martes, 15 de marzo de 2011

23. Jesús transfigurado. Mi Hijo amado: ¡escuchadlo!


(Domingo II de Cuaresma, año A
Mt 17,1-9)
Hermanos:
1. Si el primer domingo de Cuaresma era Jesús tentado, en la Montaña de la Cuarentena, el segundo – el contrapunto – es Jesús transfigurado, en el Monte de la Transfiguración. La tradición cristiana ha querido localizar este monte: el Monte Tabor, en Galilea. La tentación en el áspero desierto es el punto de partida; la gloria de la Transfiguración, primicias de la Pascua, es el punto de llegada. Juntando los dos puntos completamos el itinerario cristiano.
Pero recordamos el final del Evangelio de las tentaciones, porque allí, tras la victoria, ya amanecía la gloria del Señor. El último versículo decía: “Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían” (Mt 4,11). El servicio de los ángeles está indicando la superioridad de Jesús, como en su momento interpretará la Carta a los hebreos: “Adórenlo todos los ángeles de Dios” (Hb 1,6).
El Evangelio de hoy nos invita a contemplar esa realidad íntima y última en la que el ser de Jesús resplandece. La transfiguración es la emanación, la explosión de esa intimidad luminosa que envuelve a Jesús como verdadero Hijo de Dios, amado del Padre; no es un añadido a su gloria intrínseca. No es sino el descubrimiento, el desvelamiento, de su interioridad, que irradia en cuerpo y ornamentos y que embellece al mundo entero.

