jueves, 9 de junio de 2011

53. Espíritu de Dios, mi santo Espíritu

Solemnidad de Pentecostés
Hech 2,1-11; Jn 20,19-23

     Hermanos:
1. ¡Espíritu de Dios, mi santo Espíritu!
Hoy es Pentecostés, fiesta pascual del cielo y de la tierra. Y esta proclamación que acabamos de pronunciar, un endecasílabo, que podría ser primer verso de un Himno Espíritu, une dos realidades extremas y totales: Dios, afirmando que el Espíritu Santo es su Espíritu, su único Espíritu; y el hombre, afirmando con la misma contundencia, que el espíritu del hombre no es otro que el Espíritu de Dios, en esta vocación divina, radical con la que el hombre ha sido constituido.
Si esta gran proclamación, que hoy surge del corazón, como una confesión de fe, sí, al mismo tiempo que como un inmenso anhelo, la quisiéramos explayar en círculos y esferas universales, diríamos:
Espíritu Santo.
Espíritu de Dios.
Espíritu del Padre; Espíritu del Hijo.
Espíritu del Universo.
Espíritu de la Historia.
Espíritu de la Iglesia.
Espíritu de toda religión.
Espíritu de ayer, de hoy y de siempre.
Espíritu mío: de mi creación, de mi vida, de mi destino,
Espíritu que hace persona mi persona.
Espíritu del pensar humano.
Espíritu, alma de toda la Teología.
Espíritu de las santas Escrituras.
Y para terminar concluyendo, incluyendo, resumiendo: ¡Espíritu Santo!
Del fondo de mi ser emerge algo que me lo he aprendido de mí, y que - espero - ha sido el mismo Espíritu el que me lo ha infundido: Espíritu, intimidad de Dios, ultimidad de Dios.
Para dar título a esta homilía de Pentecostés, corona de la Pascua, puerta del cielo, uno se encuentra solicitado por las infinitas irradiaciones de ese Espíritu, múltiple a lo infinito y autor de la simple unidad en Dios y en el hombre. Escribo, por tanto, la palabra Dios y la palabra Hombre, para conceder, que, en virtud de la revelación que se nos ha entregado, el Espíritu de Dios, mi Creador, es el mismo que el mío, creatura... infinita suya.

2. Al tiempo que estos aleteos espirituales en esta madrugada fragante de vida sacuden mi alma, hay algo previo que deseo aclarar, como norma del lenguaje para poder seguir hablando. La pregunta que surge es esta: ¿Podemos hablar del Espíritu? De Jesús si, porque fue ciudadano terráqueo, porque tuvo un nombre en el registro del Imperio, porque hay unos Evangelios, memoria de sus pasos entre nosotros. Y podemos hablar del Verbo de Dios desde las raíces de aquel hombre, Jesús de Nazaret.
Esa es la imagen de Dios que llevamos dentro: Dios-Hombre, tan Dios como hombre, tan hombre como Dios. Volamos por cielos infinitos, siempre amarrados a la humanidad de Jesús de Nazaret. Dios es Dios encarnado; por eso, hablamos con propiedad de Dios. La carne de Jesús - sus vagidos, su sudor, su sangre y su muerte -nos dan las ganas para hablar de Jesús Dios. En suma, por la Encarnación palpamos a Dios, hablamos de Dios, cantamos a Dios.
Instalados en este Jesús Dios, instantáneamente pasamos al Dios de Jesús, es decir al Padre Dios, que lo imaginamos ("imaginamos", repito) como Hombre "padre", con su cuerpo, su rostro... y vagamente, aunque sin detenernos en ello, con su semblante barbado. En una palabra, desde el momento en que Jesús es Dios, también su Padre es humano Dios, y pensamos que ni nos traicionamos a nosotros mismos al hablar del padre a lo humano, al humanizar a Dios para entrar en comunicación y comunión con él, si bien los teólogos aseguren: el Padre envía, pero no es enviado, porque no va de acuerdo con su origen.
 3. Para nuestra representación de las cosas divinas, para nuestra lectura de las divinas Escrituras, a Jesús y al Padre los ponemos imaginativamente en paralelo.
Pero no nos ocurre lo mismo con el Espíritu. Ahí la imaginación se pierde en lo aéreo. Espíritu significa Viento: no imaginamos el Viento para hablar con él. Espíritu es el anhélito del ser vivo que respira; pero nosotros no dialogamos hablando al aliento. Al Espíritu se le representa como fuego; no, no entramos en comunión con el fuego, porque el fuego no es persona. En fin, el Espíritu es significado con la paloma; mas tampoco hablamos de verdad con la paloma.
Sabemos que el Padre, que el Hijo, que el Espíritu son persona: tres Personas y un solo Dios; tres Personas de la misma categoría cada una de las tres. Yo, persona, no puedo dialogar sino con una persona; pero quiero t requiero que la personas sea real, no sea un producto de mi fantasía, porque entonces mi conversación terminaría en la nada, y revertiría sobre mí mismo como una frustración.
Necesitamos, por tanto, hermanos, un acto de purificación  de la fantasía para entrar en comunión con el Espíritu Santo como Persona divina que enlaza mi persona humana.

