miércoles, 27 de abril de 2011

37. Aparición a María Magdalena


La primacía del amor
Meditación sacerdotal sobre Jn 20,1-18


La aparición de Jesús a María Magdalena, en la versión de san Juan, acumula varios detalles verdaderamente sorpresivos:
1) No es la aparición a “las mujeres” que estuvieron en el Calvario, como en los otros Evangelios, sino a una sola.
2) Esta aparición es la aparición primera.
3) Es una aparición cuyo contenido se nos muestra con una delicada intimidad.
4) Es una aparición en la que la mujer es constituida mensajera de los apóstoles, y, por lo tanto, María Magdalena adquiere un protagonismo único.

Esta aparición de Jesús está dando respuesta a cuestiones centrales que se plantea el cristiano que con amor y anhelo ha buscado el rostro de Jesús:
- Quién es, en verdad, Jesús Resucitado.
- Quién es esta mujer así favorecida.
- Qué es realmente la Iglesia, como Comunidad del resucitado.
- Qué hace Jesús en el cielo.

Nuestra explicación es una “meditatio”, con las posibilidades que da este género espiritual.
(El singular comentario de J. Mateos – J. Barreto, El Evangelio de Juan: Análisis filológico y comentario exegético. Cristiandad, Madrid 1979, 1094 pp., aparte de ser magistral en el análisis lingüístico,  nos resulta abrumador en sus relaciones simbólicas, tan meticulosas y, a veces, cuestionables. Pero el trasfondo nupcial de la escena con El Cantar de los cantares, Ct 3, es un dato precioso y muy sugerente para la exégesis de un Evangelio que resulta de un género “espiritual” por los cuatro costados).

Un mujer sola, María la Magdalena

María Magdalena va al sepulcro. Era el primer día de la semana; era al amanecer y todavía estaba oscuro. Esta mujer no lleva ungüentos, no lleva nada.
¿Por qué va? ¿A qué va? El lector, que al punto empalma con el anhelo de María, sabe que va simplemente movida por el amor. El amor, como lo saben todos los amantes verdaderos, es razón en sí mismo. Lo recordará san Bernardo – doctor melifluo – comentando el Cantar de los cantares (lectura de su fiesta).
Esta mujer en su camino cruza la mente del lector cristiano, si este lector, como en nuestro caso, es un sacerdote célibe. Hay muchas resonancias en el fondo del corazón que uno las lleva consigo, que - ¡oh dolor y dulce misterio! –quizás nunca puedan aflorar por esa gasa de pudor que cubre nuestras alma y que retrae nuestras palabras en contemplación.
Aquí arranca el Evangelio, porque el Evangelio es, ante todo, la Pascua de Jesús, y arranca por la voz, el pecho y el anhelo de una mujer. Si el Evangelio abrió su secreto en el misterio de la Encarnación, acogido por una Mujer, María de Nazaret, la Madre del Mesías, al “llegar la hora” la Mujer estuvo allí, como la primera. Nos referimos a la “Madre de Jesús” junto a la Cruz de Jesús. Y nos referimos a María, la Magdalena que fue la primera al sepulcro, antes que la luz del sol, que fue la anunciadora a los apóstoles primera y segunda vez en el mismo curso de la escena.
Es, pues, María, la Magdalena, la que no lleva perfumes, porque el amor, depositado por el Espíritu era el perfume penetrante de su vida.
No podemos hurtarnos al Eterno Femenino. Está ahí; lo llevamos dentro. Ejerce una fascinación irresistible – así desde el Paraíso – y en la Iglesia tiene una supremacía que está por encima de nuestras codificaciones canónicas de funciones.
Lo femenino, en el fondo, es la maternidad de Dios, la Amada del Verbo, la fecundidad del Espíritu. ¡Feliz a quien se le ha dado contemplarlo – contemplarla – como puerta de cristal para la Trinidad!


Pedro y el Discípulo a quien Jesús amaba,
ante la voz de María Magdalena

Al ver la losa quitada del sepulcro, la mujer corre para comunicarlo, no precisamente a los discípulos, sino a aquellos dos que aquí como en la Cena (Jn 13) son mencionados juntos: “Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba” (v. 2).
Esta trilogía de la Iglesia que busca y encuentra al Resucitado, acaso signifique un estilo que pertenece a lo más puro e íntimo de la Iglesia. La Mujer – y, al decirlo, nuestro pensamiento recurre al punto a María, Madre de Jesús – está en el vértice de este triángulo, al que solo el amor da su unidad y equilibrio.
Se describe ahora, con su hondo significado, la marcha apresurada de Simón y el otro discípulo.

