lunes, 2 de mayo de 2011

41. Beato Juan Pablo II - El día después


Soliloquio desde el corazón de la Iglesia
Ayer fue beatificado el Papa Juan Pablo II, que durante XXVII años cruzó por el curso de la vida  de la Iglesia peregrina (1978-2005), y de mi vida en concreto Algo misterioso llamaba a mi corazón para levantarme a las 3 de la madrugada (hora de México) y encender el televisor hasta las 6 del día, cuando se cerró el programa con un  beso de los cardenales al ataúd – ya relicario de Papa – que de las Grutas Vaticanas subía los altares. Era el amanecer y los hermanos ya estábamos convocados para la oración, pero tuve tiempo para ir a la computadora y ver si ya estaba recogida en Internet la homilía de Benedicto XVI. Estaba; la imprimí cuidadosamente, para mi uso íntimo y para servirme de ella en las tres misas que tenía asignadas en este domingo; y así lo hice.
El día fue demasiado breve para cargar con tantas vivencias que suscitaba en mi espíritu este evento histórico en la Iglesia. Y al despertar esta mañana, iban y venían, mecidas en el albor del día, que es una hora privilegiada de encuentro con la verdad.
Quizás a algún confidente respetuoso le puedan hacer algún bien, en ese parentesco universal que nos une.

1. Nos guste o no, o nos agrade más o menos, definitivamente el polaco Karol Wojtyla, Juan Pablo II, y ahora cálidamente Beato Juan Pablo II, ha subido y muy alto en el pódium de la historia del siglo XX. Si la historia concede apellidos a Reyes y Papas, ya  a este Ciudadano universal, desde su muerte, algunos quería llamarle Juan Pablo II, el Grande. Personalmente no me agrada que le pegaran ese mote de honor, que para mi modo de ver es una amenaza a esa humildad y sencillez de quienes seguimos al único Señor, al Siervo Jesús de Nazaret.
Los políticos, los seculares, lo podrán junto de cara a la era del Comunismo: él derrocó el comunismo en Europa; primero con Solidaridad en Polonia, y después, desde Polonia, en la Unión Soviética. En su juventud fue víctima del comunismo imperante; ahora, vencedor.
Ciertamente que Juan Pablo II en la coyuntura histórica de la Iglesia del siglo XX, tan zarandeada por el secularismo que iba irrumpiendo y afianzándose, el Papa ha sido el mejor embajador de la Iglesia Católica para los creyentes católicos y frente al mundo. El Papa venido de lejos ha hecho que la Iglesia tuviera presencia, lugar y crédito ante el mundo. Nadie ha visitado tantas naciones; nadie ha recibido tantas aclamaciones.
Pero quizás haya profetas o serios pensadores, que sugieran: No, esa gloria ha sido precisamente la debilidad de su pontificado. El triunfo de masas no es justamente el camino de Jesús. Las multitudes que hoy aclaman quizás mañana voten leyes en contra de los principios que firmememente enseña el Papa. Era un comentario surgido en España, cuando dos millones salieron a aclamar al Papa en Madrid, también el gobierno (1982) y al poco tiempo venían las leyes en pro de una sociedad muy distintra de la que el Papa proponía.
México ha amado, ha idolatrado al Papa. Esto es cierto y nos complace. Años antes de la muerte le levantaron una majestuosa estatua de bronce ante la Basílica en la Villa. Con todo, en esta ocasión, los críticos hacen una evaluación del paso del Papa por México y América, evaluación que ya antes la había sugerido el  mismo Papa ante el episcopado.
Un periódico mexicano, con filo crítico frente a la beatificación, acumulaba datos: En 1970 el 96,17 % del censo de la ciudadanía se profesaba católico; en 1980 había bajado el porcentaje al 92,62 %, pese a la primera visita. Hubo cuatro visitas más y el censo del pasado año (2010) dice que el 82,72 % son católicos. Dicen además las estadísticas que en 2008 sólo el 73,69 % pasan por el sacramento del bautismo en católico.
Estos datos en sí alarmantes, porque son datos que se aumentan de modo progresivo, no anulan el fervor sincero que los mexicanos han manifestado al Santo Padre, pero sí nos abren los ojos a una realidad palmaria: la fe de multitudes – que nos agrada y hasta nos consuela y fortalece - no es precisamente la fe que construye la Iglesia.



