lunes, 11 de abril de 2011

29. Jesús entra en Jerusalén rumbo a la Pascua


Meditación sobre Mt 21,1-11
Hermanos:

1. Quienes hemos tenido la gracia de vivir un tiempo suficientemente largo en Jerusalén, guardamos dentro del corazón, con especial ternura, el recuerdo de las procesión de las palmas, que dura (apelando a mi memoria) como dos horas y media. Se hace el domingo de Ramos por la tarde, congregada la comunidad católica en Betfagé, donde el convento de los Franciscanos, y allí se toman las palmas que previamente se han cortado y preparado. Los que van a cantar el triunfo de Jesús acuden de Jerusalén y de otros lugares de la Tierra Santa. Y se asocian peregrinos llegados de todo el mundo. Es una procesión popular, comenzando en este lugar, que está detrás del Monte de los Olivos. Caminamos cantando y se sube, con el corazón lleno de amores, al Monte de los Olivos. Desde la cima se contempla, hermosa, la Ciudad Santa, y se va bajando, bajando… Dominus flevit, donde lloró Jesús aquel día del homenaje. Huerto de los Olivos y torrente Cedrón; se baja y se sube para entrar por la Puerta de la Ciudad que da a la Vía Dolorosa. No llegamos al Templo; nos detenemos en el patio de la iglesia de santa Ana, y allí el Patriarca de Jerusalén da la bendición.
Llevar en tus manos una palma, un ramo de olivo es ir diciéndole a Jesús: Jesús, tú sabes cuánto te amo; mi vida es tuya. Somos millones y millones los que hemos ido caminando por la Historia mirándote a ti, y todos perpetuamos tu santa memoria. Cantares del corazón que quizás nunca tengan letra, pero que Jesús los sabe, los oye y los entiende.
Queremos hacer viva una página del Evangelio que apasionadamente y adorando vivió la comunidad cristiana en Palestina, en Antioquía, en Grecia, luego en Roma…, y que nos transmitió este íntimo misterio y quedó escrito en los Evangelio de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan.

2. Hoy meditamos de la mano de san Mateo, en esta página que nuestras parroquias la han escuchado al bendecir los ramos para la humilde procesión, o la simple entrada al templo. Luego, en este Domingo de Ramos, que es Domingo de la Pasión del Señor, se proclamará (y seguramente con tres lectores, si bien no es obligatorio) el texto de la Pasión según el Evangelio de san Mateo. El sacerdote hará unas reflexiones, a modo de homilía, al eco de esa historia de amor que se llama la Pasión, la más bella historia de amor que se haya escrito. Y de este modo se abre la Semana Santa.
Nosotros, ahora, reflexionamos contemplando aquel episodio, sencillo y majestuoso, que Jesús provocó y aceptó.

3. Al leer atentamente el texto sagrado, que en Mateo tiene once versículos, nuestra primera sorpresa es comprobar que, al redactar lo ocurrido, se dedican más versículos a los preparativos que a la puesta en marcha del homenaje. Esto tiene su delicado sentido. El evangelista nos está diciendo que captemos bien el alma de la escena, que aquello no fue un folklore hermoso, preámbulo trágico de lo que pasó luego en Viernes Santo. Bien, al contrario, la entrada en Jerusalén es un misterio del corazón de Jesús.
El conjunto del episodio se compone de dos escenas:
- la primera, lo que sucedió en el corazón de Jesús de Nazaret para decirles a los discípulos que fueran a la aldea de enfrente y trajeran una borrica;
- la segunda, la marcha a Jerusalén con una alfombra de mantos, con una aclamación de ramas de árboles, que esparcían también por el camino, al tiempo que gritaban “Hosanna”.

4. Nunca Jesús había apetecido un homenaje en la vida; pero ahora sí. En este pasaje del Evangelio, lo mismo que en la preparación de la Cena Pascual, Jesús, con mente divina, prevé los acontecimientos, los prepara y los dirige. De alguna manera es el conductor de la fiesta que la gente le va a preparar. Es muy importante lo que él quiere hacer. No es efecto de una casualidad, sino un proyecto diseñado por Dios. Es como si estuviésemos asistiendo al día de la creación. El mundo no viene  de la nada ,del azar, sino que es fruto de un proyecto del corazón de Dios.
Pues cosa parecida ocurre cuando, acercándose a Jerusalén – en un camino que había sido el camino postrero de su vida – llegan a Betfagé, y entonces “envió a dos discípulos diciéndoles: “Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, y me los traéis”.  De esta manera Jesús quiere coronar su vida e iniciar el Misterio Pascual.
Captemos, pues, este significado doble que lleva dentro el episodio que compartimos: se va a cerrar la vida y la actividad de Jesús, con un homenaje que el Padre ha dispuesto; y se va a abrir el Misterio Pascual con la acogida que la Ciudad de Jerusalén, representada por los sencillos, el nuevo pueblo de Dios, la santa Iglesia en la que estamos, le ha preparado.

