miércoles, 31 de agosto de 2011

86. Jesús es la Shekiná


 Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 18,15-20

Hermanos:
1. En la homilía de hoy me voy a centrar en las últimas palabras de Jesús, que suenan de este modo: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús nos habla de una presencia suya, que es real y verdadera, cuando dos o más discípulos suyos nos juntamos en su nombre. Dice, incluso, más, porque la frase completa es: «Os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre la tierra, cualquier cosa que pidan les será concedida por mi Padre celestial. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» Palabra del Señor que, obviamente, hay que unirla con la promesa del final del Evangelio, cuando Jesús manda a sus apóstoles a “hacer discípulos a todos los pueblos”, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,28).
En el título de nuestra homilía hay una palabra que no se ha oído en la Iglesia. Sí, una palabra hebrea, que parece más de clase, de cátedra, que de homilía: shekiná, Jesús es la shekiná. ¿Qué significa shekiná? Shekiná, o quizás en una pronunciación más correcta shejiná, es la presencia, la presencia sagrada de Dios en medio de su pueblo, y, muy especialmente, en el santuario.

2. El que ha leído con atención el Antiguo Testamento, no como un lector literario, sino como un lector espiritual, que va en busca de la manera como se manifiesta Dios en su pueblo y cómo lo van acompañando en su itinerario, percibe poco a poco quién es ese Dios todopoderoso y amante que brilla en todas las páginas de la Biblia. La santidad de Dios, la gloria de Dios...
La gloria de Dios es el resplandor incandescente de eso más íntimo de la divinidad, que llamamos la santidad de Dios. La gloria de Dios se deja ver de una forma esplendorosa sobre el pueblo peregrinos en el desierto, sobre la tienda del encuentro.
Un ejemplo de esta representación: Cuando salomón dedicó el Templo que había construido, “la gloria de Dios llenó el templo. Los sacerdotes no podían entrar en él, porque la gloria de Dios llenaba el templo” (2Cro 7,1-2).
La Shekiná es, pues, esa misteriosa presencia real, entrañable, que tiene Dios con los suyos, cuando estos se juntan a orar con la fe. Dios está presente. Nos e puede tocar, nos e puede oír, no se puede oler... Los sentidos corporales no alcanzan a ese Dios real que lo llena todo, y todo lo mantiene.
Ahora viene Jesús y dice: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús, el Verbo de Dios encarnado, es la presencia de Dios, la shekiná, en nuestra asamblea litúrgica.
Nosotros creemos que Jesús glorioso está real y verdaderamente presente en la hostia consagrada, que está en el sagrario. Por ello, como signo de esta fe, después de la consagración el sacerdote dobla la rodilla, cuando consagra el pan y lo mismo cuando consagra el vino. Y por esa misma razón, nosotros doblamos la rodilla ante el sagrario, que contiene el Santísimo Sacramento.
Pero Jesús está también presente en la asamblea reunida en su nombre.
En la celebración de la Eucaristía Jesús está presente de cuatro maneras distintas: en la asamblea, en la Palabra proclamada, en el sacerdote, en las especies consagradas. Esto es una doctrina de la Iglesia que está expuesta en los libros litúrgico, y especialmente en el documento introductorio del Misal, que es la Ordenación general del Misal Romano. Allí se dice de este modo recordando la palabra del santo Evangelio que estamos comentando:
“En la Misa, o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado y reunido, bajo la presidencia del sacerdote, quien obra en la persona de Cristo (in persona Christi) para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico. De manera que para esta reunión local de la santa Iglesia vale eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente
Ø  en la misma asamblea congregada en su nombre,
Ø  en la persona del ministro,
Ø  en su palabra y, más aún, de manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas” (Instrucción general del Misal Romano, n. 27, en el sitio oficial de la Santa Sede: vatican.va).

