miércoles, 15 de junio de 2011

56. En el nombre de la Santísima Trinidad

Domingo de la Trinidad

Hermanos:
1. Para comenzar a escribir esta homilía he alzado mi mano derecha y, trazando la señal de la Cruz, he comenzado a decir: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Así comenzamos la santa misa y tantos actos de nuestra vida cristiana. La Trinidad está en la Cruz. Esta fusión que hacemos entre las palabras y el signo, esta simbiosis entre la Trinidad y la Cruz, tiene su significado revelado. La Trinidad está en la Cruz. En la Cruz, en el misterio pascual de Jesús – muerte y resurrección- se nos revela que el Dios de nuestra fe es Uno, y, sin dejar de ser uno, sin romper esa unidad divina, es Tres: es Tres Personas. En la Cruz está la Trinidad. Es hermoso pensarlo, y definitivamente bello el vivirlo. La Cruz y la Trinidad convergen en el mismo misterio, son un solo misterio. Si no lo fueran, no adoraríamos la santa Cruz, el acontecimiento sacramental que significa y representa la cruz para el cristiano.
Nosotros, cristianos, hemos de estar muy abiertos a esta simbología de la fe. La fe quiere aterrizar en conceptos, pero no puede porque es más grande que todos los pensamientos. Y entonces, por una llamada que late en el corazón, acudimos a los signos y a los símbolos. Para hablar de la Trinidad, acudimos a la Cruz de Cristo.
Comenzamos, pues la Eucaristía en el nombre de la Trinidad haciendo la señal de la Cruz Cristo; y la terminamos con el mismo signo, cuando el sacerdote, alza la mano para bendecir y traza en el espacio, para toda la Asamblea, la señal de la Cruz, al tiempo que dice estas palabras: “Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros”. Símbolos que han de quedar dentro de nuestro corazón, haciéndonos exclamar: ¡Qué bella es nuestra fe! Y ¡qué expresiva en sus sencillos signos!
Esta sencilla reflexión para abrir la homilía de la Trinidad nos lleva a un toque de atención: ¡Con cuánto respeto y fe hemos de poner la cruz en nuestra frente, pecho y hombros, adorando y glorificando al Dios uno y trino!

2. Trinidad, misterio de la vida de Dios.  Por tanto, misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En tres zonas podemos imaginar, pensar, el misterio de Dios, que sobrepasa la mente humana. Estas tres áreas circulares y compenetradas en sí mismas son:
La Trinidad en sí, en su vida recóndita, que no comenzó y que no terminará.
La Trinidad en la historia de Dios y en el mundo, en toda realidad creada y la impregna, la llena, la ilumina, la vivifica.
Y, al fin, la Trinidad en mí, en ese misterio sublime que habita en mí, que hoy vivo y espero vivir por toda la eternidad.

3. Para hablar de la Trinidad, enlacemos con la vivencia que nos dejó la celebración de Pentecostés el domingo pasado. Lo cantábamos en unos versos sencillos:
Ha bajado el Amor a mi pecho
y de amor, puro amor, me ha llenado;
ha nacido el consuelo y la paz,
del Aliento de Cristo ha llegado.
Vivíamos el Espíritu como don de Dios, intimidad y ultimidad, como la última perfección de Dios, escondida en él y detrás de todas sus criaturas. Al venir hasta mí, derramado en mi corazón, yo quedaba divinizado. Comprendo que el ser humano ha sido creado abierto a lo infinito, y que es adentrado en el hogar mismo de Dios, llamado la Trinidad.
Estamos hablando de Dios, hermanos, y bien claro percibimos que nos falta el recurso exacto de las palabras. La palabra adecuada sobre Dios es la humildad, es la adoración; pero, al mismo tiempo, es el gozo y la exultación. ¿Puede haber dentro del corazón humano una palabra más cercana que la palabra “Dios”? ¿Puede haber un sentimiento más genuino que no sea el sentimiento de Dios? La familiaridad y el respeto se funden para que nuestro lenguaje en la tierra quede transformado en lenguaje divino, digno de las cosas celestiales.

4. El Evangelio de san Juan nos ha enseñado el lenguaje de la “familiaridad” para hablar de Dios; lo hemos visto y palpado en las conversaciones de la Cena. El texto evangélico de este día de la Trinidad (en el ciclo A) pertenece al Evangelio de Juan (3,16-18): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él, no perezca, sino que tenga viuda eterna. Por Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Se habla de entrega y se habla de envío. El envío nos evoca la encarnación; la entrega, el misterio pascual. Un misterio total cumplido en el Hijo, para que entendamos, de un modo y otro, que Dios es donación, Dios es amor. Y con el Espíritu Santo ocurre igual. El Espíritu es la donación plenaria, culminante de Dios al mundo.
Decididos a hablar de Dios, que es la palabra vocacional que el hombre lleva desde su nacimiento en sí mismo, en tres soberanas afirmaciones podemos sintetizar toda la teología:
Primera. Hemos descubierto que Dios, el único Dios que existe, el único que pudo existir, es donación. Dios es amor, infinito amor regalado al hombre.
Segunda. Si así hemos descubierto que es Dios para nosotros, ¿qué es Dios para sí? No puede ser otra cosa, no puede ser concebido de otro modo, sino como Dios donación en sí y para sí. Dios no es infinita soledad, que sería infinita muerte. Dios es comunión, Dios es donación. Mas la comunión perfecta, por necesidad, no es comunión entre dos, pues esta reciprocidad sería esterilidad; Dios fecundidad es Dios en tres. Dios es Trinidad, que llamamos Padre, Hijo y Espíritu.
Tercera y final verdad. Yo, nacido de Dios, llamado a mi Dios que llevo en mí, no puedo ser Yo del todo, si no soy Yo en comunión con Dios, si no quedo asumido en Dios Trinidad. La Trinidad que habita en mí, configura la esencia de mi ser, y marca mi vida actual y mi destino.
San Pablo nos expresa este pensamiento final en el versículo último de la carta segunda  a los Corintios, que es la lectura de hoy: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros”. Seguramente que se trata de una fórmula litúrgica que ya se había creado y que el apóstol san Pablo la recoge.

5. Hermanos, el hombre que camina por el mundo, que día a día se ve agitado por mil zozobras, dudas, incertidumbres de futuro... se interroga: ¿Quién es Dios?
Y ha de responderse sin miedo: Dios es mi Dios, como dice el salmo: “¡Oh Dios, tú eres mi Dios!, por ti madrugo; mi alma tiene sed de ti” (Salmo 63, que es el salmo inicial de Laudes en los días festivos).
¿Dios es compañía? Dios es compañía y mucho más que compañía: Dios es intimidad, lo que está más íntimo que lo íntimo de mí mismo, “intimior intimo meo”, dijo san Agustín, más íntimo que mi intimidad.
¿Dios es mi pasado? Ciertamente, porque yo sin Dios no existo, y en la eternidad ya existía con Dios como pensamiento suyo. “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo... Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo” (Ef 1,3-4). Dios es mi pasado; pero Dios es mi futuro.

Detengamos el paso, oigamos el latido del corazón, y abiertos a las maravillas infinitas, que están en mi ser, y desde las ventanas de mi ser las descubro en Dios mismo, en su historia que abarca la creación, en el misterio de María, en el misterio de la Iglesia, digamos con una paz embriagadora, y con un gozo exultante, lleno de esperanza: ¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!
Amén.

Nos remitimos a los Himnso que hemso compuestos para adorar el misterio de la Trinidad (para el segundo y tercero ir bajando en la misma página): Misterio original, final misterioDivinas Tres Personas que sois uno;; Es Trinidad.

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