viernes, 3 de junio de 2011

51. Ascensión del Señor


Hermanos:

1. Si el corazón vive de sentimientos, que son su vida y respiro, su verdad sensitiva... déjenme que aflore uno de esos sentimientos para decir: ¡Qué pena que las razones laborales y económicas manden de tal forma que el día de la Ascensión del Señor se diluya para pasar la fiesta al domingo siguiente! A los cuarenta días de la Resurrección del Señor se cumple su gloriosa Ascensión a los cielos.
Claro que el número “cuarenta” es un número místico y espiritual, un número bíblico y celebrativo, un número – diremos – sacramental. Procede de la Sagrada Escritura, y para el caso de la Ascensión de Jesús viene del inicio de los Hechos de los Apóstoles. Este libro sagrado, que es el anillo que une la vida histórica de Jesús con la vida de la Iglesia, la de los primeros días y, en definitiva, la de hoy, comienza así: “En mi primer libro, Teófilo, escribí sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo, hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había  escogido, movido por el Espíritu Santo,
Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del Reino de Dios” (Hch 1,1-3).
Este mismo evangelista san Lucas, que dirige su obra entera – Evangelio y Hechos de los Apóstoles – a un supuesto Teófilo, a un “Amigo de Dios” (que esto significa la palabra”,) ha terminado su primer libro con estos versículos: “Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24,50-54).

2. Estos versículos finales del Evangelio e iniciales de los Hechos nos abren dos preguntas: ¿Cuándo ocurrió cronológicamente la Ascensión del Señor? Y ¿cuál es el significado espiritual de este misterio?
Con sana teología podemos afirmar que en el mismo instante en que Jesús termina su vida terrestre empieza su vida celeste; en el mismo momento en que muere resucita, y asciende al cielo. Resurrección y Ascensión son modalidades del mismo y único misterio: su glorificación por el poder del Padre, su triunfo a la derecha de Dios, su vida inmortal. Con nuestras categorías de “tiempo” y “espacio”, que son las dos coordenadas de la historia, nosotros podemos hablar de lo que ocurre acá; pero lo que ocurre allá eso pertenece al misterio Dios. ¡A solo Dios la gloria por los siglos de los siglos, a Él la bendición y la alabanza!
Siendo esto así, los relatos de las apariciones de los cuatro Evangelios tratan de mostrar por medio de la “familiaridad” que la vida de Jesús es una, porque él es uno, y que lo de acá y lo de allá es continuo y uno. La persona del Señor – Jesús de Nazaret y Jesús glorificado – es una, no son dos; y su misión es una: el Reino de Dios, que es el Evangelio de antes y de después y de ahora. La vida tiene momentos, pero no se rompe; la vida palestinense de Jesús y la vida celestial es una. La una no rompe la otra; o, mejor, desde el momento en que Jesús concluye, se hace universal y contemporáneo. Jesús es el hombre universal, lo mismo judío que europeo que africano que americano que asiático. Jesús es de todas las razas y de todos los tiempos.
Esto es lo que nos están diciendo las apariciones familiares de Jesús. Jesús es nuestro, es el don del Padre a toda la humanidad, y, concretamente, porque esto es lo más importante, Jesús es para mí: Jesús es mío. Le puedo llamar yo “Jesús mío”, y no por una concesión efusiva, fruto de mi sentimiento, sino por una comunión mística con él, que me enseña en todas las páginas la lectura de los santos Evangelios.

