viernes, 6 de mayo de 2011

44. Bajo el cobijo de Jesús de la Misericordia


Homilía a los Seminaristas del Seminario palafoxiano de Puebla de los Ángeles, con motivo del Titular del Primero de Teología.
Hermanos:

1. Me agradó mucho que los alumnos de primer curso de Teología, con los cuales me aplico en el estudio de la Sagrada Escritura, me invitaran a presidir esta celebración titular, que como es costumbre es compartida por todo el Seminario.
Les saludo, pues, a todos con cariño, y sin otros previos vamos a entrar directamente en el Evangelio donde encontramos a ese Jesús de la Misericordia que nos congrega.

2. Los textos sagrados escogidos para hoy vienen del domingo anterior, Domingo II de Pascua que desde el año 2000 es designado también como Domingo de la Divina Misericordia. Vamos a centrarnos en este versículo de san Juan que viene a ser el manantial de la fiesta. Jesús resucitado “les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20), un versículo que adquiere su plenitud cuando se lo pone al lado de otro del mismo evangelista: “uno de los soldados con su lanza le traspasó el costado, y salió al punto sangre y agua” (19,34).
Hay tres palabras que usa san Juan y que rondan entorno al mismo misterio. Son palabras necesarias para comprender lo que pasa en la Cena, lo que pasa en la Cruz y lo que pasa en la Resurrección. Me estoy refiriendo, siempre con el Evangelio de san Juan, al seno de Jesús (kolpos), al pecho de Jesús (stethos), al costado de Jesús (pleura). In sinu Iesu; supra pectus Iesu, y latus eius.
En griego no se confunden, ni tampoco en latín. Estas tres palabras, que pueden ser tres vías de meditación están referidas a una cuarta, que Juan no la pronuncia, pero la insinúa: el corazón, el corazón de Jesús (kardía). ¿De dónde sale la sangre sino del corazón? En el Nuevo Testamento se habla bastantes veces del corazón, del corazón humano, pero nunca del corazón de Jesús. Sí, en cambio, de las entrañas de Jesús, de las vísceras de Jesús. “Testigo me es Dios de cuánta soledad siento de todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús” (Flp 1,8). Es importante advertir esas matizaciones afectivas de nuestros organismo biológico y de nuestro psiquismo para ver que el amor de Dios a nosotros es amor concreto, amor que duele. La Madre Teresa de Calcuta decía que hay que amar hasta que duela.
En la Cena el discípulo amado estaba en el seno de Jesús (in sinu Iesu) cuando del seno pasó al pecho de Jesús, se recostó sobre el pecho de Jesús (supra pectus Iesu) para preguntar al Señor, por indicación de Pedro: ¿Quién es el traidor? Y Jesús le reveló este secreto de su corazón.
Como bien se percibe, no es lo mismo estar junto a Jesús, en el seno de Jesús, “in sinu Iesu”, que descansar sobre el pecho de Jesús. Un riguroso analista del lenguaje traduce: “Él, dejándose caer confiadamente sobre el pecho de Jesús, le dice: Señor, ¿quién es?” (Jn 13,25) (Nuevo Testamento trilingüe de Bover - O’Callaghan).

3. Somos llamados, pues, a esa confidencia superior, a esa intimidad que se activa en el corazón. Afinando nuestro pensamiento, podremos decir que también es distinto reposar sobre el corazón de Jesús, que meterse dentro de este corazón. Meterse en ese corazón es lo mismo que meterse en la Trinidad por la puerta del Verbo Encarnado.
¿Qué pasa en el corazón de Jesús, que quiere ser la morada de los íntimos, que son sencillamente los que el Evangelio de Juan llama sin más “los suyos”?
¡El corazón de Jesús! Hubo un día feliz en el que en la Iglesia se tomó la efigie de este corazón para decir de una manera visual, sensitiva y afectiva cómo el centro y compendio de toda la revelación se muestra en ese corazón. El año 1956 Pío XII, al cumplirse el centenario de la introducción de la fiesta del Corazón de Jesús para toda la Iglesia, escribió una encíclica con este título de Isaías: Haurietis acquas: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador (Is 12,3). Decía, citando a otro Papa, que en esa imagen está el “compendio de toda la religión”. “¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?” (Pío XI, en su encíclica Miserentissimus Redemptor).
Hermanos seminaristas, ese fue el examen final de toda mi Teología: Mostrar cómo el corazón de Jesús es el resumen denso de toda la Teología, de donde arranca la Moral. Para ello había que acudir a la doctrina de la encíclica, mostrando cómo el corazón de Jesús de Nazaret es el punto de confluencia del amor descendente de Dios y del amor ascendente de la criatura, y éste diversificado según los distintos amores que respiran en el corazón humano según los diversos conocimientos de donde fluyen: conocimiento anhelante de nuestra reflexión, conocimiento infuso, conocimiento beatífico. De hecho, hoy el corazón de Jesús sigue amando en el cielo, pues allí está su santa humanidad. El corazón de Jesús es una versión de lo que en otro lugar dirá san Juan por dos veces: “Dios es amor” (1Jn 4), título que Benedicto XVI ha dado a su primera encíclica.

