domingo, 26 de junio de 2011

63. "Yo nunca me cansaría de hablar de él" (Pablo VI)


Hermanos:
El domingo XIII del ciclo A la Liturgia que clérigos, religiosos y religiosas rezamos como encomienda que la Iglesia pone en nuestras manos, y que todo fiel cristiano puede rezar por su consagración bautismal, al celebrar el Oficio de lectura nos ofrece un texto de Pablo VI, hoy siervo de Dios, que en verdad se nos antoja como un pasaje esplendente, fiel retrato de la persona y doctrina de este humilde y grande Pontífice. Es un texto tomado de una homilía pronunciada en Manila, el día 29 de noviembre de 1970, hace algo más de 40 años.
Esta homilía la pronuncio dos días después de que, a su llegada a Manila, en el aeropuerto, un fanático, perturbado mental, vestido con atuendo de sacerdote y con un crucifijo, llegó hasta el Papa para asestarle dos cuchilladas que, gracias a Dios, dirigidas al pecho, no pudieron penetrar ni cortarle la vena yugular. El agresor, que confesó que “no quería matar al Papa”, había escrito unas herméticas palabras en su cuchillo: “sumisión, podredumbre, miseria, Iglesia, superstición, engañifa”. No pasó nada, y el Papa bondadosamente no quiso darle importancia. Este viaje de un testigo de Jesucristo, a Extremo Oriente (Asia, Filipinas, Australia), fue el viaje de un Papa humilde y grande – repito – “santo”, lleno de humanidad que se siente devorado por el amor a Jesucristo y quiere anunciarlo hasta los confines de la tierra. Hay que saber que Pablo VI fue el primer Papa que visitó los cinco continentes.
Unos años después, en 1975, escribía la exhortación evangélica “Evangelii nuntiandi” (el día 8 de diciembre del año 1975, XIII de nuestro pontificado), que seguramente es la herencia más bella que el Siervo de Dios Pablo VI (¡ojalá que muy pronto lo veamos en los altares), ha dejado a la Iglesia.
Quien lee o escucha el pasaje que vamos a leer, siente como que está leyendo la exhortación que luego escribió sobre “la evangelización del mundo contemporáneo”, documento desplegado en siete capítulos: Del Cristo evangelizador a la Iglesia evangelizadora - ¿Qué es evangelizar? – Contenido de la evangelización - Medios de la evangelización – Los destinatarios de la evangelización - Agentes de la evangelización – El espíritu de la evangelización.
Quien escucha la homilía de Manila percibe que este hombre cree lo que dice, se ha compenetrado con el mensaje, y con tono vibrante confiesa que ha entregado su vida a Jesucristo.
Pablo VI dijo y escribió aquella célebre frase: “"El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio" (N. 41).
Y ciertamente que él convencía porque era un testigo.
Dijo, pues, en Manila y leemos y escuchamos hoy en la Liturgia de las Horas:

* * *
“¡Ay de mí si no evangelizare! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia el amor nos apremia. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda creatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él ciertamente vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad. 
Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y con‑ solados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos. 
Éste es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos, os re‑ pito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hom‑bre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico. 
¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos”.

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