jueves, 28 de abril de 2011

39. Aparición a los discípulos con Tomás


San Juan 20,24-29
(Una meditación sacerdotal en Ejercicios)

El llamamiento a la mística

La secuencia de pensamiento que van brotando en el corazón al paso que avanzamos en el examen de los relatos de las apariciones – estamos en Ejercicios Espirituales - nos impulsa a aceptar estas conclusiones:

1.    Es connatural a la fe cristiana la experiencia mística de las verdades que se nos han transmitido.
2.    De alguna manera todo cristiano lleva dentro de su corazón un místico destinado a vivir familiarmente con el misterio.
3.    Probablemente yo tengo una llamada personal hacia ese tipo de vida interior que, sin una fenomenología exótica, puedo llamar con rigor “mística”.
4.    Claro que el aceptar mi vocación mística me llevaría a una reorganización de estilo y de detalles que pueden modificar bastante mis hábitos.
5.    Me atrevo a atisbar por dónde puede  ir mi camino espiritual como camino místico:

a)    Tendré que poner la oración como ritmo acompasado de mi vida, día a día.
b)    Mi oración la tengo que orientar hacia un modo y talante contemplativo.
c)     Obviamente el alimento de mi experiencia mística va a ser una lectura constante, amorosa, de las sagradas Escrituras como libro de las maravillas de Dios, que me unge de sabiduría y me lleva a contemplar y proclamar la grandeza del amor de Dios.
d)    Igualmente me tengo que abrir a una liturgia que sea del todo objetiva, pasando de los textos al misterio, y no cediendo al engaño de una liturgia efectista que complace pasajeramente los oídos.
e)     Debo renunciar a un estilo profano de de vida, de reacciones, de apariencias (empezando, acaso, por mi modo de vestir), sin que tenga por qué adoptar un aire de falsamente devoto.
f)      Al contrario, todo lo que sea vida (por ejemplo, la estética en múltiples formas)  lo veré y lo apreciaré dejándome llevar por esa fascinación que se opera en lo profundo del ser.
g)    Buscaré que el sentido de la Presencia de Dios impregne mi ser y sea inherente a mi estilo íntimo ante la vida.
h)    ¿Seré capaz de aceptar este estilo como vocación? ¿Acojo humilde y valerosamente esta llamada de que el mundo no tiene tanto necesidad de maestros cuanto de testigos (Pablo VI, Evangelii nuntiandi), y que un testigo es, ante todo, un hombre – una mujer – cogido y atrapado por Dios, de tal manera que Dios sea su área de existencia?
Esa veta mística, esa vena de agua viva, esa palabra no convencional sino auténtica brotada del encuentro, la necesita imperiosamente el mundo secularizado en que vivimos; la necesita nuestra institución eclesial; la necesita nuestro presbiterio, lo mismo que nuestros colectivos de religiosos. Cuando la edad crece y abruma, es muy fácil renunciar a la vida e ir pasando el tiempo anodinamente.
(Karl Rahner escribió que «el cristiano del s. XXI será místico a no será». Frase muy citada, con pequeñas variantes, sin alusión al libro de donde procede).

Podríamos definir al místico, por poner ejemplos, con estas aproximaciones:
- el que presenta la otra parte de la alternativa de una manera muy distinta y vincula a ella su persona;
- el que está dispuesto a perderlo todo al iniciar un proyecto;
- el que, olvidando todo su pasado, comienza un proyecto nuevo sin dejar abierto el camino de retorno;
- el que piensa (y actúa en consecuencia) que Cristo Crucificado tiene razón por sí solo;
- el que con alma, vida y corazón, está dispuesto a consagrarse a un proyecto necesario pero sin vías de futuro...


El caso de Tomás:
La incredulidad de los que, por lo demás,  creen

1. Para entender el caso de Tomás hay que partir del hecho de que:
- Los apóstoles, en su conjunto, no creyeron.

Sintetiza el Evangelio de Marcos:
“Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16,9-14).

2. Con esto se puede llegar a esta diagnosis: la resurrección, de por sí, ni es evidente, ni es argumentable. La incredulidad básica frente a la resurrección es como el “hominis status naturalis”. Lo natural es no creer
La fe, por lo tanto, será don y gracia.
Con todo Jesús les echa en cara su “incredulidad”, bien sea al grupo, bien sea, particularmente, a Tomás. Con ello se deja entender que la Comunidad confesante es motivo de fe, op nos abre a la fe.

3. En el caso sucede que esta incredulidad es propia
- de los buenos,
- e, incluso, de los Apóstoles. Tomás es un hombre decidido (Jn 11,16), un apóstol de la intimidad de Jesús  (Jn 14,5).

