jueves, 7 de julio de 2011

71. El Sembrador, la semilla y los cuatro terrenos

Domingo XV del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 13,1-23

Hermanos:

1. Hoy es el Domingo de “El Sembrador”. Así podríamos llamarlo, aludiendo al Evangelio del día: “Salió el sembrador a sembrar”. Es la primera de una colección de parábolas que tiene el Evangelio de san Mateo en el capítulo 13, el capítulo de las parábolas. Otras parábolas están esparcidas en otros lugares del Evangelio.
Las parábolas de Jesús tienen belleza, mensaje, novedad. En esto no le hemos imitado a Jesús. Nuestras homilías las hacemos de modo discursivo, puesto que desde pequeños nos han enseñado a pensar, a discurrir, a hablar ordenadamente, exponiendo las ideas con lógica.
Tampoco Pablo supo imitarle en esto a Jesús, puesto que su estilo, altamente intelectual, de hombre de universidad, a pesar de ser él judío, no tiene la viveza imaginativa y el pronto que tiene Jesús.
Más aun, los estudiosos de los Evangelio reconocen que la tradición rabínica no ha tenido esta novedad que presenta el Rabbí de Nazaret con sus parábolas.

2. Esta parábola es muy singular por dos circunstancias. La primera, porque unida a la parábola va unida una cuestión esencial que se refiere a toda la predicación de Jesús. Dice el Evangelio: “Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?” (Mt 13,10). Y la segunda, porque esta parábola es una parábola explicada por Jesús. También es verdad que hay otra parábola explicada por Jesús, la del trigo y la cizaña, explicación hecha a petición de los discípulos: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo” (Mt 13,36).

3. Dejando estas observaciones para nuestro conocimiento, vamos a ir directamente al texto y mensaje de la parábola del Sembrador, que apare también en san Marcos y en san Lucas.
Jesús comienza representando una escena: “Salió el sembrador a sembrar”. ¿Quién es ese sembrador? Por de pronto, nadie en particular. Un labriego de los campos de Galilea. No interesa ahora el personaje; interesa lo que hace: la siembra del grano de trigo, que Jesús imagina que ha caído en cuatro terrenos diferentes. Luego nosotros podremos hacer nuestra aplicación real y concreta, diciendo que el Sembrador es Jesús. Esto es legítimo, porque Jesús, al final de las parábolas, como un acertijo, como una invitación a entrar en lo que se acaba de oír y completarlo, dice: “El que tenga oídos que oiga” (v. 9). Que es como decir: Discurre, aplícate la lección, y obra en consecuencia.
Unos puñados de lo sembrado, echando todo parejo, caen en el camino, en los senderos que se han hecho en el campo, al borde el camino, dice la traducción.
Otra parte cayó en tierra pedregosa.
La tercera fue a parar a buena tierra, pero que tenía zarzas y abrojos.
Y la cuarta cayó en tierra buena y bien preparada.
¿Qué quiere decir todo esto?

4. Este invento de Jesús, esta película de Jesús, quiere decir algo muy serio. ¿Cómo te comportas tú frente al hecho fundamental de tu vida de la llegada de la Palabra de Dios? Dios es un acontecimiento no del pasado, sino del presente: del tiempo de Jesús cuando él predicaba; del tiempo nuestro, cuando yo predico o a mí me predican. Dios vive como Dios de la creación y de la vida; y Dios, que se interesa por el hombre, quiere transformar mi vida entera, y hacer de mi vida una vida fecunda para los demás: una vida que dé abundante fruto: el ciento por uno, y, si no, el sesenta, y si no, el treinta por uno. En este orden descendente ha puesto Jesús el ejemplo. Él quiere, en una palabra, que mi vida rinda al cien por uno.
Dios quiere esto de sus hijos; quiere que nuestra vida sea fructífera. Pero yo soy libre y Dios no fuerza; Dios respeta mi voluntad. Yo puedo hacerme el sordo, o puedo, incluso, rechazarlo; o puedo ahogarme en medio del barullo de la vida e impedir que mi vida florezca y grane en lo que debe. Yo soy libre para que el bien sea totalmente hermoso, y libre para el mal, porque la grandeza del hombre es su libertad, como don del amor de Dios.
Jesús nos habla de cuatro posibilidades, y nos invita a una reflexión, a una confrontación que es de orden personal.

