viernes, 5 de agosto de 2011

77. Jesús y la barca en la noche

Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 14,22-33


Hermanos:

1. Hay tantas cosas que sugiere el misterioso Evangelio de hoy. Misterioso no solo porque todo texto del santo Evangelio está cargado del misterio de Dios, y por eso los documentos de la Iglesia nos dicen que el centro de toda homilía es Cristo, el misterio de Cristo; misterioso por las circunstancias que se dan en ese relato nocturno que sigue a la multiplicación de los panes.
La vida, conforme más avanza, sí es una tempestad en la noche, y puede verse uno barquilla zarandeada... Tantos pensamientos... Lope de Vega, ya mayor, clérigo de vida agitada, que entre humanas pasiones ha escrito cosas tan espirituales, pudo verse como un barquilla en las olas: “Pobre barquilla mía / entre peñascos rota / sin velas desvelada / y entre las olas sola” .
Misterioso relato decimos, puesto en la vida terrestre de Jesús, pero que, al mismo tiempo, parece un relato pascual: Jesús resucitado aparecido a sus discípulos que faenan en el fragor de la existencia, mientras él, luminoso, vive y reina con el Padre  y desde allí nos ayuda.

2. Veamos por partes, hermanos, qué nos dice el relato evangélico. El evangelista considera que es una narración que pertenece a los días históricos de Jesús, en la cual aparece, sobre todo, quién es Jesús, como acaba de mostrar en el suceso de la primera multiplicación de los panes. Indiquemos estos puntos:
- Jesús, tras el milagro mesiánico de la multiplicación de los panes, que es el aperitivo del festín celestial que nos prepara, busca la soledad del monte y, solo, se retira a orar. Uno se pregunta: ¿Por qué, después de aquel día tan singular, Jesús ha de ir a orar? ¿No es, más bien, la noche para descansar? ¿Cuál es el misterio que este hombre lleva consigo?
- Los apóstoles, mientras tanto, luchan en el mar. No han ido a pescar como otras veces; se han embarcado para atravesar el lago.
- Y Jesús los ve, los está viendo. Ya era la cuarta vigilia de la noche, en el cómputo romano para dividir la noche en cuatro vigilias. Había sido una noche tormentosa. Las olas, que pueden alzarse hasta un metro, habían agitado la barca. Toda la noche y ahora parecía romper la aurora en medio de la oscuridad. Pero hay otra aurora en el mar: la imagen de Jesús, hombre celestial. Jesús va viniendo: amanece la aurora de su presencia.
- Los apóstoles espantados, gritando ante el fantasma. Noche, tormenta, y para terminar un fantasma.
- Jesús dice: No temáis, Yo soy. Es la aparición divina en medio de la vida a la deriva.
- La palabra de Pedro, ya no el patrón de la barca pescadora, sino el jefe del grupo elegido. Los doce van en la barca, casi náufraga, y su portavoz es Pedro, que dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. ¿Se han fijado, hermanos, que esta frase está recogido en el Alma de Cristo, santifícame”, cuando al final se dice: “Y mándame ir a ti”?
- Ahora viene la experiencia de Pedro en el mar, que por una parte cree y otra vacila, y, al vacilar, se hunde.
- El final es al apoteosis de la fe. La barca es como un catedral, y todo se han postrado ante él, para hacer una confesión como nosotros celebrando la Eucaristía: “¡Realmente eres Hijo de Dios!”

3. De tantos puntos vamos a tomar dos: la barca en medio de la marejada, y Pedro sobre las aguas.
La escena evangélica se nos antoja que está hablando de lo que le está pasando a la Iglesia hoy en medio del mundo. Es, como si de repente, uno viera convertido el Evangelio en un escenario mundial de hoy. La barca navega muy zarandeada y el horizonte está con nubarrones; a lo mejor, después del viento, la tormenta.
La Iglesia navega rumbo a la estrella polar, porque con tantos siglos revueltos no ha naufragado, y sigue..., sigue adelante; pero sigue en el vaivén de las olas.
La Iglesia ¿tiene enemigos que quisieran verla destruida? Parece que sí, aunque uno ingenuamente, pensando que el mundo evolucionado siempre adelante con la avalancha de las ciencias se inclinaría a pensar que no, que las dificultades de la Iglesia son ni más ni menos que las dificultades de toda sociedad en la génesis de la historia. Pero puede ocurrir y habrá que aceptar que sí ocurre, que la Iglesia tiene enemigos que hacen lo posible por destruirla.
Y con ellos o sin ellos, la Iglesia está enfrentando un pavoroso oleaje de secularización que la bambolea a diestro y siniestro. Es socialmente el panorama de noche, viento y tormenta de nuestra era.
Y, al decir estas cosas, si aquí acentuara mi discurso, sin decir lo que llevo dentro, yo estaría contagiado del miedo y espanto de los apóstoles, y no acabaría de leer el Evangelio.
Había entre nosotros un gran educador y afamado escritor en el mundo franciscano (P. Lázaro Iriarte, doctor en historia de la Iglesia con medalla de oro) que, siendo maestro de novicios, decía a sus jóvenes: Mirad, nunca la Iglesia ha estado mejor que hoy...
En esta escena del Evangelio nosotros desde la barca no vamos a mirar a los vientos impetuosos que nos agitan, sino a esa figura humano-celestial que de pronto se vislumbra en la noche. Es Jesús. Sí, hoy Jesús Resucitado y viviente. Pero sucede que no solo lo veo en el horizonte, en la vida que me ha tocado vivir; sucede que lo veo dentro de mí, y aquí delante, ante mis ojos.  Sucede que, en verdad, esto es la realidad de mi vida, surtidor de mi amor y de una vigorosa esperanza. Lo que ha de pasar lo ignoro; lo que sí sé es que la vida es mi horizonte..., cuando se van cerrado (con sentida nostalgia, lo confieso) tantas casas, cargadas de las mejores evocaciones. El horizonte es la vida, porque es la presencia de Jesús.

