sábado, 7 de mayo de 2011

45 Emaús, camino hasta Jesús


+
Hermanos:

1. Vamos avanzando en los cincuenta días pascuales, y de los siete domingos que tiene este tiempo, el más hermoso del año, estamos hoy en el domingo tercero. Sepamos esta breve ilustración litúrgica: De estos 7 domingos de Pascua en los tres primeros se va proclamando cada domingo una de las apariciones de Jesús narrada en los Evangelios – hoy la aparición a los discípulos de Emaús –; el domingo IV está dedicado, todos los años, a Jesús Buen Pastor; y en los tres últimos (V, VI, y VII, que no se llama VII sino Día de Pentecostés) el Evangelio nos propone palabras del Señor referentes al Espíritu Santo, prometido para Pentecostés, corona de la Pascua.
Observen que en Pascua no se lee el Antiguo Testamento. Esto es para significar cómo el Antiguo Testamento, que como escrito de la primera Alianza, sigue teniendo vigor en la Iglesia, pues todo él es como una inmensa profecía, al llegar la Pascua de Jesús, plenitud de todas las esperanzas, nos centramos en ella, en esta esperanza cumplida, y tratamos de saborear lo que no tiene fondo, porque es el don total de Dios.
Con diversos cortes de los Hechos de los Apóstoles vamos viendo, ante todo, el primer anuncio de los Apóstoles, la vida de la comunidad, los ministerios de la comunidad, la predicación del Evangelio y la misión hasta los confines de la tierra.

2. Hoy, domingo III, se nos representa ante los ojos lo que pasa con los discípulos de Emaús, uno Cleofás y su compañero, cuyo nombre desconocemos. San Lucas es un narrador magistral, y su relato de Emaús es una pieza maestra. Los literatos tienen una material exquisito sobre el arte de narrar: el encanto de lo sencillo, sorpresa de lo imprevisto, intriga o misterio de lo que va a venir, entrada directa de lo divino, apoteosis de la fe. El literato tiene pasto de análisis; pero el teólogo y el espiritual tienen una mina inexhausta de sentido, para reflexionar sobre puntos como estos:
- Qué es la fe vibrante y la fe turbada.
- Qué son los ojos retenidos y los ojos abiertos de cara a la fe.
- Qué es la comunidad como ámbito de una presencia.
- Qué es el diálogo y la catequesis de Jesús Resucitado.
- Qué es la Escritura como fuente de la Resurrección.
- Qué es la experiencia sacramental de Cristo.
- Qué es la “fracción del pan”.
- Qué significa en la Iglesia: “¡Se ha aparecido a Simón!”

3. Fue aquel día memorable. Dos discípulos regresaban de Jerusalén a su pueblo, distante como 11 kilómetros. Discípulos en este movimiento que Jesús había suscitado, y, al parecer muy adictos, quizás del círculo de familia. La conversación va y viene sobre los acontecimientos de esos días, que no acaban de digerir. De pronto se incorpora un tercer viandante. Será seguramente otro que vuelve como ellos de los días de Pascua y va a su aldea; en todo caso es uno que ciertamente viene de Jerusalén. La conversación sigue con el desconcierto que han creado los acontecimientos.
San Lucas, fino escritor, que de profesión había sido médico, simplemente relata. Y el buen redactor, en su modo de escribir, sin decir, muchas veces dice, es decir sugiere.
Resulta una especie de sutil ironía – ironía sacra y paradoja – el que estos dos viandantes pregunten al que se acaba de juntárseles
- Pero ¡cómo!, ¿eres tú el único forastero que no sabe lo que ha pasado estos días en Jerusalén?
Y Jesús, el único que de verdad sabía lo que había ocurrido, haciéndose el ignorante, entra en la conversación:
- Pues ¿qué ha ocurrido?
- Lo de Jesús de Nazaret, que ese sí era un profeta poderoso ante Dios y ante los hombres.
- Y ¿qué?
- Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo juzgaron y lo condenaron, y lo entregaron  para que lo crucificaran.
¡Con qué dolor sonaron aquellas palabras! Y ¡cómo cayeron en el corazón de Jesús como para que este pensara: Hay que levantar a estos hombres, hay que resucitarlos, porque están derribados!
- Nosotros creíamos..., esperábamos...; no es que...., pero, en fin, no sabemos ya que pensar.
Bueno, es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo han ido al sepulcro y cuentan que han tenido una visión; fueron de nuestro grupo..., el sepulcro estaba vacío pero a él no lo vieron...

