jueves, 21 de abril de 2011

34. Viernes Santo: El beso a la Santa Cruz


Hermanos:

Viernes Santo tiene en la liturgia de la Iglesia una celebración austera, solemne y augusta. En una carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales de la Congregación para el Culto Divino (16 enero 1988), el sentido mistérico del Viernes Santo se expresa así: “En este día ‘en que ha sido inmolada nuestra víctima pascual, Cristo’, la Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor y Esposo y adorando la Cruz, conmemora su nacimiento del costado de Cristo dormido en la Cruz e intercede por la salvación de todo el mundo”.
Cuatro elementos que van a quedar muy bien integrados en la celebración postmeridiana, en torno a las 3 de la tarde:
- Meditación
- Adoración de la Cruz
- Conmemoración objetiva del misterio acontecido
- Intercesión.
Viernes Santo es la primera parte del Triduo Pascual, pasado el Pórtico de la celebración vespertina de la Cena del Señor en Jueves Santo. Y a propósito del Triduo Pascual la citada Carta nos habla de los signos litúrgicos y sacramentales: “En esta celebración del misterio, por medio de signos litúrgicos y sacramentales, la Iglesia se une en íntima comunión con su esposo”.
¿Cuáles son los signos litúrgicos y sacramentales del Viernes Santo? Como signos litúrgicos de la celebración del Viernes Santo podemos considerar: las vestiduras rojas (triunfo martirial de Cristo, en lugar de la vestiduras negras, color de luto, de la liturgia precedente); la postración rostro en tierra al comienzo de la celebración; la sobriedad y los silencios de toda la celebración; la hora misma de la celebración.
Y ¿cuáles podemos considerar como “signos sacramentales” del Viernes Santo. Nos atrevemos a señalar hacia los siguientes: La privación de la celebración de la Eucaristía (se comulga las especies consagradas en Jueves Santo); la proclamación de la Escritura, y en especial el Evangelio de la Pasión (dado que dentro de la proclamación objetivamente se contiene la presencia eficaz de Cristo), el ayuno sacramental del Viernes y Sábado Santo (porque este ayuno significa místicamente al privación del Esposo), y la ostensión de la Cruz.
La espiritualidad de Viernes Santo consiste, por tanto, en dejarse llevar por el significado objetivo de la acción sagrada y entrar en comunión con Cristo.
El punto y momento cenital de la celebración es la adoración de la santa Cruz. La adoración a la santa Cruz va acompañada de un beso. ¿Cuál es este beso de amor? Permítasenos decirlo con un poema, poema que evoca una escena de Viernes Santo, y que tiene su introducción.

* * *

Amado mío, flor de mis cantares
Coloquio después de la Adoración de la Cruz

Era en Roma, Tre Fontane, la tarde de Viernes Santo cuando ya se habían concluido los santos Oficios en la Pasión del Señor. La capilla estaba en penumbra, envuelta en santo silencio. Estaba solitaria. No, un hermano – él me lo contaba -, escondido en un ángulo donde veía sin ser visto, oraba silenciosamente.
En esto se oyó el chasquido de la puerta, y se sintieron unos pasos. La Hermanita caminaba con precaución, descalza, sin sandalias. Era como el Ángel de la Consolación. Su hábito era una saya de tela áspera, azulada. Y en el halda, un tanto alzada, como si fuera un delantal, traía un envoltorio.
Llegó hasta el Crucifijo, que estaba en el suelo; se arrodilló, hizo una profunda reverencia inclinando la frente hasta el suelo. Entonces soltó el envoltorio que traía y lo echó junto al Crucificado. Nadie la veía; así creía. Tomó el santo Crucifijo en sus manos y comenzó a besarlo de aquella manera... El hermano orante contenía el aliento y, atónito, no sabía qué hacer; suavizaba la garganta para no emitir un suave carraspeo.
La Hermanita tomó los pétalos que había traído y con los dedos, los pétalos y los labios iban mullendo el cuerpo de Jesús. Entonces su corazón comenzó a decir (y yo ahora me la represento y la estoy oyendo):

1. Amado mío, flor de mis cantares,
ahora con mis manos te acaricio,
y guardo suspendidos mis anhélitos
pues miro dulcemente, y miro y miro.

2. Amado mío, gracias infinitas,
Dulzura mía, flores he traído:
del campo son, por mí coleccionadas,
y nadie las tocó, sino el rocío.

(3. En este punto vi a la enamorada,
que abría el delantal de su vestido,
y el cuerpo de Jesús ella cubría
con pétalos de suave colorido,

4. En éxtasis miraba y sonreía
con ojos del amor humecidos;
estaba de rodillas, inclinada,
era la luz muriente del estío).

5. Amado…, Amado mío, yo te adoro
con pétalos tus llagas toco y limpio:
con besos yo perfumo tu cabeza,
esposo mío, herido, Dios dulcísimo.

6. Escúchame el aliento que me sale
del corazón, igual que el tuyo herido:
¿hay algo en mí que no se llame amor,
un átomo en tu fuego no encendido?

(7. Estaba la mujer hablando sola
- así creía –, sola, sin testigo;
hablaba y se callaba y contemplaba
y quedo, quedo daba algún suspiro.

8. Y, mientras, amasaba con sus manos
aquellas sus caricias al Ungido;
los dedos parecían cuerdas puras
el arpa suave era el Crucifijo).

9. Mas yo quiero besarte como esposa
en tu caliente pecho, ahora dormido,
en tu divina frente y en tus labios,
besar tu corazón y tus latidos.

10. Estoy besando a Dios de carne humana,
comiendo los pecados que has sufrido,
besando estoy perdón, ternura y gracia,
a Cristo Nazareno en el suplicio.

(11. Miraba y derramada su mirada,
amando con silencio compungido,
y a veces parecía que una espada
punzaba el corazón hasta el martirio.

12. Las flores le ayudaban en el duelo,
las flores eran labios encendidos,
y entre los dedos eran blanco lienzo
del tálamo nupcial del sacrificio).

13. ¿Por qué, mi Creador, mi silencioso,
tal cosa los mortales cometimos?;
¿por qué callabas tú nuestra locura,
clavándote nosotros a martillo?

14. Acaso del amor solo sepamos
un eco cierto dentro recibido,
que amor de Dios es muerte del amante
y amante en este amor eres tú mismo.

15. Amado mío, lecho de mi amor,
tu amor yo aprendo, muero y resucito;
mi amor de gratitud sea tu rúbrica,
y el corazón en trueque yo rubrico.

16. Tu amor es nuestro cielo y bien seguro,
que tú eres Dios y bien lo has merecido:
Jesús, hermano bueno y clementísimo,
perdón total, bondad a lo infinito.

17. Ya sé cuál ha de ser el canto firme,
felicidad sin fin a tus oídos:
te amo, Dios, en carne y en Espíritu,
te amamos por los siglos de los siglos. Amén. 

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