domingo, 20 de marzo de 2011

25. Jesús da a la Samaritana el agua viva


Domingo III de Cuaresma, ciclo A,
Jn 4,5-42
Hermanos:

1. ¡Jesús y la Samaritana! Esta mujer, que después que Juan escribió tal escena ha conquistado amores infinitos, ¿cómo se llama? Quisiéramos ponerle un nombre bello, poético incluso, digno del Cantar de los cantares. Mas no tiene nombre; esa mujer eres tú, esa mujer felizmente soy yo. Se trata del encuentro con Jesús: la sedienta, que quizás no sabe de qué tiene sed, ha encontrado al sediento. La que en la vida iba buscando ha encontrado al Buscador, porque Dios, el primero, la iba buscando.
Sí, hermanos, es una escena celestial este pasaje del Evangelio, escrito para enamorados, un encuentro cuajado de poesía y de una íntima belleza.
La liturgia cuaresmal escucha el episodio como una catequesis bautismal: el agua viva que Cristo nos da en el bautismo; catequesis que se continuará, igualmente con significado bautismal, en los dos domingos sucesivos: la luz y la vida, el ciego de nacimiento iluminado, el muerto Lázaro resucitado.
Pero digamos con la misma lealtad que la aplicación bautismal no agota, en modo alguno, el significado de este tan atractivo episodio escénico entre Jesús y la Mujer, que nos evoca el Cantar de los cantares. De hecho, la vida entera de Jesús se esconde tras la escena, donde se besan el Antiguo y el Nuevo Testamento. La mujer ha pasado tras la espera mesiánica del Antiguo Testamento a la contemplación del Mesías en Jesús.
En suma, un episodio para escucharlo y luego para rumiarlo en contemplación, conducidos por donde el Espíritu nos lleve. Digamos algo que brota de él, sabedores de lo que dice un santo doctor, el diácono san Efrén de Siria: Cuando te acercas a esta fuente y bebes, es mucho más lo que dejas que lo que te llevas. El Evangelio, hermanos, es una fuente manante, que nunca se agota, que a todos sacia.

2. Estamos en tierras de Samaria, cuando Jesús camina de Judea a Galilea. Allí hay un poco, un manantial de honda profundidad (unos 32 metros). Como en la región no hay otro de tales características, no es aventurado que los arqueólogos de Tierra Santa, digan: Este es el pozo de Jacob; este es el pozo de Jesús, hoy venerado y custodiado en el interior de una iglesia ortodoxa.
Un manantial sugiere tanto…
Jesús entra, el primero, y pide:
- Dame de beber.
Están solos él y ella.
La mujer, esquiva, recelosa, con cierta insidia femenina y haciéndose valer, le devuelve la pregunta:
- ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
No sé quién de vosotros, hermanos, ha entrado en una capilla de las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, Beata Teresa de Calcuta. Allí verá un crucifijo, y junto una frase escrita, a lo mejor, en inglés: Tengo sed, I thirst. Es la palabra de Jesús en la Cruz, de la cual nació el instituto maravilloso de la Madre Teresa, la Madre de los pobres. Es la misma palabra de Jesús: Tengo sed; dame de beber.
Y de esta palabra nació la gran confesión con la que queda coronado este relato: “Verdaderamente este es el Salvador del mundo”.
Quizás la vida comienza con una pregunta, hermanos, para terminar con una afirmación apoteósica; y quizás mi vida esté entre la búsqueda suplicante y el hallazgo que todavía no se ha producido.

3. Se ha iniciado un diálogo, en el cual Jesús acaba de decir:
“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘Dame de beber’, acaso tú el pedirías a él...”
¿Qué será, pues, el don de Dios, que Jesús conoce y la mujer no conoce? ¿Dónde está y adónde habrá que ir a buscarlo?
Eminentes exegetas, con agudeza, nos responden: No hace falta salir de la frase, para saber quién es y dónde está ese don de Dios, porque Jesús lo está diciendo con una partícula que introduce una frase explicativa, con un “y” que lo dice todo. Quién es el don de Dios y quién es el que te dice… no son dos cosas distintas, sino la misma. Si conocieras el don de Dios, a saber, quién es el que te dice ‘Dame de beber’.
Efectivamente, Jesús es el don de Dios, y en este don se contienen todos los dones. Luego hablará Jesús de un agua viva, que no es el agua del pozo, pero que es un agua que él puede dar. Del don de Dios viene el agua viva. El que posee el don de Jesús posee todos los dones, porque en él está la plenitud de Dios.
Esta agua que Jesús da es la fe, es la gracia, es el Espíritu Santo. Tantos matices se pueden ver ahí… En todo caso, es un agua viva, un agua manante, no un agua estancada; es un agua que brota como un surtidor, y que es vida eterna, que salta hasta ser vida eterna.

