jueves, 28 de julio de 2011

76. Jesús, compasión, pan y Eucaristía

 Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 14,13-21

Hermanos:

1. Los dos milagros más sorprendentes del Evangelio son la resurrección de los muertos y la multiplicación de los panes. Son dos milagros cristológicos, en el sentido de que estos milagros muestran de una manera esplendorosa quién es Jesús. Un lector inteligente, o – si queremos – un lector con espíritu de profeta, que, al leer, con su mirada aguda va hasta el corazón mismo del misterio y luego con la misma mirada otea toda la historia de salvación, al escuchar estos pasajes del Evangelio se pregunta: ¿Qué me está diciendo este relato? ¿Me está hablando de la bondad de Jesús ante cualquier necesidad humana, o acaso, como sospecho, me está hablando, más bien de ese misterioso Jesús de Nazaret, que es vida indestructible y que es alimento inmortal que sacia la necesidad primaria del ser humano, que es comer para vivir?
El relato evangélico no distingue; al contrario se diría que el primer mensaje que el evangelista da como primer testimonio es éste: que Jesús sale al paso de una necesidad humana, y que con amor la resuelve.
Cuando Jesús resucita a Lázaro, resucita a un amigo a quien amaba, por el que lloró y por el que lloraron otros; cuando resucita al hijo de la viuda de Naím, Jesús resucita a una madre sola y desamparada en el mundo; y, en fin, cuando resucita a la hija de Jairo, de doce años, Jesús responde a la súplica de un padre desgarrado:
Lo mismo ocurre en la escena que hoy se nos representa. El texto es explícito; es de un humanismo que nos da en rostro. Oigámoslo: “Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ellos y curó a los enfermos. Como se hizo tarde se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida” (Mt 14,14-15).
El evangelista anota, como anotaría un reportero: Jesús tuvo compasión. Porque tuvo compasión, curó. Que un enfermo tenga el valor de seguir a Jesús, suscita sentimientos de ternura. Jesús curó a los enfermos; y, al decirlo, se sugiere que curó por una fuerza divina.

2. Aquella compasión de Jesús, por tanto, no era la mera compasión del hombre bueno. Era una compasión que nacía de más arriba y que anidaba en el fondo de su corazón. Era, pues, una compasión humano-divina. Los evangelistas han meditado en ello, y Marcos, en este pasaje añade algo de valor teológico de primer interés.  Dice san Marcos, como escritor fiel, como teólogo, como hombre que está escribiendo para la Iglesia y para nosotros: “Al desembarcar Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34). Este evangelista no habla de enfermos, sino de otra necesidad primordial que tenemos los hombres. Aquellas gentes andaban como ovejas que no tienen pastor, ovejas a la deriva, que pueden ir por cualquier sendero y caer en cualquier barranco. Y él, como buen pastor, Jesús, reúne a su rebaño y le da alimento nutritivo: se puso a enseñarles muchas cosas.
La compasión de Jesús desemboca, pues, en las necesidades esenciales que arrastramos con nosotros: queremos salud como enfermos; queremos vida como humanos desfallecidos y hambrientos; queremos un buen pastor, como ovejas a la deriva.
La compasión de Jesús va a cubrir todas esas necesidades. En los Evangelios no se habla del “Sagrado Corazón de Jesús”, pero ¡qué otra cosa es el Sagrado Corazón de Jesús, sino esta figura del Señor que estamos contemplando!
Jesús, pues, tuvo compasión. Al decirlo, sentimos que esa compasión se alarga por los siglos y llega hasta nosotros. Y más secreta e íntimamente: esa compasión de Jesús llega hasta mí, y yo soy y voy a ser su beneficiario.

3. Ante semejante panorama la propuesta de los apóstoles es lógica y coherente. Gracias porque te han seguido; mándalos a sus aldeas, porque aquí no hay nada de comer. La respuesta de Jesús va por otra dirección, y no sabemos cuál es el matiz exacto para interpretarla. ¿Es un reproche? Acaso; de todas formas, es un nuevo acto de compasión. “No hace falta que vayan, dadle vosotros de comer”.
Nos preguntamos. ¿Será que Jesús ha escogido a sus apóstoles para dar de comer a la gente? ¿No dice el Evangelio que Jesús escogió a los apóstoles para enviarlos a predicar el Evangelio del Reino?
Sí, eso dice el Evangelio, pero añade otra cosa. “Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1, ampliando el texto de Mc 3,15). Donde están Jesús y sus apóstoles o discípulos, ayer y hoy, allí está la compasión de Dios, y el alivio de toda enfermedad y dolencia. Es consustancial a la misión de Jesús, en virtud de la compasión, la proximidad a todo mal que hiere al hombre.
 4. Sigamos, pues con el texto evangélico: “Dadles vosotros de comer”. Y continúa el relato: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Les dijo: Traédmelos” (vv. 16-17).
La exégesis en Latinoamérica, tan sensible a la situación oprimida del pueblo, y siguiendo por esta veta del humanismo de Jesús, se complace en esta exégesis de la compasión, que es la exégesis del compartir. Jesús no hace los milagros de la nada. El pan que había, y lo mismo los peces, si se comparten se multiplican. Lo cual, trasladado al área mundial, significa: El pan que hay en el mundo, si se reparte se multiplica y llega para todos. El egoísmo es la causa del hambre, y la generosidad en el compartir sería el milagro de la humanidad. Las instituciones mundiales - la FAO, creada para dar alimento a todos – busca esto.
Todos estos pensamientos son nobilísimos, y bien podemos ponerlos al cobijo del Evangelio, nosotros, como cristianos.

