jueves, 25 de agosto de 2011

85. Alegría y vigor, al eco de las Jornadas


 Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 16,21-27

Hermanos:

1. Si hoy no comenzara la homilía con un Canto espiritual a la alegría, me sentiría fuera de órbita. La homilía tiene tres puntos de referencia: Cristo (centro de toda homilía); el texto, manante de sentido; y la asamblea.
Desde la presencia de Cristo la homilía desentraña el texto sagrado – y muy especialmente el Evangelio –, lo deja hablar desde sí, y, al escucharlo, deja que el mensaje fluya a la vida. La circunstancia concreta que está viviendo la comunidad es inherente al mensaje de la homilía.
Pues bien, la circunstancia precisa donde me ubico es el eco resonante de Madrid, que la semana pasada fue testigo de una gran “ekklesía” mundial de jóvenes cristianos. A diez mil kilómetros de distancia yo viví esos días arrimado el oído a la voz del sucesor de Pedro – más bien, leyendo la voz de Pedro, y la voz de Jesús en él –,  y, entretanto,  mi corazón se iba dilatando más y más con una misteriosa alegría. Hoy, miércoles de audiencia pontificia, el Papa vuelve a evocar aquellas celebraciones de fe, y nos cuenta cómo se sintió. Sencillamente, se sintió feliz.
Dijo el Papa en l audiencia: "casi dos millones de jóvenes de todos los Continentes vivieron, con alegría, una formidable experiencia de fraternidad, de encuentro con el Señor, de compartir y de crecimiento en la fe: una verdadera cascada de luz. Doy gracias a Dios por este don precioso, que da esperanza para el futuro de la Iglesia: jóvenes con el deseo firme y sincero de arraigar sus vidas en Cristo, permanecer firmes en la fe, caminar juntos en la Iglesia".
¡Qué hermoso, incluso, que el tiempo, ardiendo a cuarenta grados, en una tarde combatiera con lluvia y huracán, para que en aquella magna asamblea batida la naturaleza recordara eso: que la vida es ímpetu y combate!
Hay múltiples interpretaciones de aquel evento, multitudinariamente el más grandioso hasta hoy, del pontificado del humilde y vigoroso anciano Benedicto XVI; pero, el más inmediato, el que de sí se impone es que aquella multitud estaba sacudida por una fe ferviente, con rostro juvenil y con gran esperanza para el futuro.

2. Las Jornadas tuvieron una secuencia esplendorosa cuando al día siguiente, el lunes, de nuevo muchedumbres se juntaron junto a la Fuente Cibeles, la gran plaza madrileña del recibimiento al Papa Benedicto y pasaron la tarde con cantos y mensajes, para coronarla con una llamada y una respuesta. Cinco mil jóvenes varones “se levantaron” (así habla la Escritura) para seguir a Cristo con una oblación a fondo perdido en alguna forma de consagración como célibes, dispuesto a lo que Dios pidiera en tal estado: sacerdotes, religiosos, misioneros laicos. Anunciaron: Han contado cinco mil. Y el mismo gesto tuvieron las mujeres, si bien no en el mismo número.
A diez mil kilómetros recojo, medito..., y dejo que el corazón se siente plácidamente en este festín espiritual que podemos disfrutar al amparo de la comunión de los santos.
He percibido que la alegría es Evangelio, pues la alegría es signo de la salvación recibida. Y ¿cómo no estar alegres ante tan inmensa multitud que se siente generosa, porque “ha encontrado” lo que de alguna forma buscaba, peregrinos de las naciones, cargando con la Cruz de las Jornadas, signo de que Cristo Redentor es paz y unidad...?
Si la alegría es Evangelio, la alegría nos está evangelizando, a mí en este momento en que soy receptor de esa oleada de entusiasmo de los que han ido, “y al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125,6).
Si la alegría es pura como en este caso, es un tónico refrescante y fortificante de fe.
Hoy me resultaría dañino examinar críticamente las protestas para ver en qué, acaso, podían tener razón; y también impertinente ir al balance defensivo de la economía de las Jornadas, como seriamente lo consignaba ayer el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano. La alegría de la fe sobrevuela a esos eventos de grado menor, y comparativamente muy pequeño, que ha acompañado a la Jornada Mundial de la Juventud, en base de que las opiniones de la oposición también deben tener resonancia pública. La alegría del Señor, suave y serena, llena mi corazón de otro modo.
Gracias, Jesús, por la obra secreta y preciosa que tú haces, y has hecho ahora, en los corazones.
La feliz circunstancia, como decía al principio, da el tono a esta homilía.

