miércoles, 4 de mayo de 2011

43. Jesús de la Misericordia


Hermanos:

1. En la reflexión u homilía anterior dejé aquí mi palabra al eco de la celestial celebración del Beato Juan Pablo II. Que sea bendición para la humilde Iglesia del Señor Jesús. Ahora completo, pero ya no mirando la figura del Papa santo, sino de aquel a quien aclamamos “tu solus sanctus, tu solus dominus, tu solus altissimus, Iesu Christe”. Cristo es el único que merece el nombre de Santo; los demás – estén en el cielo o peregrinemos en la tierra – por redundancia. Somos, sí, los santos del Señor.
Vengamos, pues, a sondear el mensaje del domingo pasado, que Juan Pablo II, quiso que se llamara Domingo II de Pasca o de la Divina Misericordia.

2. Detrás de ello hay una religiosa polaca, sor María Faustina Kowalska. Murió joven, a los 33 años, en Cracovia, el año 1938. Veintisiete años después (21 octubre 1965) el joven arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, introdujo el Proceso informativo de esta causa, que se cerró dos años más tarde (20 octubre 1967) para pasarlo a Roma, en una sesión presidida por el arzobispo de Cracovia que lo era el ya Cardenal Karol Wojtyla. Siendo Papa la beatificó en el Domingo de la Divina Misericordia (18 de abril de 1983), y la canonizó en el Domingo de la Divina Misericordia (30 de abril de 2000).
Caminos de la Providencia que se sirve de circunstancias muy pequeñas para llevar a cabo cosas grandes. Sor Faustina era una humilde, humildísima religiosa, comenzando a dar a esta palabra un sentido literario elemental. Su formación no pasó de la escuela primaria, pues sus estudios fueron tres años tan solo, más exactamente: “Su educación escolar no duró ni siquiera tres años: al cumplir 14 años abandonó la casa familiar para trabajar de sirviente en Aleksandrów y Lodz, y mantenerse a sí misma y ayudar a sus padres” (Sor Ma. Elzbieta Siepak, en la Introducción a la publicación del “Diario: La Divina Misericordia en mi alma”). La pobreza real de una familia, e incluso del entorno, marca muy decisivamente la ruta de la vida.
Dios por medio, y la joven Elena, que así se llamaba de bautismo, pudo ser religiosa en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia. Esta santa religiosa, con el consejo apremiante de su confesor, escribió en los cuatro últimos años de su vida un Diario. Ese Diario son seis Cuadernos, que el lector interesado los encuentra íntegros en Internet, llenando un archivo inmenso de unas 700 páginas (depende, claro, del formato de impresión, texto dividido en 1828 números. Véase el archivo como: santa_maria_faustina_kowalska.htm). Y en esas páginas el hombre espiritual puede pasearse para ver las maravillas que Dios hace con personas humildes.
Es cierto que esta humilde mujer se siente con una vocación que trasciende su persona y su convento. “Tú eres la secretaria de Mi misericordia; te he escogido para este cargo, en ésta y en la vida futura (Diario, 1605), (…) para que des a conocer a las almas la gran misericordia que tengo con ellas, y que las invites a confiar en el abismo de Mi misericordia”  (Diario, 1567).
Esto, sin embargo, no quiere decir que el Señor llame a todos a ir por el camino específico, incluidas las devociones particulares que Jesús ha inculcado a su fidelísima Faustina: la imagen, la coronilla de la Divina Misericordia, la hora de la Misericordia (viernes a las 3 de la tarde).

3. Lo más conocido en esta espiritualidad es la imagen del Jesús de la Misericordia. Así se le presentó el Señor en una visión que tuvo en su celda el 22 de febrero de 1931: “Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – vi  al Señor Jesús vestido con una túnica blanca.  Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho.  De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido.  ( …)  Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti  confío  (Diario 47).  Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia “  Diario, 49)”.
Qué significaban esos rayos que salían del corazón de Jesús? “El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó: “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos”  (Diario, 299). Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía. Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo” (Sor Ma. Elzbieta Siepak, antes citada).

4. Ahora tenemos que pasar de sor Faustina a quien inspira todo esto. Más aún, para entender a la religiosa que ha escrito este Diario fecundo y meticuloso, hasta tendríamos que olvidarnos de todos estos particulares, e ir en directo a la fuente evangélica en que se inspiran: la cruz de Cristo, y ese corazón que late de amor, y que después de expirar se convierte en fuente espiritual. E igualmente tendremos que acudir al relato de la resurrección en que, según san Juan, Jesús, aparecido a los discípulos, “les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20).
Durante siglos hemos pensado los cristianos en el Corazón de Jesús, que no era una devoción de una santa (santa Margarita María de Alacoque) y de la Compañía de Jesús, sino una fiesta de la Iglesia, en la cual podíamos ver “como un compendio de toda la religión cristiana “ (Pío XII). “Dios es amor” fue la primera encíclica de nuestro querido Papa Benedicto XVI. El Corazón de Jesús es la expresión bellísima, inexhausta, del amor de Dios.
Pero ¿de qué amor?, podemos preguntar para mejor precisar. Del amor descendente, y del amor ascendente. En el corazón de Jesús se nos da todo el amor de Dios que desciende hasta nosotros, que nos envuelve y nos salva. Y, al mismo tiempo, en el corazón latiente de Jesús, podemos ver todo el amor que la humanidad que pro el cauce del hombre Jesús asciende al Padre. Por ello, el corazón de Jesús es el punto de encuentro de ese amor total que desciende y asciende, el corazón de Jesús y solo él. Si así contempla la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ya no estoy hablando de una devoción – de las promesas del Corazón de Jesús, de los Nueve primeros viernes al corazón de Jesús – sino que hablamos de la revelación de Jesús en cuanto tal en el Evangelio.

5. Cosa semejante, incluso paralela, podemos decir de Jesús de la Misericordia. Cuando sor Faustina vio el cuadro que un pintor encargado había pintado con los datos que ella dio, he aquí lo que cuenta. “Fui a la capilla y lloré muchísimo. ¿Quién te pintará tan bello como Tú eres?” (Diario, 313).
Puede ser que hasta la misma imagen no nos agrade... No importa. Vayamos directamente al Evangelio de Juan, que ha sido él el que nos ha introducido en la intimidad con dos escenas paralelas, la de la Cruz y la de la Resurrección. ¿Qué hay en este corazón que mana sangre y agua, y que Jesús muestra a los suyos en la tarde de la resurrección? ¿Qué hay dentro de ese corazón que alienta y de cuyo soplo viene el Espíritu Santo para el perdón de los pecados?
Habrá que recordar lo que ya hace muchos siglos nos dijeron los Padres de la Iglesia, como fruto de sus meditaciones que compartieron con el pueblo cristiano. El día de Viernes Santo oíamos estos párrafos de una catequesis bautismal de San Juan Crisóstomo, pronunciada el año 388:

Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto” (Catequesis bautismales, tercera).
Hermanos de ayer, hermanos internautas de hoy. Nuestra fe es amor y tiene un lenguaje de amor. A mas de mil seiscientos años de distancias los predicadores de ayer, los predicadores de hoy vamos a la misma fuente del corazón de Cristo, y encontramos lo que Juan contemplo y de lo que Dios testimonio y que nunca acabaremos de contemplar: Dios es amor. Dios es Misericordia. Y ese amor, y esa misericordia se llama: JESÚS.
Amén.

(Puebla, 4 de mayo de 2011).

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