sábado, 25 de junio de 2011

62. Acoger a Jesús, acoger al Padre

Domingo XIII del ciclo A
Mt 10, 37-42

Hermanos:

1. Durante tres domingos se lee el capítulo 10 de san Mateo (domingos del tiempo ordinario del ciclo A XI, XII y XIII). Es un capítulo de envío, que comienza con el envío de “sus doce discípulos” (v. 1), pero luego se entiende que es el envío de todos y a todas partes. De envío, y al mismo tiempo de acogida, porque de las dos cosas se trata.
Jesús, el Enviado, envía. Hay un vínculo de transmisión: el Padre, Jesús y nosotros. Entre medio está el Espíritu, del que ha hablado: “el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”. El Espíritu es el artífice de esta obra divina en la tierra.
Estamos leyendo los Evangelios Sinópticos, pero en estas manifestaciones del envío, es igual que si estuviéramos leyendo el Evangelio “espiritual” de san Juan, signo de que en las raíces profundas los cuatro Evangelios están unidos, y esto solamente procede de uno, que es Jesús.
A nosotros un inmenso gozo nos puede embargar el alma, al comprobar – y ¡ojalá que al gustar! – que Jesús y el Padre son uno. “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30).

2.  Las primeras frases del Evangelio de hoy se refieren a ese amor absoluto y único que Jesús reclama para sí. Las sentencias suenan rítmicas, repetitivas, y sencillamente divinas:
“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí,
     no es digno de mí;
El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí,
     no es digno de mí”.
Está claro que Jesús es el amor preferencial y absoluto, y, en el fondo, el único: amor exclusivo y totalizador, amor que es ni más ni menos que el amor de Dios. Desde este amor habrá que tomar inspiración para todo otro amor.
Tantas veces, el corazón profundo se puede quedar silencioso y orando: ¡Solo Dios! ¡Solo Dios! ¡Solo Dios!
Esta admiración total, que la comprendemos y la aceptamos sin ningún reparo, es lo mismo que decir esta otra:
¡Jesús! ¡Solo Jesús! ¡Solo Jesús! ¡Solo Jesús!
El sentido íntimo de las palabras que respetuosamente hemos comenzado a analizar no es otro que este, aunque, de pronto, pueda chocar al espíritu. ¡Solo Jesús! ¡Solo Jesús! ¡Solo Jesús!

3. Es el significado que explica la declaración siguiente:  “y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Por tanto, leído el texto al revés: el que carga con su cruz (que es mi cruz) y me sigue, sí es digno de mí.
Jesús humano está hablando como Jesús divino; pues así es. El Legislador del Antiguo Testamento, Moisés, mediador de Dios, nunca habló así, porque no podía hablar. Los profetas, ninguno de ellos, pudieron hablar así.
Hay que confesar paladinamente: Dios ha bajado a la tierra para que un hombre, Jesús de Nazaret, pueda hablar como está hablando.

4. El mismo sentido debemos dar a la frase siguiente:
“El que encuentre su vida,
     la perderá,
y el que pierda su vida ¡por mí!,
     la encontrará”.
¡Qué frase más bella y sugestiva para lanzarnos a la aventura del amor a Jesús! Encontrar a Jesús es perderlo todo, perderlo todo por él, es encontrarlo todo en él. Eso del “todo” está expresado aquí con la palabra “vida”.
Ya tenemos, gracias a estas palabras que han salido de su boca, la clave de nuestra existencia. Hemos de decidirnos a perderlo todo, porque no perdemos nada si lo perdemos todo por él.
Es cierto que nos gusta proyectar, que es una manera de dominar el futuro. Uno se siente él mismo cuando, poniendo en acción sus íntimos recursos, planea y lucha. Está bien. Pero hay otra cosa superior, que te puede acontecer si Jesús se apodera de ti: perder todo. Perder mis planes, perder mi salud, si se tercia, vivir en mí desde fuera de mí, porque mi vida es el acontecimiento de Cristo. En una palabra, perder todo.
Recuerdo que una vez, hace muchos años, un fraile me dijo: “¡He perdido el mundo!”. Y tenía tal sello de autenticidad en su mirada, y en el modo como le salían las palabras de su boca, que yo me lo creí: ¡Este fraile ha perdido el mundo! ¡Este fraile ha encontrado el Evangelio! Este fraile sabe quién es Jesús.

5. Son palabras del Señor que pueden tener una resonancia explosiva en la juventud. En esa edad chicos y chicas, que poco tienen, pues no tienen más que ilusión – tan movediza – a lo mejor, con una ráfaga divina – pueden decir mirando... el mundo, delante de la universidad: He perdido el mundo; he perdido todo, y tengo la rotunda seguridad de que lo he encontrado todo. San Pablo así lo dijo, cuando ya era, años ha, un postgraduado en Jerusalén, y con méritos adquiridos de persecución a aquella secta perniciosa. “Por él lo perdí todo”, y terminó la frase: “y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él” (Flp 3,8).
Hay un claro parentesco entre la frase de san Pablo y la palabra de Jesús, signo de que aquella declaración del Maestro Nazareno había pasado por su corazón.
Lo que estamos diciendo no se refiere a arranques de juventud, a esos impulsos quizás favorecidos por la fuerza de la sangre. El perder todo por Jesús lo puede hacer un joven, recién salido de la adolescencia, un adulto, y un provecto; es una posibilidad de gracia que se nos da.

6. Pero el texto de hoy nos habla también de la acogida a Jesús, por medio del enviado. Acoger a Jesús, acogiendo a un enviado que se te cruza en el camino de la vida, no es una simple hospitalidad doméstica, virtud preeminente en la antigüedad y también hoy en los pueblos sencillos. Acoger a un mensajero cristiano es ni más ni menos que dar entrada a Dios en los dominios de tu persona.
El enviado no es propiamente el apóstol; es el mensajero, el misionero, que se lanza a esta tarea del anuncio de Jesús, a riesgo de lo que sea, contando con la posible persecución, y quién sabe si con el martirio. “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”.
Acoger a Jesús, a este Jesús, predicador venido de Nazaret, es acoger al mismo Dios del cielo. ¡Felices quienes lo han experimentado, quien ha vivido la entrada de Dios en su casa, por las sandalias y la plática de un humilde misionero o de una humilde misionera, que no hay distinción!

Jesús pone unos ejemplos vivos: el del profeta. El que acoge a este misionero, a esta misionera, como profeta del cielo, tendrá recompensa como de profeta. La lectura de Eliseo nos ha dicho el premio de profeta que recibió una humilde mujer que lo acogió. Recibió el don de la maternidad. No tenía hijos y su marido era anciano. “Tendrás un hijo en tus brazos”, le dijo el profeta, y aquella mujer recibió un regalo digno de un profeta: un hijo en sus brazos, alegría de su vida.
Otro es el ejemplo del vaso. ¿Qué cuesta sacar de la tinaja un vaso de agua fresca y dárselo al misionero, a la misionera? Incluso, ni misionero, “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa”. Todo es por Jesús, porque en esta humilde comunidad que él está creando en la tierra, está real y verdaderamente el Hijo de Dios.

Mis hermanos, mis pequeños hermanos, todo esto que estamos explicando nos resulta celestial. Así lo es.
Que Jesús nos conceda el don de experimentarlo en nuestra carne, en nuestro cuerpo, en nuestro paladar. Amén.
Himno como Cántico de comunión para este Domingo XIII, del ciclo A: A Jesús he preferido (se está subiendo)

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