viernes, 22 de abril de 2011

35. Sábado Santo: El Rey descansa


Hermanos:

Las directrices litúrgicas de la Iglesia, que son norma y catequesis, nos dicen: “Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con participación del pueblo (cf. n. 40). Cuando esto no sea posible, prepárese una celebración de la Palabra o un ejercicio piadoso que corresponda al misterio de este día” (Carta de la Congregación del Culto Divino sobre “La preparación y celebración de las fiestas pascuales”, 16 enero 1988).
Sábado Santo, que también nos trae el recuerdo de la Madre, la Soledad de María, desde el momento que tuvo en su regazo al Hijo muerto (La Pietá, de Miguel Ángel), soledad, que ha sido fuente de consolación para innumerables madres que cruelmente se han visto privadas de sus hijos, madres que han perdido a sus hijos en la guerra…, aunque nosotros pretendamos añadir dudosamente: “por el bien de la patria”).

Es oportuno recordar lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el artículo del Credo “Descendió a los infiernos”

632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" (Hch 3,15; Rm 8,11; I Co 15,20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos. Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos.

633 La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham". "Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos". (…)
634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva..." (1 Pe 4,6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para "que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan". Jesús, "el Príncipe de la vida" (Hch 3,15), aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Hb 2,14-15). En adelante, Cristo resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1,18) y "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp 2,10).

* * *
La liturgia, en el Oficio de lectura, tiene hoy una pieza bellísima, que viene de Oriente. Ignoramos cuál es su autor. Acaso un monje, un obispo… transido de piedad. Escuchémosla.
Homilía antigua sobre el grande y santo Sábado
(Patrologia Griega, Migne, vol. 43, 439. 451. 462-463)

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra temió sobrecogida, porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos». Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu». Y tomándolo por la mano le añade: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «salid»; y a los que se encuentran en las tinieblas: «iluminaos»; y a los que dormís: «levantaos».
A ti te mando: despierta tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.
Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
El trono de los querubines está preparado, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos, se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.

* * *
De nuestra parte, hemos querido honrar el Grande Sábado y compusimos un himno, que ha pasado a los libros oficiales de la Iglesia.

Este himno para Sábado Santo – sólo para este día – es un canto nupcial. Es el canto nupcial de la esposa que llora a su Esposo. Lo llora con paz, con el alma ungida de sentimientos celestiales; lo llora con consolación y con infinita ternura.
Dios está en este cuerpo, cobijado bajo las alas del Espíritu. Es el mismo el cuerpo de la cruz, el cuerpo de la tumba, el cuerpo de la resurrección. Canta la esposa.

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda.

Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas;
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén.

Este himno puede verse en mercaba.org (Rufino Ma. Grández | Cuaresma): Venid al huerto, perfumes.

POSTDATA (23 abril 2011). En el día de ayer (22 abril 2011), Viernes Santo, la Radio Televisión Italiana (RAI I) emitíó un programa grabado en directo días antes ("A sua immagine") en el cual el Papa respondió a 7 preguntas seleccionadas y llegadas desde múltiples puntos de la tierra (Japón, Costa de Marfil...). He aquí la pregunta respuesta número 5 sobre el "Descenció a los infiernos".
Locutora. La quinta pregunta, sobre la Muerte y la Resurrección de Cristo, llegaba desde Italia: "Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el intervalo de tiempo entre su muerte y su resurrección? Ya que en el Credo se dice que Jesús, después de la muerte, descendió a los infiernos, ¿podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?
     Benedicto XVI: Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso, porque está más allá de nuestra experiencia. En cuanto al viaje del alma, tenemos que tener presente que el alma de Jesús está siempre en contacto con el Padre, y al mismo tiempo este alma humana se extiende hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido, va profundamente a los más perdidos, a los que no han llegado a la meta de su vida, y trasciende el continente del pasado.
     Estas palabras, del ‘descendimiento a los infiernos', quieren decir que también el pasado estaba asumido por Jesús. No comienza en el año 0 ó 30 la Redención, sino que va al pasado, abraza el pasado, a todos los hombres de todos los tiempos. Jesús toma de la mano a Adán y eleva a la humanidad para llevarla a lo alto. Crea el acceso a Dios, porque el hombre no puede llegar a Él. Toma en sus manos al hombre y le abre el acceso a una realidad que nosotros llamamos Cielo.
     Este descendimiento a los infiernos, a las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión redentora de Cristo, y no se aplica a nuestra vida, es distinto. Nosotros, tras nuestra muerte, tenemos delante el rostro de Jesús, y esta mirada purificante para todos nosotros, que será en mayor o menor medida según las necesidades de ser limpiados de cada uno de nosotros, nos hace capaces de vivir con Dios, con los santos, con nuestros seres queridos que nos han precedido.

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