2. Sin apartar nuestros ojos de ese celestial icono, hemos de saber, que, haciendo el recorrido de la historia de la salvación, que Dios conducía en el Antiguo Testamento, este domingo es también el domingo de Abraham. A este propósito nos dice el Papa en la catequesis que nos impartía el Miércoles de Ceniza: “El Segundo Domingo es llamado de Abraham y de la Transfiguración. El Bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina; como Abraham, padre de los creyentes, también nosotros somos invitados a partir, a salir de nuestra tierra, a dejar las seguridades que nos hemos construido, para volver a poner nuestra confianza en Dios; la meta se entrevé en la transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en el que también nosotros nos convertimos en hijos de Dios”.
En los domingos de Cuaresma, al leer el Antiguo Testamento, vamos meditando en estos momentos miliares que jalonan la historia de Dios con sus hijos. En el primer domingo recordamos a Adán; en el segundo a Abraham; en el tercero a Moisés; en el cuarto, el pueblo en la tierra prometida; en el quinto a los Profetas.
¿Qué nos está diciendo la persona de Abraham (Génesis 12,1-4ª)? “Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”. Abraham, padre de los creyentes, es el ejemplo vivo y paradigmático para todos los que peregrinamos en la vida. “Por la fe obedeció Abraham a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adonde iba” (Hb 11,8).
Es la actitud de la criatura que se abandona a las manos de Dios. Si realmente Dios es protagonista, guía, pastor, eje y centro de mi vida, la actitud de Abraham es la única posible: Dios merece toda nuestra obediencia, todo nuestro amor, porque él es nuestro Creador y Padre.
3. Estos días acaba de ocurrir un hecho que a las pocas horas conmocionó a la humanidad entera: el terremoto de Japón, ocurrido el dia 11 de marzo a las 2, 46 minutos de la tarde. Dicen los expertos que este terremoto de 9 grados, cuyo epicentro fue en el Pacífico, a 130 km de la costa, “lo convirtió en el terremoto más potente sufrido en Japón hasta la fecha, así como el quinto más potente del mundo de todos los terremotos medidos hasta la fecha”. Añaden los expertos de la NASA “que el movimiento telúrico pudo haber movido la Isla Japonesa aproximadamente 2.4 metros, y alteró el eje terrestre en aproximadamente 10 centímetros” (Wikipedia). Al terremoto sigue el tsunami con olas de hasta 10 metros de altura, una avalancha que ha arrasado todo lo que ha encontrado al paso.
Las imágenes han llenado los informativos y todos hemos hablado del terremoto del Japón, de los muertos, de las familias que ya no tienen otra cosa que su propio cuerpo. Y nos hemos acordado de Haití y de Chile… Desde aquí nuestra solidaridad y oración.
Como creyente uno se pregunta: ¿Qué significa esto? ¿Qué está diciendo Dios? Echemos fuera una respuesta supersticiosa: es un castigo de Dios. No, hermanos, eso no es cierto.
Lo que sí es cierto que Dios se revela no solo por los Profetas y las Escritura, sino también por la historia y por la naturaleza. Y en este fenómeno de la naturaleza Dios está diciendo muy claro que Dios es Dios y el hombre es criatura. No es difícil enlazar una reflexión honda de este grandioso y pavoroso acontecimiento con pensamientos a los que nos invita la Cuaresma y la figura de Abraham, que se pone en manos de Dios.
¿Nos convenceremos de que Dios es el dueño del universo y que es insensato echarlo de nuestras vidas? La vida humana es sublime, pero es, al mismo tiempo, frágil como una flor. ¿Cuándo y dónde he de morir yo? No hay en el mundo nadie que sea capaz de responderme a esta pregunta, que afecta a las esencias de mi ser. Puedo morir víctima de un terremoto como esos hermanos míos de la familia humana, y puedo morir de la manera más tonta y absurda, atropellado por culpa de un conductor embriagado. En suma, no soy el poseedor y patrón de mi existencia. Dios, y solamente Dios, ese Dios grandioso, que infunde respeto y adoración, pero al mismo tiempo ese Dios íntimo y dulcísimo de mis coloquios, solamente Dios es el dueño de mi existencia.
4. Reflexionando sobre estas cosas podemos comprender mejor la actitud de Abraham, la actitud de Jesús.
Vayamos ahora con Jesús, vayamos con Pedro, Santiago y Juan, que fueron los tres elegidos por Jesús, los mismos a los que un día elegirá para la agonía en el Huerto de los Olivos.
Esta escena comienza con esta indicación: “Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto”. Seis días más tarde ¿de qué? De lo que acaba de contar el evangelista san Mateo: “…comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho allí por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte.” (Mt 16,21-22).
Pues bien, hermanos, seis días después… Jesús subió al monte a orar (así expresamente lo subrayará san Lucas); no fue a hacer una representación espiritual. Jesús fue a aceptar en humildad, en obediencia y amor, el plan de Dios, como en el Huerto de los Olivos. “Y de repente se aparecieron Moisés y Elías conversando con él”. ¿Por qué se aparecieron? Porque era el mundo interior que Jesús vivían; eran sus confidentes, los profetas de Dios, las santas Escrituras que Jesús llevaba no precisamente en su pensamiento como un doctor, sino en su corazón, pues eran vida de su vida. Y conversaban con él.
Pero hay alguien más importante que Moisés y Elías. Continúa el texto sagrado: “Todavía estaba hablando (Pedro, que quería retener esa felicidad celestial) cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo
El Espíritu de Dios estaba en aquella nube luminosa; y el Padre del cielo estaba en aquella voz. Habló Dios y en dos frases nos lo dijo todo, y más no necesitamos:
- Jesús era el Hijo amado de Dios, en quien tiene todas sus complacencias. Jesús es el cielo de Dios.
- Escuchadlo. Escuchadlo es lo mismo que “Obedecedlo”, seguid sus palabras, sed sus discípulos, acoged su Evangelio; nunca os apartéis de él.
El Padre – repito – nos lo ha dicho todo y no necesitamos tras cosa.
Pues hasta aquí hemos llegado, y más no podemos avanzar.  Todo el resto nos lo tiene que decir él, Jesús, en el fondo del corazón de una manera íntima y personal. Jesús es la Palabra verdadera del Padre; Jesús es el amor del Padre. Por eso, Jesús es el coloquio de mi vida. Yo, como cristiano, como discípulo, puedo decirle y le digo: ¡Jesús, háblame, que quiero escucharte! Y, aunque a veces, parece que no te hago caso, ten paciencia conmigo: no dejes de seguir hablándome. Tú eres la verdad y la vida; tú eres el que me amas.
Un día te he de ver cara a cara. He de contemplar tu infinita belleza, y entonces tú me habrás transfigurado. Amén. 
Como himnos para este domingo II de Cuaresma sobre la Transgiguración, puede verse: Aquel hombre que asciende a la montaña; Llega el Reino de Dios en ese rostro; Ha transido tu carne.

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