jueves, 18 de agosto de 2011

83. Arraigados y cimentados en Jesús

 Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 16,13-20

Hermanos:

Me resulta muy difícil hoy escribir una homilía sobre el Evangelio de la confesión de Simón y la confesión de Jesús, el Evangelio del primado de Pedro y de la fundación de la Iglesia, apartando mi atención de lo que el Papa (mi amadísimo Benedicto XVI) ha comenzado a decir hoy en Madrid.
Permítame el lector que esta vez traslade aquí el discurso que esta tarde-noche ha dirigido el Papa a los jóvenes en Cibeles. A mí me parece una joya, si uno va leyendo pausadamente los párrafos y va meditando algunas frases en particular.
Vaya, pues, la transcripción del discurso y el poema que de mi parte añado sobre la confesión de Pedro y la confesión de Jesús.

* * *
“Queridos amigos
(...)En la lectura que se ha proclamado antes, hemos oído un pasaje del Evangelio en que se habla de acoger las palabras de Jesús y de ponerlas en práctica. Hay palabras que solamente sirven para entretener, y pasan como el viento; otras instruyen la mente en algunos aspectos; las de Jesús, en cambio, han de llegar al corazón, arraigar en él y fraguar toda la vida. Sin esto, se quedan vacías y se vuelven efímeras. No nos acercan a Él. Y, de este modo, Cristo sigue siendo lejano, como una voz entre otras muchas que nos rodean y a las que estamos tan acostumbrados. El Maestro que habla, además, no enseña lo que ha aprendido de otros, sino lo que Él mismo es, el único que conoce de verdad el camino del hombre hacia Dios, porque es Él quien lo ha abierto para nosotros, lo ha creado para que podamos alcanzar la vida auténtica, la que siempre vale la pena vivir en toda circunstancia y que ni siquiera la muerte puede destruir. El Evangelio prosigue explicando estas cosas con la sugestiva imagen de quien construye sobre roca firme, resistente a las embestidas de las adversidades, contrariamente a quien edifica sobre arena, tal vez en un paraje paradisíaco, podríamos decir hoy, pero que se desmorona con el primer azote de los vientos y se convierte en ruinas.
Queridos jóvenes, escuchad de verdad las palabras del Señor para que sean en vosotros «espíritu y vida» (Jn 6,63), raíces que alimentan vuestro ser, pautas de conducta que nos asemejen a la persona de Cristo, siendo pobres de espíritu, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz. Hacedlo cada día con frecuencia, como se hace con el único Amigo que no defrauda y con el que queremos compartir el camino de la vida. Bien sabéis que, cuando no se camina al lado de Cristo, que nos guía, nos dispersamos por otras sendas, como la de nuestros propios impulsos ciegos y egoístas, la de propuestas halagadoras pero interesadas, engañosas y volubles, que dejan el vacío y la frustración tras de sí.
Aprovechad estos días para conocer mejor a Cristo y cercioraros de que, enraizados en Él, vuestro entusiasmo y alegría, vuestros deseos de ir a más, de llegar a lo más alto, hasta Dios, tienen siempre futuro cierto, porque la vida en plenitud ya se ha aposentado dentro de vuestro ser. Hacedla crecer con la gracia divina, generosamente y sin mediocridad, planteándoos seriamente la meta de la santidad. Y, ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia.
Al edificar sobre la roca firme, no solamente vuestra vida será sólida y estable, sino que contribuirá a proyectar la luz de Cristo sobre vuestros coetáneos y sobre toda la humanidad, mostrando una alternativa válida a tantos como se han venido abajo en la vida, porque los fundamentos de su existencia eran inconsistentes. A tantos que se contentan con seguir las corrientes de moda, se cobijan en el interés inmediato, olvidando la justicia verdadera, o se refugian en pareceres propios en vez de buscar la verdad sin adjetivos.
Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es importante no sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios. Nosotros, en cambio, sabemos bien que hemos sido creados libres, a imagen de Dios, precisamente para que seamos protagonistas de la búsqueda de la verdad y del bien, responsables de nuestras acciones, y no meros ejecutores ciegos, colaboradores creativos en la tarea de cultivar y embellecer la obra de la creación. Dios quiere un interlocutor responsable, alguien que pueda dialogar con Él y amarle. Por Cristo lo podemos conseguir verdaderamente y, arraigados en Él, damos alas a nuestra libertad. ¿No es este el gran motivo de nuestra alegría? ¿No es este un suelo firme para edificar la civilización del amor y de la vida, capaz de humanizar a todo hombre?
Queridos amigos: sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el cimiento firme que es Cristo. Esta sabiduría y prudencia guiará vuestros pasos, nada os hará temblar y en vuestro corazón reinará la paz. Entonces seréis bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría contagiará a los demás. Se preguntarán por el secreto de vuestra vida y descubrirán que la roca que sostiene todo el edificio y sobre la que se asienta toda vuestra existencia es la persona misma de Cristo, vuestro amigo, hermano y Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, que da consistencia a todo el universo. Él murió por nosotros y resucitó para que tuviéramos vida, y ahora, desde el trono del Padre, sigue vivo y cercano a todos los hombres, velando continuamente con amor por cada uno de nosotros.
Encomiendo los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud a la Santísima Virgen María, que supo decir «sí» a la voluntad de Dios, y nos enseña como nadie la fidelidad a su divino Hijo, al que siguió hasta su muerte en la cruz. Meditaremos todo esto más detenidamente en las diversas estaciones del Via crucis. Y pidamos que, como Ella, nuestro «sí» de hoy a Cristo sea también un «sí» incondicional a su amistad, al final de esta Jornada y durante toda nuestra vida. Muchas gracias”.

