lunes, 21 de marzo de 2011

26. Anunciación, consagración


Anunciación, consagración
(Meditación en torno a la Anunciación del Señor
a María: consagración)


Hermanos:
1. El 25 de marzo celebra la Iglesia la solemnidad de la Anunciación del Señor, en correspondencia con la fecha de la Natividad del Señor, 25 de diciembre. La Anunciación es una de las cuatro fiestas pilares que anualmente celebra la Iglesia recordando el misterio de la Virgen María, unido al del Señor, pues de otro modo María, sin Jesús, desaparece. Por orden del ciclo litúrgico anual son éstas:
- La Concepción inmaculada de María (8 de diciembre).
- Santa María, Madre de Dios (1 de enero, octava de Navidad).
- La Anunciación del Señor (25 de marzo).
- La Asunción de María a los cielos (15 de agosto).
Para completar el calendario mariano vendrían, en segundo lugar, las conmemoraciones unidas a recuerdos evangélicos: la Visitación de María, María al pie de la Cruz…
Una tercera categoría de fiestas marianas son los títulos devocionales (Virgen del Carmen, por ejemplo), advocaciones  de lugar (ahí está la Virgen del Pilar, de Guadalupe, de Montserrat…) o adheridas a otros motivos como apariciones célebres (El Tepeyac, Virgen de Lourdes, Virgen de Fátima). Con tantos recuerdos la Virgen cubre, como con un manto de estrella, la familia congregada en la Iglesia.
El episodio evangélico de la Anunciación es central y ha sido un manantial inexhausto de belleza, de amor y de contemplación… y de éxtasis. Tráigase a la memoria, por ejemplo, una de las Anunciaciones de Fra Angélico, imágenes que él pintó al fresco para la devoción de sus hermanos. ¿Cómo se podría pintar así a la Virgen si no se tuviera el corazón transido de pureza y de amor? Por eso, los cuadros de Fra Angélico fueron testigos de primera categoría el día en que el Papa Juan Pablo II reconoció al eximio pintor renacentista como Beato Angélico de Fiésole.
Vayamos, pues, hoy con el ángel Gabriel “a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre de la casa de David; el nombre de la virgen era María…”

2. Estamos leyendo, como bien sabéis, el capítulo primero del Evangelio de san Lucas, el capítulo de la Infancia que narra estos misterios celestiales: cómo entró el Hijo de Dios en el mundo. Los escritores no raramente redactan la primera página de su libro al final de toda su obra, y por ello esa página primera es de especial densidad. Un estudioso de las santas Escritura nos dirá que el Evangelio de la Infancia no es lo primero, sino posiblemente lo último, lo que se escribió al final en los años en que se fue creando la tradición de los Evangelios. Por eso estos Evangelios de la Infancia (san Mateo y san Lucas) están repletos de sentido.
Habrá que ir seguramente a las cartas del apóstol Pablo para ver los albores de la mariología. “Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Ga 4,4). Este pasaje de Gálatas ¿es acaso el primer texto escrito sobre la Madre de Jesús, sin mencionar su nombre de María…? En todo caso no es desatinado pensar que esta confesión central está escrita antes que Lucas nos transmitiera el relato de la Anunciación.
San Pablo presenta el misterio de María en el seno de la Trinidad, con la mención del Padre, del Hijo y del Espíritu, y en la plenitud del tiempo. Ese es el foco de toda la mariología: la Trinidad, de donde nace la Iglesia, y la plenitud de los tiempos en la historia de Dios. Ahí se sitúa el documento del Concilio que nos habla de la Virgen (Lumen gentium) y ahí mismo se sitúa, como punto de partida, la encíclica mariana de Juan Pablo II, Redemptoris mater. Y ahí nos situamos nosotros, junto con Pablo: la Mujer por la que el Hijo vino al mundo enviado por el Padre y por la acción del Espíritu Santo, está encuadrada en el marco de la Trinidad que se nos revela, y está en el gozne de la historia, en el inicio de la plenitud de los tiempos.

3. Con esta teología leemos con una luz transparente lo que Lucas nos ha escrito. La embajada celestial viene como envío del Padre: “el ángel Gabriel fue enviado por Dios”.
¿Adónde y a quién viene? Vine a una humilde aldea, Nazaret; viene a una virgen desposada con José, el cual, anota el evangelista, era de la casa de David. Viene pues Dios a la Casa de David.
El mensajero trae un saludo de parte del Padre. El ángel desborda sus palabras sobre la humilde virgen Nazarena. No es lo que él piensa, es lo que piensa Dios. “El Señor está contigo”; es la llena de gracia. El corazón de Dios se ha volcado sobre ella.
El ángel trae un mensaje: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo”; y añade: “y le llamarás Jesús”.
Nunca en toda la Escritura se había dicho tal cosa, algo tan absolutamente nuevo, tan verdadero, tan divino y humano.
Dios quiso que en la Encarnación se hiciera con el consentimiento libre de una mujer, criatura frágil y falible, pero prevenida por el Espíritu Santo. María aceptó, y definitivamente pasó de un modo único a la órbita de la Trinidad. María, fecundada por el Espíritu Santo, iba a ser la Madre del Hijo de Dios, la Madre de la nueva humanidad. Y hoy, nosotros que evocamos estos recuerdos, podemos decir, en consecuencia: nuestra Madre, mi Madre.

4. Detengámonos en la propuesta que el ángel ha presentado.
“Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la Casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.
El Hijo que se le entrega viene por el cauce de la Casa de David, el cual está dentro de la Casa de Jacob; pero, a la verdad, el don rebosa todas las promesas. La Casa de David, la Casa de Jacob se convierte en la Casa del mundo. María recibe a Jesús en su seno, que es la Casa del Mundo, y por ella nos viene la vida.
La respuesta de María la conocemos: “He aquí la esclava del Señor; hágase en  mí según tu palabra”.
En aquel momento Dios la consagró para sí y María con plena voluntad aceptó esta consagración. Empezaba la historia definitiva del mundo. Yo también estaba en aquella historia; yo también estaba en el seno de la Virgen María, que es la Casa del Mundo.

5. Y hoy, 25 de marzo, recordamos, celebramos, agradecemos. En este misterio divino ¿cómo nos situamos? Como se situó María. Dios nos consagra para sí, y quiere que respondamos con las palabras de la humilde doncella: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Nos consagramos a Dios, es decir, renovamos la consagración que Dios nos hizo en el bautismo. La Trinidad se hizo morada y presencia. Somos de Dios, no porque nosotros nos hayamos entregado a Él, sino porque Él se entregó a nosotros y nos apropió a sí mismo. Esto es la raíz y la esencia de la vida cristiana.

6. Y ¿no podemos consagrarnos a María? Sí, hablando con el lenguaje habitual, un lenguaje derivado, acomodado. Pero tengamos presente que la consagración es supremo acto de religión y solo puede terminar en Dios. Yo no puedo consagrarme a ninguna criatura.
Pero yo sí puedo confiarme a María, ponerme en manos de María, para que a su lado mi vida se recoja en Dios, esté toda ella vuelta a Dios, unida a Dios, y pueda yo vivir la consagración que Dios me hizo para sí.
Es lo que hoy gozosamente hacemos.
María Madre mía, Madre de Jesús, Madre del Mesías, Madre del Verbo Encarnado, recíbeme en tus brazos, junto a tu corazón, para que mi ser entero esté del todo consagrado a Dios.
Amén.

Para la oración pueden verse estos himnos de la Anunciacióin a María: La esclava del amor ha dicho sí, El Padre ha originado la Palabra, En la mañana del mundo, María de Nazaret, María, eres silencio.

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