lunes, 20 de junio de 2011

59. Experiencia de Dios Trinidad

Domingo de la Trinidad - 3


Hermanos:

Ayer, domingo de la Santísima Trinidad, viajaba yo de Puebla a este estado y ciudad de Aguascalientes, y el motivo era los Ejercicios a un grupo de sacerdotes de la diócesis que hoy comienzo en la sede de este hermoso seminario.  Una diócesis que el Señor bendice. Han sido 203 seminaristas (seminario menor y mayor) para un presbiterio de más de 200 sacerdotes y una población de un millón de habitantes.
El domingo de la Trinidad es muy bonito. Tal día como hoy firmó la joven Teresa de Jesús y de la Santa Faz su consagración como Víctima de amor al Amor misericordioso, que es el eje de su teología, teología, en el fondo, trinitaria”.
Ofrenda de mí misma, como víctima de holocausto, al amor misericordioso de Dios.
¡Oh, Dios mío, Trinidad Bienaventurada!, deseo amaros y haceros amar, trabajar por la glorificación de la Santa Iglesia, salvando las almas que están en la tierra y librar a las que sufren en el purgatorio. Deseo cumplir perfectamente vuestra voluntad y alcanzar el puesto de gloria que me habéis preparado en vuestro reino. En una palabra, deseo ser santa, pero comprendo mi impotencia y os pido, ¡oh, Dios mío!, que seáis vos mismo mi santidad.
Puesto que me habéis amado, hasta darme a vuestro único Hijo como Salvador y como Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos son míos; os los ofrezco con alegría, suplicándoos que no me miréis sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón ardiendo de Amor”.
Así empieza el actod e consagración, que termina con estos párrafos finales:
 “(,..) A vuestros ojos el tiempo no es nada, un solo día es como mil años; vos podéis, pues, prepararme en un instante, para presentarme ante vos...
Para vivir en un acto de perfecto amor, ME OFREZCO COMO VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO A VUESTRO AMOR MISERICORDIOSO, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar, en mi alma, las olas de ternura infinita que tenéis encerradas en vos y que, de ese modo, me convierta en mártir de vuestro amor, ¡oh, Dios mío!
Que este martirio, después de prepararme para presentarme ante vos, me haga finalmente morir y que mi alma se lance sin tardanza en el abrazo eterno de vuestro amor misericordioso...
Quiero, ¡oh, Amado mío!, a cada latido de mi corazón, renovar esta ofrenda un número infinito de veces, hasta que las sombras se hayan desvanecido y pueda repetiros mi amor en un cara a cara eterno...”
Puso la firma de esta manera: “MARÍA, FRANCISCA, TERESA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ, reí. carm. md. Fiesta de la Santísima Trinidad, 9 de junio del año de gracia de 1895”. Era dos años de morir (+ 3 octubre 1897).
Para ella ser víctima de holocausto no era arremeter con actos heroicos dignos de memoria eterna y ejemplo de los mortales. Era, más bien, haber comprendido que Dios Trinidad es Dios amor, y que desde ese hogar del amor divino fluye incesantemente un oleaje de amor en el cual ella quiere participar, anegada, día a día, minuto a minuto.
Pero es plenamente consciente de que esa fidelidad del detalle, que es el amor respuesta al Amor, es, en verdad, un martirio de amor. Y como mártir de amor, en un holocausto de fidelidad, quiere vivir y morir.
Al ver una historia así, uno exclama lleno de admiración: Verdaderamente Dios es perfecto en sus hijos, en aquellos que han creído al amor y se han abandonado a él.
* * *
El viaje a que me refiero era largo: 9 horas de autobús con paradas en Querétaro, Irapuato y León. Nueve horas para que el conductor – o, más bien, los conductores – quisieran deleitar a los pasajeros con cinco películas seguidas. No era fácil el hacerse acompañar de un libro de tu gusto, porque el altavoz resonaba con voces de vampiro, con estallidos de riñas, con besos de amor, que suele ser el final. Y está bien que las películas terminen así con la cara hermosa de la vida. Todos, donde sea y como sea, aspiramos a un final feliz.
Era la fiesta de la Santísima Trinidad, y también en un autobús se puede escribir un Himno de amor a la Santísima Trinidad. Y ahora he pensado: ¿Por qué no ofrecerlo a los lectores y escuchas de “Las hermosas palabras del Señor”? Pues aquí va.
He aquí los versos y una introducción que recoge los ecos de mi homilía de ayer.

SANTÍSIMA TRINIDAD
(Confessio fidei,
laudatio, iubilatio et amor))

Todas las grandes religiones de la humanidad, con sus libros sagrados, con sus ritos, con sus obras de arrepentimiento y amor, son camino hacia el Dios único y verdadero: las religiones milenarias de oriente (India y Japón), el Islam, el Judaísmo... En ellas encontramos personas de bien, hombres y mujeres, verdaderos místicos, auténticos santos... Y si yo, personalmente, hubiera nacido en un país dominado por una religión no cristiana, yo podría haber sido uno de esos santos..., por ejemplo, un monje budista. Entonces ¿es indiferente ser cristiano o no serlo?
En modo alguno.
Yo, como cristiano, he conocido la verdad de Dios: su intimidad y su historia. Para un devoto no cristiano la Encarnación es absurdo e idolatría. Para mí, cristiano, esto es justamente el verdadero conocimiento del único Dios: encarnación, misterio pascual, efusión del Espíritu. Dios es Trinidad, descubierto en el misterio de la Encarnación.
Y de ahí Dios es experiencia de Trinidad; éste es el misterio en quien creemos y al que cantamos.

Mi Dios es donación, eterna entrega,
fecundidad y júbilo en el Hijo,
y amor que en el Espíritu es el beso,
amor donado, amor correspondido.

Él es revelación de su misterio,
mi Dios es transparencia de sí mismo,
que en gracia se nos da y es vocación,
abriéndonos el alma a lo infinito.

Mi Dios es cielo y tierra emparentados;
Él es encarnación, que es su destino:
su vida entera es vida derramada,
y ser Dios es estar a mi servicio.

Mi Dios es amistad que deifica,
mi Dios es el Espíritu sentido,
la eterna novedad que se transciende
intimidad y aquí, mi sello íntimo.

Dios es adoración, silencio aroma,
y amor que al ser tocado, es excesivo,
Dios es la Trinidad, la suya y nuestra,
y, al ser cual es, lo es porque Él lo quiso.

¡Te adoramos, amor amante, amado,
oh Dios de los deseos y suspiros,
y acógenos, oh Padre, Hijo, Espíritu,
amados por los siglos de los siglos! Amén.

De modo especial dedico estos versos a los Seminaristas que me dieron ayer noche la bienvenida, que habían quedado en el Seminario para el servicio de la primera tanda de Sacerdotes ejercitantes:  Efrén Martínez Reynoso (2° Teol.) - José Juan Vázquez Rincón (4° Teol.) - Ignacio Bastida González (3° Fil.)  Fabián Eduardo Gómez Mancilla (3° Teol) - - Juan Antonio Castillo  Aguilera (3° Fil.) – Gracias, amables amigos.

Aguascalientes, Ags., 20 enero 2011.


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