(El pintor suizo Eugenio Burnand (1850-1921) pintó en 1898 su mejor cuadro con esta escena. El cuadro cuelga en el Museo de Orsay en París).


Pedro y Juan, el gozne ministerial visible de la Iglesia, están inspirados por la voz de una mujer. Y al llegar al sepulcro percibieron, por la fe, la verdad de la resurrección, que la encontraron en la Escritura. En efecto, se dice del segundo: “vio y creyó” (v. 8). Y se añade de los dos, en plural: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (v. 9).
María Magdalena acaba de cumplir su primera misión, que luego, refrendada por Jesús, quedará coronada: es la Apóstol de los Apóstoles.
María ha regresado al sepulcro, pero no se describe su marcha. Ahora bien, al irse Pedro y el Discípulo a quien Jesús quería, allí queda ella.
¿Por qué ellos se van y ella no? ¡Qué preguntas más racionales..., y en el fondo, inútiles! Inútiles para el amante.
María estaba llorando.
Estaba al alba María,
Llamándole con sus lágrimas.

María y los mensajeros celestiales

Jesús ha escuchado ya las lágrimas de la esposa. Sin dejar de llorar, la mujer se asoma al sepulcro y ve a dos guardianes celestiales, vestidos de blanco – que es hermosura, triunfo y gloria - , a la cabecera y a los pies de donde había reposado el Rey.
Es una visión celestial, pero en su corazón María está alucinada por el esposo arrebatado. Los ángeles le preguntan, con tono noble, y los dos juntos, como el coro de una representación: “Mujer, ¿por qué lloras?” (v. 13). Y María les responde: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”.
¿Quién es este “mi Señor”? Los exegetas se han atrevido a decir que es “mi Marido”. Es mi Señor nupcial. Y, si no fuera mi Señor nupcial, sería “mi Señor Dios”, que no es menos adoración.

María y el Jardinero del Huerto

Al volverse, María ve la Figura. Y ella, cegada por el amor, vio al Jardinero del Huerto. Veía bien, pero no acaba de ver del todo.
Y ahora, sí, entra el esposo con la voz creadora del amor. Si la fe nos viene “ex auditu”, por el oído, según dice Pablo (fides ex auditu), el amor, que emerge con una mirada resplandeciente, se posesiona del todo con la voz. De la voz de Dios nació la creación, y de la voz de Cristo Adán nace ahora la nueva creación, dirigiéndose a Eva. Y le dice simplemente una palabra de amor esencial: ¡María! Que es lo mismo que decirle: ¡Amada mía!
Y María respondió con el mismo eco que salió de su corazón: ¡Rabonni!, “que significa ¡Maestro!”, advierte Juan (v. 16). (También los exegetas observan que era una palabra con la que una mujer podía dirigirse, reverente, a su marido).
Este es un encuentro de intimidad de dos que, al amarse se anhelan; se anhelan tanto, que Jesús (lo va a decir a continuación, por la mujer ha alterado su plan, como un día alteró su Hora en las Bodas de Caná).
María, la esposa anhelante, se ha abalanzado a los pies de su Señor, y los funde con sus besos.
El buen teólogo sabe que es la función de la mujer en la Iglesia, mayor que la cual ninguna otra existe.


Subo a mi Padre, que es vuestro Padre,
a mi Dios, que es vuestro Dios

María está disfrutando del primer abrazo que el Resucitado recibe de parte de los suyos. (Nada decimos de la primerísima y única, María entre todos, María, la madre de Jesús. De esta aparición anota san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales: PRIMERA APARICIÓN SUYA. 11 Primero: apareció a la Virgen María, lo qual, aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que aparesció a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como está escripto: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?).
La Magdalena quisiera eternizar este momento. Pero Jesús le dice: “No me retengas, que todavía no he subido al Padre” (v.17) (Nota. La antigua traducción, la Vulgata, decía: Noli me tangere, No me toques. La nueva, la Nova Vulgata, dice: Iam noli me tenere, No me retengas...).
Jesús tiene prisa por ir al Padre, que es su lugar definitivo. Pero, de camino, ha querido hacerle una visita..., no a Pedro, no a Juan..., sino a María Magdalena. ¿Es atrevida la interpretación...? Pero es que las palabras lo están diciendo...
María Magdalena – hablando en mexicano – es “la consentida”. En fin, se deshacen nuestros esquemas formales para dar sentido y expresividad a este mensaje directo del santo Evangelio.
Jesús, pues, va a subir al Padre, sin dejar la tierra. Se adelanta para prepararnos lugar, como lo había anunciado, con semejante lenguaje, en las palabras de la Cena.

