miércoles, 6 de abril de 2011

28. Yo soy la resurrección y la vida


Domingo V de Cuaresma, ciclo A
Jn 11,1-45

Hermanos:

1. Comencemos recordando que el Evangelio de la Resurrección de Lázaro es la tercera gran catequesis bautismal que la Iglesia brinda hoy a los catecúmenos que en Pascua van a recibir las aguas vivificantes y van a pasar de la muerte a la vida. Jesús da el agua viva que se hace dentro un manantial que salta hasta la vida eterna (la Samaritana); Jesús es la luz de Dios, luz que da la hermosura a este mundo y me abre la ruta de mi vida (ciego de nacimiento); Jesús es la vida inmortal, mi vida, mi anhelo infinito (Evangelio de hoy, resurrección de Lázaro).
Podemos tomar como palabra central de este Evangelio la solemne proclamación que hace Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”, y la interpelación de fe que hace a Marta: “¿Crees esto?”.
En estas dos frases se ha centrado el Papa, cuando en el Mensaje para Cuaresma que en su momento dirigió a los fieles, nos dice:
“Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza”.

2. El ser humano se debate entre la muerte y la vida. Le rodea la muerte, que es una amenaza constante de destrucción, mientras que uno siente la llamada a la vida como llamada del ser.
¿Qué es la resurrección? Acaso nos parezca que acertamos respondiendo del modo más simple: “Resucitar es volver a la vida”. No es verdad, hermanos. Resucitar no es “volver” a la vida, sino “ir” a la vida, avanzar adelante en el destino final de plenitud. Volver a la vida para otra vez morir, esa reviviscenica no sería resucitar, sino retrasar la muerte. Si siempre hemos de estar en trance de muerte, eso es un suplicio eterno. La resurrección verdadera no puede ser una marcha atrás, sino una marcha hacia adelante.
Cuando Jesús resucitó no volvió a la vida de antes, no cogió su cuerpo en el estado de antes, que como materia está destinada a la corrupción; al contrario, siguió el camino de la vida hasta el final. La semilla arrojada en el surco no volvió a ser semilla sino que floreció como árbol de vida inmortal, por decirlo también con una comparación de este mundo.

3. En el Evangelio encontramos tres milagros de Jesús que llamamos “resurrección”: la resurrección del hijo de la viuda de Naím, cuando lo sacaban del pueblo y lo llevaban a enterrar, según cuenta Lucas (Lc 7,11-17), la resurrección de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, que refieren los tres sinópticos (Mt 9,18-26; Mc 5,21-43; Lc 8,40-56), niña de 12 años que acababa de morir; y la resurrección de Lázaro, que acabamos de proclamar.
¿Qué es realmente la muerte? Una respuesta provisional la tienen los médicos. Morir es dejar de respirar; así ha sido la experiencia milenaria. Hoy se dice que la muerte se establece en el cerebro, cuando las células dejan de emitir sus radiaciones; esa muerte cerebral es la muerte médica. Un encefalograma plano es signo de que la vida ha dejado de latir; ya no hay vida.
Un cristiano puede decir que morir es pasar a la eternidad e iniciar el destino eterno. Si esto es la muerte, una marcha adelante para siempre, las resurrecciones narradas en el Evangelio no pueden concebirse como un arrancar a las personas del destino eterno, ya conseguido, y hacerles repetir el camino de nuestra peregrinación.
En este encuentro de la ciencia y la fe, a la ciencia le otorgamos sus derechos, y a la fe, que excede el mismo conocimiento, le damos los suyos.
En la historia salvífica, el poder desbordante de Dios se manifiesta en sus siervos también mediante la resurrección de muertos. El profeta Elías resucita al hijo de la viuda de Sarepta (1Re 17,17-24), y cosa semejante hará su discípulo Eliseo con el hijo de la mujer sunamita (2Re 4,35-37). Y en el Nuevo Testamento Pedro resucita en Jafa a una discípula llamada Tabita (Hech 9,40); y en Tróade Pablo devuelve al vida al joven Eutico que, mientras escuchaba a Pablo cayó de la ventana y murió, si bien Pablo dijo: “No os inquietéis. Todavía sigue con vida” (Hch 20,10).
Estos episodios del Nuevo Testamento responden, sin duda, al mandato que el Señor da en el envío a los apóstoles: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido; dad gratis” (Mt 10,8).
Y con este anuncio mesiánico el mismo Jesús ha respondido a los enviados del Bautista: “Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt 11,5).
El científico que quiera discutir, desde el plano de la ciencia, todas las implicaciones de la resurrección de los muertos, tiene que partir del carácter teológico de estos relatos, que en ningún caso quieren dar una prueba de laboratorio.
4. Hermanos, cuando Jesús dice “Yo soy la resurrección” se dirige a Marta, se dirige a la Iglesia, se dirige a mí. Jesús no habla de ciencias de la naturaleza. Habla de la integridad y del destino del hombre. Cuántas veces los sacerdotes hemos recordado estas palabras ante un cadáver. Oigámosle:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirḠy el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.
Jesús me está hablando de mi muerte, de su vida y de la participación que yo puedo tener de su vida, y que por la misericordia infinita del Padre, voy a tener.
Nadie puede pensar en la muerte haciéndose el valiente; nadie puede mirar a la muerte como un fanfarrón, despreciándola, como si fuese cosa broma, de juego o de chiste. Morir no es tomar una copa y seguir adelante. Morir es afrontar la eternidad y abrir las muertas de la inmortalidad.
Hemos nacido para la vida y la inmortalidad; hemos nacido para la gloria y el amor; hemos nacido para la felicidad sin fin, la cual no puede medirse con ninguna experiencia de este mundo.
Jesús nos garantiza solemnemente que esto es verdad, y añade y concreta que él es “la resurrección y la vida”. Definitivamente Jesús es mi vida y mi resurrección.
Más aún, esta es la verdad radial de nuestra fe cristiana. Será la meditación constante de la Pascua, cuando entremos a gozar, en esperanza, de la vida plena que tenemos en Jesús.

5. Los profetas intuyeron, pero no pudieron darnos la vida que nos da Jesús. Leemos hoy el anuncio de Ezequiel, cuando Dios habla: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos… Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis” (Ez 37,12.14).
Concluyamos con la soberana afirmación de san Pablo: “Y si el Espíritu de quien resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11).
Hermanos, esta es nuestra esperanza: la resurrección y la vida. Amén.
Sobre el evangelio de hoy puede verse como cántico de comunión Yo soy la resurrección - También puede verse un poema compuesto para la fiesta de santa Marta: Sed bienvenida Alegría.

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