5. “Oíd lo que significa la parábola del sembrador”, dice. La semilla cae en el camino; si cae encima del camino, no entra en la tierra, no produce. Jesús aclara y nos habla de los pájaros. “Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino” (v. 19).
El encuentro con la Palabra de Dios tiene que ser el encuentro de nuestra vida y hemos de tomarlo con seriedad, porque en ello nos va todo. No podemos ser superficiales. Podemos referirnos ciertamente a las lecturas bíblicas que domingo tras domingo resuenan en la Misa. ¿Entendemos lo que leemos? ¿Prestamos atención al mensaje que Dios nos envía? ¿O acaso la palabra de Dios es como lluvia que cae sobre la roca lisa, se escurre... y no deja nada? La vida es seria y pide una respuesta.
La palabra de Dios no queda confinada en la Escritura. Dios habla al vivo en los acontecimientos de la vida, y esos acontecimientos están pidiendo una respuesta a Dios, nuestro Creador y Padre.

Veamos la segunda hipótesis, segunda posibilidad que me puede afectar. “Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe” (vv.. 20-21). Cuántos entusiasmos de juventud, hermanos, están representados en esta segunda escena que describe Jesús, el Maestro. Reciben la palabra de Dios con alegría, incluso, con entusiasmo. Grupos juveniles en nuestras parroquias de chicos y chicas excelentes, que luego... hasta dejan la misa. Pero, bueno..., ¿dónde están ahora aquellos campamentos, aquellas catequesis, aquellos campeonatos...? No tenían raíces, y, al venir la dificultad, lo dejan. Jesús nos está diciendo que el que cree de verdad tiene que estar dispuesto a la persecución y al ridículo. Esa es la lógica de la fe; ese es el verdadero compromiso.

Tercera representación de esta parábola. “Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril” (v. 22). ¿No les parece, hermanos, que aquí está representada una parte notable de nuestra feligresía de la Misa de los domingos? Personas buenas, muy buenas, pero que no se les ve que sean cristianos vibrantes. La vida con sus atractivos nos puede, y fácilmente termina uno siendo cristiano rutinario. Especialmente el dinero es lo que nos confunde: el afán de ser más y ganar más.

Pero seguramente que la parábola está apuntando hacia el resultado bueno: la tierra buena que produce el ciento, el sesenta, el treinta por uno. Jesús sabe que su obra en el mundo está produciendo el ciento por uno. Isaías nos había anunciado el poder de la palabra de Dios (primera lectura: Is 55,10-11). La lluvia que baja del cielo no torna de vacío: empapa, fecunda, hace germinar y da fruto. Eso es la Palabra de Dios. Y Jesús tiene una confianza total de que eso está ocurriendo en este momento en la Historia.

6. Siendo esto así, como firmemente lo creemos, la parábola, que parecería tener un sentido moralizador - con esa exposición catequética de los cuatro terrenos, de las cuatro respuestas -  se convierte en una parábola cristológica. Y ahora sí, el Sembrador es Cristo.
Dios, por medio de su Hijo amado, está esparciendo su Palabra en la tierra, y Jesús está enc<ontrando respuesta adecuada, la respuesta que Dios espera de nosotros, de mí en particular y en concreto.
Dios ha hecho de mi corazón tierra buena. La semilla no puede ser mejor; Dios está esperando de la tierra de mi corazón la respuesta total y la cosecha del ciento por uno.
Con la gracia de Dios, mis hermanos, así lo haremos. Amén.

Como himno para la opración de este domingo, puede verse: Sembrador de semillas divinas

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