3. No vamos, pues, contra las santas Escritura, sino que, por el contrario, las reafirmamos, cuando decimos que fundimos el tiempo de los hombres, que es el tiempo que marca el movimiento de los astros, con el tiempo de Dios, que es el tiempo del corazón.
La apariciones las vivimos como momentos sacramentales de hoy. Y hay una aparición que cierra el tiempo visible de Jesús, para decirnos que su permanencia, siempre viva, está unida a la presencia del Espíritu en nosotros.
Es muy bella la escena final de san Lucas. Jesús aparece como el Sacerdote que bendice a su comunidad. El gesto no es la señal de la cruz, que luego nosotros, tan significativamente hemos adoptado para expresar el misterio pascual del Calvario; es el gesto de alzar las manos hacia Dios, para posarlas luego sobre nosotros. Los bienes de Dios los recoge y los trae sobre nosotros; el cielo es nuestra herencia filial.
Jesús es el sacerdote, y la comunidad de Jesús sigue acudiendo al Templo, si bien ya nuestro nuevo templo va a ser el mismo cuerpo del Señor.
En el relato que abre los Hechos la Ascensión del Señor va unida a una comida, que nos puede evocar, de una manera tan espontánea, la Eucaristía. Jesús se marcha al cielo después de una comida. Esto es muy hermoso: comer juntos para decirnos “adiós”.
Y el detalle que sigue es éste: “Dicho esto, a la vista de ellos, fue llevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de su vista” (Hch 1,9).
Nos place recordar la bellísima Oda a la Ascensión que escribió nuestro profesor salmantino, puro entre los clásicos, Fray Luis de León, y que recoge, en parte, el breviario de hoy.
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

En esta lira hay una estrofa dedicada al detalle de la nube:

¡Ay! Nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!

Habla el poeta, el poeta amoroso, y en un momento crítico cuando le han suspendido de cátedra (poema escrito en 1572), poeta que explaya sus hondos sentimientos cristianos, a veces como gemidos:

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Puede el poeta verse en la cárcel y verse en Jesús.

Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso.

Fray Luis de León era escriturista, conocedor del hebreo, traductor directo de los textos sagrados. Hoy podríamos haberle pedido otro poema diferente: que nos hablara, que nos cantara las infinitas riquezas que nos ha traído lo que la teología ha definido como “el misterio pascual de Cristo”, que es, de modo indiviso, muerte-sepultura-resurrección-ascensión de Jesús, el Señor. En Jesús está todo nuestro bien; él lo ha comunicado a su Iglesia, y en la Iglesia y por la Iglesia, está en mi corazón. También los que no han tenido esta gracia de la fe son beneficiarios de los dones de Cristo; en Dios no hay barreras.

4. No quisiera terminar mis palabras en el día de la Ascensión del Señor sin referirme a un hecho simpático, lleno de profundo significado. Hace unos días, y concretamente el sábado 21 de mayo, el Papa Benedicto XVI tuvo un coloquio de veinte minutos, en italiano y en inglés, con la tripulación de la Estación Espacial Internacional, con motivo de la última misión de la nave Endeavour. Todo está detalladamente publicado, y nunca en el Vaticano había ocurrido un evento similar. Fue un amplio saludo de introducción, y luego seis preguntas y comentarios a los que respondieron seis astronautas. ¿De qué se puede hablar cuando se habla de la tierra al cielo...? Se puede hablar de la paz del mundo cuando se borran las fronteras del planeta, del progreso que espera a la humanidad descubriendo nuevas fuentes de energía, se puede hablar de oración... Y se puede dar el pésame al astronauta al que en el vuelo se le ha muerto su madre. El astronauta, en este caso el italiano Paolo Nespoli, le responde: “Santo Padre, he experimentado sus oraciones, vuestras oraciones han llegado hasta aquí. Es verdad, estamos fuera de este mundo, estamos en órbita alrededor de la Tierra y podemos ver mejor la Tierra y seguir todo lo que nos rodea. Mis colegas aquí, abordo de la Estación --Dimitri, Kelly, Ron, Alexander y Andrei -- han estado muy cerca de mí en este momento importante para mí, muy intenso, así como mis hermanos, mis hermanas, mis tías, mis primos, mis parientes han estado cerca de mi madre en los últimos momentos. Doy las gracias por todo esto”.

5. Hermanos: Jesús ha subido al cielo. “Subido”, por hablar con términos visuales. Jesús ha subido; es decir, ha penetrado más en lo hondo del mundo y en lo hondo de nuestro corazón. Jesús es más nuestro. Definitivamente en tiempo y en eternidad Jesús es nuestro.
Jesús, Señor. Infinitamente gracias, a ti la gloria por siempre.
¡Hasta pronto! ¡Hasta ahora! Amén.

Cantos para orar. Invito al lector a pasar, en mercaba.org (sección de Himnos de Pascua)  a mis composiciones tituladas: “IV. Himnos para la Ascensión del Señor y espera de Pentecostés”, que son:

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