viernes, 17 de junio de 2011

58. Vivir la Trinidad

Domingo de la Trinidad (2)
Hermanos:

1. Continuamos los pensamientos iniciados hace un par de días, abiertos al misterio de la santa Trinidad. Un domingo del año, el que sigue a Pentecostés está consagrado a la contemplación de este misterio de amor.
Al entrar en contacto con la realidad, lo primero que nosotros queremos es “saber”. Y el conocimiento tiene dos conductos: el los sentidos (ojos, oídos, gusto, olfato y tacto) y el de la inteligencia. Es todo un proceso que se opera en el misterio del ser, que se inicia en la superficie, pero que instantáneamente pasa adentro, al centro del ser, donde todo se unifica, y todo, en una simplicidad soberana, se hace unidad, y dicho con otra palabra esencial, se hace vida.
El tacto es contacto; el contacto es comunión; la comunión es vida con vida, savia con savia.
La visión es penetración, pues el que ve por fuera, al mirar, comienza a ver por dentro lo que sus ojos alcanzan, y esa mirada está tendida hasta el corazón. Por eso una sola mirada puede ser el chispazo de un enamoramiento. Y, diciendo lo mismo con otro lenguaje sensitivo, esa mirada que toca el corazón, puede ser un flechazo de amor.
Lo de dentro y lo de fuera no dos dominios que estén separados de tal forma que sean incomunicables; bien al contrario, vemos que la persona es una, y que los vasos comunicantes de lo de dentro y lo de fuera no están obstruidos. Todo lo que pasa afuera llega adentro, en mayor o menor intensidad; y, a la recíproca, todo lo que acontece dentro, se refleja afuera, repercute afuera.

2. Estos simples pensamientos que brotan de lo profundo del ser al comenzar a pensar, son como un preámbulo libre para hablar de la Trinidad. Lo dicho se refiere a esa vía del conocimiento que se ha dado al ser humano. En grado muy inferior y distinto, esencialmente distinto, es el conocimiento del animal, que no puede hacer unidad como nosotros, que no puede llegar a lo que ahora vamos a decir.
El conocimiento es una forma de acceder a la persona, pero hay otra, no separada de la primera, que es el amor. Se conoce más profundamente, más verdaderamente, por la vía del amor que por la agudeza de los sentidos y del entendimiento. El amor es acercamiento a la intimidad del corazón, comunión con esa intimidad, donación de corazón a corazón, fusión de mi ser con el ser de la persona amada.
¿Es válido todo esto que decimos para hablar de la Trinidad? Es válido desde el momento en que lo decimos; si lo decimos es porque lo pensamos, y si lo pensamos es porque Dios mismo, el ser amado, ha depositado en el ser humano la semilla de ese conocimiento. La fiesta de la Santísima Trinidad es no para ver cómo anda la teología de la Trinidad, sino para entrar en el misterio por la vía del amor, para quedarnos ante él, contemplar, amar, recibir, dar, comulgar. La Trinidad  es el origen y el destino del ser humano. Como hemos puesto de título en esta homilía: queremos vivir la Trinidad.
Se dirá que esto es mística. Sí, por cierto, pero el Padre Dios, que nos ha creado, quiere regalarnos el conocimiento de sí mismo y la comunión de sí, la vida de sí mismo. Esto es vivir la Trinidad.

3. Un buen apoyo del pensamiento de los cristianos es la vida de los mismos cristianos, la vida de los santos, y más cuando son ellos mismos quienes nos dicen cómo sienten y viven.
Los santos han visto a Dios, han vivido a Dios, nos muestran un camino para que lo tengamos en cuentan cómo nosotros, yo en particular, puedo tener experiencias semejantes. A decir verdad, nadie me puede enseñar nada último y sustancial, nadie me puede enseñar “mi camino”, sino solo Dios, porque Él es mi creador y mi dueño.
A Dios podemos verle ya en este mundo; Jesús nos lo dijo. ¿Qué es lo que vemos de Dios, cuando vemos a Dios, cuando su gracia baja suavemente a nuestro corazón, si nosotros no queremos seguir teniéndolos cerrados? Tres cosas podemos ver cuando vemos a Dios.
Podemos ver cómo es Dios, es decir, sus divinos atributos.
Podemos ver cómo vive Dios, puesto que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Y podemos ver cómo trabaja Dios, cómo Dios es la armonía del mundo y la armonía de mi vida y de mi corazón.

