sábado, 19 de marzo de 2011

24. Meditación sobre san José



Hermanos:
1. San José es un santo distinto de todos. Es el más amable de todos. La amabilidad es algo que irradia de su persona, algo que envuelve todas las prerrogativas de esta maravilla. Es una figura del Evangelio que no existe por sí, sino existiendo en Jesús y junto a María. Su fiesta nos brinda esta oportunidad para sacar del corazón unos sencillos pensamientos, que no son otra cosa sino una meditación de los mismos Evangelios. Para hablar de san José no tenemos otra fuente directa que el texto de los Evangelio,s los tres primeros: Mateo, Marcos, Lucas, y también san Juan.
Acerquémonos a ellos y veamos unos rasgos esenciales que perfilan la figura de san José.
El año 1989 el Papa Juan Pablo II escribió una exhortación apostólica a todos los fieles católicos sobre la figura y misión de san Jose, titulada “Redemptoris custos”, El custodio del Redentor.
  La ocasión fue que el Papa con este documento quiso conmemorar los 100 años de la encíclica “Quamquam pluries” del Papa León XIII sobre la devoción a san José. A raíz de este documento el anciano Papa León XIII expidió otro documento (un motu proprio) pidiendo a los hogares cristianos que se consagraran a la Sagrada Familia de Nazaret, «ejemplo perfectísimo de la Sociedad doméstica, al mismo tiempo que modelo de toda virtud y de toda santidad».
   Juan Pablo II (a quien bien pronto llamaremos el Beato Juan Pablo II) exponía su magisterio en estos seis puntos: 
   1.    El marco evangélico en el que emerge la figura de san José.
   2.    El depositario del misterio de Dios.
   3.    El varón justo; el esposo.
   4.    El trabajo, expresión del amor.
   5.    El primado de la vida interior.
   6.    Patrono de la Iglesia de nuestro tiempo.

Vamos, pues, al Evangelio, de donde todo ha de partir. Y descubramos allí los rasgos esenciales de la revelación de la figura de san José.

2. El primer rasgo: José, Hijo de David. San Mateo abre su Evangelio con estas palabras: “Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Jesús entra en el mundo encuadrado en una genealogía. Jesús es judío, y viene al mundo en el cauce de la historia del pueblo elegido; aparece entre nosotros con sangre judía. Es hijo de Abraham, es hijo de David.
Para un lector de la Biblia esto es de suma importancia. Jesús no viene al mundo al azar; es fruto de una promesa. La profecía más importante del Antiguo Testamento es el oráculo de Natán a David, referido en el segundo libro de Samuel, capítulo 7, profecía que se toma como primera lectura en la misa de hoy. De la descendencia de David ha de venir el heredero.
Y el ángel de la Anunciación, el ángel Gabriel, dirá a María: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33).

3. El segundo rasgo de la figura de José es lo referente al matrimonio con María. El Hijo de Dios va a entrar en la tierra en el seno de un matrimonio. Pero su entrada es del todo especial. Jesús implanta en la tierra la misma figura que nos trae del misterio de Dios. Es Hijo de Dios, y al ser hijo humano, hijo de Adán, hijo de Abraham, hijo de David, se ha de ver que es hijo por obra del Espíritu Santo. Pero no es hijo de una mujer soltera; es hijo en el seno de un matrimonio, por un misterio virginal, atribuido al Espíritu Santo, cuya verdad aceptamos gozosamente, al mismo tiempo que confesamos que nos transciende.
José, al ver la humana evidencia en lo que en María ha acontecido, quiere retirarse de la santidad divina. No es digno el hombre de entrar en este santuario. El ángel le recuerda a José que  él, esposo de María, es hijo de David y que va a tener parte en este misterio. Es verdad lo que estás pensando – viene a decirle -; lo que acontece en María sobrepasa los cálculos humanos. Pero no tengas miedo; tú has sido elegido para que el Hijo de Dios venga al mundo en el cuadro de una familia. José recibe la misión de esposo y padre, con todo lo que este destino requiere.
José, según los Evangelios, entra en este halo de la divinidad.