4. ¿Se nos ha ocurrido pensar, hermanos, que esta agua viva, origen de la nueva vida se nos ha dado en el bautismo? Allí se nos dio, mas no para que quede estancada – que el agua estancada se pudre – sino para que salte, para que corra, refresque, riegue el jardín y produzca flores y frutos. Ya dijimos que la Iglesia toma este Evangelio como catequesis bautismal. Por ello el Papa nos explica, y nos decía el Miércoles de Ceniza:
“El Tercer Domingo nos hace encontrar a la Samaritana (cfr Jn 4,5-42). Como Israel en el Éxodo, también nosotros en el Bautismo hemos recibido el agua que salva; Jesús, como dice a la Samaritana, tiene un agua de vida, que extingue toda sed; y esta agua es su mismo Espíritu. La Iglesia en este Domingo celebra el primer escrutinio de los catecúmenos y durante la semana les entrega el Símbolo: la Profesión de la fe, el Credo”.

5. Avanza el diálogo y salen otras cuestiones de puntos diversos que, al fin, nos remiten al centro de la vida: Qué espera Dios del hombre, si efectivamente admitimos que Dios es el horizonte del hombre.
- Señor, dame esa agua – le dice la mujer.
- Anda, llama a tu marido y vuelve.
- No tengo marido.
- Tienes razón que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido.
Acaso Jesús le esté descubriendo su pasado, para que piense; o acaso le está invitando a pensar en otra cosa. Cinco ídolos, cinco falsos maridos, traídos de Asiria fueron venerados en Samaria, pero ahora tampoco el culto que dais en el monte Garizim es el verdadero: es otro falso marido que no puede saciar el amor que busca la mujer. Una interpretación sutil y simbólica que tampoco se puede descartar.
En todo caso, entra la mujer en la cuestión esencial: dónde hay que adorar a Dios y cómo.
Y Jesús de modo amable, grave y solemne, le dice a la mujer:
- Créeme, mujer, ha llegado la hora – y ya estamos en ella – en que los verdaderos adores adorarán al Padre en espíritu y verdad.
- Sé que va a venir el Mesías y él nos lo enseñará todo.
- Yo soy, el que habla contigo.

6. Así se hizo el encuentro, y ¿qué pasó…? Uno cierra los ojos para recoger la revelación sublime de aquel momento. O mejor, uno siente que al estremecimiento de esta palabra he encontrado a Jesús.
Lo que yo iba buscando ya lo tengo dentro.
Si ocurre este encuentro, ya no me importan mis pecados. Desaparecieron los cinco maridos. Jesús, y solo Jesús, es el tesoro de mi vida, es mi hallazgo definitivo, es mi marido, es mi amor.
Jesús ha venido a mi encuentro, ha entrado dentro de mí, y en mí está y en él lo tengo todo. Ya no quiero otra cosa.
Hermanos, esto es la Cuaresma: es el encuentro con Jesús.
¡Qué belleza! ¡Qué infinitamente bello es haberse encontrado con Jesús! Es lo más grande que nos puede ocurrir en esta vida.
Quien encuentra a Dios, quien halla a Jesús, se ha metido en el rumbo de la felicidad.
Hermanos, Jesús está junto al pozo, sentado, cansado del camino, y de su corazón sale una voz:
- Dame de beber.
Y sus ojos se me han quedado mirando y me dice:
- Dame de beber.
- Hijo mío, dame de beber…

Amén.

Himnos para orar con el Evangelio de la Samaritana: Agua del pozo quisiera

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