viernes, 1 de julio de 2011

67. Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra

Domingo XIV del ciclo A
Mt 11,25-30

Hermanos:

1. Domingo XIV del tiempo ordinario, del ciclo A, con un Evangelio que ha coincidido ser el mismo que hace dos días leíamos este año en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
Fue un momento místico de la vida de Jesús, cuando él, transido de una fuerza interior, que se llama Espíritu Santo externó sus más íntimos sentimientos en una oración dirigida al Padre. Si en la vida de Jesús podemos hablar de experiencias cumbres, una para seleccionar es la oración. Bautismo, Transfiguración, Entrada en Jerusalén, Eucaristía, Huerto de los Olivos son momentos en los cuales Jesús ha vivido la invasión de Dios en el gozo, en la lucha o en la oscuridad. No todos los días son igual; no todos los paisajes, aun siendo bellos, suscitan sentimientos de exaltación. La oración de hoy, que surge repentina, movida por una oleada del Espíritu Santo (según anota san Lucas en el texto paralelo) es uno de esos momentos.
Jesús no fue al Bautismo para hacer una representación espiritual de buen ejemplo con los circunstantes. Aquella irrupción de lo divino en su ser, se produce por voluntad de Dios, y la experiencia de lo que Jesús gusta, siente y ve fue sencillamente un regalo divino. Jesús no subió al monte de la Transfiguración para que los discípulos vieran a Moisés y Elías; fue a orar en su gran necesidad. Y allí aconteció lo que Dios quiso.
De un modo similar, en cierta ocasión de su vida Jesús sintió dentro un oleaje del Espíritu que le hizo prorrumpir en la oración que hemos escuchado en el Evangelio de hoy.

2. Es una liturgia sagrada de bendición, La bendición es el corazón del culto cristiano. Y luego de la bendición abre sus brazos al mundo para hacer una gran invitación: Venid a mí.
“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Así comienza Jesús. Las oraciones judías comenzaban y comienzan con una bendición: “¡Bendito seas, Señor, Rey del cielo y de la tierra!”. Ahora, hay una diferencia clave entre la oración judía y la oración de Jesús. Él ora ciertamente al Dios de cielo y de la tierra, que es el Dios de la Alianza, el Dios de los salmos.
Pero ocurre que a ese Dios él lo llama “Padre”, pero esto no como quien aplica a Dios un atributo; por ejemplo, el que dijera: “Te doy gracias, Dios bueno y misericordioso, Dios omnipotente, Dios fiel...”, atributos bellísimos de ese único Dios infinito.
“Padre” no es un atributo de Dios; es la realidad misma de Dios. Y he aquí que Jesús se está dirigiendo al Padre, al que podemos darle los infinitos atributos de su esencia infinita. No es esto. Padre es la única manera que tiene Dios de ser Dios: Dios es Dios siendo Padre.
Y correspondientemente Jesús es Dios siendo el Hijo de Dios. No tiene Jesús otra manera de ser Dios que siendo el Hijo de Dios. Dicho esto pongamos los atributos que queramos: Hijo amadísimo de Dios,
Hay un mutuo conocimiento, que, al ser exhaustivo y recíproco, alcanza las últimas esencias de la amistad.
Es un amor divino, que Jesús nos lo ofrece como amor compartido. Esto es revelación; esto es el sentido de la Biblia: el amor compartido de Dios con el hombre. Algo meditamos en la fiesta del Corazón de Jesús.

3. Ahora nos interesa detenernos en la invitación: “Venid a mí todos los que estáis cansando y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (vv. 28-30).
Comprenderemos mejor las palabras de Jesús, si captamos la profecía de Zacarías, de la primera lectura. Escuchémosla.
¡Salta de gozo, Sión;
alégrate, Jerusalén!
Mira que viene tu rey,
justo y triunfador,
pobre y montado en un borrico,
en un pollino de asna.
Suprimirá los carros de Efraím
y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero
y proclamará la paz a los pueblos.
Su dominio irá de mar a mar,
desde el Río hasta los extremos del país (Za 9,9-10).

