fiestas. La noche pascual es la noche bautismal. Y los recién bautizados, que también podrían ser confirmados, acceden por primera vez a la Eucaristía. Bautismo, Confirmación, Eucaristía son los tres sacramentos de la iniciación cristiana.
Puedo decirlo con las palabras autorizadas del Santo Padre, según nos ha escrito en su mensaje: “En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia”.

2. Y ya que citamos al Santo Padre bueno será saber cómo vive el Papa la Cuaresma. La primera semana de Cuaresma el Papa y la Curia Romana hacen los Ejercicios espirituales, algo que nos puede hacer reflexionar a todos.
El primer domingo de Cuaresma todos los años se nos presenta a Jesús en el desierto; este año según el Evangelio de san Mateo. La primera frase del texto bíblico dice que Jesús (que acaba de ser bautizado y declarado por el Padre como Hijo amado) fue llevado por el Espíritu al desierto. Tenemos, pues, una clave de interpretación. Y en la misma frase se añade que fue llevado para ser tentado por el diablo; es la segunda clave de interpretación.
Un intelectual que leyera este pasaje, seguramente que diría: Este relato es un mito creado en torno a la vida de Jesús de Nazaret. No podemos aceptar como una descripción de la historia que Jesús fuera transportado por el demonio al alero del templo, ni que fuera llevado de repente a un monte altísimo, desde el que le puedan mostrar los reinos del mundo y su gloria.
A esta persona estudiosa, abierta a la cultura y a las expresiones religiosas de la humanidad, le podríamos recordar que cuando Juan Pablo II explicó los primeros capítulos del Génesis, donde están los relatos en torno al origen del hombre, del misterio del pecado y de la gracia, no tuvo inconveniente en aceptar la palabra “mito”, si la empleamos en el sentido noble de los intérpretes de la cultura.
Las tentaciones de Jesús nos presentan el combate del hombre con las fuerzas incontenibles del mal. Adán y Eva sucumben ante el mal, y hay algo inexplicable que pertenece a la herencia humana sin que sepamos cómo y por qué. Es algo tan inhumano, tan irracional que el pecado sea algo del componente humano, que la Sagrada Escritura, para explicar lo que está más allá de toda explicación, ha dicho que el mal entró desde fuera, por instigación del Malvado, del Demonio. Reflexionando sobre estos relatos que hoy leemos, el libro de la Sabiduría dice: “Dios no ha hecho la muerte…; no hay (en las criaturas del mundo) un veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra” (Sa 1,13-14). “Por envidia del diablo entró la muerte  en el mundo y la experimentan los de su bando” (2,24).

3. Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, porque allí ha de luchar contra ese por quien entró la muerte en el mundo, y lo ha de derrotar para acabar con su imperio.
Estaríamos fuera de las intenciones del evangelista, si quisiéramos hacer de las tenciones de Jesús una especie de paralelo de nuestras tentaciones, entendidas como luchas morales entre el placer y la virtud. Una interpretación moralizadora de las tentaciones de Jesús no da en la clave del texto y en esa magnitud sagrada que lleva consigo el texto.
Las tentaciones de Jesús se refieren tanto a Adán, tentado y caído en el paraíso, como al pueblo de Israel, peregrino en el desierto rumbo a la Tierra Prometida, tantas veces tentado e infiel.
Jesús es tentado y sale vencedor. Ahora bien, nos quedaríamos a medias si viéramos que ha salido del peligro y nada más, pero que el enemigo queda con la misma fuerza. Expliquémoslo.

4. Jesús no solamente sale airoso del peligro, sino que Jesús aplasta la cabeza al enemigo y lo deja fuera de combate; lo desarma, le arrebata su fuerza, lo aplasta y lo destruye.
Todas las escenas demoníacas del Evangelio – las expulsiones de demonios – están diciendo justamente esto: que el imperio de Satanás ha sido derrocado. Definitivamente Dios, por su Hijo amado, es el dueño de la situación humana; no hay un opositor antagónico, que tenga derecho o poder alguno.
El triunfo de Jesús queda proclamado en las palabras que él dice: “Al Señor, tu Dios, adorarás, y a él solo darás culto”. Triunfo de Jesús que nos anuncia el triunfo pascual, cuando concluye el Evangelio: “Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”.

5. Ahora bien, el ser humano – yo, discípulo de Jesús – estoy en lucha hasta la vuelta del Señor. El día de nuestra consagración bautismal, por labios de quienes nos trajeron a bautizar prometimos ser fieles a esta consagración a Jesucristo, permanecer en la lucha por el Evangelio.
Sobre este punto decía el Papa, explicando en sus catequesis del miércoles pasado, Miércoles de Ceniza, el significado bautismal de cada domingo. “El Primer Domingo, llamado Domingo de la tentación, porque presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valor la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre está de nuevo esta necesidad de la decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús. En este Domingo la Iglesia, tras haber oído el testimonio de los padrinos y catequistas, celebra la elección de aquellos que son admitidos a los Sacramentos Pascuales”.
6. Jesús nos enseñó a orar: “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Es una palabra clave del Señor para poder entender su tentación, y situar en la órbita de su vida nuestra propia tentación.
La tentación mayor del hombre es el peligro de la apostasía, el preferir cualquier otro poder, cualquier otro placer al poder de Dios y a la intimidad con Dios. Por eso la tentación de Adán está puesta bajo el signo de la desobediencia a Dios. Caer en la tentación es no obedecer a Dios y pasarse a la otra banda. En toda tentación, del género que sea, hay un oculto peligro de apostasía. Lo que está en juego es la obediencia, y, con otras palabras, el amor: no preferir a Dios y lanzarse en brazos de la criatura.

Hermanos, nacimos con una vocación divina y esa vocación es la pauta de nuestro destino. O Dios o su contrincante.
Solo Dios, solo Dios, solo Dios.
La Sagrada Escritura nos lo está diciendo desde el principio hasta el final. Y esta es la victoria de Cristo: Solo Dios, solo la obediencia a Dios, solo el amor de Dios.
 ¡Oh Jesús, vencedor en el desierto y en la Cruz,
oh Jesús, mi Vencedor y mi Victoria,
a ti toda la gloria, solo a ti! Amén.
        

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