Pero ahora nuestra consideración pasa de la Magdalena a las palabras de Jesús. Jesús tiene para ella una encomienda, un nuevo Evangelio que ella ha de estrenar. “Anda, ve a mis hermanos..., corre a mis hermanos, y anúnciales cuanto antes...” ¿Qué les debe anunciar la Magdalena, la intermediadora, la vocera de Jesús, la evangelista, la Apóstol de los Apóstoles? Les debe anunciar, como profetisa enviada por Jesús, el nuevo Evangelio, es decir, el remate del Evangelio. Helo aquí: Anuncia a mis hermanos:
“Subo a mi Padre, ¡que es vuestro Padre!,
a mi Dios, ¡que es vuestro Dios!” (v. 17).

Ahora Jesús, el que fue crucificado, mora en el Padre, y es la palabra más bella que tiene la Iglesia que anunciar a los hombres, comenzando por los Apóstoles. Éste es el Evangelio de la Resurrección. Y María Magdalena es el heraldo, la Apóstol de los Apóstoles (repetimos por tercera vez).

El entramado íntimo de la Iglesia

La Iglesia del Resucitado es ciertamente una Iglesia jerárquica, basada en la confesión de Pedro por amor. El Discípulo amado lo recalca más que nadie. Y con todo, es este evangelista el que nos abre, como ninguno, los ojos para ver que esta Iglesia sacramental, la del cuerpo adorable de Jesús, que se nos entrega por el Espíritu, es una Iglesia en la que vista en todos sus rasgos, siempre el amor tiene la primacía.
Y María Magdalena ha sido la primera. Solo el amor es el motivo último de la constitución sacramental de la Iglesia (sacerdocio) y de la estructura jurídica (Pedro).
Este esquema de fondo tendremos que tenerlos muy presente, cuando la discusión recale sobre el sacerdocio de la mujer. A decir verdad, hay algo en la Iglesia más constitutivo que el sacerdocio ministerial.
La mujer con su vida – la Magdalena, en este caso – es la venturosa representación del amor al Esposo, sentido de la Iglesia en este mundo.


Consideraciones sacerdotales:
Al servicio de una Iglesia de hermanos del Señor


La Comunidad del Discípulo amado, tal como aparece en el capítulo 20 – capítulo final de la Resurrección, con su propia conclusión a todo el Evangelio (20,30-31) – y se prolonga en el capítulo posterior, que se percibe que es un añadido, también este con una conclusión a todo el Evangelio (Jn 21,25), tiene una figura específica, contorneada con sus rasgos propios.
- Es una Comunidad espiritual,
- de hermanos, a quienes Jesús llama “mis hermanos” (como en el Juicio final),
- que preside el Señor glorioso,
- de cuyo cuerpo y costado, como en la cruz, manan los sacramentos de la Iglesia,
- el gozo y la paz,
- que vive en contemplación y amor,
- y a la que se le asigna una misión en el mundo.

Hay ciertamente un pastoreo espiritual, que está basado en una profesión de amor, que para nada es dominio mundano, sino ejercicio en el amor-servicio recíproco. La función de Pedro (jerarquía del Señor) y la de Juan (amor oblativo) se compenetran sin ninguna posible colisión; se interfecundan. Ninguno puede oscurecer a quien de verdad es el Señor, el único Señor.
El Sacerdote debe saber situarse en este entramado de amor. Acaso se identifique con Juan, pero ha de mirar a Pedro (como Pedro mira a Juan durante la Cena), y uno y otro han de mirar al Señor. En Tiberíades es Juan el que dice a Pedro: ¡Es el Señor! (21,7 ).
Y la Mujer..., la Magdalena, la aparentemente humilde feligresa o la escondida en un monasterio de oración, acaso deberá seguir cumpliendo la misión esencial de la Iglesia, y comunicando lo que a ella se le ha comunicado, la primera: ¡He visto al Señor, y me ha dicho para vosotros esto! ¡He visto al Señor!

Miércoles de Pascua, 27 abril 2011.

Himno para orar cone sta escena del Evangelio: Estaba María al alba.

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