4. Un análisis último nos lleva a percibir que entre la incredulidad (no ha resucitado, porque eso es imposible) y la fe (sí ha resucitado, porque Dios lo testifica) hay una pared divisoria que solo la gracia la puede derribar. Y esto, sólo si uno acepta recibir la gracia que se le da.

Una incredulidad constitutiva del corazón humano
Posiblemente el corazón humano, natura sua, está instalado en una especie de incredulidad constitutiva (con hambre, por otra parte, de lo transcendente), que tiene diverso cariz:
- una incredulidad que es más bien una ignorancia pasiva,
- una despreocupación de las cosas cuyo conocimiento no aporta un fruto rentable,
- una incredulidad que nos ata a vivir en este más acá de las cosas en lugar de traspasarnos al más allá,
- una incredulidad es una especie de indiferencia, apatía, adormecimiento... por las cosas del Espíritu, que puede ser estado habitual años y años,
- una incredulidad-rutina, de quien celebra los sacramentos más bien por honestidad profesional y da consejos de modo abstractamente convencional.
- En fin, hay una incredulidad que está justificada por la soberanía de la razón, que busca la evidencia de las pruebas, bajo mi control personal. Hasta aquí ha derivado la incredulidad de Tomás.
La incredulidad nos mantiene en un encogimiento del ser; retiene y aprisiona la expansión del corazón.

La prueba de la Encarnación que Tomás exige
En la prueba que Tomás exige para dar su asentimiento y creer – es decir, entregarse al Resucitado – queda evocada la escena anterior. Jesús ha entrado con su carne santísima en contacto con la comunidad creyente. Para Tomás, como increyente, no es posible:
- ni la nueva realidad de Jesús carne del Espíritu,
- ni la comunión con la comunidad de seguidores.

Por otra parte, y además de lo anterior, Tomás enfrenta su yo personal, que debe ser garante de estas verdades, frente a la comunidad que es comunidad de discípulos, ayer de Jesús paciente hoy de Jesús Resucitado. La fe, como acto personal, requiere mi verificación personal, y la comunidad (que luego llamaremos “tradición”) no me lo puede proporcionar.
Tomás, por tanto, pone ante los ojos de la iglesia el problema central de la fe, ligada al testimonio de Dios y a la transmisión en el seno de la Comunidad.

La prueba de la Encarnación que Jesús da

A Tomás se le invita ahora a ver y palpar el cuerpo de la Encarnación a pasar de la incredulidad a la fe. Entre ambas la separación puede ser una simple membrana; la distancia, sin embargo, es insalvable.
La prueba para Tomás es la misma que ha negado: el contacto de la Encarnación, consumada en la Resurrección, por la comunión con este mundo. Jesús Resucitado es presencia vivificante del mundo. Aceptar esto es entrar en la fe.
La fe, por lo tanto, es comunión con la carne de Cristo, con su santa humanidad.
La fe da el paso sublime a la divinidad.
Jesús invita a vivir con su divinidad tangible, como si su cuerpo (es decir, su vida, su dolor, su sangre, su delicia...) estuviera conglutinado en nuestra experiencia empírica; como si el mundo nuevo – lo que ni ojo vio, ni oído oyó – fuera parte de nuestra realidad cotidiana

La fe de Tomás culmina en la adoración:
¡Señor mío y Dios mío!

Sin duda que la fe tiene múltiples manifestaciones, cuantas son las manifestaciones de la vida, porque toda vida pasa a ser fe. Pero la fe tiene una manifestación propia sublime: la adoración amorosa. Esa adoración es el punto que nos coloca en ese anhelo del tránsito hacia Él.
Nuestra oración, como ejercicio, tiende a eso: a terminar en un “¡Dios mío, te amo!” Si esto existe, existe la oración; si nuestra oración no queda traspasada en un “Te amo”  queda retenida en una reflexión.

“Más” bienaventurados los que crean
sin haber visto

La bienaventuranza final del relato va dirigida a los destinatarios del Evangelio. Hay una comparación entre el caso de Tomás y el nuestro. Nada se le quita a Tomás, pero lo que se pondera es la gracia nuestra, que, sin la “prueba  empírica” de la fe alcanzamos lo que Tomás alcanzó.
Y esta es la gracia a la que el Señor nos invita: la gracia de la fe total. Es la
- fe-abandono,
- fe viva y oscura,
- fe perseverante,
- fe que implica y entrega toda la vida

Puebla, Jueves de Pascua, 28 abril 2011.
 
Jueves de Pascua 2011
Lucas 24,35-48
(28 abril 2011)

¿A quién miran y a quien ven
los cuatro transfigurados?
No los creáis espantados,
que están los cuatro muy bien
cenando en Jerusalén.

Eran cuatro y uno más
delante, en medio y detrás.
Eras tú, Jesús amado,
que nos abriste el costado
para no salir jamás.
Puebla, Jueves de Pascua 2011

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