4. Para hacer esta purificación tomemos un concepto esencial, no con la imaginación, sino con todo el ser: Dios es en mí presencia; el Espíritu Santo es Presencia, no intencional, sino real. El Espíritu es la presencia real de Dios en mí. Ahora pisamos otro terreno; ahora estamos en la sustancia del ser. Yo percibo mi ser como sujeto, como identidad y como vida. Por el mismo conducto, yo puedo percibir a Dios como Presencia en mí, como esencia, como voz callada, como intimidad, como seguridad que pacifica. Estamos en el ámbito del Espíritu Santo.

5. Así pues, hermanos, definamos sin miedo al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la presencia de Dios. Es lo más íntimo y lo que nos excede.
La verdad esencial sobre él, que nos transmite la Sagrada Escritura, empezando ya en el Antiguo Testamento, es que el Espíritu Santo es el don regalado de Dios. En la liturgia de Pentecostés se proclama esto de dos maneras: una en la escena de los hechos de los Apóstoles; otra, en la escena de la aparición de Jesús a los once el día de la resurrección. El pueblo judío celebraba la Fiesta de los Cincuenta Días, que radicalmente esto significa Pentecostés. Fue en esta fiesta cuando se derramó el Espíritu en la Iglesia como fuego, como estruendo, como palabra. Fue aquella mañana el Sinaí de la Nueva Era. La fiesta de Pentecostés recordaba el don de la Ley, que era el regalo de amor de Dios a su pueblo. El don de Dios, que Jesús lo había prometido en la cena, como don del Padre y como don suyo, acontecía ahora, en Pentecostés, en el Sinaí de la casa donde estaban reunidos los Apóstoles; también a la Virgen la representamos entre ellos. Vino el Espíritu de Dios, y la Iglesia se colmó de divinidad. Pienso que la homilía que ahora mismo estoy escribiendo, dejando que vuele, libre, el corazón, es aquel don que él derramó el Padre, y el Hijo igual, el día de Pentecostés.
“Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse” (Hc 2,4). Este es el bautismo en el Espíritu Santo. Los Apóstoles son transformados: son constituidos profetas de Dios, testigos de Jesús, Apóstoles de la Encarnación, mensajeros del amor inmortal de Dios.
Esto mismo es lo que quiere hacer el Espíritu hoy en su Iglesia.

6. Don de Dios que sigue a la muerte y resurrección del Hijo.  Con otras palabras el mismo misterio está significado en la tarde de la resurrección. Recordad el texto sagrado: “Como el Padre me envió, así os envío yo. Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22).
La escena nos recuerda el momento de la creación cuando Dios plasmó al hombredel polvo de la tierra, y sopló para inocular en los pulmones humanos el aliento divino; el hombre empezó a vivir con la vida de Dios.

7. Sabiendo, pues, que el Espíritu Santo es el don definitivo de Dios al mundo, el que se nos ha regalado con la muerte y ascensión del Señor, nos volvemos a preguntar, no para dudar, sino para saborear y gozar: ¿Quién es el Espíritu Santo? Es la presencia del Dios amante, y esa presencia, que ahora la vemos como fruto de la obra del Hijo sobre la tierra.
Pero, observad, hermanos: todos los hombres llevan dentro de sí un deseo de más, que es justamente el indicio de que el Espíritu de Dios es el regalo que Dios tiene para nosotros. El arte, que ya es don en los pueblos más primitivos, cuando no había escritura, es signo fehaciente de que el Espíritu es nuestra compañía. El poeta escribe unos versos, y lucha consigo mismo, porque ve claramente – y sufre por ello – que la belleza es algo infinitamente superior a lo que está escribiendo.
En fin, todo está atravesado por el Espíritu de Dios, porque el Espíritu es la intimidad de Dios y la ultimidad de Dios. Somos espírituales por el Espíritu Santo.
Hermanos, es preciso cortar la palabra..., cortarla, sí, casi exabrupto.
Adoremos a Dios, alabemos a Dios, dejémonos embargar por la presencia de Dios. Los dones del Espíritu, significados en siete palabras, no son siete ni setenta. Son la vida entera, en tiempo y eternidad. Amén.


Sobre el Espíritu de Dios puedes encontrar cinco himnos para la oración en nuestra sección del Himnario pascual, en mercaba.org, en la seción “VI. Pentecostés”, a saber:

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