5. Todo esto está ungido de misterio. Es un sacramento, diremos con un lenguaje teológico; y por ello el evangelista narrador, nos invita a reflexionar: “Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila” (véase Isaías 62,11 y Zacarías 9,9).  Jesús vive al aura de los profetas, como se había transparentado en el monte de la Transfiguración, cuando surgieron, desde el corazón de Cristo, Elías y Moisés. Dios estaba por medio; es lo que Jesús veía y las santas Escrituras se tenían que cumplir.
Para esto entró Jesús en Jerusalén, para que se cumpliera la Palabra de las Escrituras. Los discípulos hicieron esto con inmenso gozo. Lo dice deleitosamente el narrador: “Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús; trajeron la borrica y el pollino, echaron encima los mantos y Jesús se montó”. No podía tener Jesús mejor montura: los mantos de sus discípulos sobre el lomo de la borrica.

6. He aquí, pues, que Jesús va a terminar su vida como Rey: así lo quiere, así lo ha decidido. Ya hemos entrado en los fueros del amor, que tiene su lenguaje, sus símbolos, y hasta sus divinas Escrituras.
Y la gente hizo lo propio: le rindió a Jesús un vasallaje de amor. “La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada”.
La gente iba delante y detrás de Jesús, cabalgando en una borriquilla, iba lanzando vítores. Aclamaban a Jesús con aclamaciones que las sabían del Templo, porque son palabras tomadas del salmo:
¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!

Le daban a Jesús el título de “el Hijo de David”. No es “hijo de David”, como José, esposo de María; es “el Hijo de David”, el único. Jesús es el Mesías.
Son palabras que en su sentido total las tomamos cada día al coronar el Prefacio en la misa. Hay muchos Prefacios en los libros litúrgicos, pero no hay más que un “Sanctus”, el mismo para todos los Prefacios. Allí aclamamos al Señor, Dios del universo, y allí, con doble Hosanna, aclamamos a Jesús, Señor glorioso, que viene a la comunidad, presente en la Eucaristía: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!

Esta multitud (que seguramente era una modesta multitud), precisamente ésta…, no podrá condenar a Jesús.
Esta multitud es la que respondió a la turba en el Templo, cuando preguntaron: “¿Quién es este?”, esta multitud respondió: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.

7. Cuando la comunidad cristiana, prolongando el homenaje de aquella multitud, conmemora el acontecimiento, quiere completar lo que entonces se inició. Yo, creyente del Evangelio, soy partícipe activo hoy de aquel homenaje sencillo, que luego en la Historia se ha hecho homenaje universal.
Nosotros vivimos el acontecimiento no como el recuerdo de algo pasado, sino como el evento de una presencia.
Desde hace muchos siglos la liturgia tiene un bello himno medieval del obispo Teodulfo de Orleans (+810) para dar la bienvenida, a la puerta del templo, a Cristo que entra en su Iglesia, en su comunidad. Este himno, de múltiples estrofas, comienza así:
Gloria, laus et honor tibi sit, rex Christe redemptor,
cui puerile decus prompsit Hosanna pium.
¡Gloria, alabanza y honor a ti, oh Cristo, rey, redentor,
a quien aquella hermosura de niños prorrumpía en el piadoso Hosanna!

Por todo esto, Domingo de Ramos es una celebración esplendente de belleza y de íntimas vivencias.
¡Oh Jesús, divino Redentor, entra en mi corazón – las puertas tienes plenamente abiertas – y entra en el corazón de tu Iglesia, que tú has purificado con tu sangre, y que hoy te aclama con todos los fieles! Amén.

Como himnos espirituales para este día véase: En Betfagé nos unimos, Jerusalén, Iglesia del Mesías

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