Este oráculo en realidad es un visión. Una escena así es un deseo, no la pintura de una realidad. Es el anhelo de un mundo imposible: un panorama de un reino sin armas, sin poderíos, el rey en un pollino, y la paz envolviendo todo el mundo. Es lo que pasaría si Dios viniera a la tierra y tomara el mando de la situación, y todos le obedeciéramos.
Pues ese es justamente el proyecto divino que Jesús ha querido para esta tierra como tierra de Dios. Si Dios mora en la tierra el hombre viviría así. Dentro de nuestro corazón hay una lucha feroz de fuerzas adversas, y abriendo las ventanas del alma a lo que pasa en la vida, vemos que la agresividad la ley del más fuerte es lo que impera, a veces oculto con cierto manto de cortesía.
Ese ciertamente no es el mundo que Dios quiere. En ese mundo no se puede saltar de alegría, y si existe la fiesta y el derroche, no es la fiesta de la paz, sino el festín de nuestros olvidos y de nuestras competencias.
El profeta Zacarías invita a Jerusalén a que dance de alegría por lo que está viendo, por lo que se ve venir, que ya entra.

4. Mira a tu rey que viene. Este es Jesús, y él ha asumido esta misión, con la misteriosa conciencia de que estas cosas estaban escritas por él y para él.
“Venid a mí”, nos dice, porque nos ve cansados y atribulados. Esta experiencia la tuvo san Pablo y la tuvo san Pedro. Pablo, por cierta actitud ambigua que mostró Pedro, según se cuenta al detalle en la carta a los Gálatas, capítulo 2, le dijo: “Nosotros somos judíos de nacimiento, no pecadores de entre los gentiles” (Ga 2,15), pero vimos que, al final, todo el sistema de la Ley nos resultó una carga y nos pasamos a Cristo.
Pablo experimentó en carne propia esta invitación de Jesús: Venid a mí todos que andáis cansados y agobiados. Y Pedro, igualmente, tuvo lamisma experiencia. Y, en lugar del Yugo de la Ley, se sometieron al Yugo de Cristo, que es el Evangelio. En el Evangelio encontraron lo que Jesús prometía: hallaréis descanso para vuestras almas.
Jesús nos dio la garantía de que su Yugo es suave, y que su carga (que es otra forma de decir lo mismo) es ligera.

5. No sabemos, hermanos, qué capacidad tiene el mundo de ser transformado por los principios de Jesús llevados a sus últimas consecuencias. Pero sí sabemos que esta gran tarea de Dios se puede comenzar desde ya por una persona..., por mí mismo. Yo puedo entrar en este régimen de la vida de gracia, y experimentar cuán bueno es el Señor.
Las palabras del Evangelio, en aquel momento extático de oración de Jesús, son una invitación general, para llevar adelante el plan de Dios, el Reino que predica Jesús, por el que vive y por el que va a morir. Mas en este momento esas palabras vienen dirigidas a mí singularmente, a mí en persona. Jesús me está diciendo, desde el pódium de la sabiduría de los siglos, y con la autoridad que el Padre le ha dado, me está diciendo a mí en persona y ahora: Si estás cansado y agobiado, si la vida es una dura carga que no puedes aguantar, ven a mí,
Sí, es cierto que estoy cansando y agobiado, muy cansando. Y no por la injuria de los años que se ceban sobre el cuerpo; estoy cansado porque me desagrado a mí mismo y la vida me desagrada al ver lo que veo, yo que quisiera luchar soñando.
Si estás cansado, me dice Jesús, ¡ven a mí, descansa en mí!
¿Qué le voy a responder?
Es verdad. Estoy cansado, Señor y muy cansado. Ábreme las puertas de tu corazón, que quiero descansar ahí. Quiero gustar que de ti dimana para poder contagiar la paz al mundo.
¡Jesús, tú bien sabes que te amo, confío en  ti!
Amén.

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