lunes, 4 de julio de 2011

69. Adoración a Jesús Eucaristía

Reflexión sobre la adoración al Santísimo Sacramento
 

Hermanos:

1. Mis palabras en este momento no son una homilía dominical, ni tampoco una homilía del Corpus Christi. Son una plática en torno a Jesús presente en nuestros altares.
Jesús está en el sagrario. Y esto provoca en muchos fieles un sentimiento íntimo para ir a orar junto al sagrario, o para adorarle expuesto en la custodia sobre el altar. Es algo que nace de dentro, que lo ha sembrado el Espíritu Santo.
En una obra que Benedicto XVI escribió cuando era simplemente Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia, comunicaba estas reflexiones y sentimientos: “Una iglesia sin la presencia eucarística está en cierto modo muerta, aunque invite a la oración. Sin embargo, una iglesia en la que arde sin cesar la lámpara junto  al sagrario está siempre viva, es siempre algo más que un edificio de piedra: en ella está siempre el Señor que me espera, que me llama, que quiere hacer ‘eucarística’ mi propia persona. De esta forma me prepara para la Eucaristía, me pone en camino hacia su segunda venida” (El espíritu de la liturgia. Una introducción, p. 113).

2. La adoración al Santísimo Sacramento puede argumentarse con grande teología, hablando del Misterio Pascual, hoy actualizado en espera de la venida definitiva de Cristo, como dice la proclamación de después de la consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”. De la celebración pasamos a la adoración, como queriendo retener el misterio infinito, y manteniendo el anhelo expectante de la espera. Todo esto es hermoso y verdadero, pero el corazón simple y sencillo, razona de un modo directo, elemental y con unas verdades que llenan el universo. Si por la consagración Jesús se ha hecho presente en el Sacramento, después que la Misa ha terminado y ha quedado recogido el Santísimo en el sagrario, el cristiano puede pensar:
- Jesús está presente allí
- y yo le puedo adorar.
Estas dos verdades son los dos ejes, los dos pilares, de la adoración al Santísimo Sacramento, oculto en el Sagrario o expuesto sobre el altar en un ostensorio.

3. Dios está ahí, con una presencia que llamamos sacramental, real, con una realidad divina, superior a todo lo que podemos conocer, admirar y gozar. Es la verdad de la presencia, que no podemos materializar, reducir al modo visual y tangible de presencia que nosotros conocemos. Pensar que “la realidad" es meramente la experiencia de lo que nos circunda es imponernos unos límites que nos sofocan y nos impiden vivir. La realidad, como realidad de vida, es sin comparación más que lo que vemos, oímos, olemos, gustamos y palpamos, si bien  esto concreto sea la puerta obligada para pasar a la realidad infinita.
Así, pues, Jesús en la Eucaristía es presencia.
La presencia de lo divino en los sacramentos está significada en la escena de la Hemorroísa (Evangelio de hoy: Mt 9,18-26). El Catecismo de la Iglesia Católica, para introducir la parte correspondiente a los sacramentos ha tomado la ilustración de la pintura de la Hemorroísa, que se encuentra en las catacumbas romanas.

4. Presencia, decimos; puntualicemos: presencia viva. Por lo tanto, presencia de comunión, presencia de relación, presencia de escucha, de diálogo y de adoración. Presencia de silencio, que es una misteriosa densidad de la palabra. El silencio es la adhesión del ser humano al ser divino.  Y a esto lo llamamos adoración. Por eso decimos: la adoración es el segundo puntal del culto al Santísimo Sacramental  en la Eucaristía.
Se expone el Santísimo para adorarle, y al final de la adoración recibimos la bendición, que es la respuesta permanente y gratuita que el Dios de amor concede a sus hijos. 
Ya veis, hermanos, qué teología más simple, y al mismo tiempo fecunda como son fecundas las primeras nociones sobre el ser, de donde arranca todo el pensamiento.
* * *
Ahora estas verdades que sustenta nuestra fe las quiero expresar, tratando de percibirlas como verdades en el mundo, en medio de nosotros, como crónica cotidiana. Hoy, lunes, comenzamos aquí donde estoy nuestra “semana parroquial”, que va a estar muy marcada por la adoración al Santísimo Sacramento. Según el programa, a las 7.30 de la mañana salía el Santísimo de la Iglesia para ir recorriendo, hora tras hora, las distintas estaciones. La familia Coyolt lo recoge y allí tendrá su puesto de adoración; a la hora siguiente lo recoge la familia Pichón Apanteco y allí tendrá su altarcito y sus feligreses; a la hora siguiente la familia Muñoz Chávez se encargará de preparar todo lo necesario... Y así sucesivamente hasta terminar al atardecer con la celebración de la Santa Misa. El Párroco propone en el programa como “actividades” de esta semana: Exposición y adoración al Santísimo – Confesiones – Visitas a enfermos – Visitas familiares.
(Que todo salga, Jesús, como está programado..., o mejor, claro está).