3. En ella volvemos a Pedro. La semana pasada, iluminado, confesaba a Cristo, y Cristo le confesaba – le proclamaba, le instituía – a Pedro: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17). Jesús habla de “mi Padre que está en los cielos”, sintiéndose él mismo colaborador y revelador del misterio. A Pedro se le comienzan a abrir las puertas de la Trinidad.
Pero la revelación no termina con esa escena celestial, porque el Jesús total es el Jesús Pascual, y si es cierto que no hay Pascua sin resurrección, igual de cierto es que no hay Pascua sin el sufrimiento de la Cruz, lo cual es escándalo.
A secuencia de la confesión de Pedro, Jesús comienza a descorrer el velo pascual, y deja caer el primer anuncio de la Pasión. Pedro, el de la confidencia celestial, le lleva aparte a Jesús para reconvenirle: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor!” (Mt 16,22). Esta espontaneidad es signo de esa confianza cualificada de la cual disfruta el primero de los apóstoles. Jesús le reprende, como sabemos, hasta llamarle Tentador, Satanás, que, sin quererlo, le aparta de su camino. Los impulsos de un buen corazón no siempre son iluminaciones del Espíritu.
Y entonces Jesús nos habla a todos: “El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará” (v. 25). Palabra desafiantes que han escuchado los jóvenes que vuelven de Madrid. Fueron llevando una cruz, y vuelven trasportando esa cruz que va a seguir rumbo a Rio de Janeiro, para las Jornadas de 2013.
“Alegría y vigor” es la consigna cristiana para afrontar un misterio que es sangre y luz, cruz y exaltación, muerte y resurrección.
La Iglesia avanza y los jóvenes van empujando.
Que también nosotros, Señor, con el vigor de tu gracia, nos asociemos a la marcha. Contigo, Jesús Redentor, hasta el final. Amén.

Como poema oracional apara este Evangelio incluimos aquí estos versos.

Tenía que ir

Estribillo
Tenía que ir,
tenía...,
a Jerusalén,
ciudad del amén,
y de Eucaristía;
y luego morir,
que Dios lo quería,
tenía.

Estrofas

1. Que Dios no lo quiera,
Simón le decía;
aparta esa idea
tan fea y sombría,
que nunca suceda
tan gran villanía,
que no es tu camino
ni es cobardía.

2. No tientes, Satán,
Jesús respondía,
no seas tropiezo
porque esta es mi vía,
no quieras salvarme,
con tal osadía,
que el Padre me llama
y la Profecía.

3. Quien quiera seguirme,
ponerse a mi guía,
que tome su cruz
cual tomo la mía,
las dos serán una
en toda armonía,
un solo el amor
si a mí se confía.

4. Quien busque salvar
su vida y valía,
entera la pierda
en  esta porfía,
y en mí encontrará
lo que él no sabía,
su vida divina
que en mí poseía.

5. ¿De qué sirve al hombre
mundial nombradía,
ser dueño del orbe
y la economía,
si pierde su alma
por esto que ansía,
y gana el infierno
que bien lo temía?

6. Jesús amoroso,
en tu compañía
yo quiero marchar
por mi travesía,
Tú vives, tú reinas
en gloria y latría,
y un día vendrás
en tu Parusía.

7. Jesús, el Viviente,
presencia, estadía,
y abrazo de amor
que no fantasía,
mi alma proclama
tu soberanía;
que viva yo en ti,
en ti noche y día. Amén.

Encarnación de Díaz, Jal. 23 agosto 2011

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