3. Hay una gran mujer mexicana, una gran mística, mujer casada y madre de nueve hijos, Concepción Cabrera de Armida (Armida es el apellido de su marido), 1862-1937, conocida simplemente con Conchita,
Oigamos cómo habla de que Dios es Vida. “Sentí en mi oración, la profundidad de la palabra Vida aplicada a Dios. ... Este Dios Vida, sumerge mi alma en una perplejidad asombrosa, amando, admirando...” (1896).
“Mil veces he leído y pronunciado estas palabras: ‘Dios es todo’, pero nunca había penetrado mi entendimiento, ni apreciado mi corazón ese todo, todo, todo. Me parece, lo siento y lo creo, que respiro a Dios, que como a Dios, que bebo a Dios. En cada flor contemplo a Dios. No encuentro cómo explicarlo, sin embargo ahí contemplo algo de Dios como emanación, aliento, no sé qué, pero ahí está Dios.
¡Qué grande es Dios!” (1894).
Esta mujer se detiene ante esta palabra: “¡Él!” “¿Quién podrá profundizar estas dos letras que encierran todo cuanto existe, todo lo infinito, lo bello, lo amable? Este Él es un Dios, es un Jesús, es la Santísima Trinidad” (1894).
“La contemplación de los atributos de Dios me tiene atada; cada uno encierra una inmensidad; el que me tiene ahora envuelta es el de su bondad. ¡Qué Dios tan grande, tan omnipotente, tan sabio y tan bueno! ¡Qué bueno es Dios!, me repito a cada momento y daría por bien empleada mi vida, si pudiera repetir constantemente esta palabra de admiración, de amor, de gratitud” (1895).
Obviamente esto es mística y es mística sana. Aquí no se dice ninguna cosa rara ni abstrusa. Aquí se dice simplemente que Dios es bueno, y esto se podrá decir de millones de formas, pero Conchita lo dice de la manera más simple: ¡Qué bueno es Dios!
A esto nos invita Jesús en el Evangelio, a contemplar a Dios y experimentar su bondad, su providencia, su presencia. “Me parece tan fácil la presencia de Dios – dice Conchita -. Pues si está en todas y cada una de las cosas que nos rodean y dentro de nosotros mismos tan cerquita que nos deslumbraría su vista, entonces, ¿cómo no pensar en Él, cómo no tenerlo presente en todos los instantes?” (1894).
Esto es vivir en Dios y vivir en la Trinidad.

4. Pero ahora esta mujer con los pies en la tierra, sigue pensando en cómo es el Padre con el Hijo y el Hijo con el Padre y el Espíritu Santo. El Espíritu Santo le arrebata del todo el corazón. “Amar con el Espíritu Santo, es amar con toda la fuerza de la divinidad, que es infinita, con un amor aquilatado en millones de grados, afinado, delicado, purificado de toda escoria humana, con un amor divino. Ama el alma con la divinidad misma; esto no tiene comparación, ni hay palabras en el lenguaje humano para explicarlo.
Esta es la gracia de las gracias, la fusión de los carismas de Dios, es el mismo cielo puesto a disposición de la pobre criatura, y ama con ella el Espíritu Santo, poseyéndola por entero”  (1913). Así habla una madre de familia.
Esta mujer experimentó las maravillas de la vida de Dios en su ser. La gracia central fue la “Encarnación mística” (25 marzo 1906). “Me dijo el Señor: Aquí estoy, quiero encarnar en tu corazón místicamente. Yo cumplo lo que ofrezco; he venido preparándote de mil modos, y ha llegado el momento de cumplir mi promesa, recíbeme. Tomo posesión de tu corazón; me encarno místicamente en él, para no separarme jamás”.
Notémoslo una vez más: es una madre de familia, que está cuidando de su esposo y de sus hijos, cumpliendo sus deberes de hogar. Y entretanto Dios haciendo estas maravillas.

5. Hermanos, la Santísimo Trinidad es un misterio real, misterio para vivirlo en nuestra vida cotidiana y en los quehaceres comunes, misterio que está esencialmente unido al misterio de la Cruz.
Los caminos de Dios son infinitos, y no hace falta salir de mi propio corazón para saber que ahí está la Trinidad. Amén.

1 comentarios:

Laura Blanco dijo...

Padre Rufino Conchita Armida es una mujer de quien quiero aprender a amar y vivir a Dios.
Pues ella siendo madre y esposa se hizo santa y eso me anima a luchar en el dia a día buscando como ella sentir la invasión de Dios en mi vida.
Hoy lo extrañé en misa dominical. Gracias por esta homilía tan hermosa.
Espero se encuentre bien, un abrazo

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