4. Hermanos, hay un momento en que los pensamientos se revuelven y giran como un molino, y podemos estar “piensa y piensa” sin solución. Si los ojos están retenidos, si la fe está aprisionada, daremos vueltas y vueltas, pero los cangilones de la noria no recogen agua, porque están averiados. La fe de los sencillos engendra vida, y la fe ilustrada ¡naturalmente que también!, pues esta fe ilustrada es necesaria en la Iglesia. En cambio, la ciencia y más ciencia, como erudición, como saber deslumbrante, nos tiene retenidos los ojos, aunque estemso conversando más y más.
Los discípulos agraciados cuando en la fe lo vieron todo, comentaron la forma que tenía Jesús de explicar las Escritura.s Era una forma que encendía el corazón. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).
En aquella célebre encíclica de Pío XII, Divino afflante Spiritu (1943), que impulsaba tan valientemente el método científico para desentrañar la Biblia, el Papa explicaba este versículo a los maestros de Sagrada Escritura en los Seminarios: “Por lo cual, la exposición exegética ha de ser principalmente teológica, evitando inútilmente disputas y omitiendo todo aquello que sea fuente de vana curiosidad más bien que fomento de verdadera doctrina y de piedad sólida; propongan el sentido llamado literal, y principalmente el teológico, con tanta solidez, explíquenlo con tanta maestría, incúlquenlo con tal fervor, que sus alumnos lleguen a experimentar en cierto modo lo mismo que los discípulos de Jesucristo cuando, yendo a Emaús, al oír las palabras del Maestro, exclamaron: ¿No ardía, en verdad, nuestro corazón en nosotros mientras nos explicaba las Escrituras?” (n. 27).
Muchas veces ha venido a mi mente este pasaje de la encíclica desde que, sentado en el pupitre como alumno, oí la cita a mi profesor. El buen maestro de Escritura debe contagiar pasión de la palabra divina, no por alzar la voz o por gestos patéticos, sino simplemente por penetrar con sabiduría el texto sagrado, lo que dice el texto. Sin salirse del texto, uno... como que entra – debe entrar – en el fuego.

5. Lo que se nos antoja como más divino en el episodio de Emaús es cuando Jesús, vencido por los amigos, se queda con ellos y se sienta a la mesa. Ahora, de repente la escena cobra una sacralidad litúrgica. Hay cuatro expresiones que son propias de la Eucaristía, o de la fracción del pan (v. 35), como dice el texto, a saber:
- tomó el pan,
- pronunció la bendición,
- lo partió
- y se lo dio, o, mejor: se lo iba dando.
Entonces es cuando lo vieron, y entonces Jesús se retiró, se desvaneció su figura, desapareció.
Lo anterior había sido una “aparición”; lo de ahora era la verdad de la fe.

6. Nosotros, hermanos, no estamos en “lo anterior”, que era como anuncio y soporte de lo siguiente. Nosotros estamos en lo siguiente, en la “desaparición”, que es la verdadera presencia y comunión en la fe. ¡Ahora es cuando Jesús estaba vivamente presente!
No jugamos con las palabras, sino que estamos comunicando la profunda teología de la escena. Jesús habita en su Iglesia por la fe; Jesús vive en mí por la fe.
Jesús resucitado, yo creo en ti, en tu presencia en la Iglesia, en tu presencia en al Eucaristía. Te creo y te comulgo en la fe.
Pero de la abundancia de tus dones te pido una chispa de fuego divino para que mi corazón se encienda cuando leo las Escrituras, y una gota de la dulzura celestial para que saboree tu presencia en la Eucaristía.
Jesús de Emaús, Jesús de mi Parroquia, hacia tti iendo mi mirada. Amén.

Como himnos litúrgicos para este domingo véase:¿No serás tú, buen amigo?; La ruta de Emaús sigue sus pasos

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;