3. Desde este punto central, hermanos, hemos de partir para asomarnos a este misterio que llevamos entre manos, en el cual participamos convocados por el Espíritu Santo. Cuando venimos a la santa Misa, hemos de pensar que venimos, sí, porque queremos, por un acto de nuestra propia voluntad, pero hemos de pensar, sobre todo, que es Dios quien nos atrae y conduce.
Y cuando entramos en la Iglesia, ¿con quién nos encontramos? Con una comunidad cristiana, ciertamente, a lo mejor de amigos y conocidos, con un coro parroquial dispuesto a embellecer el acto, por no decir a amenizar el acto, que entonces esto sería una sala de otro género. Nos encontramos, sobre todo, con una presencia viva, que habla, que es escucha, que actúa. Hay que afinar la fe, para ir a lo sustancia, y hacer que lo externo y visible no apague lo que bulle por dentro.
El sacerdote puede ser digno o indigno (esto último no lo permita el Señor); puede ser santo o pecador, pero en él está Cristo, y no actúa en nombre propio, sino “in persona Christi”. Aunque estuviera en graves pecados (no lo quiera Dios), no por eso dejaría de consagrar, dejaría de perdonar, porque Cristo esta en él, y actúa no en nombre propio, sino en nombre de Cristo.
Y del mismo modo Cristo está eficazmente en su Palabra, y esta Palabra, proclamada por un lector o una lectora, explicada por el sacerdote, tiene fuerza para transformar mi vida.
Y lo primero de todo, Cristo está en la familia reunida en el nombre de Cristo. Cuando el sacerdote dice: “El Señor esté con vosotros”, noe s un saludo de cortesía, un “Buenos días” o “Buenas tardes”; es un saludo  sencillo y sagrado que nos hace tomar conciencia activa de que, en efecto, Jesús está presente en medio de nosotros.
Por aquí hay que comenzar, hermanos, para hablar del sentido de la liturgia.

4. Pero hay en las frases de Jesús un aspecto que nos abre a otros misterios que no podemos ignorar. Jesús nos habla de la omnipotencia de la oración en su nombre. “Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo” (v. 19). Y no hay límite para estas peticiones. Jesús prevé que se puede pedir, incluso, hasta la conversión del pecador. Lo cual ante nuestros ojos no es evidente ni mucho menos,
Ni aparece evidente en la vida de Jesús. ¿Es que Jesús no quería y pedía la conversión de sus hermanos judíos? Jesús tuvo en vida discípulos incondicionales, pero tantos otros, y especialmente las autoridades, no le hicieron caso, y Jesús rezó por ellos. Cuando la resurrección de Lázaro, “Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”  (Jn 11,41-42).
Y la carta a los Hebreos, recordando al parecer el momento angustioso de Getsemaní, comenta: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 5,7-8).
La oración de Jesús fue del todo eficaz; era la oración del Hijo amante al Padre amoroso. Fue escuchado. Sí, fue escuchado en la resurrección.
Y este es el misterio que ilumina nuestra oración. Somos hijos en el Hijo. Y en el Hijo y como el Hijo, somos escuchados.
El Señor nos conceda esta experiencia que supera todos los cálculos humanos. Amén.

Jesús es la Shekiná
Estribillo

Jesús es la shekiná
y la Iglesia es su morada,
dos juntos hacen posada
y en medio Jesús vendrá.

Estrofas

1. Yo habitaré con vosotros
en una tienda escogida,
yo pondré mi santo Nombre
en mi heredad bendecida.
Soy y seré vuestro Dios,
vosotros, porción preferida;
soy el Esposo de amor
de la esposa más querida.

2. Las tiendas levantaréis
a mi orden de partida;
posaréis el campamento
donde la Nube decida.
Yo seré siempre presencia,
compañía guarnecida,
seré Ley de cada día,
Palabra que no se olvida.

3. El Verbo de Dios, Jesús,
trajo a Dios con su venida
y es carne la Shekiná
carne humana enternecida,
carne presencia que vive
en la Iglesia reunida,
carne Espíritu de Dios
en la Virgen concebida.

4. Bajo el Nombre de Jesús
con fe firme y decidida
dos hermanos congregados
ven la promesa cumplida.
¡Oh Jesús sacramental,
dulce pan, dulce bebida,
mi Shekiná eres tú,
tú que eres toda mi vida! Amén.

Puebla, 30 agosto 2011

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