jueves, 19 de mayo de 2011

49. Señor, muéstranos al Padre y nos basta


(Domingo V de Pascua, ciclo A
Jn 14,1-12)

Queridos hermanos:

1. En este domingo entramos en la despedida de Jesús, y el Evangelio proclamado es una sección de aquellas entrañables conversaciones de Jesús después de la Cena, que llamamos conversaciones de sobremesa y discurso de despedida. En efecto, si tomamos la Biblia en nuestras manos y abrimos el capítulo 14 de san Juan, todo él es un discurso de despedida, con ese tono característico que tienen siempre las últimas palabras. Quizás en nuestro corazón haya un archivo sagrado en el que hayamos recogido las últimas palabras de nuestro padre, de nuestra madre..., palabras que por ser de quienes son y en tal momento son especialmente sagradas. En la Biblia, lo mismo en el Antiguo que en el Nuevo Testamento hay discursos de este carácter de despedida; por ejemplo, las bendiciones de Jacob a sus hijos; el discurso de san Pablo a los presbíteros de Éfeso cuando salen a despedirle al puerto de Mileto, ya rumbo a Jerusalén. Pablo les dice que ya no lo iban a ver más, lo acompañaron hasta la nave y lo abrazaron llorando. El mismo Pablo en una de sus cartas despide a su amadísimo Timoteo y le da los últimos consejos antes de la partida.
Jesús se despide y comienza diciendo: “No se turbe vuestro corazón”. Se nos va lo que más queríamos en este mundo, ¿qué va a ser de nosotros? No se turbe vuestro corazón es una consigna de Jesús, que podemos tomarla como consigna de vida, y en torno a ella podemos reflexionar para incorporarla a ese dinamismo íntimo que estructura la propia personalidad.
¿A qué nos puede sonar la palabra de Jesús como “palabra de vida”?

2. Escribo desde México (aquí en Puebla, a los pies del “Popo”, Popocatépetl, bello volcán junto al Iztaccíhuatl; con frecuencia la nieve hermosean sus cumbres...), México que es una tierra turbada, muy turbada, con un saldo de 40.000 muertos, pago cruel y absurdo del narcotráfico. No se turbe vuestro corazón.
No se turbe vuestro corazón, si ahora con el pensamiento me traslado a España y pienso en la gran movida jde jóvenes y otros no tan jóvenes, que se extiende incluso en el extranjero, que se ha dado ante este domingo de elecciones. Con cinco millones de parados, los jóvenes miran al futuro y dicen: “Juventud sin futuro”. Y en asambleas que se han propagado por todas partes protestan no contra un partido u otro, sino contra todos, con una soberana desconfianza de cara a los políticos. Si la religión fuera su futuro..., pero tampoco en ello ven un panorama de confianza.
No se turbe, vuestro corazón, dice Jesús. No es una frase de consolación etérea; es una palabra que quiere incidir en mi vida e inocular en mí esa serenidad, seguridad y firmeza que lleva consigo.

3. Es que, en realidad, es una palabra teológica. “Creed en Dios y creed también en mí”. He aquí la teología: Jesús habla de Dios, a quienes creen en Dios, y se coloca a sí mismo en el mismo rango divino. Jesús había sido el maestro, el amigo, el compañero... con el que habían podido contar en esta tierra. Pero inequívocamente el maestro y el Señor es Dios, y por ser Dios, es el que decide la eternidad.
No se turbe vuestro corazón, porque voy a prepararos un lugar, y vuestro destino es seguro, tan seguro como que yo soy Dios. Es decir lo divino y lo humano se han mezclado para hacer de los dos cuerpo de la misma historia.
Lo divino es “familiar” y vamos a hablar del destino eterno, del modo más sencillo como quien habla de un viaje que voy a emprender para prepararos el sitio, volver luego y llevaros conmigo. Este es el tono del discurso: “la fami8liaridad” penetra todas las palabras divinas de Jesús durante las conversaciones de la Cena.