4. En nuestras clases bíblicas, recorriendo la materia de este año – Pentateuco y libros históricos, desde Josué hasta los Macabeos – este ha sido el hilo conductor de todo cuanto hemos explicado. La historia humana – y humana es la historia bíblica, desde la muerte de Abel, primer homicidio de la humanidad, hasta la muerte de Bin Laden el domingo pasado – tiene una clave, inmanente y trascendente: Dios está ahí. En la muerte de un justo o de un terrorista, Dios está ahí, porque hay alguien que en su muerte ha asumido nuestras muertes. Murió uno por todos dice san pablo, pronunciando no un juicio político de la historia, sino el veredicto teológico último.

5. La imagen de Jesús de la misericordia, que ha presidido nuestras lecciones, que ha querido ser el sello de cuanto hemos anunciado, la firma de nuestra búsqueda mental, tiene debajo una firma: ¡Jesús mío, en ti confío! Ese es el remate de la revelación, la palabra que nos está diciendo y pidiendo Dios en este momento.

6. Hermanos seminaristas de primer curso y hermanos seminaristas de todo el Seminario, leamos la Escritura con pasión y sabiduría. Que no se obstruya nuestro camino por tantas mentiras, asesinatos, rebeldías que van regando todo el camino de la historia. Dios está ahí, exactamente igual a como Dios está en el centro de mi pobre vida. Dios es amor. ¡Sea Dios el amor de mi vida!
¿Qué más les puedo decir?

7. Que Dios nos dé la gracia de saber escuchar en la vida, tan dura y cruel en algunas personas, este mensaje celestial. Hacer teología, tarea laboriosa, es también un suave deleite para el espíritu. Llevar esos pensamientos a una vida ensangrentada de dolor es una nueva gracia. Dios está en nuestros pensamientos, ciertamente. Pero ese mismo Dios, hermanos, en las gentes rudas y hostiles, a los que la vida no les ha dado gratos ámbitos para pensar.

8. Hoy, y aquí en la Eucaristía,  Jesús nos abre las manos y el costado, para que nos dejemos inundar de todo lo  que sale de ahí: la ternura de Dios. Y luego, para que nosotros mismos nos metamos ahí, en el hueco de la roca – dice el cantar de los cantares – en ese dulcísimo corazón, que es la puerta de la Trinidad.
María, la Madre del Señor, la que estuvo al pie de la Cruz, nos reciba en su silencio humilde que cubre los siglos, nos haga fieles discípulos de su Hijo, nos haga santos sacerdotes.
Amén.

1. Jesús, Misericordia regalada,
océano de amor a lo infinito,
sabiendo la verdad del Evangelio,
de ti, mi Salvador, de ti me fío:
          ¡Jesús, en ti confío!

2. Contigo he recorrido la Escritura,
y allí te vi, allí desde el principio:
reflejo de tu Padre y del Espíritu,
que eras el que eres, siempre el mismo:
          ¡Jesús, en ti confío!

3. No manchan los pecados tu figura,
no empañan nuestros yerros tus designios:
la Ley y los Profetas van narrando,
y amor es la canción que percibimos:
          ¡Jesús, en ti confío!

4. Jesús manante amor, hogar del mundo,
que así quedó tu corazón herido,
el agua con la sangre inmaculada
son vida, gracia y paz, divino río:
          ¡Jesús, en ti confío!

5. La Iglesia va a su fuente generosa,
y bebe en ti su Espíritu y su brío;
eterno Sacerdote que intercedes
y asocias a ministros elegidos:
          ¡Jesús, en ti confío!

6. Jesús, Misericordia celestial
y gloria en el camino ya cumplido:
Jesús en Trinidad, fin alcanzado,
escóndeme en tus brazos, bendecido:
          ¡Jesús, en ti confío!

Rufino María Grández, OFMCap.




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