4. El tercer rasgo evangélico de la figura de Jesús es éste: que él, al lado de María, recibe y toma parte actividad en los misterios de la infancia. José, en total silencio – de él no se conserva una sola palabra – es receptor y es parte activa de los misterios del nacimiento y de la infancia de Jesús. José está en la hora del nacimiento; José está en hora del homenaje que hace Israel con los pastores; José está presente cuando Simeón y Ana salen al encuentro de Jesús llevado al Templo; y está presente en la consagración del Jesús como primogénito.
Luego san Lucas hablará de la primera visita de Jesús en la peregrinación pascual a los doce años (suponemos que cuando el niño comienza a ser hijo del precepto, bar mitzvá, como dice la tradición de Israel) subió al templo. “Sus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre…”. Subieron con el hijo, que por primera vez hacía esta peregrinación.
El exegeta, ante cualquiera de estos datos tiene mucho que investigar, porque hay vetas de teología. No ha sido la biografía lo que ha configurado la persona y semblanza de José, sino la revelación que emana de la Escritura, la teología. Los místicos tiene mucho que decir acerca de san José, partiendo, claro está, de las santas Escritura.
En cierta ocasión, morando en Jerusalén en tiempo de mis estudios, escuché en un grupo ecuménico – y el que hablaba no era católico – un comentario de “lectio divina” acerca de san José. El hermano, glosando aquella frase de “tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”, nos dijo: De José no ha quedado ninguna palabra en los Evangelios, pero una palabra cierto que sabemos: que él dijo "Jesús", pues el ángel del Señor le da esta misión de poner nombre al hijo.  Lo expresó con verdadera unción espiritual y penetrando un sentido misterioso. Esto provocó en mí un himno que ahora me place recordar, después de muchos años (20 diciembre 1986).
Varón de quien sabemos
tan solo una palabra;
tus labios la dijeron,
tras ellas te ocultabas,
                JESÚS,
la senda de Abraham
allí desembocaba.

José que fuiste justo,
perfecto en la Alianza,
tu dicha fue el silencio,
Jesús tu sola fama,
                JESÚS,
Jesús el Salvador,
promesa a los patriarcas.

Varón de las congojas
al ver que Dios obraba,
no temas la luz pura
que el Hijo en torno irradia,
                JESÚS,
Jesús te acoge a ti,
te invita a su Morada.

José, el esposo fiel,
de Virgen toda santa,
ternura de marido,
mujer bien custodiada,
                JESÚS,
Jesús vivido en medio,
amor que os enlazaba.

Jesús que te servía
contigo el pan sudaba,
si tú le protegías
él era quien salvaba,
                JESÚS,
Jesús el Emanuel,
la gracia y la esperanza.

¡Bendito el Dios amante,
venido a nuestra raza,
del cielo hasta nosotros,
llegó por sangre humana,
                JESÚS,
Jesús el bendecido,
a quien José cuidaba! Amén.

5. Finalmente los Evangelios nos suministran un cuarto rasgo, este referido a la vida pública de Jesús. Fijémonos en el Evangelio de san Juan. “Felipe se encuentra con Natanael y le dice: « Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1,45).
Y cuando el discurso del pan de vida. “Y decían: « ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo? »” (Jn 6,42).
Es un sumo honor para san José que Jesús en la vida pública también hubiera sido identificado como “Jesús, hijo de José”; y en otros textos “el carpintero” (Mc 6,3), o “el hijo del carpintero” (Mt 13,55).

Concluyo: La figura de san José ahí está, en los cuatros Evangelios, nunca por sí solo, siempre en relación con Jesús, Hijo de Dios, y con María, esposa de José.
El silencio del Espíritu nos adentrará en estos admirables misterios de la Encarnación.

Para la fiesta de san José puede verse también este himno. José bendito, flor de los varones. El himno que hemos citado: Varón de quien sabemos.

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