* * *

El Misalito de las celebraciones de estos días explica así el texto bíblico que se ha tomado como lema de la Jornada Mundial de la Juventud.
“El lema escogido por el Papa para esta Jornada es
Arraigados y edificados en Cristo. Firmes en la fe (cf. Col 2, 7). Recoge las metáforas de la raíz y de la construcción para mostrar la hondura de la unión con el Señor, la fortaleza del vínculo y la clave de su vitalidad. Arraigo significa pertenencia: una persona arraigada es aquella que mantiene unos vínculos fuertes con su propio origen.
Se lee en el libro de los Salmos: como un árbol plantado junto a la corriente de agua, hunde su raíz en la tierra y sus hojas no se marchitan (cf. Sal 1, 3). Tanto el salmista como el profeta Jeremías (cf. 17, 8) recogen el significado del nexo vital entre el árbol y la tierra fecundada por las aguas.
Estar arraigado significa también poseer un cimiento firme en el que apoyarse. El mismo Cristo emplea esta metáfora en sus parábolas (cf. Mt 7, 24). « Y esa roca era Cristo » (1Co 10, 1-6), advierte San Pablo, para mostrarnos cuál es la fuente de la que salta el agua de la salvación.

Cristo es la roca; la piedra angular; la piedra en la que Jesús ha transformado a Simón para que sea el cimiento firme de la Iglesia. Esa firmeza de la fe, arraigada y edificada sobre la roca del mismo Cristo, se hace visible en la roca de Pedro, fundamento de la Iglesia (cf. Mt 16, 13).

_________________

1. Dichoso tú, Simón, iluminado,
que nadie te lo dijo;
que solo Dios, mi Padre, por amor,
te abrió mi intimidad como Él lo quiso.

2. Que no es Filosofía conocerme,
ni alto raciocinio;
que no es conquista, afán de pensadores,
ni creación del fondo de mí mismo.

3. Que Dios es gracia y toque de amadores
al corazón de un niño;
que Dios es humildad y encarnación,
y en ese rumbo corre su camino.

4. Que Dios es la inmanencia de quien ora
amante y compungido;
mi Dios es su visita, su caricia,
su ternura en mi pecho, adormecido.

5. Que Dios es su silencio rumoroso
al par de mi latido,
el eco de si mismo redoblado
que suena y suena cuando yo me olvido.

6. Dichoso tú, Simón, que me enalteces,
y me has llamado el Hijo;
la Iglesia se sustenta en esa fe
tan frágil y tan fuerte por los siglos.

7. ¡Jesús, el encontrado y confesado,
que habitas en lo íntimo,
impera y resplandece, Dios excelso,
y abrásanos en el candor divino! Amén.

Puebla, 18 agosto 2011

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;