2. El Papa ciertamente ha batido todos los records de cosas grandes, como lo indican al dar noticias de su pontificado en cifras. Y la última cifra ha sido la de su beatificación.  L'Osservatore Romano de hoy, que por honestidad profesional trata de ser lo más objetivo posible, habla en portada de millón y medio de peregrinos, venidos de todo el mundo, y muestra una foto aérea en la que la plaza de San Pedro se desborda por la Via della Conciliazione hasta el Castel Sant'Angelo. Los que han llegado a Roma semejaban, mirando la plaza y las calles, como un inmenso mar... Pero no era solo Roma. Como no ha ocurrido con otros santos, al tiempo que se preparaba o se celebraba la beatificación, había estadios y centros de convenciones que congregaban a multitudes en vigilias de oración u homenajes para honrar a: “Juan Pablo – Segundo – te quiere todo el mundo”.
Negar estos homenajes apoteósicos y no abrirse al caudal de cariño que los mueve sería cerrase orgullosamente a la evidencia. Mirabilis Deus in sanctis suis: Dios es admirable en sus santos.


 Foto de 1995 escogida para presidir la beatificación
3. Con todo, no es esa la “vera effigies” que la Iglesia guarda de quien, con tan larga bendición, fuera pastor, testigo de la fe, misionero..., de quien empalmó con la hora de la juventud y defendió, como antropología, un humanismo filosófico abierto al Evangelio.
Hay que volver a los píos años de su juventud en los tiempos de la piadosísima Polonia, en medio de la lucha engendraba santos portadores de la piedad tradicional. La devoción a la Virgen era un puntal clave. Cuando los hermanos de mi generación vimos que el Papa elegido tenía como lema el “Totus tuus”, nosotros sabíamos perfectamente qué significada, porque esa era la espiritualidad que se nos había infundido desde niños seminaristas: ad Iesum per Mariam, la consagración de esclavos de amor a la Virgen María. Luego vimos que el Papa, a sus cincuenta años de sacerdote, haciendo el repaso de su vida, en el libro sobre el sacerdocio Don y Misterio, explicaba detalles. Y más tarde abría su corazón a la familia montfortiana, con el motivo (acaso excusa) de conmemorar los 160 años del descubrimiento del Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María de San Luis María Grignion de Montfort. Les decía: “A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que "encontré la respuesta a mis dudas", debidas al temor de que el culto a María, "si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo" (Don y misterio, BAC 1996, p. 43). Bajo la guía sabia de san Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En efecto, el pensamiento mariológico de este santo "está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios" (ib.)” (Carta del 8 de diciembre de 2003).
Esta forma de devoción, que no se puede imponer a nadie para seguir el camino de la perfección cristiana, da razón de uno de los secretos más puros y constantes del alma del Beato Juan Pablo. Esto explica sus documentos marianos, sus visitas a los santuarios de la Virgen en su viajes apostólicos, y también y, sobre todo, la linfa de su fervor cristológico. El centro de su corazón no es la Virgen, la Madre; es Cristo. Cristo Jesús, Redentor.
Todo esto queda dentro del corazón de la Iglesia. Los analistas sociológicos dirán otra cosa con otro lenguaje mucho más en consonancia, pero los que antes del Concilio hemos seguido el camino en ese tono espiritual y esa praxis piadosa, lo comprendemos muy bien, y vemos con evidencia – al mismo tiempo que con sabroso gozo – que de ese foco del amor a María y a Jesús se deriva todo: su ímpetu sacerdotal, su afán de misionero universal, su gran proyecto de llevar a la Iglesia al Tercer Milenio por los caminos marcados por el Vaticano II.
Para siempre Juan Pablo será alguien en nuestra vida, en mi vida personal (como lo es Pablo VI, por quien tengo celo para que cuanto antes suba a la misma peana, con su rostro humilde, con su corazón fragante, con su mente modernísima abierta al mundo).
Yo guardaré el volumen que ahora contemplo ante mí: el volumen de sus 14 encíclicas. Pero fueron igualmente maravillosos los documentos que originó para preparar, celebrar y concluir el Año Bimilenario de la Redención (Año Jubilar del 2000), e iniciar el tercer Milenio: Tertio Millennio ineunte, éste una auténtica joya de vida espiritual.
Hermano, hermana, que me has hecho la gracia de leer este soliloquio y confidencia, pasó el Día, y van a volver las aguas a sus cauces normales, también los sentimientos sublimados con la emoción de la jornada de ayer. Pasaron las fiestas, pero algo para siempre ha quedado en mi corazón, que de alguna manera he tratado de expresarlo.
Concluyo, querido confidente, amada confidente: que sea la verdad la medida de nuestra serenidad; y que sea el amor el balbuceo de algo que quisiera decir y que, bajando los ojos, no puedo decir... Comprenderás: el amor es siempre más, por eso como nada participa del ser divino.
Hermano Juan Pablo, Beato Juan Pablo, ruega por mí.

Puebla de los Ángeles (México), 2 de mayo de 2011, san Atanasio de Alejandría.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;