lunes, 28 de marzo de 2011

27. El ciego iluminado


Domingo IV de Cuaresma, ciclo A,
Jn 9
Hermanos:

1. Hoy es el domingo de “El ciego iluminado”. Mejor: Puesto que el sujeto protagonista de este bello y trágico drama no es el ciego, sino el Creador de la luz, Jesús de Nazaret, diremos: Domingo IV de Cuaresma, Domingo del Iluminador. Jesús ilumina a un ciego, un ciego de nacimiento que nunca supo lo que es la luz.
Para él fue el acto de la creación del mundo, cuando Dios pronunció la primera palabra sobre el mundo: “Dijo Dios: Exista la luz. Y la luz existió”. Es el versículo tercero de la Biblia. Así comenzó el mundo.
El universo empezó en la luz, y todo ser que nace empieza en la luz. En el seno materno la criatura vivía en la oscuridad, pero al salir de la placenta materna este niño o esta niña – no sé en qué minuto exacto de su vida – va abrir los ojitos y va a recibir este regalo inmenso del Señor: la luz. Para aquel ciego de nacimiento tener la luz, que nunca había tenido, fue comenzar a vivir.
Lo que ocurre es que aquel ciego de nacimiento, al recibir la luz de los ojos recibió también la luz de su alma: creyó en Jesús. Tantas cosas bellas nos dice y nos sugiere este evangelio lleno de drama, de pasión y de fe…

2. Aprendí, al estudiar la Sagrada Escritura que “las ciencias se interfecundan”; así nos decía un ilustre profesor. Si un literato viene a leer esta página sagrada del ciego de nacimiento, capítulo 9 de san Juan, al punto exclama: ¡Qué belleza! ¡Qué rico material para construir las escenas de un drama que ya nos la ha construido el Evangelio del discípulo amado! No hace falta sino recorrer con atención la secuencia del relato que va fluyendo, y conforme van apareciendo los personajes vamos haciendo los cortes de la trama, que tiene un planteamiento, un desarrollo y un  desenlace. He aquí ocho escenas:
Primero, un evento puramente circunstancial, un ciego en Jerusalén, y una pregunta: Maestro ¿quién pecó: este o sus padres para que naciese ciego?
Segundo, la escena que sigue, la curación con un rito sagrado: la saliva, el barro del polvo sobre los ojos, que evoca la creación del primer hombre, el lavatorio en la piscina de Siloé. ¿Cómo no pensar en la piscina bautismal, y en nuestro bautismo?
Tercero: El ciego ante los vecinos. ¿Es verdad o no es verdad? ¿Eres tú o eres otro? ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha hecho? ¿Dónde está?
Cuarta escena: El ciego y los fariseos con la circunstancia de que aquel día era sábado… y no se podía hacer barro; no se podía trabajar, no se podía hacer curaciones no urgentes. La cosa va en serio. Explícate porque el que obra así es un pecador. ¿Qué dices tú? Pues que es un profeta.
Quinta escena: El asunto se agrava. Los fariseos llaman a tribunal a los padres. ¿Era ciego no era ciego? “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo ve ahora no lo sabemos… ya es mayor; preguntádselo a él”
Sexta escena: El ciego y el tribual fariseo: “Da gloria a Dios…; ese hombre es un pecador. Y lo expulsaron”.
Séptima escena: Jesús y el ciego iluminado: “¿Crees tú en el Hijo del hombre? Creo, Señor”
Octava escena: El desenlace, Jesús, los fariseos y el mundo. “Para un juicio he venido yo a este mundo: para los que no ven, vean y los que ven, se queden ciegos”.
La literatura dramática tiene aquí un material dispuesto para componer una tragedia divino-humana: la lucha de la luz y de la oscuridad. Si la oscuridad se rinde, la luz la invade y la convierte en luz. Es el triunfo de la luz. Pero si la oscuridad se cierra sobre sí misma, se hace más oscuridad. Y detrás de la oscuridad solo puede haber muerte; al contrario, detrás de la luz solo hay vida. Si el antiguo proverbio dice tque no hay peor sordo que el que no quiero oír, uno sabe que con también los ojos abiertos el que no quiere ver... no ve.

