miércoles, 27 de abril de 2011

38. Aparición a los discípulos

La Iglesia trinitaria de Jesús Resucitado
(Meditación sobre Jn 20,19-23)
La Iglesia encerrada, triste y con miedo

La primera aparición a los discípulos, congregados como Iglesia, acaece en el mismo día de la Resurrección, por la tarde, al anochecer. Es la hora de la oración.
Esta es la primera visita que hace Jesús Resucitado a su Iglesia congregada. Lo había prometido en la Cena: “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22).
Esta es la situación de los discípulos antes de la visita del Señor; lo había predicho el Señor: “También vosotros ahora sentís tristeza”.
La profecía de Jesús sobre la próxima situación de los discípulos es variada y está en los Sinópticos y en Juan. En los vaivenes de la Iglesia, cruzando el curso de los siglos, a lo mejor habrá que considerar estos “estado colectivos”, y quizás hoy es uno de esos momentos. La prueba de la Iglesia, que Jesús la asume como suya:
- es la desbandada y el abandono,
- incluso la negación,
- y, se consecuencia, la soledad de Jesús.
La soledad de Jesús podemos contemplarla como la redención de su propia Iglesia. Con su soledad, que Jesús asume ante el Padre, Jesús purifica la fe de su Iglesia.
Las palabras evangélicas nos lo insinúan:
“¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, - mejor, ya ha llegado -, en que os disperséis cada uno por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre” (Jn 16,32).
Y ofrece su paz y su consuelo, su aliento, incluso para esta ocasión: “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened confianza: yo he vencido al mundo” (16,33).


La soledad de Jesús es un gran venero de la mística cristiana; en ella queda fortificada la fe de la Iglesia. La soledad de Jesús tiene tres momentos de desarrollo:
- soledad en el Huerto, aun cuando esté físicamente acompañado de los suyos.
- La soledad le persigue en el proceso judicial; cierto intento de compañía como “seguimiento” queda frustrado en la negación. Pero aquí hay una discreta compañía, que el Cuarto Evangelio recoge: “Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote” (18,15). Es un dato precioso que debemos recoger y ponderar. “El otro discípulo” sigue a Jesús en los pasos del juicio, y no lo niega, y lo acompañará hasta la Cruz. Aunque las palabras de Jesús incluyan a todos en la profecía del abandono, Juan tiene un lugar aparte. Juan ha sido el amor fiel, al menos discretamente fiel; esta es su misión específica entre los Doce. Juan representa la fibra del amor de la esposa.

Acaso el Señor pueda tomar mi soledad, mi austera soledad, para fortificar la fe de su amada Iglesia. Los “estados de Jesús”, los “estados de la Iglesia” vuelven y tornan en la marea de los siglos. La desafección nos rodea, y este sentido de vivir en un sitio inhóspito pertenece al misterio de nuestra soledad, especialmente como soledad celibataria. Resuena en el fondo del corazón la palabra tonificante de Jesús: Yo no estoy solo, porque está conmigo el Padre.


La suma entrega del Resucitado

Tornemos, pues, “al anochecer de aquel día, el primero de la semana” (Jn 20,19).
No olvidemos que cuando se escriben estas cosas, decenios después, estamos ya en la Eucaristía de la Comunidad. Este anochecer del primer día de la semana es nuestra Eucaristía dominical para celebrar la memoria del Señor.
La entrega total de Jesús, que establece la “koinonía” en la Iglesia, está expresada por
- la entrega de su Presencia,
- por la entrega de la paz,
- por la entrega de la alegría,
- por la entrega de su Cuerpo,
- por la entrega de su intimidad.
Son dones reales, cada uno de ellos, que provienen de la nueva realidad de Jesús. En el misterio de la Encarnación se nos da ciertamente todo Dios, pero es en la Resurrección cuando se hace efectiva la entrega otorgada.
La Iglesia es la destinataria de esos dones – todos los hermanos, todas las hermanas – y he aquí que nosotros debemos ser conscientes del nuevo mundo en que hemos entrado.

 El primero es el don de la Presencia. Y esta presencia, para la que no obstan muros, puertas y cerrajas, es la que disfruta la Iglesia. Si es cierto que “los suyos” lo abandonaron, él nunca abandonó a “los suyos”, ni se perdió ninguno de los que el Padre le confió: “Y así se cumplió lo que había dicho: No he perdido a ninguno de los que me diste” (Jn 18,9).
La Iglesia nunca ha sido abandonada de su Señor; al contrario, cuenta con la presencia de Jesús. La Presencia está vivamente significada por la expresión joánica: “se puso en medio” (v. 19).

