lunes, 18 de abril de 2011

32. Miércoles Santo



Sobre el Tercer Cántico  del Siervo de Yahweh
Is 50,4-9
Meditación y canto

Texto bíblico
“El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo,
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
Yo no me resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos,
¿quién me acusará?
Que se acerque.
Mirad, el Señor Dios me ayuda,
¿quién me condenará?”

Meditación y canto
Misteriosa y estremecedora vocación del Siervo: así lo intuimos en el Tercer Cántico del Siervo de Yahweh.
La intimidad de Dios, abierta por la escucha filial de cada mañana, es el fundamento y clave de esta vocación. La escucha arma de valor; vendrán golpes y salivazos El Siervo expone su cara como duro pedernal; no se echa atrás.
Así es el Siervo para que desde aquí construyamos la verdadera cristología de la santa humanidad de Jesús. El Siervo confía porque tiene la absoluta certeza de que Dios es su justificador, su vencedor.
Esta visión del Siervo entró en el corazón de Pablo cuando, hablando de la seguridad confiada que se ha dado al cristiano escribía, recordando este pasaje del Cántico del Siervo: "Si Dios está por nosotros ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará?" (Rm 8,31-34).
Jesús es, pues, este Siervo, y mirándole a él cantamos.

Jesús, discípulo y Siervo,
al corte de madrugada;
con vocación de iniciado
escucha hondo hasta el alma.

Jesús, el Siervo y profeta
junto a la fuente sagrada;
con los oídos abiertos
en su morada cerrada.

Jesús, aliento y consuelo,
que el Padre se lo regala;
la lucha es fiera, muy fiera,
las fuerzas, fuerzas humanas.

No declinó la mejilla
a la burla y bofetada;
y a los sangrantes azotes
no retiró sus espaldas.

Como roca diamantina
presentó su bella cara,
a insultos y salivazos
su rostro se abrillantaba.

Mi Dios será mi justicia:
¿quién contra mí se levanta?:
Mi Dios será mi poder:
¿qué adversario es el que ataca?

Pasión del Crucificado,
Escudo de mi esperanza:
¡A ti la gloria y las gracias,
Vencedor de mi batalla! Amén.

(Escribí el Miércoles Santo, 19 marzo 2008).


El poema y su introducción fue publicado por el autor en: mercaba.org - Rufino Ma. Grández - El año litúrgico - Cuaresma - VI. Himnos para Pasión y Semana Santa.

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