5. Esta circunstancia me trae el recuerdo de lo vivido el año pasado. Fue algo para mí tan bonito..., que, para poder comentarlo en un retiro con los Ministros de la Eucaristía, pedí testimonios. Y he aquí lo que escribieron.                                                                                                                                                                                                                                                                                                            El primero se refiere a un altar puesto en un campo de Futbol bajo una carpa. Un nicho encristalado protegía la custodia, que era de madera, pintada de color dorado. Vino la tromba de agua, como explica la señora. Rompió la Custodia; por una parte el pedestal, por otra el centro (donde estaba el viril, que no saltó), la representación de un sol con sus rayos, que la señora – más de setenta años – lo protegió en su coche, sobre sus rodillas.

1) “Hermanos, yo, Ministra de la Eucaristía, quiero dar un testimonio, pero que en mi pobreza no sé cómo Él se manifestó en un humilde Altar sin tener la divinidad que Él se merece.
Ahí cayó una tromba, viento y lluvia que tiró todo, rompiendo un  nicho de 1,1/2 x 0,80 de ancho, pesado, que, al caer, me tiró a mí al suelo, pero no me hizo daño alguno, ya que al caer no sé cómo me tiró, pero los cristales cayeron a  un lado, junto al Santísimo, que yo humildemente levanté con mucho respeto para llevarlo a un lugar seguro, dentro de un auto, todo cerrado.
No puedo explicar lo que yo sentía; pero se puede ver el amor, la fe que el Señor despertó en la gente. Dos personas al principio estuvieron orando, pidiendo perdón, cantando. Después quedó una sola; ahí junto al coche oraba, cantaba, alababa al Señor hasta que el viento dejó de soplar y la lluvia dejó de caer. Ahí esperé yo hasta que los sacerdotes llegaron para llevarse a nuestro Señor.
Le doy gracias a mi Padre por su bendita compañía y por ser testigo de su grandeza, de su manifestación, de su amor tan grande”.
Concluyo de mi parte el testimonio. Cuando acampó, un señor ofreció su almacén de madera para celebrar la Misa. Y, como si fuese la carpintería de san José, pero a lo grande, en aquella iglesia celebramos la Eucaristía y atendimos al confesonario.

En esta misma ocasión una señora enfermiza, delicada de bronquios, tenía miedo para acudir a la adoración en este lugar de San Juan. Se decidió y fue con su marido, consciente de que lo hacía por amor a la Eucaristía. Cayó el chaparrón torrencial y resultó que al final se sintió como curada.
Días después, el matrimonio, con la aludida Ministra de la Eucaristía (que es la Sra. Raquel) comentaban este suceso, y terminaron los tres… llorando de emoción.

2) De Periférico, la Sra. Mago (Margarita, esposa de don Arturo) nos transmite este testimonio escrito. La Eucaristía, al final de la jornada de adoración, se había celebrado bajo un toldo, al arrimo de unas paredes, terminando también en chaparrón.

“La presencia de Jesús Sacramentado dejó en la comunidad: participación, motivación, asistencia y ausencia (se refiere a alguna persona que no pudo asistir).
Testimonios. La Sra. Celsa el día 18 iba a ir al médico. Al asistir a cumplir su guardia ella y su familia, ante la presencia de Jesús nota, muy emocionada, que su salud cambia y da las gracias por el cambio que percibe en su persona.
Sra. Amantina: Tenía cosas que hacer muy importantes para su familia. Ante la presencia de Jesús ella dispone primero atenderlo y después se realizan sus pendientes, percibiendo que, ante todo, está Jesús.
Sra. Carmen: Sintió tanto la presencia de Jesús Sacramentado el día que nos visitó que le nació la idea de visitar enfermos que piden su presencia.
Sra. Margarita (la que escribe todo este testimonio): Doy gracias a Jesús Sacramentado porque estuve enferma con temperatura desde el miércoles anterior a la visita del Santísimo. Mi agradecimiento es porque con la lluvia que todos percibimos, al momento de la Eucaristía sané.
Yo soy feliz,
yo nada anhelo,
pues que mora en mí
el Rey de tierra y cielo”.
* * *
Así fueron los testimonios, sencillos, humildes y fragantes.
Si algún Obispo, si algún Teólogo profesional... llega a leer esta página, pienso que con respeto dirá: ¡Alto ahí..., que aquí hay algo! Y un Biblista acaso evoque el pasaje de las lecturas de hoy (lunes de la semana XIV, año A): “Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía” (Gn 28,16).
Jesús vive en medio de su santa Iglesia.
Jesús es percibido por los sencillos.
Jesús está en la santa Eucaristía.
¡A él el amor y la gloria!

Puebla, 4 julio 2011, 67° aniversario de mi Primera Comunión.

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