miércoles, 31 de agosto de 2011

87. Jesús, la via pulchritudinis


Coloquio espiritual

Hermanos:
Hoy es miércoles, y he leído el discurso de la audiencia. Nos habla Benedicto de la via pulchritudinis para alcanzar a Dios.
Y me he acordado de un verso de la Escritura, que dice:

“Come miel, hijo mío, que es buena,
el panal es dulce al paladar:
así es la sabiduría para tu vida;
si la encuentras tendrás porvenir,
tu esperanza no fracasará” (Proverbios 24,13-14).

Y me he acordado también de otra sentencia de los Sapienciales, que reza así:
“Si el instruido oye una palabra sabia,
la elogia y le añade otra” (Sir 21,15).
Y así se va haciendo, poco a poco, la tradición de la Iglesia. En este momento, yo, testigo de la tradición de la Iglesia elogio la palabra del Papa, y otra nueva añado de mi cuenta. Traslado el bello discurso de la audiencia de hoy y añado un poema de mi cuenta, que viene a ser un comentario.

* * *
Queridos hermanos y hermanas: en este periodo he recordado muchas veces la necesidad de todo cristiano de encontrar tiempo para Dios, a través de la oración, en medio de las muchas ocupaciones de nuestra jornada. El Señor mismo nos ofrece muchas ocasiones para que nos acordemos de Él. Hoy quisiera detenerme brevemente en uno de estos medios que nos pueden conducir a Dios y ser, también, una ayuda para encontrarnos con Él: es la vía de las expresiones artísticas, parte de esta “via pulchritudinis” -“vía de la belleza”- de la que he hablado tantas veces y que el hombre debería recuperar en su significado más profundo. Quizás os ha sucedido que ante una escultura, un cuadro, o algunos versos de poesía o una pieza musical, sentís una íntima emoción, una sensación de alegría, percibís claramente que frente a vosotros no hay solamente materia, un trozo de mármol o de bronce, un lienzo pintado, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que nos “habla”, capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el ánimo. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se interroga ante la realidad visible, que intenta descubrir el sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito. Incluso es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Y una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto.
Hay expresiones artísticas que son verdaderos caminos hacia Dios, la Belleza suprema, que incluso son una ayuda para crecer en la relación con Él, en la oración. Se trata de las obras que nacen de la fe y que la expresan. Un ejemplo lo tenemos cuando visitamos una catedral gótica: nos sentimos cautivados por las líneas verticales que se elevan hasta el cielo y que atraen nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras que, a la vez, nos sentimos pequeños o también deseosos de plenitud... O cuando entramos en una iglesia románica: nos sentimos invitados de un modo espontáneo al recogimiento y a la oración. Percibimos que en estos espléndidos edificios se recoge la fe de generaciones. O bien, cuando escuchamos una pieza de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro ánimo se dilata y se siente impelido a dirigirse a Dios. Me viene a la memoria un concierto de música de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al final de la última pieza, una de las Cantatas, sentí, no razonando, sino en lo profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor que me empujaba a dar gracias a Dios. A mi lado estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: “Oyendo esto se entiende: es verdadera, es verdadera la fe tan fuerte y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios”. Cuántas veces cuadros o frescos, frutos de la fe del artista, con sus formas, con sus colores, con sus luces, nos empujan a dirigir el pensamiento hacia Dios y hacen crecer en nosotros el deseo de acudir a la fuente de toda belleza. Resulta profundamente cierto lo que escribió un gran artista, Marc Chagall, que los pintores han sumergido, durante siglos, sus pinceles en el alfabeto de colores que es la Biblia. ¡Cuántas veces las expresiones artísticas pueden ser ocasiones para acordarnos de Dios, para ayudar a nuestra oración o para convertir nuestro corazón! Paul Claudel, famoso poeta, dramaturgo y diplomático francés, al escuchar el canto del Magnificat durante la Misa de Navidad en la basílica de Notre Dame, París, en 1886, advirtió la presencia de Dios. No había entrado en la iglesia por motivos de fe, sino para encontrar argumentos contra los cristianos. Sin embargo la gracia de Dios actuó en su corazón.
Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino también para la oración, para nuestra relación viva con Dios. Las ciudades y los países de todo el mundo contienen tesoros de arte que expresan la fe y nos recuerdan la relación con Dios. Que la visita a lugares de arte no sea sólo ocasión de enriquecimiento cultural, sino que se pueda convertir en un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestro vínculo y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar -en la transición de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que expresa- el rayo de belleza que nos golpea, que casi nos “hiere” y que nos invita a elevarnos hacia Dios. Termino con una oración de un Salmo, el Salmo 27: “Una sola cosa he pedido al Señor, y esto es lo que quiero: vivir en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su Templo” (v.4).Esperemos que el Señor nos ayude a contemplar su belleza, ya sea en la naturaleza o en las obras de arte, para ser tocados por la luz de su rostro y así poder ser nosotros luz para nuestro prójimo. Gracias.

***

1. Belleza pura, puerta del amor
y de un suave deleite que enajena,
acaso nunca sepa yo cantarte
y mi silencio sea mi saeta.

2. Mas eres tú, Jesús, la que enamora
belleza que ha creado y que recrea,
que en mí la siento, atisbo, abrazo y beso,
presente ella también como indigencia.

3. Belleza, balbuceo de palabras,
y avara de silencio en la azotea,
paisaje de los cielos en la noche,
secreto que se esconde en cada estrella.

4. Mas eres tú, y solo tú, el nombre
que tiene la belleza en este tierra,
Jesús de Nazaret, el de María,
Mujer vestida toda de pureza.

5. La via pulchritudinis, me dicen
que debo transitar, porque es la senda
por donde tú viniste y te encarnaste;
pues sea tu verdad mi vida bella.

6. Jesús de mis anhelos infinitos,
Jesús de mi mirada que te otea,
Jesús de mis respiros anhelantes
y de estos labios míos que te besan.

7. Bendice tú, Jesús, a Benedicto,
que te predica, ensalza y te hermosea,
y guárdalo debajo de tu mano,
tocado por tu luz, tu gracia y fuerza.

8. Tu eres la belleza y  yo me callo
y vuelvo ya a mi Biblia, que me espera.
que sepa yo leerte iluminado
y que al leerla a ella, a ti te lea.

Puebla, miércoles de audiencia, 31 agosto 2011.

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