El segundo don es la Paz. La paz nos la presenta el Evangelio de Juan como don testamentario, cuando de labios de Jesús escuchamos: “La paz os dejo, mi paz os doy” (14,27). La paz, como se sabe, es la suma de todos los bienes.
Jesús volverá sobre la paz en la Cena, cuando hable de esta forma: “Os he hablado de esto, para que tengáis paz en mí” (16,33). “Paz en mí”, que parece asemejarse a una fórmula paulina es don de Jesús. También a los enviados en misión se les dice que entreguen la paz.

El tercer don es la alegría. Indica el texto sagrado: “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (v. 31). Esta es la alegría prometida como don de resurrección en la Cena. Es la alegría inherente a la vida cristiana y de por sí indestructible. “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (16,22).

La entrega de su Cuerpo. “Les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20).El versículo es típicamente espiritual y místico, y queda con un sentido abierto que, cuanto más se piensa, más sugerencias aporta.
Esa ostensión de las manos y el costado no es tanto la prueba de identidad, como el acto de donación de sí mismo en las fuentes más pura de su intimidad: donación e invitación a acoger el don. Un cuerpo resucitado no tiene llagas..., y diremos que tampoco cicatrices... (Al P. Pío, que durante 50 años había llevado las llagas sangrantes de Cristo, antes de morir, 23 septiembre 1968,  le desaparecen y sus manos quedan tersas, lo cual se interpreta como un anticipo de resurrección...).
Las llagas de las manos y el costado, abierto por la lanza, son la entrega sacramental a la Iglesia de su cuerpo manante de vida de Dios. No hay que fantasear acerca de cómo era, o pudo haber sido, la túnica de Jesús para que pudiera mostrar la llaga del costado.
Antes de morir, a Moisés “el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan...” (Dt 34,1). Los rabinos, propensos a la literatura mística, han desglosado todo lo que Dios mostró a su Siervo Moisés. Dios, al mostrarnos su intimidad, nos muestra sus secretos. Aquí son los secretos de la humanidad santa de Dios, que ha sido dada a la esposa amada.
La Iglesia, haciendo exégesis de este versículo, ora en el “alma de Cristo” (Anima Christi): “Intra tua vulnera, absconde me” (Dentro de tus llagas, escóndeme).

La entrega del cuerpo sacrosanto es, simultáneamente, la entrega de la intimidad divina. Si Dios nos muestra – me muestra – sus manos y su costado, habiendo dicho “Paz a vosotros”  está diciendo que se entrega sin condiciones a nosotros; nos muestra y entrega los tesoros de su divinidad


La Iglesia de la Trinidad y del envío

Si Jesús “está en medio”, Jesús se sabe enviado por el Padre y él, desde el Padre, envía el Espíritu para iniciar el día de la nueva creación.
La totalidad de la misión de Jesús, recibida del Padre, es trasvasada – tal cual – a su Iglesia, aquí naciente. Jesús es el “plenipotenciario” del Padre; es esa su misión universal. Ahora, en los mismos términos en que él recibió el mandato del Padre, él los pasa a su Iglesia. Exegéticamente hay que insistir en ello: exactamente igual que en Jesús, exactamente igual en la Iglesia. Quedamos “nivelados” con la Trinidad. San Juan lo repite con varias expresiones: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. El amor fluye de un plano a otro, sin desnivel.
La teología hablará de la “circuninsesión” divina (el movimiento circulatorio inherente a la Trinidad, en la igualdad de las personas); san Juan nos presenta un compartir de la vida divina de Jesús con los suyos, y acude a las mismas fórmulas de comunión y alianza. “Como el Padre para mí y yo a vosotros, y vosotros a mí”.

El envío misionero es un envío salvífico, y a la misma Iglesia, a la que se envía, terminará con el envío del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, que es la purificación plena de la Iglesia.
La Iglesia toda es enviada. El Espíritu Santo (anticipación de Pentecostés) es enviado a  esta iglesia germinal.
Y esta Iglesia, como en el día inicial de la creación, cuando Dios sopló en Adán para que fuera ser viviente, recibe ahora, con el soplo de Jesús, el Espíritu Santo, que es principio, corona y fin de la obra salvífica.
Está naciendo la Iglesia.

Yo, cristiano, soy partícipe de estos dones que gratis Dios nos otorga.
Yo, Sacerdote, como ministro del Señor, como servidor de su mesa y de su pueblo, recibo lo que se me entrega (que son también dones para mí) y los entrego a la Comunidad, a la Iglesia santa de Dios.

Puebla, Miércoles de Pascua 2011.

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