4. Pero vengamos a este segundo punto que hemos destacado: el Pedro de la barca, el Pedro del mar.
“Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. Este Pedro que así invoca a Jesús, el Señor, nos entusiasma. Así le queremos ver: el decidido, el impetuoso, porque el amor a Jesús ha dado el sentido total a su existencia.
Y Jesús acoge la voz y el entusiasmo de su apóstol; le da una invitación, que es una orden: “Ven”. Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el milagro: el agua es firme como una calzada real para ir a su Señor. Pedro está viviendo una realidad divina. Pero, de pronto, le cruza un pensamiento tentador de que el agua es agua, que es como olvidarse por un momento de que Verbo de Dios, Jesús de Nazaret, es el Creador de cielo y tierra, de mares, montañas y continentes. Y entonces, sí, el agua se volvió agua, y Pedro comenzó a hundirse y gritó: ¡Señor, sálvame! Al punto Jesús le agarró, y Pedro no se hundió.
Este Pedro soy yo: si dudo me hundo; si tengo fe, camino. Hermanos ¿no es verdad? Y todos diremos: Sí, es cierto. Si he confiado en Dios, nunca me ha ido mal, aunque estemos, como se dice “con el agua al cuelo”; al final, nunca nos ha ido el mal. Esa la experiencia de los creyentes. Pero si no confiamos en Dios vamos a la deriva, aunque nuestros negocios rebosen de ganancias.
De la aplicación personal pasamos a la aplicación a la Iglesia, que es lo que brota del Evangelio. Hermanos, al morir el 2 de abril de 2005 el papa Juan Pablo II, fue elegido como sucesor de Pedro un cardenal jubilado que aquellos días cumplía 77 años y que a sus 75 había presentado su renuncia canónica... ¿Por qué los electores eligieron, no como sucesor de Juan Pablo II sino como sucesor del Apóstol Pedro, a un cardenal anciano? Pues sencillamente, porque vieron en él al hombre de la fe. Este hombre humilde (sabio a ojos vistas) nos podía dar a todos un ejemplo de fe, y cumplidos seis años en el timón de la barca, es lo que viene haciendo. Nos está manteniendo la fe, por su gran amor a Jesucristo.
El Evangelio de hoy nos está hablando de Jesús y de su Iglesia. El Evangelio de hoy nos infunde una inmensa serenidad y confianza. Este Evangelio se termina en la bella confesión a Jesús Hijo de Dios:
¡Realmente eres Hijo de Dios!
Amén.

Himno para orar con el Evangelio de este Domingo: La barca está navegando (con su introducción)

La barca está navegando
Cántico de comunión


Estribillo

La barca está navegando

movida de ola en ola,

mas no se encuentra ella sola,

porque Jesús está orando.



Estrofas

1. Los panes multiplicados

del Padre Dios han venido,

y para darle las gracias

Jesús al monte ha subido.

Y a solas están los dos,

el cielo a la tierra unido;

lo que Jesús le decía

solo el Padre lo ha sabido.



2. Y en tanto el mar se agitaba

con el viento enfurecido;

Jesús que está con el Padre

de los suyos no se ha ido,

porque el amor siempre queda

con el amado prendido.

Era la cuarta vigilia,

y Jesús se ha aparecido



3. Yo soy, les dijo en el mar

al grupo despavorido.

Pues si eres tú, mi Señor,

le dice Pedro encendido,

dime que llegue hasta ti

sobre las aguas subido.

Ven, y camina con fe

y corazón decidido.



4. Y el agua era cual roca

para Pedro en fe transido;

pero, al dudar, era agua

y Pedro sucumbe hundido.

Sálvame, mi Salvador,

le gritó muy confundido;

Jesús le tendió su brazo

y Pedro fue socorrido.



5. Jesús se subió a la barca

y el mar perdió su rugido,

y adoraron al Señor,

ya todo miedo vencido.

Jesús es paz, nuestra paz,

Vencedor enaltecido,

amor que Dios nos regala,

hoy y aquí acontecido.



6. Jesús de la Eucaristía,

pan ofrecido y comido,

eres mi Dios de la barca

que con gozo he recibido.

Jesús a mí revelado,

diálogo, amor y latido,

en tu corazón me pierdo,
quede por siempre perdido. Amén.

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