3. ¿Quién es un cristiano? Un hijo de la luz, un iluminado, el luminoso, el que pasa por la vida bañado en la luz divina y despidiendo luz.
San Pablo nos dice en el mensaje bautismal de hoy: “Antes sí erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. …Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef 5,8.14)
Recordemos, hermanos, ese emotivo rito bautismal, del cual somos tantísimas veces testigos los sacerdotes. Cuando los padres traen a su niño o a su niña a bautizar, suelen traer una concha marina (al menos aquí, en México) con la cual el sacerdote va a derramar el agua sobre la cabecita de la criatura diciendo “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; y traen también un Cirio, hermosamente decorado, que se prende del Cirio pascual. Y el sacerdote o el diácono que acabar de verter el agua, dice, entregándoles a los padres, padrinos o a algún miembro de la familia el cirio que han de prender en el Cirio pascual: “Reciban la luz de Cristo”.
Luego se dirige a los padres y padrinos: “A ustedes, padres y padrinos, se les confía el cuidado de esta luz, a fin de que estos niños que han sido iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz y, perseverando en la fe, puedan salir al encuentro del Señor, con todos los santos, cuando venga al final de los tiempos”

4. Yo soy hijo de la luz; es mi identidad bautismal y mi vocación en el camino de la vida. La luz infunde bienestar, irradia alegría, construye  seguridad y crea comunidad. Por otra parte es la suprema experiencia de belleza que en la tierra alcanza el ser creado, y de ella vienen todos los colores y nacen todos los matices de la vida. “Dios es luz y en el él no hay tiniebla alguna”, nos dirá san Juan en su primera carta. Una afirmación soberana, que nos subyuga, y que es equivalente a aquella otra del mismo testigo sagrado de Jesús: “Dios es amor”.
Necesitamos regresar, queridos hermanos, al día de nuestro nacimiento. Pudo ser cualquier día del año aquel día en que nos cristianaron. Nuestros mayores querían que fuese al día siguiente en que abrimos ojos a este mundo; hoy la liturgia da algunas indicaciones sobre los días más oportunos para bautizar, salvando el principio de que cuanto antes mejor. Aquel día Jesús, luz del mundo, luz de la vida, nos traspasó la claridad que bulle en su corazón, para que nosotros en medio de nuestros hermanos fuéramos luz.
Humildemente debemos asumir el peso gozoso de esta vocación, que no está ligada a ninguna jerarquía, a ningún mandato o comisión que se nos hubiera dado, a ninguna condición de nuestras dotes superiores. Todos hemos sigo llamados, cuando Dios nos puso en este mundo, a ser luz. Y somos luz con dos testimonios:
Primero, porque nuestra vida resplandece, brilla desde dentro por sí sola, y a quien tenga los ojos abiertos a la luz nuestra humilde vida cristiana le dará seguridad y paz.
Y también somos llamados a ser luz, porque por nuestra familiaridad con las cosas de Dios, podemos dar un buen consejo a los que vienen detrás, o a quien sencillamente espera una palabra.

5. Las cosas que vamos diciendo son una mera ráfaga o destello que emana de este Evangelio que tanto nos sugiere, en esa confrontación de la fe y de la incredulidad.
El punto cenital es ese punto de encuentro entre el cielo iluminado y el Hijo del hombre. Fue en el Templo. Jesús había desaparecido entre la multitud. Acaso el Evangelio sugiere que fue Jesús a encontrarlo cuando supo que lo había expulsaron. Lo habían excomulgado de la Sinagoga; no era digno de ser contado este hombre entre los hijos de Israel. Jesús se le hizo encontradizo en el área del Templo, en uno de aquellos pórticos por donde podía pasear la gente. Y aquí sucede exactamente igual a lo que sucedió junto al pozo de Jacob, cuando Jesús y la Samaritana se encontraron, según recordamos el domingo pasado. Nosotros, hermanos, estamos hechos para el encuentro; en este caso para el encuentro de la fe.
Si hemos encontrado a Jesús – o, dicho de otra manera, si hemos sido encontrados por él, y hemos aceptado el encuentro – nuestra vida alcanza su pleno sentido, hemos hallado la luz; mientras tanto no. Un filósofo, que hoy está en vías de beatificación, Emmanuel Mounier (1905-1950), escribió en su Diario lo que fue el encuentro con el amor de su vida, su mujer creyente y fiel, como él, a su medida, encuentro en la estación del tren. Era como un camino que, sin buscarlo, Dios se lo ponía delante, y él lo aceptaba en el gozo de un encuentro: “…Este camino. Que no en va absoluto hacia donde quiero o hacia donde no quiero, un camino que no está en nosotros…”.
La fe, hermanos, es el camino de Dios, pero el hombre tiene que ser humilde. Porque sin humildad Dios no puede poner fe.
¡Jesús, Jesús…, encuéntrame y ríndeme ante tu divino encuentro!
Yo quiero la luz, tu luz. Yo creo en ti. Amén.

Para orar con este Evangelio puede verse: Del seno de su madre, ciego oscuro.

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