5. Quizás el significa riguroso tiene otro perfil, apuntando hacia la Eucaristía. Lo que va a suceder a continuación es algo divino: un banquete en el desierto, sentados en la verde hierba, que anuncia el banquete mesiánico del reino de Jesús, ese mismo banquete del que Jesús habla en la Cena, al levantar la primera copa del festín: “Os digo que ya no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios” (Lc 22,18).
El texto sagrado del Evangelio marca ahora cinco gestos de Jesús, que son los que el sacerdote repite en la consagración. Dice que tomó los cinco panes (y los dos peces), que alzó la mirada al cielo, que pronunció la bendición, que partió los panes, y que se los dio a los discípulos. Luego “los discípulos se los dieron a la gente” (v. 19).
Estamos describiendo un rito sagrado, bien conocido por los cristianos que están escuchando este Evangelio. Recordad, hermanos, lo que el sacerdote dice en la Plegaria Eucarística I, el Canon romano, que durante un milenio y medio se ha repetido en la Iglesia, antes en latín: “El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo: TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS”.

6. Al frío historiador la multiplicación de los panes le levanta preguntas sin respuestas: ¿cómo es posible que ocurriera eso tal como está escrito, y así por los cuatro evangelistas? Además, Mateo y Marcos tienen el relato de una segunda multiplicación de los panes, como si fuese un relato doblado del anterior.
En efecto, hermanos, la historia profana pregunta y no acaba de responder. Pero hay un historia sacramental dentro de la que estamos, una historia de amor inextinguible que es la que vive la Iglesia. La multiplicación del pan, que fue el milagro cotidiano de Dios acompañando cuarenta años a su pueblo por el desierto, es la historia presente en esta era de Dios.
La Eucaristía es la multiplicación de los panes. Y la Eucaristía, leída y comprendida a la vera del relato sagrado, es la compasión de Dios, la cercanía de Dios, el banquete de Dios en espera del banquete definitivo. La Eucaristía es mi Jesús del Evangelio.
No lo dudemos, hermanos. Cada Eucaristía es el milagro de Dios. Cada celebración de la Eucaristía – dice la Iglesia – es la Pascua del Señor.
Cada celebración es el banquete de Dios con nosotros. No dejemos nunca de comulgar, con el alma preparada, siempre que venimos a la santa Misa.
Ante tanta maravilla digamos: Amén.

Como cántico de comunión para este Evangelio véase en mercaba.org: Cinco panes y dos peces (con su introducción) 

Cinco panes y dos peces

Estribillo
Cinco panes y dos peces,
corazón multiplicado:
que a todos Jesús ha amado
y a todos llegó con creces

Estrofas
1. Alzó los divinos ojos
donde el corazón tenía,
y el Padre que lo miraba
la súplica recogía:
lo que quería Jesús
su Padre igual lo quería
por la mano del Señor
el pan a todos cundía.

2. La gente se recostaba
en la hierba que nacía,
y Jesús que oraba al Padre
los cinco panes partía;
y luego a los doce apóstoles
él mismo los ofrecía,
que los dieran a millares
en aquella carestía.

3. Comieron y se saciaron
y hubo pan en demasía,
que Jesús mandó guardar
pues nada se perdería.
Con gozo estaban cansados
ya la hora atardecía,
volvieron a sus hogares
y nadie desfallecía.

4. Comensales cinco mil
cuentan que eran los que había
más las mujeres y niños
en feliz algarabía;
era fiesta celestial
el pan que se repartía;
la Providencia es Jesús
y se llama Eucaristía.

5. Así siento y así vivo
tu misa de cada día,
Jesús de la compasión,
amor que mi culpa expía.
Jesús, misterio pascual,
que trajo toda alegría:
¡Te adoramos, Dios bondad 
Humanidad, vida mía! Amén.

México D.F. (Tlalpan, Verbo Encarnado), 25 julio 2011

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