4. Y al mismo tiempo que la familiaridad es el perfume de todas estas palabras del divino corazón de Jesús (podemos llamarle así), de pronto las palabras del Señor adquiere una solemnidad regia.
Estamos dentro de la escena y escuchamos a dos apóstoles que intervienen con dos preguntas.
Como Jesús dice: “Y adonde yo voy, ya sabéis el camino” (v. 4), Tomás, muy decidido, dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”, pregunta de pura teología. ¿Qué más quisiera el hombre que saber el verdadero camino que lleva hacia Dios? En la Edad Media, un maestro judío español, Maimónides (Moshé ben Maimón) escribió una obra clásica titulada: “Guía de perplejos”. El gran filósofo judío quiere mostrar el camino que nos conduce hacia Dios, practicando la revelación que Dios entregó a Moisés. Y dicen los entendidos que “Maimónides es para la tradición judía lo que Santo Tomás para la cristiana, que adaptó los cánones aristotélicos a las corrientes escolásticas” (Wikipedia).
Jesús responde a Tomás y nos está respondiendo a nosotros: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (v. 6). Es decir, no tengo yo que ir a las universidades en búsqueda de una guía intrincada. Jesús es todo y yo puedo ir a él, sabiendo que él que es camino hacia Dios, es la verdad de Dios, la vida de Dios.
Y añade el texto evangélico: “Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”.
Son afirmaciones soberanas que llenan el universo del pensamiento, de la teología.

5. Y ahora viene la segunda pregunta teológica, esta vez en labios de Felipe, que mejor que pregunta es una súplica: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (v. 8).
El anhelo de Felipe es el anhelo humano, el último de todos los deseos, lo absolutamente único que puede saciarnos y ser la respuesta de todas las preguntas: Señor, muéstranos a Dios, que tú llamas “Padre”. Es cosa equivalente al último deseo que había expresado Moisés en el monte Sinaí: “Entonces Moisés exclamó: Muéstrame tu gloria. Y él le respondió: Yo haré pasar ante ti todo mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero. Y añadió: Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida” (Ex 33,18-20).
Tal era el pensamiento judío: No se puede ver a Dios; no puede el hombre soportar el resplandor divino. Si uno ha de ver a Dios, tiene que morir; solo en la eternidad se puede ver a Dios.

6. ¿Qué va a responder Jesús a esta petición sustancial que le hace Felipe? Escuchemos las palabras: “Jesús le replica:
-«Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?” (vv. 9-10).
En esta respuesta de Jesús, el Señor, advertimos dos cosas:
- La primera, que para ver a Dios, no hay que esperar a morir, sino que podemos verlo ya.
- La segunda, que el que ve a Jesús ve a Dios, que no hay un Dios, por lo tanto, superior a Jesús; que una inmanencia entre Dios y Jesús, que es comunión plena de vida, de sentido, de conocimiento.

7. Nosotros, queridos hermanos, vamos a Jesús y con él nos arreglamos y esta es sencillamente nuestra religión. Dejamos para los teólogos otras elucubraciones.
Esto es absolutamente divino y Jesús se empeña en que lo divino sea, para el cristiano, lo cotidiano.
Y para esto viene el toque final de las palabras que estamos contemplando: Jesús se va y nos dice y asegura con una fórmula sagrada: “En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores,  porque yo me voy al Padre” (.12).
¿Cómo vamos a hacer los discípulos obras más grandes que las que hizo Jesús? Pues así lo dice el Señor. Él actuó en una reducida área geográfica... No pudo más. Sus discípulos, y entre ellos nosotros, salieron al mundo entero. Esa es la obra grande que ellos hicieron. Pero ¡atención!, la hacen los discípulos, porque en realidad la está haciendo él desde el cielo. “...y aún mayores,  porque yo me voy al Padre”.

8. Concluyamos, hermanos. Nuestro corazón se llena de admiración y exultación. Jesús, nuestro hermano, es al mismo tiempo nuestro Señor, nuestro Dios. Se ha marchado y pronto vendrá para llevarnos consigo. El sitio lo tenemos reservado, del todo asegurado.
Vayamos por el mundo como hijos de Dios, seguros en todos los vaivenes de la vida. Vayamos irradiando paz y esperanza.
Jesús está con nosotros, y Jesús está con el Padre.
Amén.

Puede verse en mercaba.org nuestro p0oema de comunión para este domingo: En la divina morada.

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